Relato 4. Teresa Dovelpage (Cuba -Nuevo México)

Aromaterapia

Desde que tuve un accidente que me dejara quince días en coma aprendí a distinguir el olor de la muerte. Lo noté por primera vez cuando estaba ingresada en el hospital, al lado de una vieja que se moría despacio, de a buchitos. Primero creí que la peste era a formol o a antisépticos, pero luego comprobé que olía a flores muertas. Nadie más la sentía; sólo yo. Ni los médicos, ni las enfermeras ni los parientes que pasaban a visitarme o a ver a mi compañera de cuarto notaban el más mínimo tufo. Y fue intensificándose hasta que la vieja cerró el ojo definitivamente, llevándose el hedor con ella.
Podía haber sido casualidad, pero tuve ocasión de comprobarlo por segunda vez, cuando mi pobre abuela estiró la pata. Su habitación conservó aquel olor a flores muertas hasta que sacaron el cadáver. Ésta es la tercera. El olor está aquí, adueñándose de mi propia casa. Siempre que abro la puerta me golpea la nariz, como una pelota lanzada aviesamente, el aroma feroz de la de la guadaña. Y tengo miedo. Yo sé lo que es la muerte: ya me morí una vez y no tengo el menor deseo de volver a pasar por la experiencia.

Teresa Dovalpage
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