ENTREGA ESPECIAL. EL ARTISTA AUTISTA.

POR LAS PETICIONES DE NUESTROS SEGUIDORES PUBLICAMOS EL RELATO DE
MIGUEL ANGEL DE RUS.

EL ARTISTA AUTISTA.

El moderno artista-autista hoyó la tierra con sus pies de dulce japonesa. Miró sin atención lo que consideraba un mamotreto y rascose la cabeza medio calva de ralos pelos blancos. Observó el aire limpio y frunció el ceño como solía hacer siempre que no entendía algo.
Comenzó a andar con la desidia del infortunado espectador de lo desagradablemente obsoleto y penetró con desgana en el patio que antecedía a la basílica del monasterio. En su opinión había allí demasiado oxígeno.
" . . . templi primum dedicavit lapidem D .Bernardi sacro die.. ."
Al autista-moderno no le gustaban las lenguas muertas ni las de cultura, prefería las comerciales.
Miró a Santa María y a María Magdalena, casi etereas, de piel más delicada que la del más delicado recién nacido y torciendo la boca en un gesto de asco preguntó :
-¿Quién era ese Diego de Urbina?.- Hubo un silencio y coincidentes miradas rápidas de ojos sorprendidos. Nadie le supo responder.
Anduvo con un rítmico balanceo hasta situarse frente a San Martín y a SanNicolás. Le gustaron las casullas perfectamente trabajadas y pensó en buscar una tela de aspecto similar a aquellas para hacerse un vestido de noche. La usaría en su primera salida nocturna a los clubes de moda de la Gran Manzana.
Siguió caminando erráticamente. Despreció la túnica de San Bartolomé que Navarrete creara, el retablo a los pies del Cristo en la cruz -aunque pareciole erótico- rió desdeñoso ante San Marcos y San Lucas, ante San Pedro y San Pablo; dio una tarascada al candelabro de nueve velas para combrobar si era de un material compacto y estornudó ante los santos Jerónimo y Agustín, de Sánchez Coello. Al parecer, le habían producido alergia. Miró la cúpula durante unos segundos y dijo un "Vulgar" que resonó en las pequeñas cabezas de quienes le seguían.
Pagado de sí mismo, consideraba aquellos cuatrocientos años de historia mera bagatela, superfluidad, espiritualidad demodé y nada decadente; poca cosa si se comparaba con sus fotografías pintadas y sus cuadros imitando cuatricomías. Le rieron las palabras.
-Primera piedra: Veinte de Agosto de 1563. ¡Vulgarmente antiguo! No colores vivos, no carne musculosa y sudorienta, no coches, no latas de sopa, no fotos de mitos eróticos... nada. ¡Horroroso! .- Bramó el insigne.
El grupo de corifeos que leguleyamente le seguía, movió la cabeza, como si de uno solo se tratara, asintiendo como juguetes rotos sin capacidad de hacer otros movimientos. La cara llena de pus de los granos del alma enrojeció al son de tímidas notas que fluían por lo tubos de uno de los cuatro órganos de la basílica.
-¿Qué es?
-Bach.- Le susurró al artista-autista uno de los perrillos mejor dotados mientras meneaba el rabo como consecuencia de la satisfacción que le produjo ser útil.
-No rock.- Fue la respuesta del genial, momento antes de vomitar sonoramente. Los fotógrafos que acompañaban a la pintoresca comitiva del casi-divino dispararon sus luces repentinas contra la masa caliente y grumosa. El comisario político de la exposición que el autista tenía que presentar le pidió que firmara la "obra maestra" y que le cediera los derechos en exclusiva para su museo de nombre lamentable.EI artista insigne asintió complacido y mostró su felicidad porque los pueblos extranjeros (¿Dónde me habíais dicho que estábamos, en Méjico, en España, o era en Europa?) pudiera conocer lo mejor de sí mismo y de su obra.
Los vivos, bravos y eruditos rebuznos de la concurrencia sorprendieron al sacerdote y a los feligreses reunidos cerca del altar de las eternamente bellas escaleras de mármol. Quizá incluso los despertaran.
Los tiralevitas, zascandiles, palafraneros y estómagos agradecidos de la comitiva besaron y abrazaron al genial autista, que lo agradeció profundamente desde su homosexualidad militante.
La turbamulta contenta salió de la basílica dejando detrás de sí el asombrado silencio de quienes habían vuelto a la vida con su jaleo. El cielo seguía luciendo limpio, nada parecía presagiar una tormenta cuando un rayo cayó sin motivo aparente, sin nubes que lo parieran, y
fulminó a la hasta entonces multitudinaria manada complacida.
El sacerdote, todo ojos, vio repentinamente la luz y, al fin, pudo creer en Dios. Reanudó su misa. Mientras, los basureros recogieron sin excesivo cuidado los restos calcinados del grupo y los echaron a la basura, mezclados con la magna obra de arte que tan generosamente había ofrecido el artista; obra de arte perdida, por siempre, para la humanidad.

"El artista autista" forma parte de Cuentos Irreverentes, Prensa y Ediciones Iberioamericanas, es uno de los relatos más cortos de esta colección, no le sobra ninguna palabra. (Vera K.)