El resbalón oportuno, relato de Juan Patricio Lombera

Nunca olvidaría aquella mañana en el pesero que recorría el trayecto Indios Verdes – Ciudad Universitaria. Iba llegando tarde a la clase de Historia de México. En su trabajo de las mañanas su jefe, un contable histérico empeñado en demostrar su liderazgo a base de humillar a sus empleados, lo había retenido una hora para clasificar unos pagos que, según él eran urgentes, pero que no se finiquitarían hasta finales de mes. Gilberto detestaba ese trabajo, pero le permitía darse alegrías amen de contribuir a la estabilidad económica de su familia. Al llegar por Chilpancingo se subió Sofía. La veía todos los días en clase, pero no se atrevía a hablarle dada su tremenda timidez. Es más, creía que una chica tan guapa no se había ni fijado en su existencia. Suspiró al verla subir por atrás, pese a que ese día  no había mucha gente en el transporte. No obstante Gilberto ya no había alcanzado asiento y era uno de los pocos que iba de pie. Normalmente se formaban hasta 3 filas de usuarios de pie que a duras penasse podían mover. Pensó que era mala suerte no haber alcanzado a sentarse, ya que de haberlo hecho podría haberle cedido el lugar A Sofía  y darse a conocer.

-Hola Gilberto, te importaría pasar mi pasaje.

Él se volteó con cara de sorpresa al ver que ella conocía su nombre, pero siguiendo la costumbre pasó el dinero a su vecino de al lado quien hizo lo mismo y así hasta llegar al conductor. Las vueltas también regresaron a través de esta peculiar fila india sin que faltase ni un solo centavo. Gilberto estaba dándole la espalda a Sofía esperando el dinero para hacérselo llegar cuando un coche suicida se le atravesó salvajemente al pesero. Él vio la jugada a tiempo y se asió fuertemente del tubo. Sin embargo, como Sofía tenía menos estatura que él tan solo reaccionó al sentir la frenada brusca. Su cuerpo se proyectó hacia el de Gilberto al que abrazó como un naufrago a una tabla, sin darse cuenta de donde ponía las manos. Sin esperarlo, Gilberto sintió una agradable y prolongada fricción debajo de su cinturón y para completar el momento, dos poderosas y acojinadas protuberancias se  hundieron en su espalda. Por último, el cabello semi empapado de ella impregnó unas gotas en su camisa. El contacto se prolongó más allá de la frenada. Era el momento del todo o nada. Gilberto se volteó sobre su eje, abrazó a Sofía y le planto el primero de una larga lista de besos, mientras que sus manos empezaban a conocer el camino de las delicias.