—Entonces, ¿compramos el Flash? —sugirió Andrea.
—Está bien
—respondió Petru, rascándose la cabeza bajo el gorro negro que llevaba puesto.
Se hallaban sentados
en una banca frente a la entrada de la Universidad de Cluj, en Transilvania.
Era octubre y los estudiantes habían empezado ya a ponerse ropa de invierno:
abrigos de lana, bufandas largas, gorros tejidos. Los jardines lucían cubiertos
de hojas secas, y una niebla opaca velaba las distancias.
Los dos jóvenes
tomaron sus mochilas y se levantaron de la banca. Echaron a andar hacia afuera
del campus y, ya en la avenida, se dirigieron a un minisúper. Compraron la
revista Flash: anuncios clasificados. Andrea tomó también una cajetilla
de cigarros Carpati y una botella de
agua mineral. Volvieron a la Universidad, a la misma banca de antes, y se
sentaron a mirar los anuncios. Andrea hubiera querido ir directamente a los de
apartamentos, pero Petru se entretuvo leyendo los de computadoras de segunda
mano. No pensaba comprar nada aún, pero le gustaba enterarse de los precios.
Llevaban casi seis
meses de novios y les parecía que ya era tiempo de mudarse juntos, además de
que ninguno de los dos estaba satisfecho con el lugar donde vivía actualmente.
Andrea compartía con otras dos estudiantes un apartamento en un edificio
multifamiliar de la época del socialismo: un espacio muy pequeño, sin sala de
estar ni comedor, sólo la cocina, el baño y dos recámaras. De éstas, Andrea
compartía la más grande con una joven kosovar que estudiaba odontología. Pero
siempre estaba estudiando, y Andrea no se sentía libre de encender la
televisión ni de oír música.
Petru, por su parte,
vivía en un edificio del mismo tipo con otros cuatro compañeros. Era muy lejos
de la Universidad, en un barrio de obreros y pandillas de adolescentes, y ya
estaba cansado de tener que tomar un autobús y luego un trolebús y perder más
de una hora cada día, media de ida y media de regreso. Además, la calefacción
no funcionaba bien y salía muy cara porque no venía de la central, sino que era
local, así que sólo podían encenderla un rato en las noches.
—Piden mucho dinero
en todos —comentó con desaliento, cuando ya estaban mirando los anuncios de
apartamentos.
Andrea le quitó la
revista y se puso a revisarla ella también, mientras fumaba. Antes de llegar a
la misma conclusión que Petru, pasó a la sección de “Amigos”. Ahí, entre las
ofertas de “caballero sin vicios, de buen carácter, trabajador” y “dama de
busto grande, bien conservada”, encontró un anuncio:
—¡Mira esto! —dijo, exhalando
una bocanada de humo azul que rápidamente se mezcló con la niebla— “Caballero
de edad muy avanzada, sin familia, enfermo, busca persona o pareja que quiera
darle compañía y cuidados sencillos. Ofrece a cambio planta alta de la casa,
más la propiedad del inmueble a su deceso. 0670-5383775, noches”. ¿Qué te
parece?
El muchacho se quedó
pensando. Torció la boca:
—¿Vivir con otra
persona?
—Así estamos, Petru.
—Pero es gente de
nuestra edad.
—¿Y?
—No sé. No me gusta
la idea de tener que cuidar a un enfermo.
—Pero aquí dice que
sólo serían cuidados sencillos. Además al final nos quedaríamos con la casa,
¿te das cuenta? Tendríamos una casa propia sin haber gastado nada.
—¿Y qué tal si un
día tronamos?
—Pues entonces uno
de los dos se queda con la propiedad y le da al otro la mitad de lo que vale.
¿Se te hace justo?
Petru seguía
indeciso. El sol salió un poco, sin calentar, dándole a la niebla un brillo de
seda, y luego volvió a desaparecer.
—Tenemos de aquí a
la noche para pensarlo —insistió Andrea—. Pero yo creo que podríamos llamar y
hacer una cita. Si no nos gusta nos olvidamos del asunto.
—Está bien.
Se levantaron otra
vez de la banca y echaron a andar hacia la biblioteca de la Universidad.
La casa se encontraba en un barrio oscuro y muy venido a menos donde ya
sólo vivían gitanos y ancianos pensionados. Sin embargo era agradable: no había
mucho tráfico de automóviles, las banquetas tenían grandes árboles que daban
sombra durante el día, y las casas, aunque un poco deterioradas, conservaban el
estilo de los buenos tiempos.
Eran las siete de la
noche cuando los muchachos empujaron la verja del jardín y entraron. No se veía
ninguna luz en la casa. Las plantas parecían descuidadas, como si nadie se hubiera
ocupado de ellas en mucho tiempo. Sobre una rama de un durazno seco, un búho
vigilaba.
—Pasen ustedes —dijo
una voz desde el interior, antes de que los jóvenes llamaran. Seguramente los
habían visto por la ventana.
En cuanto entraron
hubo algo que deprimió a Andrea: el olor a aire encerrado, a objetos viejos, a
medicamentos. La única ventana se hallaba cubierta con una cortina gruesa, de
modo que no entraba ni siquiera la poca luz del alumbrado público; la
habitación estaba iluminada con una lámpara de gas. Petru no se fijó en nada de
eso; se concentró en examinar el estado de los muros y del techo, de las
puertas, la tubería... ¿no había calefacción? Se sentía frío ahí adentro. No se
habían quitado los abrigos.
—Llamamos por
teléfono hace un rato —explicó Andrea.
—Sí, ya lo sé.
Siéntense —la voz, fatigada pero todavía agradable, varonil— venía de un anciano que los miraba desde un
sillón, con una piel de carnero sobre las piernas—. ¿Les ofrezco algo de tomar?
¿Un té?
Ya estaba haciendo
esfuerzos por levantarse, pero la muchacha lo detuvo.
—No se moleste, por
favor —se dio cuenta de que el hombre no era un ser humano normal: tenía un
color horrible, como de pescado crudo, y entre sus labios llenos de arrugas
asomaban dos colmillos, uno de oro, el otro normal pero con la punta rota.
El piso se hallaba
cubierto con retazos de alfombras de distintos colores y texturas, uno sobre
otro, tratando de mantener algún calor en la habitación. Y junto al sillón
donde el anciano estaba sentado había un anaquel con algunos juguetes de
plástico, una caja de galletas, un par de platos pintados a mano con escenas de
pastores enamorados, un reloj mecánico... El anciano comenzó a toser, asustando
a un pájaro que se puso a revolotear por toda la oscura habitación buscando una
salida.
—Ha de haber entrado
con ustedes —acusó el viejo, en cuanto pudo volver a hablar.
—No lo vi —se
defendió Andrea.
—Ni yo.
—Ahora ayúdenme a
sacarlo. No quiero que se muera aquí —mientras decía esto, el anciano se
levantó y fue a abrir la ventana. Entró el frío de la noche, haciéndolo toser
más—. Ahí atrás de la puerta hay una escoba. Ayúdenme a sacarlo.
Petru tomó la escoba
y empezó a perseguir al pájaro, que agitaba sus alas lleno de miedo. Andrea lo
miraba con angustia, sufriendo. Hubiera querido detenerlo, pero Petru, al
contrario, trataba de darse prisa para poder cerrar la ventana lo más pronto
posible y que el anciano no se soltara a toser otra vez. Corría y saltaba de un
lado a otro dando escobazos, y el pájaro chillaba y se golpeaba contra los
muros, hasta que por fin dio con la ventana abierta y se fue.
Recuperada la calma,
el anciano volvió a su lugar, se cubrió las piernas otra vez con su piel de
carnero y empezó a hablar:
—Parecen buenos
muchachos ustedes. ¿Les gusta la casa? ¿Quieren verla toda? Vayan a mirarla. Yo
los espero aquí. Llévense la lámpara.
Andrea iba a
rehusar, pero Petru se levantó de inmediato.
—Me gustaría ver la
parte de arriba.
—Vayan ustedes. Pero
les advierto que, como ya no subo para allá, todo está hecho un desorden.
Tendrán que limpiar.
—Vamos —le dijo
Petru a Andrea, que seguía sentada.
—Ve tú. Yo me quedo
a acompañar al señor.
—Vaya usted también,
señorita. Necesita ir conociendo la casa.
El hombre parecía
dar por hecho que iban a quedarse. Pero Andrea se sentía cada vez más
angustiada, como que algo le oprimía el pecho y no la dejaba respirar. Siguió a
Petru, no porque quisiera ver nada, sino para poder decirle que ya se fueran.
—Espérate —le dijo
él—. Mira esta habitación. Podría ser mi estudio.
—Vámonos —insistió
Andrea.
—¿Por qué?
—¿No te has dado
cuenta?
Petru no respondió.
Se quedó esperando a que ella se explicara.
—¿No te has dado
cuenta? —repitió Andrea—. ¡Este hombre es un vampiro!
—Y qué, ¿te da
miedo?
—No es eso. Tú no me
entiendes. ¿No ves que ya casi no quedan vampiros en Transilvania? Éste ha de
ser el último. ¡Y va a morirse!
Petru recordó un
artículo que había leído hacía tiempo acerca de la extinción de los vampiros en
toda la cordillera de los Cárpatos. La persecución había empezado en la época
del socialismo, cuando les confiscaron sus propiedades y los obligaron a
trabajar. Todos sin excepción se negaron, demostrando con ello ser la última
escoria de una aristocracia decadente que había vivido alimentándose de la
sangre del obrero. Se creó un departamento especial dentro de la Securitate
para rastrearlos. Algunos fueron ejecutados sin mayor juicio, pero, como las
balas de plata le parecieron al gobierno de Ceausescu un lujo ridículo, a todos
los demás los enviaron a los campos de trabajo de Siberia. Unos cuantos
sobrevivieron, escondiéndose. La gente los protegía: eran un símbolo nacional y
el último vestigio de la pasada grandeza de Transilvania. Pero el proceso de
extinción ya no podría detenerse; tras el cambio de sistema, se encargaron de
completarlo factores tan diversos como la contaminación y el calentamiento
global, con el consiguiente acortamiento de los periodos de apareamiento.
Aunque la causa principal fue la criminalización, consecuente con el nuevo
pensamiento democrático, de sus hábitos alimenticios; al perder acceso a la
sangre humana, fuente de su eterna juventud, los vampiros comenzaron a envejecer igual que los seres
humanos comunes y corrientes. Una comisión especial de la Unión Europea
investigaba fuentes alternativas, pero hasta ahora no habían tenido resultados.
—Va a morirse
—repitió Andrea, con una tristeza impotente.
—Bueno, para eso
vinimos, ¿no? Para cuidarlo y luego... pues luego nos quedamos con la casa. Es
él quien propone el trato.
—¡Vámonos ya, por
favor!
Andrea bajó las
escaleras de prisa y salió a la calle. No se sintió capaz de despedirse del
vampiro. Petru, quien no tuvo más remedio que seguirla, sí se detuvo un
instante en la sala para decir “Gracias, señor. Hasta luego”.
Ya en la calle
interrogó a Andrea, que estaba fumando otra vez:
—¿Qué pasó? ¿Por qué
te saliste así?
—No me entiendes,
¿verdad? —le respondió ella. Había una tristeza enorme en sus ojos.
—¿Qué es lo que debo
entender?
—Yo no soportaría
verlo morir, Petru. ¿No lo viste? Estaba acabado ya. ¿Cuánto tiempo hará que no
bebe sangre? Y luego el pájaro... ¿cómo pudiste hacer algo así?
—¿Qué hice?
—¡Estaba aterrado!
Igual que él. Ha de tener tanto miedo...
—Andrea, estamos
dejando ir una oportunidad....
Pero ella ya no
quiso escucharlo. Tiró a un lado el cigarrillo a la mitad y echó a correr por
la banqueta solitaria, hacia el tenebroso fondo de la calle.
Petru se fue andando
tras ella, despacio. No quería correr ni le interesaba alcanzarla. Caminó hasta
la parada, buscó el letrero para ver a qué hora pasaría por ahí el trolebús y
consultó su reloj. Tendría que esperar 12 minutos. Dos muchachas gitanas,
bajitas, esperaban también; una de ella buscaba algo neuróticamente en su bolso
de charol. Cerca de la parada había un bar de mala muerte en el que ni Petru ni
Andrea habían reparado cuando llegaron. Petru se imaginó al vampiro, muchos
años atrás, rondando por ahí de madrugada en busca de borrachines.
Sacó de su mochila
el Flash, fue a pararse bajo la única farola que había en esa cuadra y
se puso a leer los anuncios de computadoras de segunda mano.
