Terror 03- Saturno, de Alejandro Alonso (México)

A partir de Saturno devorando a sus hijos, de Goya

I

Egoísta. Saturno no reconoce la prole que diera a luz. Se niega amamantarla y castiga a sus vástagos. Los confina al hambre y el abandono. Goloso del vacío de la totalidad embriagase del vino que succiona de la médula espinal de un hoyo negro. Empina aquel cuenco y no para de beber hasta que logra el éxtasis del absoluto. Fuera de sí por las vicisitudes del veneno en su mente se revela el momento exacto de la tragedia del universo. Su mente logra vislumbrar el límite del infinito. Su mente avizora el infinito que deviene al infinito. Su mente comprende que la muerte es expansión del infinito. Y el infinito simple expansión de la muerte. Intuye la muerte después de la muerte. Intuye la obertura del universo en el momento de su gestación. Intuye la creación del universo sin un creador. En este desprendimiento del espíritu pierde noción del cuerpo. Sus átomos-células-neuronas comulgan con las sustancias de los sueños. En ese momento su cuerpo colosal es una pizca de polvo que extravía en la vastedad de un cosmos sin mesura. La cohesión molecular pierde consistencia. Los tejidos se relajan. La serie de huesos de la columna vertebral son las piezas sin orden de un rompecabezas. La consistencia cerebral entra en el terreno tan preciado donde reina la sinrazón. Su volumen de titán es una suma de polvo cósmico que se desintegra. La materia vira en antimateria. Su espíritu con la fragilidad del éter recorre el entramado del tiempo. Es nada en el infinito que apertura después de la muerte. Es todo en la muerte que apertura después del infinito. En ese trance de éxtasis de la tragedia del universo no repara en la tragedia que padece su cuerpo expuesto…

II

Deshonrado por una violenta violación sucesiva a manos de su propia prole Saturno paga caro el precio de su osadía en pos del infinito. Aúlla ciego de ira con el dolor causado a su integridad colosal. La locura explota en sus pupilas. La acidez de la rabia le cuece el paladar. El escalofrío del ultraje corroe sus entrañas. Tirita por la fiebre de la virginidad perdida. El silbido de la violencia orada el laberinto de su espíritu. Abandona la caverna donde resguarda el diamante de su alma. Oculta su vergüenza con el sudario del holocausto. Asoma a esa otra caverna que cobija las estrellas. En la bóveda fulgura la eclosión de un cuerpo celeste al momento de abrir un hoyo negro en el plano multidimensional. La muerte del astro es protagonista en el tatuaje hiperbarroco de centellas. Inconmensurable la boca de Saturno exclama su estupefacción. Su prole extiende una cola de cometa tras aquella hecatombe a millones de años luz. Los vástagos proyectan su fuga hacia la extensión del universo que inaugura la muerte de la estrella. Esperan un asilo divino luego de saciarse con su progenitor. Sin demora Saturno alarga su zancada de estrella fugaz es pos de los culpables. Sus ojos despiden el furor de la venganza. Ascenso en descenso. Absoluto en el vacío. Todo en la nada. El látigo de la antimateria golpea las espaldas de Saturno justo cuando esquiva la relatividad…

III

La prole sabedora de la ira de su progenitor no descansa hasta alcanzar el embudo del vacío. De ahí anhelan la salvaguarda de un Creador que los acepte en su egoísmo. Se equivocan. En la no materia nadie ostenta un imperio de  divinidad. Su primer esfuerzo por penetrar en la antimateria es rechazado por una llamarada de fuego negro. La prole recupera el ánimo y vuelve al intento. Justo en ese instante Saturno irrumpe voraz. Alaridos de terror y desesperación desde aquel confín. Saturno captura a sus siete hijos. Una sola mano le basta para tomarlos de los pies. Así los arrastra de regreso a su galaxia. A la órbita de su morada. Durante todo el trayecto la prole implora perdón. Tal postración es un aliciente a la ira de su señor…

IV

El coloso todavía no se decide cómo resarcir su orgullo. Júpiter y Urano aguardan expectantes el desenlace del que son testigos. Los cuerpos celestes danzan alrededor del astro solar con suma gravedad. La prole tirita de pavor. Cansado de tanta zozobra Saturno empala a sus vástagos con estacas de oro. Uno a uno y por el ano. Acomoda a los torturados a modo de círculo. En medio de esta corte familiar descansa y vuelve a beber de la médula espinal de un hoyo negro. Con el cuenco en la mano decide que ese no será el fin de sus preciados hijos. Elige al primogénito para escarnio de sus hermanos. Lo desempala y antes de que éste recupere el aliento le arranca la cabeza de una dentellada. Mastica carne cráneo pelos sesos. Traga el bolo. Cuelga de los pies a su vástago ahora decapitado. De la hiedra del destino pende el cuerpo sin vida. Saturno coloca una enorme palangana de plata debajo del cuerpo. El sustrato del sacrificado derrama hasta la última gota. Lujuria. El resto de los hermanos implora para que la lanza que los orada culmine con su muerte antes de tan infame fin. Saturno mide con precisión su agonía. Suerte atroz comparten sus pequeños hijos. Cada uno derrama su esencia en la palangana de plata. Hasta que un cuerpo deja de gotear otro le sucede. Gula… Pereza… Envidia… Avaricia… Ira. Los sustratos colman gradualmente el recipiente de metal. Llega el momento en que Saturno no puede comer más. Eructa por terrible indigestión. Ya escupe sesos. Ya se arranca los pelos que quedaron adheridos a sus muelas y colmillos. Se sienta en el epicentro del círculo apuntalado por las estacas de oro. Retoma el cuenco de la médula espinal del hoyo negro. Seis estacas con el barniz de la sangre intestinal. Seis de sus hijos penden ahora de la hiedra del destino. El sobreviviente aún se estremece por la lanza que avanza desde su ano y le destroza los intestinos. Saturno aplaude con orgullo su resistencia. Se incorpora para el bocado final. Sabe que la estaca pronto atravesará hasta el pecho. Le besa la frente. Desempala al menor de sus hijos a quien en algún momento considerara como su digno heredero. Los ojos del coloso se dislocan cual astros a punto de abandonar la órbita. Asesta la dentellada en el cuello con la cabeza del infante dentro de su boca. Mastica con los párpados cerrados. De hinojos. Traga el bolo. Eructa. Hilillos de sangre le escurren a cada extremo de los labios. Se incorpora satisfecho y cuelga al vástago con la palangana de plata por debajo. Derrama el sustrato que faltaba. Soberbia. Aguarda hasta que el decapitado arroja la gota final. Pende su prole sin esencia. En la palangana se mezcla su sangre universal…

V

La carcajada de Saturno trepida de tenebro al infinito. Constantemente llena su copa con el brebaje de sus hijos. De un trago apura cada contenido. Así vuelve a su feliz embriaguez. El universo se revela. Su mente comienza a desdoblarse hacia el momento de gestación del universo que no es sino la consecuencia de la muerte de otro universo. Su cuerpo desencadena una coalición de átomos. Cae de sus manos la copa de la piedra filosofal. Derrama el elíxir de la vida. Derrama el crucigrama genético de su prole en ese espacio finito. Vía láctea…