Terror 04-El anuncio, de Agustín Cadena (México)

—Entonces, ¿compramos el Flash? —sugirió Andrea.

               —Está bien —respondió Petru, rascándose la cabeza bajo el gorro negro que llevaba puesto.

               Se hallaban sentados en una banca frente a la entrada de la Universidad de Cluj, en Transilvania. Era octubre y los estudiantes habían empezado ya a ponerse ropa de invierno: abrigos de lana, bufandas largas, gorros tejidos. Los jardines lucían cubiertos de hojas secas, y una niebla opaca velaba las distancias.

               Los dos jóvenes tomaron sus mochilas y se levantaron de la banca. Echaron a andar hacia afuera del campus y, ya en la avenida, se dirigieron a un minisúper. Compraron la revista Flash: anuncios clasificados. Andrea tomó también una cajetilla de cigarros Carpati  y una botella de agua mineral. Volvieron a la Universidad, a la misma banca de antes, y se sentaron a mirar los anuncios. Andrea hubiera querido ir directamente a los de apartamentos, pero Petru se entretuvo leyendo los de computadoras de segunda mano. No pensaba comprar nada aún, pero le gustaba enterarse de los precios.

               Llevaban casi seis meses de novios y les parecía que ya era tiempo de mudarse juntos, además de que ninguno de los dos estaba satisfecho con el lugar donde vivía actualmente. Andrea compartía con otras dos estudiantes un apartamento en un edificio multifamiliar de la época del socialismo: un espacio muy pequeño, sin sala de estar ni comedor, sólo la cocina, el baño y dos recámaras. De éstas, Andrea compartía la más grande con una joven kosovar que estudiaba odontología. Pero siempre estaba estudiando, y Andrea no se sentía libre de encender la televisión ni de oír música.

               Petru, por su parte, vivía en un edificio del mismo tipo con otros cuatro compañeros. Era muy lejos de la Universidad, en un barrio de obreros y pandillas de adolescentes, y ya estaba cansado de tener que tomar un autobús y luego un trolebús y perder más de una hora cada día, media de ida y media de regreso. Además, la calefacción no funcionaba bien y salía muy cara porque no venía de la central, sino que era local, así que sólo podían encenderla un rato en las noches.

               —Piden mucho dinero en todos —comentó con desaliento, cuando ya estaban mirando los anuncios de apartamentos.

               Andrea le quitó la revista y se puso a revisarla ella también, mientras fumaba. Antes de llegar a la misma conclusión que Petru, pasó a la sección de “Amigos”. Ahí, entre las ofertas de “caballero sin vicios, de buen carácter, trabajador” y “dama de busto grande, bien conservada”, encontró un anuncio:

               —¡Mira esto! —dijo, exhalando una bocanada de humo azul que rápidamente se mezcló con la niebla— “Caballero de edad muy avanzada, sin familia, enfermo, busca persona o pareja que quiera darle compañía y cuidados sencillos. Ofrece a cambio planta alta de la casa, más la propiedad del inmueble a su deceso. 0670-5383775, noches”. ¿Qué te parece?

               El muchacho se quedó pensando. Torció la boca:

               —¿Vivir con otra persona?

               —Así estamos, Petru.

               —Pero es gente de nuestra edad.

               —¿Y?

               —No sé. No me gusta la idea de tener que cuidar a un enfermo.

               —Pero aquí dice que sólo serían cuidados sencillos. Además al final nos quedaríamos con la casa, ¿te das cuenta? Tendríamos una casa propia sin haber gastado nada.

               —¿Y qué tal si un día tronamos?

               —Pues entonces uno de los dos se queda con la propiedad y le da al otro la mitad de lo que vale. ¿Se te hace justo?

               Petru seguía indeciso. El sol salió un poco, sin calentar, dándole a la niebla un brillo de seda, y luego volvió a desaparecer.

               —Tenemos de aquí a la noche para pensarlo —insistió Andrea—. Pero yo creo que podríamos llamar y hacer una cita. Si no nos gusta nos olvidamos del asunto.

               —Está bien.

               Se levantaron otra vez de la banca y echaron a andar hacia la biblioteca de la Universidad.



La casa se encontraba en un barrio oscuro y muy venido a menos donde ya sólo vivían gitanos y ancianos pensionados. Sin embargo era agradable: no había mucho tráfico de automóviles, las banquetas tenían grandes árboles que daban sombra durante el día, y las casas, aunque un poco deterioradas, conservaban el estilo de los buenos tiempos.

               Eran las siete de la noche cuando los muchachos empujaron la verja del jardín y entraron. No se veía ninguna luz en la casa. Las plantas parecían descuidadas, como si nadie se hubiera ocupado de ellas en mucho tiempo. Sobre una rama de un durazno seco, un búho vigilaba.

               —Pasen ustedes —dijo una voz desde el interior, antes de que los jóvenes llamaran. Seguramente los habían visto por la ventana.

               En cuanto entraron hubo algo que deprimió a Andrea: el olor a aire encerrado, a objetos viejos, a medicamentos. La única ventana se hallaba cubierta con una cortina gruesa, de modo que no entraba ni siquiera la poca luz del alumbrado público; la habitación estaba iluminada con una lámpara de gas. Petru no se fijó en nada de eso; se concentró en examinar el estado de los muros y del techo, de las puertas, la tubería... ¿no había calefacción? Se sentía frío ahí adentro. No se habían quitado los abrigos.

               —Llamamos por teléfono hace un rato —explicó Andrea.

               —Sí, ya lo sé. Siéntense —la voz, fatigada pero todavía agradable, varonil—  venía de un anciano que los miraba desde un sillón, con una piel de carnero sobre las piernas—. ¿Les ofrezco algo de tomar? ¿Un té?

               Ya estaba haciendo esfuerzos por levantarse, pero la muchacha lo detuvo.

               —No se moleste, por favor —se dio cuenta de que el hombre no era un ser humano normal: tenía un color horrible, como de pescado crudo, y entre sus labios llenos de arrugas asomaban dos colmillos, uno de oro, el otro normal pero con la punta rota.

               El piso se hallaba cubierto con retazos de alfombras de distintos colores y texturas, uno sobre otro, tratando de mantener algún calor en la habitación. Y junto al sillón donde el anciano estaba sentado había un anaquel con algunos juguetes de plástico, una caja de galletas, un par de platos pintados a mano con escenas de pastores enamorados, un reloj mecánico... El anciano comenzó a toser, asustando a un pájaro que se puso a revolotear por toda la oscura habitación buscando una salida.

               —Ha de haber entrado con ustedes —acusó el viejo, en cuanto pudo volver a hablar.

               —No lo vi —se defendió Andrea.

               —Ni yo.

               —Ahora ayúdenme a sacarlo. No quiero que se muera aquí —mientras decía esto, el anciano se levantó y fue a abrir la ventana. Entró el frío de la noche, haciéndolo toser más—. Ahí atrás de la puerta hay una escoba. Ayúdenme a sacarlo.

               Petru tomó la escoba y empezó a perseguir al pájaro, que agitaba sus alas lleno de miedo. Andrea lo miraba con angustia, sufriendo. Hubiera querido detenerlo, pero Petru, al contrario, trataba de darse prisa para poder cerrar la ventana lo más pronto posible y que el anciano no se soltara a toser otra vez. Corría y saltaba de un lado a otro dando escobazos, y el pájaro chillaba y se golpeaba contra los muros, hasta que por fin dio con la ventana abierta y se fue.

               Recuperada la calma, el anciano volvió a su lugar, se cubrió las piernas otra vez con su piel de carnero y empezó a hablar:

               —Parecen buenos muchachos ustedes. ¿Les gusta la casa? ¿Quieren verla toda? Vayan a mirarla. Yo los espero aquí. Llévense la lámpara.

               Andrea iba a rehusar, pero Petru se levantó de inmediato.

               —Me gustaría ver la parte de arriba.

               —Vayan ustedes. Pero les advierto que, como ya no subo para allá, todo está hecho un desorden. Tendrán que limpiar.

               —Vamos —le dijo Petru a Andrea, que seguía sentada.

               —Ve tú. Yo me quedo a acompañar al señor.

               —Vaya usted también, señorita. Necesita ir conociendo la casa.

               El hombre parecía dar por hecho que iban a quedarse. Pero Andrea se sentía cada vez más angustiada, como que algo le oprimía el pecho y no la dejaba respirar. Siguió a Petru, no porque quisiera ver nada, sino para poder decirle que ya se fueran.

               —Espérate —le dijo él—. Mira esta habitación. Podría ser mi estudio.

               —Vámonos —insistió Andrea.

               —¿Por qué?

               —¿No te has dado cuenta?

               Petru no respondió. Se quedó esperando a que ella se explicara.

               —¿No te has dado cuenta? —repitió Andrea—. ¡Este hombre es un vampiro!

               —Y qué, ¿te da miedo?

               —No es eso. Tú no me entiendes. ¿No ves que ya casi no quedan vampiros en Transilvania? Éste ha de ser el último. ¡Y va a morirse!

               Petru recordó un artículo que había leído hacía tiempo acerca de la extinción de los vampiros en toda la cordillera de los Cárpatos. La persecución había empezado en la época del socialismo, cuando les confiscaron sus propiedades y los obligaron a trabajar. Todos sin excepción se negaron, demostrando con ello ser la última escoria de una aristocracia decadente que había vivido alimentándose de la sangre del obrero. Se creó un departamento especial dentro de la Securitate para rastrearlos. Algunos fueron ejecutados sin mayor juicio, pero, como las balas de plata le parecieron al gobierno de Ceausescu un lujo ridículo, a todos los demás los enviaron a los campos de trabajo de Siberia. Unos cuantos sobrevivieron, escondiéndose. La gente los protegía: eran un símbolo nacional y el último vestigio de la pasada grandeza de Transilvania. Pero el proceso de extinción ya no podría detenerse; tras el cambio de sistema, se encargaron de completarlo factores tan diversos como la contaminación y el calentamiento global, con el consiguiente acortamiento de los periodos de apareamiento. Aunque la causa principal fue la criminalización, consecuente con el nuevo pensamiento democrático, de sus hábitos alimenticios; al perder acceso a la sangre humana, fuente de su eterna juventud, los vampiros  comenzaron a envejecer igual que los seres humanos comunes y corrientes. Una comisión especial de la Unión Europea investigaba fuentes alternativas, pero hasta ahora no habían tenido resultados.

               —Va a morirse —repitió Andrea, con una tristeza impotente.

               —Bueno, para eso vinimos, ¿no? Para cuidarlo y luego... pues luego nos quedamos con la casa. Es él quien propone el trato.

               —¡Vámonos ya, por favor!

               Andrea bajó las escaleras de prisa y salió a la calle. No se sintió capaz de despedirse del vampiro. Petru, quien no tuvo más remedio que seguirla, sí se detuvo un instante en la sala para decir “Gracias, señor. Hasta luego”.

               Ya en la calle interrogó a Andrea, que estaba fumando otra vez:

               —¿Qué pasó? ¿Por qué te saliste así?

               —No me entiendes, ¿verdad? —le respondió ella. Había una tristeza enorme en sus ojos.

               —¿Qué es lo que debo entender?

               —Yo no soportaría verlo morir, Petru. ¿No lo viste? Estaba acabado ya. ¿Cuánto tiempo hará que no bebe sangre? Y luego el pájaro... ¿cómo pudiste hacer algo así?

               —¿Qué hice?

               —¡Estaba aterrado! Igual que él. Ha de tener tanto miedo...

               —Andrea, estamos dejando ir una oportunidad....

               Pero ella ya no quiso escucharlo. Tiró a un lado el cigarrillo a la mitad y echó a correr por la banqueta solitaria, hacia el tenebroso fondo de la calle.

               Petru se fue andando tras ella, despacio. No quería correr ni le interesaba alcanzarla. Caminó hasta la parada, buscó el letrero para ver a qué hora pasaría por ahí el trolebús y consultó su reloj. Tendría que esperar 12 minutos. Dos muchachas gitanas, bajitas, esperaban también; una de ella buscaba algo neuróticamente en su bolso de charol. Cerca de la parada había un bar de mala muerte en el que ni Petru ni Andrea habían reparado cuando llegaron. Petru se imaginó al vampiro, muchos años atrás, rondando por ahí de madrugada en busca de borrachines.

               Sacó de su mochila el Flash, fue a pararse bajo la única farola que había en esa cuadra y se puso a leer los anuncios de computadoras de segunda mano.