Comenzaré por la nota que recibí en mi casa de Budapest el
segundo domingo de Enero de manos de un alguacil. En ella se me instaba a
acudir con rapidez a la vieja mansión de los Gurethez, una noble familia cuyo
linaje se remontaba al amanecer de la nación húngara, para dar testimonio en mi
calidad de notario de lo allí acaecido. Según su socio, el señor Selymes,
reconocido comerciante y hombre de carácter fuerte, lo que habían encontrado en
la mansión era poco menos que una carnicería. Al parecer, el señor Joseph
Gurethez presa de la locura, había descolgado su escopeta de caza del lugar que
ocupaba sobre la chimenea y la había emprendido a tiros con sus criados.
Después, quizá abrumado por lo que acababa de hacer, el señor Gurethez
introdujo el cañón de su escopeta en la boca y se voló los sesos. Según la
nota, el señor Selymes requería de mi presencia para hacer efectivas algunas
cláusulas ya pactadas entre los antiguos socios para hacerse con el control de
la empresa y para asegurar al resto de inversores la estabilidad y buen
funcionamiento de la misma en esos terribles momentos.
Dejé pesaroso la suculenta cena que la señora Marzic, mi
ama de llaves, había preparado al calor del hogar y ordené a mi mozo que
preparase la calesa para salir de inmediato. La noche presumía de ser fría y
húmeda, así que me embocé en un grueso capote y me calcé unas duras botas de
piel para evitar quedarme entumecido durante el trayecto. La mansión Gurethez
distaba menos de una hora de la cuidad. En otras condiciones me lo habría
tomado como un agradable paseo por el campo, incluso habría disfrutado del
magnífico paisaje y de la variada vegetación que en los meses estivales cubría
de color los campos y las laderas que se precipitaban sobre las riberas del
río, pero ahora, en pleno invierno, con el cielo amenazando con precipitarse
sobre la tierra y siendo noche cerrada ya, mis ganas de paseo decrecían como
las hojas de los árboles en otoño. Pronto comenzó a lloviznar y di gracias de
que el mozo se hubiera acordado de sacar la capota de la calesa. Me acurruqué
lo mejor que pude en el pescante, me calé el sombrero y, entrecerrando los ojos
para evitar las gotas que impactaban sobre mi rostro, arreé el caballo con la
esperanza de llegar cuanto antes.
Habría pasado una media hora cuando noté que algo iba mal.
Un extraño traqueteo ajeno a las ya de por si complicadas condiciones del
camino hizo fijar mi atención sobre la rueda derecha. Si nada lo impedía, y con
certeza nada podía hacerlo, la rueda iba a salirse en breves momentos de su
eje. Intenté frenar al caballo pero antes de conseguirlo oí el seco chasquido
de la madera al partirse. La calesa zigzagueó por el camino y apunto estuvo de
volcar. Solo cuando logré detenerla me percaté de que mis guantes se habían
rasgado debido a la tensión con que había sujetado las riendas.
Contemplé la escena y decidí que lo mejor sería cambiar la
rueda cuanto antes y no permanecer mucho tiempo en el tétrico paraje donde me
había detenido. Aunque la noche era más oscura fuera del alcance de las ya lejanas
luces de la ciudad, pude distinguir a lo lejos los restos de una antigua
iglesia abandonada. Me arrojé al barro del camino y desenganché el caballo para
mejor maniobrar y, justo cuando ya me hacía con la rueda de repuesto, un
chasquido eléctrico iluminó el cielo para momentos después desgarrar el
silencio de la noche con un estruendo tan violento que hizo huir a mi caballo y
a mi caer de espaldas sobre el barro. Observé impotente huir al animal desde el
suelo pero sin embargo continué con la reparación pensando que el caballo
volvería cuando se hubiera tranquilizado. Esperé casi un cuarto de hora a que
regresara pero cuando el cielo decidió romperse por completo y derramar sobre
mi todo el agua que albergaba no me lo pensé dos veces y corrí a refugiarme en
la vieja iglesia que se alzaba a duras penas sobre sus cansados muros, con tan
mala fortuna que, como pude comprobar una vez en su interior, de su estructura
sólo quedaban estos. Sin techo para cobijarme rodeé el edificio y cual no fue
mi sorpresa al descubrir tras de él un cementerio anexo, invadido por olvido
pero desafiando aún al cielo con sus cruces de piedra.
Llegado este momento he de decir que nunca fui persona
miedosa ni que creyera en supersticiones. Quizá por eso, ante el fuerte
aguacero que calaba mis ropas y mis huesos, decidí refugiarme en un bello
panteón familiar presidido por un hermoso y a la vez terrible ángel que
custodiaba la entrada con una gran espada y un dedo alzado como advertencia a
quién osara molestar el descanso de los que allí yacían. Dentro olía a humedad
y a flores rancias, y a polvo secular amontonado por el paso del tiempo sobre
las lápidas, haciendo imposible distinguir sus nombres. Me acurruqué sobre lo
que debió ser un reclinatorio y observé cómo afuera la lluvia caía con
violencia produciendo un ruido ensordecedor al chocar contra el suelo. Pero en
un momento en que el aguacero pareció amainar tuve la sensación de escuchar una
agradable melodía que se abría paso melancólicamente entre el ruido del agua y
de los truenos. Sobresaltado por tan increíble circunstancia, me incorporé, y a
la poderosa luz de los relámpagos escudriñé la estancia para ver si esa música
podía tener un origen real o solo era fruto de mi imaginación. Pero cuando la
estancia se iluminó por enésima vez con el azul eléctrico de la tormenta reparé
en una estrecha escalera que se hundía en el suelo, sin duda para dar paso a
una cripta. Confieso que sentí cierto recelo antes de asomarme pero, cuando lo
hice, el mecánico sonido de una triste melodía llegó a mis oídos con total
nitidez.
-¿Quién eres?-le pregunté-¿Qué haces aquí?
La niña clavó su mirada triste en mí pero no dijo una
palabra.
-No te preocupes, te sacaré de aquí.
Convencido de lo que le había prometido a la niña, la dejé
al calor de las velas y salí decidido a buscar el caballo. Al cabo de media
hora lo encontré piafando con las riendas enganchadas a unos matojos secos. Me
felicité por haber reparado la rueda rota entonces y no tener que hacerlo
ahora. Enganché el caballo a la calesa y me acerqué hasta las ruinas de la
vieja iglesia. Asegurándome de que el caballo no volviera a escapar, regresé al
panteón para recoger a la niña. Permanecía todavía allí, tarareando la triste
melodía que salía de su juguete. La cogí en brazos y la llevé hasta la calesa.
La envolví en mi abrigo y aprovechando que la tormenta se debilitaba continué
camino hasta la mansión Gurethez. La niña parecía dormir tranquila cobijada
bajo la capota y envuelta en mi abrigo. Acaricié su pelo y ella abrió los
ojitos.
-Papá ha matado a mamá.-dijo.
No entendí que quiso decir la niña con ese comentario que
me puso la carne de gallina. Cuando le pedí que se explicara se había vuelto a
dormir.
-Ocúpese de la niña que duerme dentro-dije al guarda antes
de irme-Procure que tome algo caliente.
El señor Selymes me esperaba desde hacía rato sentado a una
enorme mesa donde los documentos se apilaban y pasaban de manos de un pasante a
otro. Le expliqué el motivo de mi tardanza y el extraño encuentro con la niña.
El comprendió la situación y me invitó a cambiarme y tomar algo reconfortante
en el salón. Una vez con ropa seca me senté en una cómoda butaca junto al señor
Selymes, donde me explicó la situación.
-No sólo son los contratos sin cumplir y las deudas que
deja el señor Gurethez-dijo con total frialdad-sino la pérdida en vidas
humanas. Toda una familia desaparecida.
-¿Toda?-dije yo-Pensaba que la peor parte se la había
llevado el servicio.
-Quizás no esté al corriente, querido amigo, pero Gurethez
mató también a su mujer y a su hija.
-Es terrible-contesté-. No tuve el placer de conocer a su
familia.
-Pues ahí la tiene-dijo señalando un cuadro donde se
representaba al señor Gurethez sentado en un butacón con su mujer junto a él y
una niña que sostenía en su regazo.
Me acerqué para contemplar de cerca el cuadro y sólo
conseguí quedarme helado.
-¿Quién es la niña que aparece en el cuadro?-dije con una
terrible sensación en la boca del estómago-. ¿Quién es?
-Su hija, claro. La encontraron muerta de un disparo en su
habitación.
La copa que sostenía se estrelló contra el suelo. Salí
corriendo mientras buscaba la habitación de la niña. Cuando la encontré, un
empleado de la funeraria daba cuerda a una caja de música de la que salía esa
triste melodía que ya conocía. Bajo la sábana que cubría el pequeño cuerpo,
unos bucles dorados asomaban para confirmar mis temores. Retiré la sábana ante
la mirada incrédula de los operarios y creí morir. La misma niña que yo había
recogido y metido en mi calesa yacía sobre una cama manchada de sangre seca.
Logré reprimir una arcada antes de salir de la habitación. Luego vomité. Bajé
desesperado hasta donde se hallaba el guarda al que había dejado al cargo de mi
calesa y le pregunté que dónde se encontraba la niña.
-Ahí dentro no había nadie, señor. Creí que sí porque se
oía una musiquilla que salía del interior pero cuando fui a mirar estaba vacío.
Cuando desperté en esta cama me contaron que salí
corriendo de la finca y me perdí por los caminos embarrados que conducían a la
ciudad hasta que alguien me recogió. He pedido a la señora Marzic que llame a
un sacerdote, pues siento que mis fuerzas se desvanecen y mi pulso se
ralentiza. Ya no veo los objetos con nitidez, ni entiendo las palabras de los
que me hablan, pero sin embargo puedo reconocer con total claridad la triste
melodía que suena en mi cabeza mientras se acerca mi fin.
