TERROR 04.- LA CAJA DE MÚSICA, de Jesús Yébenes (España)

Largos días de convalecencia han pasado desde que alguien me encontrara en aquel camino embarrado, privado de mis sentidos más básicos y totalmente enajenado. Quizá esa persona debió haber desviado la mirada, ignorarme y pasar de largo dejando que vagara hasta adentrarme en el bosque y perecer allí presa de mi locura y mis temores, antes que devolverme a esta extraña condición en la que confundo lo real y lo imposible con la misma frecuencia que canta un grillo en una calurosa noche de verano. Pero aprovechando este breve momento de lucidez, pondré los hechos por orden para que quede constancia de mi relato y de las excepcionales circunstancias que en él describo, y si expiro, cosa nada extraña dada la calentura y el agotamiento tanto físico como mental que sufro desde hace semanas, no se me tilde de desequilibrado o excéntrico, sino que este documento sirva para aclarar el por qué de hallarme en este estado.
Comenzaré por la nota que recibí en mi casa de Budapest el segundo domingo de Enero de manos de un alguacil. En ella se me instaba a acudir con rapidez a la vieja mansión de los Gurethez, una noble familia cuyo linaje se remontaba al amanecer de la nación húngara, para dar testimonio en mi calidad de notario de lo allí acaecido. Según su socio, el señor Selymes, reconocido comerciante y hombre de carácter fuerte, lo que habían encontrado en la mansión era poco menos que una carnicería. Al parecer, el señor Joseph Gurethez presa de la locura, había descolgado su escopeta de caza del lugar que ocupaba sobre la chimenea y la había emprendido a tiros con sus criados. Después, quizá abrumado por lo que acababa de hacer, el señor Gurethez introdujo el cañón de su escopeta en la boca y se voló los sesos. Según la nota, el señor Selymes requería de mi presencia para hacer efectivas algunas cláusulas ya pactadas entre los antiguos socios para hacerse con el control de la empresa y para asegurar al resto de inversores la estabilidad y buen funcionamiento de la misma en esos terribles momentos.

Dejé pesaroso la suculenta cena que la señora Marzic, mi ama de llaves, había preparado al calor del hogar y ordené a mi mozo que preparase la calesa para salir de inmediato. La noche presumía de ser fría y húmeda, así que me embocé en un grueso capote y me calcé unas duras botas de piel para evitar quedarme entumecido durante el trayecto. La mansión Gurethez distaba menos de una hora de la cuidad. En otras condiciones me lo habría tomado como un agradable paseo por el campo, incluso habría disfrutado del magnífico paisaje y de la variada vegetación que en los meses estivales cubría de color los campos y las laderas que se precipitaban sobre las riberas del río, pero ahora, en pleno invierno, con el cielo amenazando con precipitarse sobre la tierra y siendo noche cerrada ya, mis ganas de paseo decrecían como las hojas de los árboles en otoño. Pronto comenzó a lloviznar y di gracias de que el mozo se hubiera acordado de sacar la capota de la calesa. Me acurruqué lo mejor que pude en el pescante, me calé el sombrero y, entrecerrando los ojos para evitar las gotas que impactaban sobre mi rostro, arreé el caballo con la esperanza de llegar cuanto antes.

Habría pasado una media hora cuando noté que algo iba mal. Un extraño traqueteo ajeno a las ya de por si complicadas condiciones del camino hizo fijar mi atención sobre la rueda derecha. Si nada lo impedía, y con certeza nada podía hacerlo, la rueda iba a salirse en breves momentos de su eje. Intenté frenar al caballo pero antes de conseguirlo oí el seco chasquido de la madera al partirse. La calesa zigzagueó por el camino y apunto estuvo de volcar. Solo cuando logré detenerla me percaté de que mis guantes se habían rasgado debido a la tensión con que había sujetado las riendas.

Contemplé la escena y decidí que lo mejor sería cambiar la rueda cuanto antes y no permanecer mucho tiempo en el tétrico paraje donde me había detenido. Aunque la noche era más oscura fuera del alcance de las ya lejanas luces de la ciudad, pude distinguir a lo lejos los restos de una antigua iglesia abandonada. Me arrojé al barro del camino y desenganché el caballo para mejor maniobrar y, justo cuando ya me hacía con la rueda de repuesto, un chasquido eléctrico iluminó el cielo para momentos después desgarrar el silencio de la noche con un estruendo tan violento que hizo huir a mi caballo y a mi caer de espaldas sobre el barro. Observé impotente huir al animal desde el suelo pero sin embargo continué con la reparación pensando que el caballo volvería cuando se hubiera tranquilizado. Esperé casi un cuarto de hora a que regresara pero cuando el cielo decidió romperse por completo y derramar sobre mi todo el agua que albergaba no me lo pensé dos veces y corrí a refugiarme en la vieja iglesia que se alzaba a duras penas sobre sus cansados muros, con tan mala fortuna que, como pude comprobar una vez en su interior, de su estructura sólo quedaban estos. Sin techo para cobijarme rodeé el edificio y cual no fue mi sorpresa al descubrir tras de él un cementerio anexo, invadido por olvido pero desafiando aún al cielo con sus cruces de piedra.

Llegado este momento he de decir que nunca fui persona miedosa ni que creyera en supersticiones. Quizá por eso, ante el fuerte aguacero que calaba mis ropas y mis huesos, decidí refugiarme en un bello panteón familiar presidido por un hermoso y a la vez terrible ángel que custodiaba la entrada con una gran espada y un dedo alzado como advertencia a quién osara molestar el descanso de los que allí yacían. Dentro olía a humedad y a flores rancias, y a polvo secular amontonado por el paso del tiempo sobre las lápidas, haciendo imposible distinguir sus nombres. Me acurruqué sobre lo que debió ser un reclinatorio y observé cómo afuera la lluvia caía con violencia produciendo un ruido ensordecedor al chocar contra el suelo. Pero en un momento en que el aguacero pareció amainar tuve la sensación de escuchar una agradable melodía que se abría paso melancólicamente entre el ruido del agua y de los truenos. Sobresaltado por tan increíble circunstancia, me incorporé, y a la poderosa luz de los relámpagos escudriñé la estancia para ver si esa música podía tener un origen real o solo era fruto de mi imaginación. Pero cuando la estancia se iluminó por enésima vez con el azul eléctrico de la tormenta reparé en una estrecha escalera que se hundía en el suelo, sin duda para dar paso a una cripta. Confieso que sentí cierto recelo antes de asomarme pero, cuando lo hice, el mecánico sonido de una triste melodía llegó a mis oídos con total nitidez.

 Dentro de la cripta me sorprendió descubrir un resplandor mortecino que vacilaba sobre los muros. Inmediatamente me puse en guardia. Allí había alguien. La música sonaba aún más clara y un denso olor a cera invadía todo el lugar. Mi primer pensamiento fue suponer que alguien que como yo había sido sorprendido por la tormenta se había refugiado allí. O quizá fueran gitanos ambulantes que se habían establecido en el lugar. Me acerqué igualmente convencido a descubrir quien se ocultaba allí. Cuando llegué al origen de la luz mi sorpresa fue mayúscula. A la tenue luz de dos cirios, sentada de espaldas frente a mí, con un inmaculado vestido blanco de volantes, una niña de rizos dorados daba cuerda a una coqueta caja de música. Por un momento me sentí desconcertado, confundido. ¿Qué estaba ocurriendo? Posé mi mano con cierta ansiedad sobre el hombro de la niña para hacer que se volviera. Cuando lo hizo, descubrí un rostro angelical por el que resbalaban las lágrimas hasta caer al suelo.

-¿Quién eres?-le pregunté-¿Qué haces aquí?

La niña clavó su mirada triste en mí pero no dijo una palabra.

-No te preocupes, te sacaré de aquí.

Convencido de lo que le había prometido a la niña, la dejé al calor de las velas y salí decidido a buscar el caballo. Al cabo de media hora lo encontré piafando con las riendas enganchadas a unos matojos secos. Me felicité por haber reparado la rueda rota entonces y no tener que hacerlo ahora. Enganché el caballo a la calesa y me acerqué hasta las ruinas de la vieja iglesia. Asegurándome de que el caballo no volviera a escapar, regresé al panteón para recoger a la niña. Permanecía todavía allí, tarareando la triste melodía que salía de su juguete. La cogí en brazos y la llevé hasta la calesa. La envolví en mi abrigo y aprovechando que la tormenta se debilitaba continué camino hasta la mansión Gurethez. La niña parecía dormir tranquila cobijada bajo la capota y envuelta en mi abrigo. Acaricié su pelo y ella abrió los ojitos.

-Papá ha matado a mamá.-dijo.

No entendí que quiso decir la niña con ese comentario que me puso la carne de gallina. Cuando le pedí que se explicara se había vuelto a dormir.

 Llegué al fin a la mansión con el barro pegado a mis ropas y el frío metido en mis huesos. El movimiento de policías y criados era incesante. Dejé la calesa a un guardia e hice que me llevaran ante el señor Selymes.

-Ocúpese de la niña que duerme dentro-dije al guarda antes de irme-Procure que tome algo caliente.

El señor Selymes me esperaba desde hacía rato sentado a una enorme mesa donde los documentos se apilaban y pasaban de manos de un pasante a otro. Le expliqué el motivo de mi tardanza y el extraño encuentro con la niña. El comprendió la situación y me invitó a cambiarme y tomar algo reconfortante en el salón. Una vez con ropa seca me senté en una cómoda butaca junto al señor Selymes, donde me explicó la situación.

-No sólo son los contratos sin cumplir y las deudas que deja el señor Gurethez-dijo con total frialdad-sino la pérdida en vidas humanas. Toda una familia desaparecida.

-¿Toda?-dije yo-Pensaba que la peor parte se la había llevado el servicio.

-Quizás no esté al corriente, querido amigo, pero Gurethez mató también a su mujer y a su hija.

-Es terrible-contesté-. No tuve el placer de conocer a su familia.

-Pues ahí la tiene-dijo señalando un cuadro donde se representaba al señor Gurethez sentado en un butacón con su mujer junto a él y una niña que sostenía en su regazo.

Me acerqué para contemplar de cerca el cuadro y sólo conseguí quedarme helado.

-¿Quién es la niña que aparece en el cuadro?-dije con una terrible sensación en la boca del estómago-. ¿Quién es?

-Su hija, claro. La encontraron muerta de un disparo en su habitación.

La copa que sostenía se estrelló contra el suelo. Salí corriendo mientras buscaba la habitación de la niña. Cuando la encontré, un empleado de la funeraria daba cuerda a una caja de música de la que salía esa triste melodía que ya conocía. Bajo la sábana que cubría el pequeño cuerpo, unos bucles dorados asomaban para confirmar mis temores. Retiré la sábana ante la mirada incrédula de los operarios y creí morir. La misma niña que yo había recogido y metido en mi calesa yacía sobre una cama manchada de sangre seca. Logré reprimir una arcada antes de salir de la habitación. Luego vomité. Bajé desesperado hasta donde se hallaba el guarda al que había dejado al cargo de mi calesa y le pregunté que dónde se encontraba la niña.

-Ahí dentro no había nadie, señor. Creí que sí porque se oía una musiquilla que salía del interior pero cuando fui a mirar estaba vacío.

Cuando desperté en esta cama me contaron que salí corriendo de la finca y me perdí por los caminos embarrados que conducían a la ciudad hasta que alguien me recogió. He pedido a la señora Marzic que llame a un sacerdote, pues siento que mis fuerzas se desvanecen y mi pulso se ralentiza. Ya no veo los objetos con nitidez, ni entiendo las palabras de los que me hablan, pero sin embargo puedo reconocer con total claridad la triste melodía que suena en mi cabeza mientras se acerca mi fin.