TERROR 06.- Vaivén, Fernando Veglia (Argentina)

En el conurbano bonaerense, en la esquina de un barrio pobre, había un espacio verde, un intento de plazoleta diseñada y construida por los vecinos de la cuadra. Habían marcado la superficie del lote con alambre perimetral, construido varios canteros y un arenero, sembrado flores, plantando algunos sauces e instalado dos columpios. De esta laboriosa manera, evitaron que la esquina se transformase en un escondrijo de ladrones y vagabundos.  Era habitual que los lotes de terreno baldíos, o las casas abandonadas, fueran usurpados por personas de mala vida, poniendo en peligro a los habitantes del barrio.
La plazoleta, como le decían quienes disfrutaban de ella, con el tiempo se convirtió en un lugar de encuentros. Allí reían, jugaban y gritaban los niños. Los domingos, el día de mayor concurrencia, familias enteras disfrutaban de la tarde y cuando debía tratarse algún tema inherente a la vecindad se convertía en sala de asambleas.

Sin embargo, la alegría perduró apenas un año. Un hecho desafortunado consiguió que el lugar fuese abandonado y que volviese a ser un vulgar terreno baldío. Desde entonces, un recuerdo lo habita. En las tardes de verano se reflejan, sobre la pared blanca de una casa lindante, las sombras de las dos cuerdas de un columpio y la silueta de una pequeña niña, meciéndose.

La tarde agonizaba. El sol, cual plato anaranjado, descendía hacia el oeste arrastrando consigo nubes violáceas. Al este, las primeras estrellas atravesaban un fondo azulado y el barrio, en su soledad de domingo, aguardaba el leve frío que desparramaba la penumbra.

En una casa añeja, tanto como sus dueños, una niña de seis años, llamada Eugenia, conversaba con su abuela, ayudándola a preparar la cena. Ambas estaban en la amplia cocina, habitaba por una oscura alacena antigua, una mesa desvencijada, un televisor, una heladera blanca con manija –semejaba un grotesco robot-, una mesada de granito y un desproporcionado horno viejo. El padre de la niña y su abuelo intentaban, en el garaje, reparar un auto, que hacía unos días no encendía.

Eugenia, había pasado más de medio día en casa de los abuelos, deseaba ver a su madre, volver al hogar, jugar con las muñecas. Sabía que si  manifestaba lo que deseaba a los adultos, recibiría un “no” por respuesta. Debía, como todos los domingos, estar al lado de su padre.

Cuando el tedio agotó su joven paciencia y la ansiedad le aguijoneó el espíritu, decidió escaparse sin que nadie lo notara. Aprovechando que la atención de la abuela estaba concentrada en el televisor, escapó sigilosamente hasta el living, abrió la puerta de calle, la llave estaba descansando imprudentemente en la cerradura, y emprendió el camino en la dirección que intuía estaba su casa, sin temor a perderse.

La abuela notó la ausencia de inmediato, pero supuso que la niña había ido al garaje, a ver qué estaban haciendo los hombres.

La pequeña, de rostro inocente, cabellos rubios, vestido verde a rayas blancas y zapatos de cuerina azul, caminó hasta que no supo reconocer en que lugar del barrio se hallaba. Detenida en una esquina, miró en todas direcciones sin descubrir persona que pudiera socorrerla, ni modo de orientarse para regresar.

La desesperación brotó en su interior, sentía que estaba sola y que nadie la socorrería. Gritó los nombres de sus padres y los de sus abuelos. No hubo respuesta. Su rostro enrojeció, frunció los párpados con fuerza, apretó ambos puños y lloró a gritos.

Sentada en cuclillas sobre la vereda, sin fuerzas para continuar llorando, fue sorprendida por la mirada de otra niña. Tenía su misma edad, rostro blanco, cabellos negros, ojos de párpados caídos, labios finos y vestido blanco. Estaba meciéndose en un columpio, ubicado en la esquina que alguna vez fue conocida como “la plazoleta”.

Eugenia se puso de pie y la miró en silencio, la enigmática niña abandonó el columpio, acercándosele lenta y curiosamente, para satisfacer las preguntas que su mente inquieta sugería.

Niña: ¿Por qué lloras?

Eugenia: Porque me perdí.

Niña: ¿Cómo te llamas?

Eugenia: Eugenia...

Niña: ¿Y tus papás?

Eugenia: No están... Me he perdido…

Niña: Si quieres, puedes quedarte conmigo hasta que vengan.

La niña extraviada lloriqueaba disimuladamente, aunque estaba más segura. Sin decir palabra, ambas caminaron hacia los columpios, se sentaron en el arenero y compitieron tácitamente, construyendo torres con arena, pasto y ramas. La niña enigmática perdió; había construido pocas torres.

Eugenia no festejó; estaba agradecida porque la había socorrido y no pretendía humillarla. Tenía curiosidad, no recordaba haberla visto antes llegar a la esquina.

Eugenia: ¿Cómo te llamas?

Niña: Marta.

Eugenia: No te vi cuando llegué a la esquina. ¿Qué haces acá?

Niña: Me escondo...

Eugenia: ¿De quién?

Niña: De mi papá...

Eugenia: ¿Por qué?

Niña: Porque no quiero que me encuentre...

Eugenia: ¿Dónde vivís?

La niña señaló la pared blanca lindera. Ambas caminaron hasta el frente de la casa.

La fachada de la vivienda era de color blanco. Rejas negras, de un metro ochenta de altura por todo el largo del frente, separaban el espacio público del privado. Dos ventanas observaban la calle, una pertenecía al  living y otra al dormitorio de los padres de Marta. La puerta de entrada era de chapa y tenía mirilla. Había un pequeño jardín, poblado de yuyos y con un caminito de baldosas grises, que iba desde la puerta de rejas hasta la puerta de la vivienda. El portón del garaje también era de chapa. La pintura era vieja y confería al conjunto aspecto abandonado.  

Niña: Esta es mi casa.

Eugenia: Parece grande. ¿Tú papá está acá?

Niña: Sí, no sabe que estoy con vos.

Eugenia: ¿No lo quieres?

Niña: No. Es malo. ¿Juegas una carrera hasta la esquina?

Eugenia: ¡Sí!

Las niñas corrieron. Marta llegó primero. Eugenia fue sorprendida por el grito de su padre, había olvidado que estaba perdida.

Padre: ¡Eugenia!

Eugenia: Me perdí. No quería escaparme…

Padre: ¿Hija, dónde te habías metido? No me hagas esto...

Eugenia lloriqueaba y repetía “Estaba aburrida...Quería volver a casa...”

Padre: ¿Por qué no me lo dijiste? Vamos a casa, los abuelos están preocupados. Tu madre también.

Eugenia: ¡Adiós, Marta!!

Padre: ¿Qué Marta? ¿A quién saludas?

Eugenia señaló en dirección a la esquina, al terreno baldío. Su padre miró atentamente, pero no vio a ninguna niña.

Padre: No hay nadie, es un lote abandonado. Vamos.

Desde la esquina, Marta observaba los pasos de su amiga. Resignada, volvió a subirse al columpio. De repente, dos estruendos, provenientes del interior de la casa de rejas negras, quebraron el silencio. El padre de Marta, armado con una pistola, salió a la calle. La buscaba. Ambos se miraron. Ella corrió instintivamente. Él disparó, hiriéndola mortalmente en la espalda. Un segundo disparo sonó y el hombre, con un agujero en el cráneo, cayó al lado del pequeño cuerpo de su hija muerta.

Las canaletas de las baldosas mezclaron la sangre de los cadáveres, como todas las tardes de verano en la que ambos fantasmas repetían la eterna condena.