La plazoleta, como le decían quienes disfrutaban de ella, con el tiempo
se convirtió en un lugar de encuentros. Allí reían, jugaban y gritaban los
niños. Los domingos, el día de mayor concurrencia, familias enteras disfrutaban
de la tarde y cuando debía tratarse algún tema inherente a la vecindad se
convertía en sala de asambleas.
Sin embargo, la alegría perduró apenas un año. Un hecho desafortunado
consiguió que el lugar fuese abandonado y que volviese a ser un vulgar terreno
baldío. Desde entonces, un recuerdo lo habita. En las tardes de verano se
reflejan, sobre la pared blanca de una casa lindante, las sombras de las dos
cuerdas de un columpio y la silueta de una pequeña niña, meciéndose.
La tarde agonizaba. El sol, cual
plato anaranjado, descendía hacia el oeste arrastrando consigo nubes violáceas.
Al este, las primeras estrellas atravesaban un fondo azulado y el barrio, en su
soledad de domingo, aguardaba el leve frío que desparramaba la penumbra.
En una casa añeja, tanto como sus dueños, una niña de seis años, llamada
Eugenia, conversaba con su abuela, ayudándola a preparar la cena. Ambas estaban
en la amplia cocina, habitaba por una oscura alacena antigua, una mesa
desvencijada, un televisor, una heladera blanca con manija –semejaba un
grotesco robot-, una mesada de granito y un desproporcionado horno viejo. El
padre de la niña y su abuelo intentaban, en el garaje, reparar un auto, que
hacía unos días no encendía.
Eugenia, había pasado más de medio día en casa de los abuelos, deseaba
ver a su madre, volver al hogar, jugar con las muñecas. Sabía que si manifestaba lo que deseaba a los adultos,
recibiría un “no” por respuesta. Debía, como todos los domingos, estar al lado
de su padre.
Cuando el tedio agotó su joven paciencia y la ansiedad le aguijoneó el
espíritu, decidió escaparse sin que nadie lo notara. Aprovechando que la
atención de la abuela estaba concentrada en el televisor, escapó sigilosamente
hasta el living, abrió la puerta de calle, la llave estaba descansando
imprudentemente en la cerradura, y emprendió el camino en la dirección que
intuía estaba su casa, sin temor a perderse.
La abuela notó la ausencia de inmediato, pero supuso que la niña había
ido al garaje, a ver qué estaban haciendo los hombres.
La pequeña, de rostro inocente, cabellos rubios, vestido verde a rayas
blancas y zapatos de cuerina azul, caminó hasta que no supo reconocer en que
lugar del barrio se hallaba. Detenida en una esquina, miró en todas direcciones
sin descubrir persona que pudiera socorrerla, ni modo de orientarse para
regresar.
La desesperación brotó en su interior, sentía que estaba sola y que
nadie la socorrería. Gritó los nombres de sus padres y los de sus abuelos. No
hubo respuesta. Su rostro enrojeció, frunció los párpados con fuerza, apretó
ambos puños y lloró a gritos.
Sentada en cuclillas sobre la vereda, sin fuerzas para continuar
llorando, fue sorprendida por la mirada de otra niña. Tenía su misma edad,
rostro blanco, cabellos negros, ojos de párpados caídos, labios finos y vestido
blanco. Estaba meciéndose en un columpio, ubicado en la esquina que alguna vez
fue conocida como “la plazoleta”.
Eugenia se puso de pie y la miró en silencio, la enigmática niña
abandonó el columpio, acercándosele lenta y curiosamente, para satisfacer las
preguntas que su mente inquieta sugería.
Niña: ¿Por qué lloras?
Eugenia: Porque me perdí.
Niña: ¿Cómo te llamas?
Eugenia: Eugenia...
Niña: ¿Y tus papás?
Eugenia: No están... Me he perdido…
Niña: Si quieres, puedes quedarte conmigo hasta que vengan.
La niña extraviada lloriqueaba disimuladamente, aunque estaba más
segura. Sin decir palabra, ambas caminaron hacia los columpios, se sentaron en
el arenero y compitieron tácitamente, construyendo torres con arena, pasto y
ramas. La niña enigmática perdió; había construido pocas torres.
Eugenia no festejó; estaba agradecida porque la había socorrido y no
pretendía humillarla. Tenía curiosidad, no recordaba haberla visto antes llegar
a la esquina.
Eugenia: ¿Cómo te llamas?
Niña: Marta.
Eugenia: No te vi cuando llegué a la esquina. ¿Qué haces acá?
Niña: Me escondo...
Eugenia: ¿De quién?
Niña: De mi papá...
Eugenia: ¿Por qué?
Niña: Porque no quiero que me encuentre...
Eugenia: ¿Dónde vivís?
La niña señaló la pared blanca lindera. Ambas caminaron hasta el frente
de la casa.
La fachada de la vivienda era de color blanco. Rejas
negras, de un metro ochenta de altura por todo el largo del frente, separaban
el espacio público del privado. Dos ventanas observaban la calle, una
pertenecía al
living y otra al dormitorio de los padres de Marta. La puerta de entrada
era de chapa y tenía mirilla. Había un pequeño jardín, poblado de yuyos y con un caminito
de baldosas grises, que iba desde la puerta de rejas hasta la puerta de la
vivienda. El portón del garaje también era de chapa. La pintura era vieja y
confería al conjunto aspecto abandonado.
Niña: Esta es mi casa.
Eugenia: Parece grande. ¿Tú papá está acá?
Niña: Sí, no sabe que estoy con vos.
Eugenia: ¿No lo quieres?
Niña: No. Es malo. ¿Juegas una carrera hasta la esquina?
Eugenia: ¡Sí!
Las niñas corrieron. Marta llegó primero. Eugenia fue sorprendida por el
grito de su padre, había olvidado que estaba perdida.
Padre: ¡Eugenia!
Eugenia: Me perdí. No quería escaparme…
Padre: ¿Hija, dónde te habías metido? No me hagas esto...
Eugenia lloriqueaba y repetía “Estaba aburrida...Quería volver a
casa...”
Padre: ¿Por qué no me lo dijiste? Vamos a casa, los abuelos están
preocupados. Tu madre también.
Eugenia: ¡Adiós, Marta!!
Padre: ¿Qué Marta? ¿A quién saludas?
Eugenia señaló en dirección a la esquina, al terreno baldío. Su padre
miró atentamente, pero no vio a ninguna niña.
Padre: No hay nadie, es un lote abandonado. Vamos.
Desde la esquina, Marta observaba los pasos de su amiga. Resignada,
volvió a subirse al columpio. De repente, dos estruendos, provenientes del
interior de la casa de rejas negras, quebraron el silencio. El padre de Marta,
armado con una pistola, salió a la calle. La buscaba. Ambos se miraron. Ella
corrió instintivamente. Él disparó, hiriéndola mortalmente en la espalda. Un
segundo disparo sonó y el hombre, con un agujero en el cráneo, cayó al lado del
pequeño cuerpo de su hija muerta.
Las canaletas de las baldosas mezclaron la sangre de los cadáveres, como
todas las tardes de verano en la que ambos fantasmas repetían la eterna
condena.
