Se estacionó junto a uno de los surtidores y
miró su reloj; era un poco más de la medianoche. Bostezó, mientras se frotaba
los ojos, y bajó del coche. Miró a su alrededor; la estación se encontraba
vacía, a excepción de un auto negro, todavía más desvencijado que el suyo,
aparcado frente a la tienda de conveniencia.
Marcó dieciséis dólares y colocó la manguera
en el depósito de combustible. Puso ambas manos a la altura de sus riñones y
arqueó la espalda, llevando la cabeza
hacia atrás.
Estaba agotado después de conducir la mayor parte
del día. También estaba hambriento. No había probado bocado desde esa misma
mañana al abandonar el pueblo de Bradford. Podría haberse detenido en
cualquiera de los restaurantes situados a los lados de la carretera; pero, algo
en su interior, lo obligaba a mantener el pie sobre el acelerador.
Nadie lo perseguía y aún así, no lograba
contener el impulso de seguir huyendo. Nadie lo había culpado por la muerte del
señor Brannon. El dictamen médico no dejaba dudas, se había tratado de un
infarto; sin embargo, no lograba reprimir el sentimiento de culpa.
Mark Brannon, a pesar de sus más de setenta
años, se conservaba bastante bien, por lo que resultaba incomprensible, que se
hubiera desplomado al atender la puerta de su vivienda.
John Nelson, recordó que ese día se
encontraba en la cocina, enfrascado en una desigual lucha contra una fuga en la
tubería del fregadero. Al escuchar el timbre se dispuso a levantarse, pero el
anciano lo detuvo con una sonrisa y un gesto de la mano. Él le devolvió la
sonrisa y suspiró algo abatido, golpeándose la palma de la mano con la llave
ajustable, ya que después de una hora lo único que había logrado era, que un
simple goteo, se transformara en un
constante hilo de agua que amenazaba con anegar la cocina.
No estaba nada mal, pensaba entonces. A cambio de unas cuantas reparaciones menores
en el interior de la casa, algunas manos de pintura a la cerca y las visitas a la tienda por
provisiones y revistas, recibía una cama en el garaje, tres comidas calientes y
algunos dólares al final de cada semana.
Por otra parte el señor Brannon era un buen
hombre. Lo había demostrado brindándole abrigo a un desconocido. Además, ya
había transcurrido un mes sin que sucediera algo malo.
Quizás su suerte por fin empezaba a cambiar.
La sonrisa de agradecimiento y de alivio,
que comenzaba a dibujarse en sus labios, se congeló de pronto al oír un golpe
seco.
Se incorporó de un salto y corrió hacia la sala. El señor Brannon se encontraba
tendido en el suelo, junto a la puerta abierta. Nelson se arrodilló a su lado y
colocó el oído sobre su pecho. No escuchó nada, ni siquiera un débil latido.
Salió al patio y se apresuró a llegar a la cerca. Miró en todas direcciones,
sujetándose el cabello en un gesto de impotencia, pero la calle estaba
completamente vacía
Regresó a la casa y se sentó en el
suelo, recostándose contra la pared. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza y
comenzó a golpetear la pared con la cabeza. Se incorporó con desgano y maldijo
su suerte, mientras discaba el número de
emergencias.
Cuando John Nelson dejó atrás sus recuerdos
y abrió la puerta de la tienda, lo
primero que vio fue a un tipo apuntándole con un revolver al encargado, quien
se apresuraba a llenar una bolsa de papel con el efectivo de la caja
registradora.
“No puede ser”, dijo para sus adentros y
avanzó despacio, con las manos en alto, justo como acababan de ordenárselo.
El sujeto se acercó, le colocó el arma bajo
la barbilla y se dispuso a vaciarle los bolsillos. Nelson observó preocupado
las gruesas gotas de sudor que resbalaban por el rostro del tipo y pensó, que
con un arma cargada y una mano nerviosa, no se obtenía una mezcla demasiado
segura.
El encargado, aprovechando la distracción
comenzó a buscar algo bajo el mostrador; algo que cayó al suelo con un sonido
metálico. El tipo giró con brusquedad y empezó a disparar.
Nelson vio como el pobre chico se deslizaba
despacio, con la boca abierta y una mirada desconcertada, dejando un rastro
irregular de sangre en la pared.
El hombre se volvió y caminó con aire
decidido. Nelson sintió el frío del metal contra su frente.
“Dios mío”, imploró, mordiéndose el labio y
tratando de recordar cuántos disparos había escuchado. Cerró los ojos con
fuerza y tensó todo el cuerpo. Escuchó un clic y frunció el ceño extrañado.
Cuando escucho el segundo clic, encontró el valor suficiente para volver a
mirar.
El tipo ya corría hacia la puerta con la
bolsa en la mano.
Nelson suspiró aliviado. Se humedeció los
labios resecos al tiempo que se dirigía al mostrador. Se apoyó en el borde,
parándose de puntillas y supo que no era necesario tomarle el pulso al
encargado. Era obvio que estaba muerto.
De pronto levantó la vista, escrutando
frenético las esquinas del establecimiento. Se detuvo tranquilizado al descubrir la cámara de
vigilancia. Se paró bajo ella y vio, ya con más calma, que el indicador de
grabación se hallaba encendido.
Tomó el teléfono y llamó a la policía.
Mientras aguardaba, pensó que no había
existido casi ningún momento en su vida, que no estuviera acompañado por una
desgracia. No había conocido a sus padres, aunque, ateniéndose a su suerte,
quizás ya se encontraran muertos.
Apenas recordaba el primer orfanato. Las
imágenes eran confusas en su memoria: fuego, humo, gritos y una voz, una débil
voz de mujer que lo llamaba, que lo invitaba a caminar hacia las llamas.
Años después había leído en una biblioteca
los diarios de la época. La mayoría de los niños habían muerto calcinados o
asfixiados por el humo. Él, de alguna forma, había sobrevivido.
Los siguientes años los había alternado
entre hogares adoptivos y funerales; nuevos orfelinatos y salas de hospital.
Escapó definitivamente a los dieciséis años y desde entonces, salvo breves
intervalos de trabajo en granjas o pequeñas ciudades, había pasado la mayor
parte del tiempo en las carreteras.
Ahora se acercaba su cumpleaños número
cuarenta y la certeza de su soledad le hizo encogerse de hombros, como si se
preparara para recibir una carga demasiado pesada.
Nunca se había casado y procuraba no
entablar ninguna relación, ya que estaba convencido que de hacerlo no tendría
un sólo instante de paz, pensando que de un momento a otro sonaría el teléfono
o alguien llamaría a la puerta llevándole las malas noticias. O tal vez, al
volver una tarde a casa, la encontraría atestada de policías y cercada por una
cinta amarilla.
Media hora después llegaron dos patrullas.
Cuatro policías, tres de ellos uniformados y uno de ellos vestido de civil,
irrumpieron en la tienda, con las armas desenfundadas y ordenándole que se
tirara al suelo, con las manos entrelazadas en la nuca. Uno de los oficiales
comenzó a registrarlo, mientras el que estaba vestido de civil le leía sus
derechos.
“Soy inocente —trató de explicarles—. Sólo
deben revisar la cámara de vigilancia”.
Uno de ellos se dirigió a la trastienda y
regresó minutos después, con una videocinta en las manos.
“Creo que dice la verdad”, le informó al
Sargento Cole, que ya había tenido tiempo de presentarse.
“Debe comprender —se disculpó éste,
quitándole las esposas—, sólo cumplimos con nuestro trabajo”.
Luego miró hacia el suelo y se pellizcó la
nariz. “Como sabrá —añadió, acariciándose el mentón—, debe acompañarnos a la
comisaría”.
“Claro, no hay problema”, contestó Nelson
con un tono resignado y siguió a uno de los policías.
Ya afuera de la tienda el agente abrió la
portezuela y Nelson subió al asiento trasero de la patrulla. De pronto sintió
un ligero cosquilleo en la nuca. Volteó la cabeza y vio a una mujer de pie
junto a uno de las bombas de combustible. Tuvo de inmediato la impresión de
haberla visto antes, pero no logró precisar cuándo o dónde.
Se preguntó qué haría allí. Quizás se
trataba de una policía, pero descartó la idea al reparar en su ropa. Las
mujeres policías no realizaban sus rondas con un vestido negro. Quizá sólo se
trataba de una persona común y
corriente, que se había detenido a
llenar el tanque, en la estación equivocada.
La mujer seguía mirándolo, con una expresión
de frustración. Nelson le sonrió con timidez intentando ser amable. Ella le
respondió frunciendo el ceño. Nelson empezó a sentirse incomodo y suspiró
aliviado cuando la patrulla se puso en marcha.
Se arrellanó en el asiento, haciendo a un
lado la imagen de la mujer y trató de aclarar sus pensamientos. Allí estaba
otra vez, dirigiéndose a una comisaría. Luego vendrían los interrogatorios, la
descripción del sospechoso y las innumerables fotografías intentando
identificarlo.
Después saldría a la calle, a enfrentarse de
nuevo con su realidad. Volvería a caminar temeroso, siempre viendo sobre su
hombro, sin lograr reprimir la certeza de que alguien lo sigue, alguien que
jamás se cansa, alguien que está cada vez más cerca.
Estaba seguro de que era el hombre más
desafortunado sobre la tierra y se preguntó, si sería posible, que su suerte
cambiara algún día.
“Tal vez mañana todo sea diferente”, se
dijo, sin ninguna convicción y comenzó a reírse de sí mismo, mientras el
policía que viajaba a su lado lo miraba extrañado.
La mujer, todavía en el mismo lugar de la
estación, entrecerró los ojos, frunció los labios y apretó los puños. No podía
negar que John Nelson era un verdadero dolor de cabeza, la única mancha en un
historial repleto de éxitos.
Allí estaba ella, que había cortado durante
milenios los hilos que determinaban la existencia de cada hombre, de nuevo con
la vida equivocada entre las manos.
No se explicaba, cómo era posible, que
siempre sucediera algo que arruinara sus planes.
Permaneció inmóvil todavía unos segundos,
observando con una media sonrisa, como las luces del auto que conducía a John
Nelson, a quien ella consideraba el
hombre más afortunado sobre la tierra, se perdían por la carretera.
