TERROR 08.-BAJO LA LUNA LLENA DE OKALU, Francisco José Segovia Ramos

¿Son las pesadillas menos terribles que algunas realidades? No lo sé: aún no he conseguido superar lo sucedido la pasada noche en la isla de Okalu, ni creo que logre conciliar el sueño las noches en las que la luna esté en fase llena... nunca más en mi vida.

Ayer arribamos a la isla de Okalu, un trozo de tierra perdido en el inmenso océano. Debíamos arreglar unas averías en el velero y arribamos a pequeña ensenada, situada al noreste de la isla, para atracar y hacer las reparaciones.

Una vez iniciados los trabajos, me dirigí con varios tripulantes al interior de la isla. Sabía, por otros navegantes, que su escasa población se concentraba en un solitario y miserable poblado situado casi en el centro de un frondoso palmeral. Hacia allí marchamos. Como íbamos despacio llegamos al poblado al atardecer. Como suponíamos, fuimos recibidos por los isleños de forma amistosa, pero sin mostrar mucha alegría. Eso nos extrañó, porque esas mismas fuentes que escribían sobre la isla también elogiaban el carácter abierto de sus habitantes. El jefe de los nativos, un hombre maduro y corpulento, tenía una voz fría y grave, que parecía brotar de su estómago en vez de su garganta. Nos habló en un idioma que, por suerte, era similar al de otras islas, y que yo entendía y platicaba aceptablemente. Entre saludos y regalos mutuos se nos hizo de noche y, como estábamos agotados, decidimos cenar allí mismo, dormir en una choza de los aledaños del poblado, y regresar el día siguiente. Además –y esto lo teníamos claro desde el principio- no corríamos peligro. La tribu se mantenía distante en el trato con nosotros, pero sin intensiones agresivas.

Aunque estaba acostumbrada a probar mejunjes y comidas exóticas de dudoso contenido, no bebí la extraña pócima que nos ofrecieron en la cena, al contrario que mis compañeros; quizá porque atisbado una enigmática y ominosa mirada entre el jefe de la tribu y el hechicero o brujo. Tal vez me alertó un sexto sentido que me ha ayudado otras veces. Sin embargo, no me atreví a manifestar mi inquietud, porque temí que una sospecha tan poco fundamentada creara problemas en las relaciones con los nativos, así que guardé silencio y me dije que quizá había sido una impresión errónea.

Debía ser casi medianoche cuando me despertó un lejano sonido de tambores, de ritmo cadencioso y opresivo. Me incorporé y miré a mis compañeros: dormían profundamente. En sus respiraciones noté algo inusual. Intenté despertarles pero, como sospechaba, la pócima les había provocado un sopor del que supe no saldrían en un buen rato. Estaba sola, y no podría contar con ellos. Me pregunté qué era lo que pretendían los indígenas al dejarnos inconscientes.

Salí fuera de la choza: la luna llena resplandecía en todo su sublime misterio. Presta, caminé en dirección al origen del enigmático tocar de tambores, imbuida por esa hambre de conocimientos de todos los que nos embarcamos y lanzamos a la mar. Pasé con cautela junto al resto de las chozas, y logré salir del poblado sin ser descubierta. Después me introduje en los palmerales cercanos que nos rodeaban. Anduve entre retorcidas y gráciles palmeras que se estilizaban y alargaban mágicamente a la luz de la luna. Seguí el sonido de los tambores, que me llevaba siempre en dirección al pie de la colina más importante de la isla. Al rato de caminar entre los árboles observé que el palmeral se abría a un gran calvero circular iluminado por una fogata encendida, cuyas llamas anaranjadas contrastaban con la blanca claridad opalina de Selene. Vislumbré sombras de figuras que danzaban al ritmo de la música. Cuando llegué hasta la linde del palmeral el sonido de los tambores cesó de golpe. Me sobrecogió el silencio envolvente de la noche, donde solo se oía el fúnebre crepitar de las llamas de la fogata. Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Miré al fuego y a mi alrededor, sin ver a nadie y, por supuesto, sin saber dónde estaban los que habían tocado los tambores, o los danzarines cuyas sombras había visto dibujarse sobre la arena. Avancé despacio y con prudencia hacia la hoguera. Vi tamboriles abandonados, y algunos cuencos vacíos, pero ni rastro de seres humanos. Habían desaparecido tan silenciosa y rápidamente que, por un momento, dudé en dar la vuelta y regresar a la seguridad del poblado, junto al resto de mis compañeros, porque algo vibraba dentro de mí y me gritaba con voz sorda que me alejara de allí.

Entonces, iluminado por los rayos de una luna, que parecía más blanca y grande que nunca, descubrí un gran ídolo: era enorme, casi tres veces la estatura de una persona normal, y de un diámetro de entre dos y tres metros. Al principio, en la lejanía, lo había confundido con una formación rocosa, pero ahora me sobrecogió no haberme dado cuenta antes de mi error. Me acerqué con cuidado y lo miré detenidamente: no era completamente liso, ya que a lo largo de toda su oscura superficie tenía extrañas ramificaciones que caían a los lados; protuberancias y concavidades que le daban una forma irregular y terrorífica a la vez. Su rostro, si es que aquello podría definirse como tal, me es casi imposible describirlo, y renunciaré a hacerlo porque mi mente no puede asumirlo y dudo que nadie entendiese la descripción. Incluso me pregunto si mis propios sentidos no me engañaron entonces.

Emanaba una atmósfera de maldad que casi se palpaba. Lo toqué y su tacto me repugnó. ¿De qué estaba hecho? No parecía madera, como había supuesto inicialmente, ni ningún otro material que conociese. Lo golpeé con una pequeña piedra que encontré a sus pies, y era como una superficie gomosa… Deduje que tal vez los nativos lo hubiesen rociado con alguna sustancia en una ceremonia mística o religiosa. Un imprevisto y violento escalofrío de terror me recorrió el cuerpo. Dejé el ídolo a mi espalda y busqué con la mirada alguna pista de por dónde se habían ido los nativos. Inútil intento, porque la luna llena no alcanzaba a iluminar más allá de la línea regular y estilizada de la masa de palmeras que tenía más lejos de lo que me pareció en esos momentos deseable. Entonces oí un siniestro ruido a mi espalda y me dejé apoderar por el pánico. Salí corriendo, sin mirar atrás, sin querer saber qué había detrás de mí.

Llegue hasta el palmeral, y respiré más tranquila cuando me introduje en la seguridad de su espesura, pero no paré de huir. Miré brevemente atrás, hacia el lugar que acababa de abandonar. La luna, en ese momento, quedó cubierta por unas espesas nubes, pero a pesar de la falta de luz me pareció que desde el calvero algo enorme y oscuro se dirigía hacia mí. Corrí, alejándome de allí. Entre el miedo que me atenazaba y el desconocimiento del lugar, me extravié y tuve que volver sobre mis pasos para tomar otra vez el sendero correcto. Una y otra vez creía oír cercano el mismo ruido extraño del claro, como si me siguiese y se acercara aparándose en la oscuridad y el palmeral. La luna, como si quisiera poner un punto más de tragedia aquella noche, aparecía a intervalos, y luego volvía a ser cubierta por unas nubes alargadas y espesas, con lo que las sombras y las luces jugaban conmigo y acrecentaban mi terror.

Llegué al poblado al amanecer, exhausta, y aterrorizada. Desperté a mis compañeros tras no pocos esfuerzos. Cuando estuvieron despabilados les dije que se aprestaran rápido para la marcha, con la excusa de que los nativos no parecían muy pacíficos. Me miraron sorprendidos, pero obedecieron raudos. No les dije nada de lo que había sido testigo esa noche.

Era inevitable que nuestra marcha alertaría a los habitantes del poblado, y que alguien nos descubriría. El jefe de la tribu nos vio salir de la tienda, se acercó a mí y me preguntó, con esa voz grave que ahora me parecía siniestra, por qué nos íbamos ya. Hice un aparte con él y, dispuesta a congraciarme con aquél hombre, le expliqué mi excusión de la noche anterior. Aproveché que estaba receptivo para preguntarle sobre el extraño ídolo.

“¿Qué ídolo?”, me preguntó, y abrió sus ojos en una expresión clara de horror e incredulidad. Le expliqué los detalles y, cuando terminé, me miró con fijeza al rostro, con una expresión cargada de terror, y me murmuró unas palabras entrecortadas y cargadas de miedo. Luego se apartó de mí, y se alejó apresuradamente, sin decir nada más.

Mil pensamientos atronaron a la vez en mi cerebro, y no quise pensar más sino unirme a mis compañeros y salir de allí. Di órdenes de regresar a la playa y aceleré el paso para alejarme de las pesadillas que empezaban a formarse en mi cerebro al ritmo de tambores tocados de forma arrítmica en noches de lunas ominosas.

Escribo todo esto en mi diario, y recuerdo la conversación con el jefe de la tribu, y su respuesta: “No era ningún ídolo... era El Que No Tiene Nombre; el que viene de la oscuridad; el que visita la isla cada noche de luna llena para regenerarse en la tierra de sus ancestros, los primigenios, desde mucho antes de que los hombres existiesen”.

Temo que cada noche de luna llena El Que No Tiene Nombre, el demonio venido de la oscuridad, se me aparezca en mis pesadillas... o en mi realidad, y esta vez no se divierta malignamente viendo inmóvil como le observo y toco, y me atrape. Quizá una noche escale el costado de la nave, y me arrastre con él hasta las profundidades abismales marinas en las que habita rumiando venganzas y retornos de antiguos y malignos dioses, que solo se sacian con el sonido de tambores de sacrificio y ceremonias de innombrable contenido.