Ayer
arribamos a la isla de Okalu, un trozo de tierra perdido en el inmenso océano.
Debíamos arreglar unas averías en el velero y arribamos a pequeña ensenada,
situada al noreste de la isla, para atracar y hacer las reparaciones.
Una
vez iniciados los trabajos, me dirigí con varios tripulantes al interior de la
isla. Sabía, por otros navegantes, que su escasa población se concentraba en un
solitario y miserable poblado situado casi en el centro de un frondoso
palmeral. Hacia allí marchamos. Como íbamos despacio llegamos al poblado al
atardecer. Como suponíamos, fuimos recibidos por los isleños de forma amistosa,
pero sin mostrar mucha alegría. Eso nos extrañó, porque esas mismas fuentes que
escribían sobre la isla también elogiaban el carácter abierto de sus
habitantes. El jefe de los nativos, un hombre maduro y corpulento, tenía una
voz fría y grave, que parecía brotar de su estómago en vez de su garganta. Nos
habló en un idioma que, por suerte, era similar al de otras islas, y que yo
entendía y platicaba aceptablemente. Entre saludos y regalos mutuos se nos hizo
de noche y, como estábamos agotados, decidimos cenar allí mismo, dormir en una
choza de los aledaños del poblado, y regresar el día siguiente. Además –y esto
lo teníamos claro desde el principio- no corríamos peligro. La tribu se
mantenía distante en el trato con nosotros, pero sin intensiones agresivas.
Aunque
estaba acostumbrada a probar mejunjes y comidas exóticas de dudoso contenido,
no bebí la extraña pócima que nos ofrecieron en la cena, al contrario que mis
compañeros; quizá porque atisbado una enigmática y ominosa mirada entre el jefe
de la tribu y el hechicero o brujo. Tal vez me alertó un sexto sentido que me ha
ayudado otras veces. Sin embargo, no me atreví a manifestar mi inquietud,
porque temí que una sospecha tan poco fundamentada creara problemas en las
relaciones con los nativos, así que guardé silencio y me dije que quizá había
sido una impresión errónea.
Debía
ser casi medianoche cuando me despertó un lejano sonido de tambores, de ritmo
cadencioso y opresivo. Me incorporé y miré a mis compañeros: dormían
profundamente. En sus respiraciones noté algo inusual. Intenté despertarles
pero, como sospechaba, la pócima les había provocado un sopor del que supe no
saldrían en un buen rato. Estaba sola, y no podría contar con ellos. Me
pregunté qué era lo que pretendían los indígenas al dejarnos inconscientes.
Salí
fuera de la choza: la luna llena resplandecía en todo su sublime misterio.
Presta, caminé en dirección al origen del enigmático tocar de tambores, imbuida
por esa hambre de conocimientos de todos los que nos embarcamos y lanzamos a la
mar. Pasé con cautela junto al resto de las chozas, y logré salir del poblado
sin ser descubierta. Después me introduje en los palmerales cercanos que nos
rodeaban. Anduve entre retorcidas y gráciles palmeras que se estilizaban y
alargaban mágicamente a la luz de la luna. Seguí el sonido de los tambores, que
me llevaba siempre en dirección al pie de la colina más importante de la isla.
Al rato de caminar entre los árboles observé que el palmeral se abría a un gran
calvero circular iluminado por una fogata encendida, cuyas llamas anaranjadas
contrastaban con la blanca claridad opalina de Selene. Vislumbré sombras de
figuras que danzaban al ritmo de la música. Cuando llegué hasta la linde del
palmeral el sonido de los tambores cesó de golpe. Me sobrecogió el silencio
envolvente de la noche, donde solo se oía el fúnebre crepitar de las llamas de
la fogata. Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré
al fuego y a mi alrededor, sin ver a nadie y, por supuesto, sin saber dónde
estaban los que habían tocado los tambores, o los danzarines cuyas sombras
había visto dibujarse sobre la arena. Avancé despacio y con prudencia hacia la
hoguera. Vi tamboriles abandonados, y algunos cuencos vacíos, pero ni rastro de
seres humanos. Habían desaparecido tan silenciosa y rápidamente que, por un
momento, dudé en dar la vuelta y regresar a la seguridad del poblado, junto al
resto de mis compañeros, porque algo vibraba dentro de mí y me gritaba con voz
sorda que me alejara de allí.
Entonces,
iluminado por los rayos de una luna, que parecía más blanca y grande que nunca,
descubrí un gran ídolo: era enorme, casi tres veces la estatura de una persona
normal, y de un diámetro de entre dos y tres metros. Al principio, en la
lejanía, lo había confundido con una formación rocosa, pero ahora me sobrecogió
no haberme dado cuenta antes de mi error. Me acerqué con cuidado y lo miré
detenidamente: no era completamente liso, ya que a lo largo de toda su oscura
superficie tenía extrañas ramificaciones que caían a los lados; protuberancias
y concavidades que le daban una forma irregular y terrorífica a la vez. Su
rostro, si es que aquello podría definirse como tal, me es casi imposible
describirlo, y renunciaré a hacerlo porque mi mente no puede asumirlo y dudo
que nadie entendiese la descripción. Incluso me pregunto si mis propios
sentidos no me engañaron entonces.
Emanaba
una atmósfera de maldad que casi se palpaba. Lo toqué y su tacto me repugnó.
¿De qué estaba hecho? No parecía madera, como había supuesto inicialmente, ni
ningún otro material que conociese. Lo golpeé con una pequeña piedra que
encontré a sus pies, y era como una superficie gomosa… Deduje que tal vez los
nativos lo hubiesen rociado con alguna sustancia en una ceremonia mística o
religiosa. Un imprevisto y violento escalofrío de terror me recorrió el cuerpo.
Dejé el ídolo a mi espalda y busqué con la mirada alguna pista de por dónde se
habían ido los nativos. Inútil intento, porque la luna llena no alcanzaba a
iluminar más allá de la línea regular y estilizada de la masa de palmeras que
tenía más lejos de lo que me pareció en esos momentos deseable. Entonces oí un
siniestro ruido a mi espalda y me dejé apoderar por el pánico. Salí corriendo,
sin mirar atrás, sin querer saber qué había detrás de mí.
Llegue
hasta el palmeral, y respiré más tranquila cuando me introduje en la seguridad
de su espesura, pero no paré de huir. Miré brevemente atrás, hacia el lugar que
acababa de abandonar. La luna, en ese momento, quedó cubierta por unas espesas
nubes, pero a pesar de la falta de luz me pareció que desde el calvero algo
enorme y oscuro se dirigía hacia mí. Corrí, alejándome de allí. Entre el miedo
que me atenazaba y el desconocimiento del lugar, me extravié y tuve que volver
sobre mis pasos para tomar otra vez el sendero correcto. Una y otra vez creía
oír cercano el mismo ruido extraño del claro, como si me siguiese y se acercara
aparándose en la oscuridad y el palmeral. La luna, como si quisiera poner un
punto más de tragedia aquella noche, aparecía a intervalos, y luego volvía a
ser cubierta por unas nubes alargadas y espesas, con lo que las sombras y las
luces jugaban conmigo y acrecentaban mi terror.
Llegué
al poblado al amanecer, exhausta, y aterrorizada. Desperté a mis compañeros
tras no pocos esfuerzos. Cuando estuvieron despabilados les dije que se
aprestaran rápido para la marcha, con la excusa de que los nativos no parecían
muy pacíficos. Me miraron sorprendidos, pero obedecieron raudos. No les dije
nada de lo que había sido testigo esa noche.
Era
inevitable que nuestra marcha alertaría a los habitantes del poblado, y que
alguien nos descubriría. El jefe de la tribu nos vio salir de la tienda, se
acercó a mí y me preguntó, con esa voz grave que ahora me parecía siniestra,
por qué nos íbamos ya. Hice un aparte con él y, dispuesta a congraciarme con
aquél hombre, le expliqué mi excusión de la noche anterior. Aproveché que
estaba receptivo para preguntarle sobre el extraño ídolo.
“¿Qué
ídolo?”, me preguntó, y abrió sus ojos en una expresión clara de horror e
incredulidad. Le expliqué los detalles y, cuando terminé, me miró con fijeza al
rostro, con una expresión cargada de terror, y me murmuró unas palabras
entrecortadas y cargadas de miedo. Luego se apartó de mí, y se alejó
apresuradamente, sin decir nada más.
Mil
pensamientos atronaron a la vez en mi cerebro, y no quise pensar más sino
unirme a mis compañeros y salir de allí. Di órdenes de regresar a la playa y
aceleré el paso para alejarme de las pesadillas que empezaban a formarse en mi
cerebro al ritmo de tambores tocados de forma arrítmica en noches de lunas
ominosas.
Escribo
todo esto en mi diario, y recuerdo la conversación con el jefe de la tribu, y
su respuesta: “No era ningún ídolo... era El
Que No Tiene Nombre; el que viene de la oscuridad; el que visita la isla
cada noche de luna llena para regenerarse en la tierra de sus ancestros, los
primigenios, desde mucho antes de que los hombres existiesen”.
Temo
que cada noche de luna llena El Que No
Tiene Nombre, el demonio venido de la oscuridad, se me aparezca en mis
pesadillas... o en mi realidad, y esta vez no se divierta malignamente viendo
inmóvil como le observo y toco, y me atrape. Quizá una noche escale el costado
de la nave, y me arrastre con él hasta las profundidades abismales marinas en
las que habita rumiando venganzas y retornos de antiguos y malignos dioses, que
solo se sacian con el sonido de tambores de sacrificio y ceremonias de
innombrable contenido.
