La
oficina siempre apestaba a trabajo al mediodía. Por la noche, ya era otro
cantar. El de gafas siempre presumía de que sólo necesitaba un café solo nada
más llegar para aguantar de un tirón toda la jornada, que terminaba la mayoría
de las veces más allá de las tres y media. Nuria, que quizás debió dedicarse a
otro trabajo, se paseaba siempre de un lado a otro transportando en un carrito
tomos enormes con anotaciones, actas de reunión, informes de gestión y demás
literatura administrativa. Era observada de cerca por Perfecto, quien deseaba
disfrutar de ella como la noche anterior, al tiempo que dejaba caer
peligrosamente sus gafas hasta la punta de su nariz. Loreto observaba a su vez
al de gafas preguntándose cómo había sido posible, cómo había ignorado por
completo a un amante como ése durante tantos años. Todos, salvo el de gafas, se
hallaban en otro mundo, a pesar de que lo disimulaban muy bien. Los tres movían
papeles de un lado a otro como si aquello fuera de capital importancia; se
levantaban para hacer una fotocopia innecesaria, llegaban a su destino y se
daban cuenta de que minutos antes ya se habían levantado para fingir lo mismo.
Era
el olor, sin duda. Uno de los sentidos más ignorados en la historia de la
humanidad. A medida que se oscurecían las ventanas y la luz se dejaba ver menos
a través de ellas, los tres notaban súbitamente las palpitaciones y, en algunos
casos, un sudor frío que les helaba la piel. A esas horas ya no había nadie en
la oficina –tal vez alguna limpiadora vestida de un blanco riguroso, casi
virginal-, pero el de gafas, Nuria, Perfecto y Loreto deambulaban de un lado a
otro como si en realidad estuviesen haciendo horas extra. Todos fingían, claro,
que no se deseaban, que no anhelaban aquel olor, el cual actuaba como un
hechizo para sus víctimas.
Nunca
hablaron entre ellos acerca de los síntomas que padecían. Tal vez, aquello le
habría salvado a alguno, o puesto en alerta. Perfecto seguía con las gafas al
borde del acantilado justo cuando el último rayo de luz se escondió
subrepticiamente tras el horizonte de hormigón. A Nuria su universo se redujo
de pronto a las escasas paredes que delimitaban la oficina. Era incapaz de
pensar en otra cosa que no fuese él, quien había desaparecido, como si hubiese
abierto algún pasadizo escondido. Loreto comenzó a morderse las uñas angustiada,
como en sus años de juventud, pues su objeto principal de deseo no se hallaba
por ningún lugar de aquel espacio tan reducido pero lleno de sensualidad.
El de
gafas se miró otra vez en el espejo y, como solía ser habitual, fue incapaz de
reconocerse. La camisa y la corbata descansaban en el borde del mármol, junto
al lavabo. Se tocó el pecho y tan sólo notó la carne, extraño sinsentido que
curiosamente era la base de su ser. A continuación se desprendió de los
pantalones y los dejó abandonados como un viejo acordeón inservible.
Nuria,
Perfecto y Loreto lo vieron desnudo y su deseo aumentó hasta el punto de no
poder controlarse y dar rienda suelta a las emociones que habían reprimido
durante toda la mañana y toda la tarde.. Por supuesto, no podrían contar nada
de eso al resto de compañeros de la oficina; pero en realidad no les importaba
mucho. El de gafas era el astro en torno al cual todos giraban en aquel pequeño
universo que Loreto se imaginaba durante las cada vez más frecuentes fugas de
su mente.
A Perfecto
no le importaba que fuera un hombre el que prendiera la mecha de su deseo
sexual. El centro de atención enseguida lo acaparaba Nuria, quien ponía
especial empeño en que pasara por alto aquel simple detalle.
Para
el de gafas, todos aquellos seres eran simples marionetas puestas a su
servicio. Todos gozaban los unos de los otros. Sin embargo, a pesar de que
ellos creían que las orgías nocturnas eran fruto de una extraña coincidencia
sufrida por un grupo de adolescentes tardíos como ellos, el de gafas sabía que
sin él nada habría sido posible.
Aquello
fue tal vez lo que hizo que alguna clase de mecanismo retorcido comenzase a
operar dentro de él, como el monstruo que era en realidad. En días sucesivos,
nada cambió en la rutina de los cuatro. El olor continuaba siendo tan fuerte…
Nuria
volvía con sus fotocopias al tiempo que Loreto se asomaba por la ventana para
fumarse un cigarrillo, lejos de las miradas que podrían hacerla enrojecer.
Nadie sospechaba nada, por supuesto, pero en realidad no se fiaba de ella
misma. Perfecto continuaba sumergido entre una montaña de carpetas que no
paraba de crecer. Miraba obsesivamente su reloj de pulsera con correa metálica,
aunque aquello no hacía que el tiempo corriera más deprisa.
Pasaban
las horas y podrían darse cuenta de que en realidad tanto Loreto, Perfecto y
Nuria ya habían muerto en el mismo momento en que el de gafas entró en sus
vidas. No obstante, allí seguían, vivos, aunque carentes de motivación alguna
más allá de las noche en la oficina.
Loreto
miraba a Nuria; ésta hacía lo mismo con el de gafas; y Perfecto las miraba a
las dos, exultante por la victoria conseguida horas antes, o días o, tal vez
semanas. Así de dúctil se vuelve el tiempo cuando en realidad ya no importa.
Pero
el reloj no adelantaba sus agujas, a pesar de que ya casi no había luz y la
última limpiadora acababa de despedirse con una sonrisa inocente, virginal,
como el blanco de su atuendo.
El de
gafas, frente al espejo, recorrió con su dedo índice cada uno de las formas que
la piel se molestaba en formar alrededor de sus músculos. Se notaba extraño,
tan sólo una forma para poder atraparlos en sus redes, someterlos a su
voluntad. Se desnudó como tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida
sobrenatural; se quitó incluso las gafas, que acabaron encima de los
pantalones, arrugados sobre el suelo de los aseos. Salió finalmente al pasillo
y desde allí vio cómo sus tres víctimas lo esperaban quietos como efigies
griegas, desnudos, perfectos en sus formas aún jóvenes en la cumbre de la
madurez.
El de
gafas ya había experimentado el mismo sentimiento de hastío cuando había
disfrutado del sexo muchas veces con los mismos humanos y, realmente, ya
conocía el final de aquel nuevo capítulo. Todo acabaría igual pese a que los
personajes eran diferentes.
Susurró
unas palabras incomprensibles al oído de Perfecto, quien no entendió nada; tan
sólo le pareció una especie de cántico repetitivo y ancestral. A continuación,
abandonó durante unos momentos los cuerpos enroscados de Nuria y Loreto y se
dirigió hacia una pequeña habitación donde había una vieja fotocopiadora y una
máquina de café. Rebuscó en los cajones y por fin dio con el cuchillo. Perfecto
se quedó mirándolo fijamente, como si su mente tratara de comprender para qué
podría servir. Por fin pareció que todo cobró sentido y volvió nuevamente con
sus dos amantes.
Perfecto
pasó muy cerca del que llevaba las gafas y lo miró solícito, como el buen
recadero que cumple eficientemente con su cometido. Mientras, las dos mujeres
se evadían de todo cuanto ocurría a su alrededor. Aquel ser con apariencia
humana era tan hermoso que cualquiera lo habría seguido ciegamente hasta el
final. Perfecto no pudo resistirse a aquellos placeres sobrehumanos.
