TERROR 09.- EL PLACER DE LOS ANCESTROS, Alfonso Villar (España)

La oficina siempre apestaba a trabajo al mediodía. Por la noche, ya era otro cantar. El de gafas siempre presumía de que sólo necesitaba un café solo nada más llegar para aguantar de un tirón toda la jornada, que terminaba la mayoría de las veces más allá de las tres y media. Nuria, que quizás debió dedicarse a otro trabajo, se paseaba siempre de un lado a otro transportando en un carrito tomos enormes con anotaciones, actas de reunión, informes de gestión y demás literatura administrativa. Era observada de cerca por Perfecto, quien deseaba disfrutar de ella como la noche anterior, al tiempo que dejaba caer peligrosamente sus gafas hasta la punta de su nariz. Loreto observaba a su vez al de gafas preguntándose cómo había sido posible, cómo había ignorado por completo a un amante como ése durante tantos años. Todos, salvo el de gafas, se hallaban en otro mundo, a pesar de que lo disimulaban muy bien. Los tres movían papeles de un lado a otro como si aquello fuera de capital importancia; se levantaban para hacer una fotocopia innecesaria, llegaban a su destino y se daban cuenta de que minutos antes ya se habían levantado para fingir lo mismo.

Era el olor, sin duda. Uno de los sentidos más ignorados en la historia de la humanidad. A medida que se oscurecían las ventanas y la luz se dejaba ver menos a través de ellas, los tres notaban súbitamente las palpitaciones y, en algunos casos, un sudor frío que les helaba la piel. A esas horas ya no había nadie en la oficina –tal vez alguna limpiadora vestida de un blanco riguroso, casi virginal-, pero el de gafas, Nuria, Perfecto y Loreto deambulaban de un lado a otro como si en realidad estuviesen haciendo horas extra. Todos fingían, claro, que no se deseaban, que no anhelaban aquel olor, el cual actuaba como un hechizo para sus víctimas.

Nunca hablaron entre ellos acerca de los síntomas que padecían. Tal vez, aquello le habría salvado a alguno, o puesto en alerta. Perfecto seguía con las gafas al borde del acantilado justo cuando el último rayo de luz se escondió subrepticiamente tras el horizonte de hormigón. A Nuria su universo se redujo de pronto a las escasas paredes que delimitaban la oficina. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuese él, quien había desaparecido, como si hubiese abierto algún pasadizo escondido. Loreto comenzó a morderse las uñas angustiada, como en sus años de juventud, pues su objeto principal de deseo no se hallaba por ningún lugar de aquel espacio tan reducido pero lleno de sensualidad.

El de gafas se miró otra vez en el espejo y, como solía ser habitual, fue incapaz de reconocerse. La camisa y la corbata descansaban en el borde del mármol, junto al lavabo. Se tocó el pecho y tan sólo notó la carne, extraño sinsentido que curiosamente era la base de su ser. A continuación se desprendió de los pantalones y los dejó abandonados como un viejo acordeón inservible.

Nuria, Perfecto y Loreto lo vieron desnudo y su deseo aumentó hasta el punto de no poder controlarse y dar rienda suelta a las emociones que habían reprimido durante toda la mañana y toda la tarde.. Por supuesto, no podrían contar nada de eso al resto de compañeros de la oficina; pero en realidad no les importaba mucho. El de gafas era el astro en torno al cual todos giraban en aquel pequeño universo que Loreto se imaginaba durante las cada vez más frecuentes fugas de su mente.

A Perfecto no le importaba que fuera un hombre el que prendiera la mecha de su deseo sexual. El centro de atención enseguida lo acaparaba Nuria, quien ponía especial empeño en que pasara por alto aquel simple detalle.

Para el de gafas, todos aquellos seres eran simples marionetas puestas a su servicio. Todos gozaban los unos de los otros. Sin embargo, a pesar de que ellos creían que las orgías nocturnas eran fruto de una extraña coincidencia sufrida por un grupo de adolescentes tardíos como ellos, el de gafas sabía que sin él nada habría sido posible.

Aquello fue tal vez lo que hizo que alguna clase de mecanismo retorcido comenzase a operar dentro de él, como el monstruo que era en realidad. En días sucesivos, nada cambió en la rutina de los cuatro. El olor continuaba siendo tan fuerte…

Nuria volvía con sus fotocopias al tiempo que Loreto se asomaba por la ventana para fumarse un cigarrillo, lejos de las miradas que podrían hacerla enrojecer. Nadie sospechaba nada, por supuesto, pero en realidad no se fiaba de ella misma. Perfecto continuaba sumergido entre una montaña de carpetas que no paraba de crecer. Miraba obsesivamente su reloj de pulsera con correa metálica, aunque aquello no hacía que el tiempo corriera más deprisa.

Pasaban las horas y podrían darse cuenta de que en realidad tanto Loreto, Perfecto y Nuria ya habían muerto en el mismo momento en que el de gafas entró en sus vidas. No obstante, allí seguían, vivos, aunque carentes de motivación alguna más allá de las noche en la oficina.

Loreto miraba a Nuria; ésta hacía lo mismo con el de gafas; y Perfecto las miraba a las dos, exultante por la victoria conseguida horas antes, o días o, tal vez semanas. Así de dúctil se vuelve el tiempo cuando en realidad ya no importa.

Pero el reloj no adelantaba sus agujas, a pesar de que ya casi no había luz y la última limpiadora acababa de despedirse con una sonrisa inocente, virginal, como el blanco de su atuendo.

El de gafas, frente al espejo, recorrió con su dedo índice cada uno de las formas que la piel se molestaba en formar alrededor de sus músculos. Se notaba extraño, tan sólo una forma para poder atraparlos en sus redes, someterlos a su voluntad. Se desnudó como tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida sobrenatural; se quitó incluso las gafas, que acabaron encima de los pantalones, arrugados sobre el suelo de los aseos. Salió finalmente al pasillo y desde allí vio cómo sus tres víctimas lo esperaban quietos como efigies griegas, desnudos, perfectos en sus formas aún jóvenes en la cumbre de la madurez.

El de gafas ya había experimentado el mismo sentimiento de hastío cuando había disfrutado del sexo muchas veces con los mismos humanos y, realmente, ya conocía el final de aquel nuevo capítulo. Todo acabaría igual pese a que los personajes eran diferentes.

Susurró unas palabras incomprensibles al oído de Perfecto, quien no entendió nada; tan sólo le pareció una especie de cántico repetitivo y ancestral. A continuación, abandonó durante unos momentos los cuerpos enroscados de Nuria y Loreto y se dirigió hacia una pequeña habitación donde había una vieja fotocopiadora y una máquina de café. Rebuscó en los cajones y por fin dio con el cuchillo. Perfecto se quedó mirándolo fijamente, como si su mente tratara de comprender para qué podría servir. Por fin pareció que todo cobró sentido y volvió nuevamente con sus dos amantes.

Perfecto pasó muy cerca del que llevaba las gafas y lo miró solícito, como el buen recadero que cumple eficientemente con su cometido. Mientras, las dos mujeres se evadían de todo cuanto ocurría a su alrededor. Aquel ser con apariencia humana era tan hermoso que cualquiera lo habría seguido ciegamente hasta el final. Perfecto no pudo resistirse a aquellos placeres sobrehumanos.