TERROR 10.- El Lobo Rojo (arhikel, no figura nombre ni país)

Kelly, es el nombre por el que la mayoría me conoce. Escribo este texto en el que cuento algo de mi familia que casi ninguno de sus miembros sabe.  Esta es la historia de cómo fui descubriendo los enigmas que escondía nuestra sagrada sangre a través de los años.
Desde que era muy pequeña siempre sentí que era diferente al resto de los niños con los que convivía en la ciudad.  Cuando cumplí doce años me di cuenta que contrario al gusto de mis compañeras de clases, quienes disfrutaban pasar tiempo en los centros comerciales, yo prefería salir al campo, visitar la cabaña de mis abuelos mis abuelos y pasar el fin de semana en los linderos del hermoso bosque que se extendía inmenso a las afueras de la ciudad.

Sin importar los problemas que pudiéramos tener, mi familia siempre me guardaba un lugar acogedor y cálido junto a la chimenea en invierno para calentarme después de haber jugado en la nieve con mis primos, y en los días de calor mi madre prepara limonada con hielos para refrescarnos.  Cuando mi alma se encontraba herida y la tristeza me sumía en la depresión, deseando la soledad, las profundidades del bosque siempre me acogían en las sombras, mientras mi mente se despejaba al tiempo que el viento se colaba llevándose mis sentimientos negativos.

A los trece años tuve mis primeros sueños sobre el origen de mi familia y el futuro que me esperaba.  Se trataban de mí, me veía en una calurosísima noche de verano, desnuda, corriendo libremente por el bosque y sintiendo el aire soplando gentil, rosando suavemente mi piel cubierta de pecas. 

Estaba decidida a no prestarle atención, las primeras veces lo ignoraba a tal grado de olvidar lo que había soñado al poco rato de despertar.  Sin embargo, se volvió recurrente, y cada vez más y intenso.  Comenzaba en la carretera al bajarme del carro de mis padres, luego corría, cada ocasión llegaba más lejos, pasaba sin detenerme por un costado de la cabaña de mis abuelos, y no paraba.  La carrera se terminaba al salir a un claro donde la luna resplandecía sobre mí.  Su brillo era intenso, y al mirar al cielo me daba cuenta de que aún faltaban un par de noches para que estuviese completamente llena.  Al dirigir mi vista al suelo no era capaz de encontrar mi sombra.  Podía distinguir la de los árboles, la de algunas rocas grandes, pero no la mía.  Si prestaba atención, percibía un par de patas delanteras con pelaje rojizo, y la sombra, que aparecía después, era la de un lobo, un lobo grande y joven.

Justificaba mis sueños al pensar en la influencia de mis hermanos, ya que todas las noches que asábamos bombones al ir de campamento, me contaban historias sobre mis antepasados.  Decían que antes de venir a América, habían pasado muchísimos siglos viviendo en los frondosos y salvajes bosques Irlandeses.  Las leyendas que recitaban, hacían mención a aquellas personas, mis ancestros, quienes habían hecho un pacto con los lobos de los bosques europeos, logrando que un poderoso espíritu lobo les concediera la habilidad de transformarse en las noches de luna llena.  Tengo presente que me mencionaban, también, que al transcurrir el tiempo respetando la alianza con el espíritu, la mismísima luna los había aceptado como parte de sus hijos lobo, concediéndoles otro tipo de dones y poderes sobrenaturales además de la licantropía, lso bendijo permitiéndoles cambiar a voluntad para proteger su hogar de la maldad y la destrucción de otras criaturas que habitaban la tierra.

Yo había nacido una fría noche de la luna gibosa, aunque en tierra americana, en mi sangre aún quedaban restos la herencia galesa y las virtudes de los grandes héroes del pasado se mostraban en mi cabello pelirrojo y mi blanquísima piel.  Mi padre solía decir que mis ojos azules eran idénticos a los de su amada abuela.  Algo por lo que siempre  destaqué entre los muchos miembros de mi familia, fueron las habilidades artísticas que poseía, el oído para la música y una soltura aguda para componer canciones, asombraba a mis padres, pues ellos carecían de tal talento. 

Tres noches antes que la luna se colocara llena en el cielo, y dos días después de que cumplí quince años, fue el día en que me transformé en un lobo.  Después de una acalorada discusión con mi padre y madre por mis malas notas escolares, había salido corriendo de  la casa, atravesando las calles, buscando algún un sitio para esconderme y no ser encontrada jamás por las personas fuente de mis frustraciones y mi furia.

 Mi corazón latía con fuerza, palpitaba intensamente bombeando sangre a todos los rincones de mi cuerpo y provocándome calor. Tuve que detenerme varias veces para tomar aire, si me paraba por mucho tiempo era posible que alguno de mis hermanos me alcanzara y me hiciera regresar a la casa. Me sujetaba el pecho para ahogar la sensación que tenía de que en cualquier momento se romperían mis costillas y mi corazón saltaría de su lugar.  Y cuando por fin me aislé de todo ser humano, lejos de las calles, tras una bodega entre los árboles de las canchas deportivas cercanas al parque, intenté relajarme, pero no pude, me dolía el cuerpo y tenía punzadas en los músculos. 

Me dejé caer de espaldas al suelo, sintiendo la tierra pegarse a mi piel. Mis músculos palpitaban  y parecían estar creciendo, apretándose contra mi ropa… lo último que recuerdo de ese extraño momento es que las mangas de mi camisa comentaron a rasgarse y me di cuenta de que en realidad estaba ocurriendo, unas afiladas garras crecían en mis dedos haciendo que mis uñas se cayeran sangrantes, ahogué mis gritos apretando mis dientes sintiendo como mis caninos crecían unos centímetros, curvándose como los de un perro en mi pequeña boca. 

Todo ante mí se enrojeció, mi visión se nubló y solo distinguía sombras oscuras.  Escuchaba mi respiración agitada, y sentía el cuerpo pesado, luego perdí el conocimiento y no supe más de mí.  No tengo idea de cuánto tiempo pasó ni cómo fue que llegué al boque, pero al abrir mis ojos vi las copas de los árboles sobre mí.

Al mover mi cabeza me di cuenta de que uno de mis primos mayores, me llevaba cagada en sus brazos, había utilizado su pesada chaqueta de cuero negro para cubrir mi cuerpo ensangrentado.  En cuanto olí la sangre buqué con la vista alguna herida en mis manos o mis piernas, sin encontrar una sola lesión dirigí mi mirada a sus ojos.  Yo estaba asustada, y aún que preocupado, el mantenía un semblante sereno, veía hacia el frente para no tropezar con las raíces del suelo o las piedras. 

Las hojas secas crujían bajo sus pies en cada paso que daba.  El ruido de los insectos del bosque y la tranquilidad del sonido de la naturaleza comenzó a inundarme, relajándome al punto de sentirme adormilada.  Estaba cansada y me cerré los ojos recargándome en su pecho. Reposando sobre sus brazos me sonrojaba al hacer conciencia de la condición en la que me encontraba, pero más allá de esa sensación superficial de vergüenza, me hallaba aterrada por no saber a quién pertenecía la sangre que me cubría de pies a cabeza y ahora estaba seca.

Los días siguientes hubo varias reuniones en casa de mis abuelos, y no se me permitió volver con mis padres.  Poco a poco recordaba mi cuerpo humano convertido en el de un lobo de pelaje rojizo.  Algunos de los parientes, que casi nunca se reunían, asistieron para hablarme sobre mi deber en el mundo y explicarme que pertenecía a una casta de guerreros licántropos que habían existido desde los inicios de la vida en la tierra.  Nadie me hablo de que ocurrió durante mi primer cambio, quién fue mi víctima, y yo no quise preguntar, por temor a la verdad.

Mi trabajo, como el de muchos en mi familia, es contar las historias de mi tribu y mi raza, con la esperanza de algún día me uniré a una manada, con otros como yo, viajar por el mundo haciéndome un nombre entre los míos, y forjando nuestras propias historias para que al ser contadas a los más jóvenes sean inspirados a proteger todo aquello que nuestra madre naturaleza nos ha dado y ahora está a punto de desaparecer.