TERROR 12.- DESDE EL OTRO LADO, Patricia K. Olivera

Al fin noche de viernes, y en Halloween, no  podía ser mejor.

Darla tendrá el camino libre para llevar hasta su cama a su sexy novio, jugador de Rugby, puro músculos; mientras su hermanita de siete años sale a juntar caramelos con sus pesados amiguitos, y sus padres seguramente se reúnen con los nuevos vecinos a jugar al póker.

Estos realmente no le gustaban, eran algo raros y presentía que ocultaban algo. Aún no entendía como sus padres tomaron tanta confianza con ellos, no hacía mucho que habían llegado al barrio y ya se pasaban en su casa. En fin, ese no era su asunto, y ella no podía dejar pasar la oportunidad de estar un rato a solas con su chico.

Mientras ordenaba su cuarto pudo ver desde la ventana a sus padres, golpeando a la puerta de la casa vecina. Salió a recibirlos el señor Bardé, le resultó extraño ya que siempre lo había visto junto a su mujer, era impensable verlo a uno sin el otro.

Cuando los vio ingresar a la casa vecina siguió con lo suyo, pero ya estaba en la tarea de cerrar las cortinas cuando le pareció ver a lo lejos a la señora Bardé. Se ocultó tras estas y comenzó a espiarla. La vio entrar al sótano, llevaba con bastante dificultad un bulto entre los brazos pero le restó importancia, y minutos después lo olvidó por completo cuando su hermana pequeña ingresó a la casa corriendo y  con cara de pánico, seguida por todos sus amiguitos.

Lo único que le faltaba en su noche, solo atinó a pensar.

—Vimos un monstruo cerca de la plaza. —gritaron todos juntos.

—Chicos, chicos, a ver si se calman. Veamos, es noche de Halloween y obviamente van a ver a muchas personas disfrazadas esta noche, tratando de asustarlosssss. —les dijo levantando los brazos, al tiempo que los pequeños chillaban todos a la misma vez.

—No, no estaba disfrazado, era de verdad y se escondía tras los árboles. Tenía unas uñas horribles así de largas. —le describió gestualmente su hermana.

Los chicos estaban muy nerviosos así que decidió llevar a cada uno a su casa y a su hermana se la llevaría a sus padres. Tenía preparada la excusa de que había quedado en salir con su novio y un grupo de amigos.

Cuando llegó a casa de los Bardé, antes de golpear se le ocurrió la loca idea de investigar en el sótano. Convenció a su hermana para ir y para que no hiciera ningún ruido, tenía que averiguar qué estaba haciendo la vecina allí.

Con mucha cautela rodearon las escaleras de entrada y llegaron hasta la puerta del sótano, desde allí se podía ver una luz muy tenue y se escuchaban unos ruidos raros, además de sentirse un olor muy penetrante.

Bajaron las escaleras con cuidado, Darla se cuidó de no soltar en ningún momento la mano de la niña y le insistía con que se quedara callada posando su dedo sobre los labios.

Cuando llegaron al final de la escalera, tuvieron que caminar un tramo más para adentrarse en una pieza iluminada por algunas velas. Al fondo de la estancia vio que la vecina tenía a una chica atada y amordazada sobre una mesa, medio desnuda; mientras ella, vestida de negro de la cabeza a los pies, pronunciaba unas extrañas palabras que leía en un gran libro que parecía muy antiguo.

De inmediato, puso la mano en la boca de su hermana para evitar que gritara; cuando quiso retroceder hacía la salida le fue imposible ya que alguien venía bajando por la escalera. Rápidamente buscó un lugar oscuro donde esconderse, encontró un hueco tras la puerta, donde se acurrucó junto a la pequeña y desde donde podía verlo todo.

Quien se acercaba arrastraba los pies y caminaba muy lentamente, cuando la Sra. Bardé lo vio sus ojos brillaron de placer, su semblante parecía el de una enajenada. A su lado, la chica atada y amordazada abrió los ojos  espantada mientras movía pies y manos tratando de liberarse.

—Al fin llegas Señor —hizo una reverencia la mujer—. Como todos los años, sin importar donde estamos, te trajimos tu ofrenda . . . —le dijo señalando complacida a la chica.

Darla seguía tapando la boca y los ojos de su hermana para que no viera, estaba segura que se venía algo malo, muy malo.

De inmediato, el recién llegado se adelantó y pudo verlo: era el  mismo diablo en cuerpo presente y pronto para la acción. Darla tapó su propia boca para no gritar pero desistió al recordar a su hermana, prefirió taparle los oídos  a ella al tiempo que la apretaba contra su pecho  para impedir que viera u oyera algo.

Quedó petrificada cuando vio las largas y asquerosa uñas que lucía el espantoso engendro. De inmediato recordó lo que le había contado su hermana cuando volvió tan asustada de su recorrido en busca de dulces, lamentó no haberle creído y se sintió egoísta.

Luego, no le quedó más remedio que ver como esa chica era violada salvajemente por este ser. Al principio, esta se resistió pero luego quedó quieta, mirando fijamente en su dirección, como si pudiera verla.

Darla quedó congelada, la conocía. Era la hija de la otra pareja amiga de sus padres, quienes también habían hecho entrañable amistad con los Bardé.

Cerró fuertemente los ojos al tiempo que acunaba a su hermana -que al parecer se había dormido en la calidez de su abrazo- y escuchaba los ruidos obscenos que emitía el horrible demonio. La Sra. Bardé miraba la escena con un rictus de placer en la cara -parecía estar a la puerta de un potente orgasmo-, seguramente estaba esperando ansiosa a que le llegara el turno.

Luego de tener que ver eso también, a esta satánica mujer sobre esa abominación moviendo sus caderas y aullando de placer, al fin todo terminó.

El cadáver de la chica fue el trofeo que el horrible demonio se llevó al otro lado, mientras la Sra. Bardé quedaba ordenando y limpiando todo como si no hubiera pasado nada. Luego cambió sus ropas, las que en su orgía desenfrenada habían quedado desgarradas, y se vistió decentemente, como acostumbraba a lucir. Ya amanecía cuando al fin la macabra vecina salió de allí, llevándose todos los implementos utilizados que la pudieran inculpar.

Cuando estuvo segura de que había quedado sola, Darla dejó su guarida en completo silencio, llevando en brazos a su adormilada hermana.

Tuvo suerte que, en su apuro por no ser vista, la mujer dejara la puerta del sótano mal cerrada; de esa forma pudo salir sin ninguna dificultad y dirigirse ágilmente y sin ser vista hasta su casa. Allí, sus padres dormían tranquilamente en la habitación contigua a la suya, posiblemente creyendo que ella salió con sus amigos y que la pequeña dormía en la casa de alguna de sus amiguitas.

Después de dejar a su inocente hermana acostada cómodamente en su cama, ella se puso el pijama y se acostó tapándose hasta la cabeza. No podía parar de temblar al tiempo que gruesas lágrimas corrían por su cara y mojaban la almohada. Hasta que al fin, la venció el sueño…

***

El ser regresó a su guarida hasta el próximo Halloween, cuando volverá a ser convocado por la señora Bardé. Esta se presentará antes sus vecinos y alegará una vez más, y en complicidad con su marido, que le fue imposible estar presente debido a un fuerte dolor de cabeza.

Por su parte, Darla no sólo tendrá que convencer a su hermanita de que todo fue un horrible sueño, sino que también tendrá que fingir sorpresa cuando le digan que la hija de los amigos ha desaparecido. Además, deberá vivir con el recuerdo de  lo sucedido en ése sótano por el resto de su vida, y lo que es más aterrador: tendrá que convencer como sea a sus padres de mudarse de allí…si no quiere ser ella la que desaparezca el próximo Halloween.