TERROR 11.- LA ABUELA, Mar Horno (España)

Es una casona aislada. Dentro, siempre llueve. En cambio, el desvencijado tejado a dos aguas sufre la inquina del sol de un verano deslucido. El patio es grande y solitario de macetas, aunque las alimañas son abundantes. El hueco de la escalera esconde oscuridad y llantos. La cuadra está vacía. La bestia ocupa el dormitorio. La huerta germina estéril de esperanza. Los muebles son heredados de la caridad. La chimenea siempre está encendida, como el infierno.
               En el desván hay un fantasma, que no se decide a marcharse. Lleva un atuendo negro como alma de diablo y una cuerda anudada al cuello. Cosa extraña, porque murió desnucado. Allí se siente a gusto entre los trastos olvidados de otros muertos.  Le gusta asomarse por el ventanuco  de la buhardilla para ver, en verano, las mariposas moribundas, y, en invierno, los árboles secos. Observa a la abuela sentada en el patio, y con su clarividencia de suicida,  le parece un pájaro de mal agüero.

               La abuela arrastra sus 82 años con el cansancio que le produce la vejez indigna del cuerpo y el dolor insoportable de los huesos. Espera a la muerte en su sillón de vieja achacosa mientras rumia sus recuerdos de expatriada sin oportunidades o inventa poesías. Pasa las tardes haciendo manteles de ganchillo con sus dedos artríticos, metiendo y sacando el hilo sin orden ni concierto, como si quisiera tejer el sudario desmadejado de una vida que se acaba. Manosea compulsivamente las fotografías de su parentela de difuntos que tiene guardadas en una caja de hojalata.  Canturrea a su niño muerto como si todavía durmiera en su vientre nonagenario. Riega, ajena al desaliento, una planta moribunda de azaleas. Acaricia al gato negro que a veces se cuela por la ventana abierta, comenzando por la cabeza y deteniéndose en el cuello delgado y suave, apretándolo, como si quisiera ahogarlo.

               El gato es uno de tantos que merodean por la casa y luego desaparecen. Es negro como la noche, como los pecados, como la culpa. Merodea por la casona siguiendo el olor de los desperdicios del pescado, o del arroz, o del demonio. A veces tarda días en volver, hasta que el hambre le afloja el instinto y se olvida de la presión de las manos de la abuela en el pescuezo. Un día no vuelve más. Puede que sea uno de los esqueletos secos y acartonados que se pudren en la escombrera de detrás del caserío a donde termina arrojándolos la nuera después de encontrarlos muertos en el patio, en la lonja, en la cocina, en el alma.

               La nuera es joven pero vieja, como el hastío, como el tedio. Tiene las manos despellejadas del frío del agua de lavar, del frío del desaliento, del frío del corazón. Hace cinco años que se casó. Hace cuatro que no estrena un vestido. Hace tres que no lee. Hace dos que no llora. Hace uno que se murió. A pesar de todo, le gusta amasar el pan del día, hundir las manos en la masa fresca mientras canturrea una canción triste que cuenta la historia de unos amantes que no pueden estar juntos. Le viene a la mente el marido, y a la boca, una arcada.

               El marido trabaja y duerme, duerme y trabaja. Lleva una vida dura acorde con la dureza de sus entrañas. Como a buen campesino le gusta observar el cielo cuando se levanta al amanecer, para ver si va a llover. La lluvia es buena, hace crecer las cosechas y acalla el ruido de los gritos. El vino le cura el cansancio.  Los golpes que propina a su mujer le calman la borrachera. Los besos que da a Flora le ablandan la vileza.

               Flora tiene dos años en su cuerpecillo de lagartija y el sol luce en su boca. Llora, ríe, duerme, corre, canta, bebe, sueña, todo  con bastante prisa, como intuyendo su descorazonador destino de mujer. Le gusta comer tierra del huerto, caracoles grandes y alguna que otra hormiga. Tiene la suerte de ser sorda a  los gritos embadurnados de alcohol de su padre, al parloteo incesante de su abuela, al rencor callado de su madre, al ronroneo del gato desaparecido, a la tristeza del fantasma, al silencio de los cuentos no contados.

               Desde que nació, Flora ha venido a remover el espíritu apagado de la abuela. La niña espera todos los días, ansiosa, a que la abuela se levante, y, cuando la ve aparecer, andando con su aire de invalidez perpetua, corre en su busca reconociendo en la anciana la llama que a ella misma la rige, con la diferencia de que la suya prende y la de la vieja se extingue. Niñez y vejez: el círculo completo.

Avanzan la una hacia la otra con la misma torpeza al andar, la misma risa inocente, la misma forma de querer. Después, cuando se encuentran, las dos entretejen juegos y canciones que sólo ellas entienden, ensimismadas en el ritmo dulce del cariño mientras el tiempo se detiene en las mañanas de un verano que termina.

               La abuela se deja llevar, risueña, por zarandeos y besos, y siente, cuando abraza a la niña, que dentro del cuerpecillo  fluye la vida misma, líquido precioso de una alquimia ancestral. Aprieta contra sí a la nieta y huele su vida nueva, sin entrenar. Nota los latidos rápidos del corazón. Percibe en sus dedos la suavidad de la piel de seda. Aspira el aliento fresco de la pequeña boca. Absorbe su energía invisible. Entonces algo sucede, la vieja se detiene de pronto en sus juegos, como si se le hubiera activado dentro un resorte largo tiempo oxidado. Siente una ansiedad extraña pero no ajena, un anhelo familiar que no logra identificar pero que le es instintivo, que le nace de un pozo oscuro del alma, del flujo lento de su sangre seca. Rebusca en su mente la causa de su desasosiego, mira a la niña como a una extraña, como si la viera por primera vez, como si fuera uno de los gatos que entra todos los días por la ventana. Pero al cabo de unos segundos, su cerebro olvida la razón que buscaba, y la abuela vuelve a reír, aunque su sonrisa se transforma en una mueca pensativa.

               Casi sin querer,  el otoño asoma por el horizonte en tardes cada vez más cortas. Otro gato vuelve a desaparecer. El canario ha muerto en su jaula. Las azaleas se han marchitado definitivamente. Las golondrinas hace tiempo que se fueron. El tejado amanece escarchado. La vendimia está acabando. Las nubes son espesas. Las noches son como lastres de ahogados. El sol es el espectro de sí mismo. El camposanto se cubre de flores de plástico.

               Una mañana cualquiera, mientras la nuera prepara la comida, no oye las risas de la niña en el patio. Nota de pronto un silencio extraño, como si se hubiera quedado sorda o como si el mundo se hubiera quedado mudo, o como si la tormenta estuviera por descargar, o como si la casa estuviera sumergida bajo las aguas.

Anda despacio hacia el corral, y desde la puerta, ve a la abuela sentada en su silla de enea con Flora en las rodillas.

Se le seca un grito en la garganta. Se le para la sangre en las venas. Se le encalla el aire en los pulmones. Se le diluyen las tripas. Se detiene el tiempo para siempre.

La vieja está intentando morder con sus colmillos desgastados la garganta de la nieta. El delgado cuello cae hacia atrás, descoyuntado, doblado en un ángulo imposible y roto. La nuera oye un sonido grotesco de succión, un chuperreteo espantoso, y, cuando ve los ojos desorbitados de la suegra, mientras intenta, fallidamente, clavar una y otra vez los dientes en la carne tierna hecha jirones de la niña, va a la cocina a por un cuchillo.

Sin piedad, arremete contra la vieja.

Cae la tarde.

A su vuelta del campo, el marido encuentra a su mujer con el cuchillo en la mano cubierta de locura. A su madre sin cabeza. A su hija sin vida.

Unidos extrañamente en la desgracia, los esposos piensan en silencio en las mismas cosas mientras entierran a la abuela y a la nieta en el huerto estéril. Cobran sentido algunos detalles que antes pasaron desapercibidos: el amuleto de la cruz invertida, un guardapelo con sal, animales muertos, un bisabuelo ajusticiado, la parentela de desterrados, el insomnio, el parloteo incansable de historias macabras, la aversión por los espejos. Lloran por dentro, pero cada uno un dolor diferente.

Esa noche la nuera no duerme y cuando por fin oye roncar al marido, borracho, baja a la cocina descalza. Coge el hacha pequeña de descuartizar las gallinas. Vuelve al dormitorio y lo mira detenidamente, tendido en la cama de matrimonio. Da dos tajos certeros, uno en la cabeza, otro en le corazón. Después se afana en la tarea del descuartizamiento de su vida anterior. Vuelve al huerto. Cava. Remueve. Ahonda. Entierra. Desentierra. Después se pone a cocinar. Hace un caldo blanco, de esos que resucitan a un muerto. La carne es tierna, dulce, querida. La come con ansia, sin respiro,  mientras de sus ojos salen a borbotones ríos, mares, océanos de unas lágrimas duras como piedras.

Antes del amanecer se baña en el pilón helado del corral. Luego se viste de luto, por la niña; pero se pone la ropa interior blanca, de domingo, por el marido. Abandona la casa llevando en un bolsillo del abrigo los pocos dineros ahorrados.

Nada lleva en las manos.

Nada lleva en el corazón.

Sólo la acompaña un hatillo que contiene unos pequeños huesos blancos, limpios, mondos, lirondos. Lo único valioso que poseía.

No iba a dejarla allí, sola.

Mientras se aleja por el camino que serpentea hacia el bosque, el espectro de la abuela pasa a ocupar el desván.