Ocupaba un lugar privilegiado -ganado por mi progenitor
con el tesón de sus años- desde el que podía observar todos y cada uno de los
gestos de la orquesta, lo que me ayudaba a discernir con claridad un violín de
una viola... pero me estoy extendiendo, y yo de lo que quería hablar es de
aquella mujer, de la duda que sembró en mí y que aún, en ocasiones, reverdece
en mi conciencia.
Se llamaba Margarita, tenía el pelo plateado, párpados de
tortuga, unos ojos grises como el asfalto y sí, la conocí en el Auditorio,
aunque ella sólo acudía cuando había concierto para viola. La primera vez que
la oí elogiar aquel instrumento pensé que se debía a la habilidad de su
intérprete, pero con el tiempo descubrí que Margarita era una auténtica amante
de la viola. Se comunicaba con ella de una manera sorprendente, adelantándose a
sus cambios de humor con un movimiento de sus dedos. Aquello me tenía fascinada
y procuraba no perderme ni uno solo de los días que tocaba concierto para
viola. Por ahí logramos entablar una relación cordial, donde Margarita
ponderaba las virtudes de la viola y donde yo aprendía un poco más de aquel
fascinante instrumento.
En otras ocasiones, Margarita no era nada comunicativa;
dejaba vagar la mirada más allá de la
orquesta y, con gesto ausente, murmuraba palabras ininteligibles. Yo trataba de
leer sus labios, pero al final todo era pura conjetura.
Me limitaba entonces a esperar que Margarita abandonase su
arrebato místico, mirándola insistentemente a cada nueva entrada de un
instrumento.
Aquello resultaba un episodio sin importancia, y no habría
tenido la menor relevancia de no ser por lo que vino después, en concreto un 20
de febrero.
Aquel día tocaba la Filarmónica de Viena, gran
acontecimiento que cualquier melómano no pasaría por alto. Toda la crema de la
sociedad se hallaba en el Auditorio; se descorchaban botellas de champán, las
mujeres lucían aparatosos vestidos y los hombres hacían corrillos, hablando de
la extrema habilidad del nuevo viola fichado por la orquesta de Viena.
Esta última información me hizo barrer con la mirada la
sala, buscando desesperadamente a Margarita para comunicarle la buena nueva.
Tras esquivar unas cuantas bandejas de canapés logré dar
al fin con su cabeza plateada, reposando abatida en el regazo del sofá, en
medio del pasillo. Me dirigí presta hacia allí, pero alguien me cortó el paso.
Una esbelta señora de negro con vertiginosos stilettos se interpuso entre mi
amiga y yo.
-¡Señorita Mayoral! Creí que no volvería a verla -dijo, al
tiempo que inclinaba la espalda con la intención de abrazar efusivamente a
Margarita.
Esta respondió con súbita frialdad, echando su cuerpo
hacia atrás y adelantando la palma de su mano, para refrenar la efusividad de
la desconocida.
-Perdone, pero no la conozco de nada -le respondió,
sosteniendo una desafiante mirada que habría apabullado al más osado.
La mujer abrió la boca en toda su extensión, pestañeando
con incredulidad.
-Pero, usted es... es exactamente igual. Disculpe si la he
molestado... ¿no tendrá acaso una hermana gemela?
Un halo de odio cruzó el rostro de Margarita.
-¡Quiere dejarme en paz!
Tras esta salida de tono, la mujer reculó tan asustada que
casi se cae de sus tacones. Yo tampoco podía entender qué era aquello que tanta
ira había provocado en la, por norma habitual, relajada conducta de mi amiga.
La señora se había mostrado en todo momento correcta, sin
franquear ni un segundo la indiscreción. ¿Por qué Margarita se había sentido
tan ofendida?
Pero ahí no queda todo; el reciente incidente con aquella
mujer la afectó de tal manera que durante todo el concierto no abrió ni una
sola vez la boca; por más que me empleé a fondo en hacer insulsos comentarios
acerca del concierto, no conseguí arrancar ni una sola palabra de labios de mi
amiga. Se limitaba a mirarme con ojos extraviados, como si una voz ajena al
planeta tierra estuviese intentando contactar con ella.
Una vez finalizada la sesión, cuando me encontraba saliendo
por la puerta, la mujer de los stilettos me abordó.
-Siento haber molestado a su madre... No era mi intenci...
-tuve que interrumpirla con una tímida risa.
-No, por favor, no se preocupe. No es mi madre. Margarita
es sólo una amiga... del Auditorio...
-Ah, bueno -se disculpó la mujer, ya más tranquila-. Es
que se parece muchísimo a una antigua amiga que conocí en el Club de Tenis de
Aravaca, y pensé que se trataba de la misma persona... ¡Son tan iguales! -y
diciendo esto, sacó una vieja fotografía de su cartera, donde se veía a un
grupo de señoritas con una raqueta en la mano, posando muy sonrientes ante una
pista de tenis.
-Esa de ahí es Viola, ¿verdad que se parece? -me
interrogó, señalando con el dedo a una de las chicas de la fotografía.
¿Que si se parecía? ¡Eran como dos gotas de agua! Me
despedí de aquella señora con la sensación de
que Margarita, por alguna razón, escondía algo, y ese algo, para más
inri, se llamaba "Viola".
Tras largas e infructuosas búsquedas en Google, al fin
logré dar con una curiosa esquela publicada en el Diario ABC, cuya colección se
encontraba a disposición del usuario en la Biblioteca Pública Central. Su
hallazgo fue de lo más azaroso, ya que en ese momento yo consultaba aquellos
periódicos por otros motivos ajenos a esta historia.
La esquela rezaba así:
Margarita Mayoral
(Madrid, 1956-1981)
La Asociación de
Amantes de la Música
Llora la
irreparable muerte de nuestra amiga.
Que los ángeles
celestiales toquen para ella
Allá donde se
encuentre.
D.E.P.
Mi sorpresa fue mayúscula, tanto que dejé caer una pila de
periódicos, lo que me costó una fuerte reprimenda por parte de una de las
robustas funcionarias con bigote encargada de custodiar aquellos históricos
papeles. Los recogí con premura y salí a toda prisa, no sin antes realizar una
fotocopia de aquel documento, evitando en todo momento la mirada de la hostil
bibliotecaria, cuyo mostacho se mostraba ya perlado por el sudor.
Una vez en casa, desplegué la hoja que contenía la
misteriosa esquela. Si Margarita estaba muerta, como aquel documento afirmaba,
¿quién era en realidad aquella mujer que se sentaba a mi lado en el Auditorio?
Y si de verdad se trataba de Viola, ¿por qué ocultaba su identidad bajo el
nombre de su fallecida hermana?
Aquella noche apenas pude pegar ojo; cada vez que trataba
de hacerlo, la vacua mirada de Margarita me asediaba, como una sonata sin fin,
haciendo que mi cuerpo se estremeciese bajo las sábanas. Me desvelaba entonces
y corría hacia la puerta, segura de encontrar su rostro tras la mirilla. En mi
mente había dado forma a un monstruoso fantasma y no encontraba la forma de
romper con sus cadenas. Perdida toda esperanza de dormir un poco me dirigí al
tocadiscos, reliquia de mi padre, y puse uno de sus viejos discos: Sonata para flauta, viola y arpa de Debussi.
Por la mañana, con unas ojeras que me llegaban hasta las
rodillas, resolví visitar la Asociación de Amantes de la Música, un modesto
chalecillo en la Fuente del berro.
Con la improvisada excusa de estudiante de conservatorio
que preparaba su tesis, un enanito y amable anciano me franqueó la puerta con
una curiosa aldaba en clave de sol.
Benito era el nombre de mi anfitrión, un gracioso
viejecillo que se movía con espasmos de lagartija y que vivía por y para la
música, como pude constatar por el amplio repertorio de instrumentos que
decoraban sus sala de estar y por las cuatro horas de conferencia con las que
me obsequió acerca del corno francés, instrumento que había tocado en sus años
mozos.
-¿Y qué me dice de la viola? –atajé, con la esperanza de
romper su impetuoso monólogo interior.
-Oh,sí; la peligrosa viola –murmuró, como si alguien
pudiera estar escuchándonos.
-¿Por qué peligrosa?
Ante mi insistencia él bajó los ojos y respiró hondo,
tratando de expulsar por la boca un funesto recuerdo.
-Han pasado muchos años y todavía su historia me conmueve;
¡pobre Margarita!
Su forma de tocar la viola era prodigiosa, hacía que se te
saltasen las lágrimas. De no haber sido por su enfermiza timidez se habría
convertido en un fenómeno; la culpa de todo la tuvo su hermana Viola. Sentía
tantos celos por el virtuosismo de su hermana que la hirió donde más duele,
sosteniendo una aventura con su marido. Cuando Margarita se enteró ya no volvió
a ser la misma. Andaba extraviada mirando al suelo y se quedaba en blanco cada
vez que trataba de ejecutar una de sus partituras. Cayó en el pozo de la
depresión y un día decidió quitarse la vida, ahorcándose con las propias
cuerdas de su instrumento. Aunque… -añadió, haciendo una pausa muy teatral- las
malas lenguas se empeñan en que fue la propia Viola la que le hizo el nudo a la
soga.
-¿Y el marido?, ¿áun vive con Viola?
-El marido huyó como alma que lleva el diablo; no se le ha
vuelto a ver.
Reconozco que la febril imaginación del anciano me
impresionó; aquella historia de folletín con música clásica de fondo ya sólo me
la podría aclarar una persona, y sería en el siguiente… concierto para viola.
Ese día me había propuesto desenmascarar de una vez a la
farsante que se hacía llamar Margarita, usurpando el nombre de su hermana para
encubrir su propio crimen, aunque la idea de un frente a frente con la asesina
me provocaba sensaciones encontradas, de atracción y repulsa.
Cuando Viola se sentó a mi lado, el concierto había
empezado hacía diez minutos. Se disculpó de forma educada y fingió a las mil
maravillas su dulce papel de amante de la viola. Aquella pérfida mujer
balanceaba sus manos al compás de la música, dejando incluso que una hipócrita
lágrima resbalase por su mejilla. Cada vez más indignada con su actitud de
santurrona, me juré a mí misma que encontraría la forma de que aquella mujer
pagase por sus pecados. Por eso decidí, después del concierto, seguirla hasta
su casa.
Caminando a prudente distancia tras la impostora, llegamos
a un bloque de apartamentos de seis plantas, donde mi amiga introdujo su llave
con celeridad. Yo tuve que esperar a que una amable anciana, cargada con dos
bolsas de basura, me abriese la puerta. ¡Ya estaba dentro! Recorrí con ansiosa
mirada los buzones y… ¡Bingo! Viola Mayoral vivía en el sexto, en una
buhardilla.
Subí los viejos
peldaños a la carrera, sin tiempo a discurrir qué era exactamente lo que
pretendía. ¿Acaso arrancarle una confesión? Ingenua de mí, no sospechaba nada
de lo que allí iba a encontrar.
Llegué hasta la robusta puerta de roble con la lengua
fuera y, ya cuando me disponía a tocar el timbre una suave melodía me hizo
recular. El rasgueo de una mágica viola llenaba todo el aire. Por un momento –
que en realidad fue una hora –perdí la noción del tiempo y el espacio. Aquel
sonido me arrastró hacia lugares vedados a la imaginación, olvidando por
completo el objeto de mi visita. Y de repente ¡zas! Aquella música celestial se
interrumpió, al tiempo que se abrió la puerta bruscamente. En el marco apareció
ella, con la viola aún en la mano.
Corrí escaleras abajo, saltando los peldaños de cuatro en
cuatro y sin dejar de mirar hacia atrás, con la idea fija de que en breve
asomaría la cabeza de mi amiga, empuñando su letal viola.
Tras una noche difícil, a la mañana siguiente llamé a
Benito.
-¿Viola sabía también tocar?
- Ja, ja, ja –fue la elocuente respuesta que recibí-.
Viola no sabía ni lo que era un pentagrama.
No volví a ver a Margarita, mi abono venció y no tenía
suficiente dinero para renovarlo.
Han pasado ya diez años y pensé que me había olvidado de
ella hasta que ahora, oyéndote tocar, han vuelto a vibrar las cuerdas de aquel
recuerdo.
