TERROR 16.- Y SI NO TE HAS IDO… de Pedro Pujante (España) http://pedropujante.blogspot.com/

Despierto y comienzo lentamente a desprenderme de la sacudida atroz de las pesadillas que pueblan mi ensueño nocturno. Dormir se ha vuelto una sensación gris y triste por la que naufrago cada anochecer. Pero despierto y llego exhausto al otro lado de este infinito piélago que se abre insondable entre  mi propia existencia cotidiana y yo mismo. Me encuentro solo. Estoy solo. Todo tiene la forma precisa de la soledad. Mi hogar es un refugio aislado en el bosque que hace años compré por su innegable serenidad. Y hoy, tras la muerte de  mi amada Elvira, se ha convertido en el lugar más desolador del mundo. Porque la sensación de pérdida es la forma que tienen los dioses  de hablarnos y de decirnos que estamos solos en el universo. Es un idioma que se aprende de repente, en la desgracia y de forma violenta. Pero que ya jamás se olvida.
La casa me obliga a recordar. A evocar aquellos días en los que todo era una mirada al futuro. Ahora ese futuro ya quedó muy atrás y  en nada se parece al sueño errático que Elvira y yo tuvimos algún día. Los sueños más bellos son pesadillas. Sólo es cuestión de tiempo para comprenderlo. La vida, con su música silenciosa de días y noches, nos va escribiendo un guión distinto al que nosotros deseamos. Pero del que no podemos deshacernos. El destino es quien se deshace de nosotros. De una forma tan sutil que parece un juego amañado, casi inocente. Elvira es una de las piezas de este ilusorio juego en el que una noche fría, un atracador y el terror se fundieron, llovía, Elvira no escuchó la puerta, yo estaba de viaje, él entró en la casa, Elvira bajó a ver qué sucedía, hubo un forcejeo, la amenaza  brutal, un grito de pánico, la pistola y un disparo, quizá dos, y el cuerpo de Elvira ya sólo un cuerpo frío  sobre la alfombra cuando la encontraron. Unas míseras joyas y un poco de dinero. No había huellas así que caso cerrado. Aunque para mí todo está abierto desde entonces. Mis heridas, mi dolor, mis pesadillas que se asemejan al infierno y a la vigilia, y el propio Satanás que me  mira a los ojos desde unas pupilas encendidas en el fuego de la burla. Y en definitiva todo se traduce a una sola cosa. La certeza feroz de saber que el mundo es un lugar deshabitado. Yo mismo soy un ser deshabitado. Elvira se marchó y se llevó con ella el último vestigio de mi  propia presencia en el mundo.

He perdido la noción del tiempo. Ya no sé si Elvira murió ayer, hace mil años o si sólo tengo la vaga reminiscencia de una premonición. Un presagio tenue que me anuncia la muerte de Elvira en un futuro próximo. Sí, lo sé. Sólo un loco puede albergar pensamientos de esta categoría. Pero hasta la locura sirve de resguardo a un corazón tan desolado como el mío. Sé o tengo la impresión de haber vuelto de un largo  viaje. Un extraño éxodo a través de llanuras desérticas, páramos desalentadores y oscuros, frías y húmedas zonas acuosas en las que bestias inmundas merodeaban a mi alrededor. Tal vez es la misma sensación de vacío que deben sentir los fantasmas que deambulan por el averno. Si Elvira pudiese escuchar mi llanto…pero estoy totalmente abandonado. La casa es una deformidad de la naturaleza. Una prisión de la que jamás seré capaz de huir. Porque la detesto por todo lo que representa. Elvira fue asesinada en estas estancias. Aquí está el dolor y el símbolo real de mi tragedia. Pero también hay entre estas cuatro paredes el origen de una vida, amor, esperanzas disueltas. Ya, todo es ceniza y muerte. Nada hay que no sea dolor y miseria. Y por esa razón cuando despierto no sé dónde ni cuándo estoy. Todo es confuso y a la vez evidente. Estoy en el infierno y jamás podré eludir su fuego eterno. ¿Y si Elvira hubiese dormido esta noche junto a mi cuerpo? Es una locura pero la acepto. Si al abrir los ojos esta mañana sintiese el rastro cálido de su piel en mi cama y encontrase a Elvira peinándose frente a la ventana la abrazaría en silencio y no la molestaría con mis tristes presagios de muerte y terror. Ella  miraría mi reflejo en el cristal de la ventana sin prestar mucha atención a mi extrañamiento; seguiría contemplando la frondosa enredadera de rosas que trepa por la tapia de nuestro jardín bajo el plomizo cielo de la mañana. Seríamos felices en ese intermedio que se produce entre la imposibilidad de los hechos y la porosidad del tiempo. Ella sigue peinándose el cabello pero no habla. Esboza los movimientos de forma lenta y ritual. En la casa se extiende un silencio abominablemente real. Un silencio que inunda nuestros cuerpos y los vacía. Nuestros cuerpos son silenciosos y oscuros por dentro. Y están vacíos.  Son sólo  envoltorios de espectros. Elvira se gira. Yo permanezco sentado en el borde de la  cama. La miro atónito sin dar crédito a lo que sucede. Elvira ha vuelto. Como antes. Todo a nuestro alrededor desaparece. Como si las tinieblas de un crepúsculo interminable se hubiesen apoderado de la estancia. Y formasen parte de nosotros mismos. Hay niebla en mis ojos…

-¿Qué me ocurre, cariño? Su voz es triste, casi un lamento que proviniese del más allá.

Acerco mi dedo índice a sus labios. No debes hablar, le digo. No es necesario que busquemos una explicación. Estás aquí y es lo único que importa.

Ella ignora que no existe. Que su cuerpo real yace en una oscura fosa del cementerio. Tierra, gusanos, carne podrida y muerta.

Sigue inmóvil. Mira a través de la ventana. Su voz es gélida como un puñal que atravesase el aire.

-¿Dónde estamos? No reconozco este lugar.

No debes preocuparte, estamos en la casa del bosque, intento consolar sus temores. Aquí es donde… Pero no sé que más le puedo decir de este lugar. Ella no debe saber más de lo que es capaz de recordar por sí misma.

-La casa del bosque… Sí, ahora recuerdo aquí ocurrió algo terrible, ¿verdad?

Y comienza a emitir un ruidito, rompe a llorar de una forma fría y maquinal. Casi infantil. La abrazo. Su cuerpo está rígido y no reacciona al contacto de mi cuerpo.  Deja de llorar de repente y busca mis ojos.

Me ocultas algo, no sé qué es pero me estás engañando, no eres sincero conmigo. Ha pasado de la consternación al enfado nervioso. Quiere bajar, salir de casa, siente asfixia y deseos de respirar aire puro. No, no, le digo. No podemos abandonar la casa,  le respondo. Pero se pone histérica. Como una loca. No consigo controlarla, está fuera de sí. Grita y me insulta. Me golpea con furia. Intento calmarla. Cae rendida a la cama. Llora desconsolada. Cubre su rostro con la almohada y escucho su llanto ahogado. No puedo soportar el dolor que me produce ver a Elvira destrozada. Intuye algo y no soy capaz de revelarle la verdad. Ojalá todo fuese una de las pesadillas que me azotan cada noche. Pero no. La noche y sus fantasmas descansan en una orilla. Silencio. Estoy despierto y la bruma de mi cuarto es cada más densa. Elvira, tengo que decirte algo. Es algo terrible pero debes saberlo. No puedo resistir más su dolor. Su dolor a cambio de mi dolor. Estoy dispuesto a sacrificar mis deseos de tenerla conmigo para que ella recupere la tranquilidad. Está muerta, por Dios. Y yo debo estar loco. Elvira, mírame. Debes saberlo, por Dios, es terrible, pero estás muerta, estás muerta. Su llanto se interrumpe de repente. Se incorpora y veo su rostro, su terrible rostro cadavérico, las cuencas oscuras por las que asoman gusanos hambrientos, y su mandíbula sobre la que descansan unos dientes amarillentos y sucios. Me mira. Su rostro es terrible y funesto. Una risa infernal brota de la calavera de Elvira,  bésame, te amo, exclama entre carcajada y carcajada. Bésame, te amo, siempre estaremos juntos. Y el asco y el miedo me empujan por la ventana, salto y ya todo es silencio, Elvira y yo para siempre en esta casa brumosa en la que sólo hay sombras y más silencio.