terror 17.- Y él me espera, de Santiago Bergantinhos (España)

Supe que mi hermano pequeño había muerto horas antes de que la policía localizase a mis padres y ellos me llamasen por teléfono a mi piso de estudiante para comunicarme la triste noticia. 

 –Tu hermano ha muerto –me dijo mi padre con voz ahogada. 

 Y yo reaccioné como se supone que debía hacer un hijo al que su padre le cuenta que su hermano al que apenas sacaba un año de edad había dejado este mundo. ¿Cómo podría explicarle que, horas antes, sentado en mi habitación estudiando, levanté la cabeza del libro y sin saber por qué giré la silla hasta ponerme de espaldas a la mesa y lo vi frente a mí, primero sorprendido porque hubiese podido entrar, luego extrañado de la expresión triste y vacía de su rostro exangüe que parecía mirarme sin verme, perdido en un silencio extraño y pesado, de pie en medio de mi habitación, con la herida de su vientre manando los últimos borbotones de sangre que quedaban en su cuerpo? 

 Lo llamé por su nombre, le dije cosas que ya no recuerdo, pero no contestó, ni se movió, y la sangre, que no dejaba de manar, incomprensiblemente parecía no terminar de empapar sus ropas, ni goteaba hasta el suelo. Una de las veces que parpadeé ya no lo vi más, y poco después me llamó mi padre para decirme lo que yo ya sabía. 

 No dije nada a nadie, y vestido con un traje negro, el primero que tuve en mi vida, acompañé a mis desconsolados padres al funeral y al entierro de mi hermano muerto, y con otros familiares porté a hombros el féretro y con los demás lo vi desaparecer bajo tierra. Mi hermano, mi compañero de tantas travesuras de pequeños, era reclamado por la misma tierra sobre la que tantas veces jugamos y reímos juntos. Al alejarnos de la tumba que iba a rellenarse de tierra unos momentos después dirigí mi mirada al lugar que la familia visitaría al menos una vez todos los años, y volví a verlo, vestido con las mismas ropas, contemplando el que iba a ser su último lugar en el mundo. Y después me miró a mí, y volví a ver su mirada inexpresiva, de muerto, y la herida del vientre de la que seguía brotando sangre lentamente. 

 Nunca encontraron al asesino o asesinos de mi hermano. Sus amigos lo perdieron un momento de vista en el pub en el que estaban tomando unas copas, y por alguna razón salió, algo que nunca sabremos ocurrió en el callejón de al lado y terminó tendido en el suelo, incapaz de pedir ayuda y esperando a morir desangrado. Los que por fin lo atendieron apenas si pudieron asistir a sus últimos segundos de vida, lo vieron parpadear varias veces con unos ojos sin luz, y sus labios se movieron sin decir nada. Murió a las diez de la noche según el parte médico, justo el momento en el que lo vi en mi habitación. A partir de ahí intenté atar cabos, y durante años estuve obsesionado con la idea de que me visitaba para darme alguna pista de quién lo había matado, y que así yo pudiese hacer que lo detuvieran. Pero en todas sus visitas ocurría lo mismo, no más que una mirada perdida y un silencio de ultratumba en sus labios. Estaba muerto, venía a verme aleatoriamente, sin ningún patrón que yo pudiese descubrir, y no sabía por qué. No sé qué era peor: si recibir las visitas, que en realidad nunca me turbaron lo más mínimo, o no saber por qué venía a verme. ¿Nostalgia de los vivos? ¿Incapacidad para acceder al lugar al que tuviera que irse? 

 Pasaron los años y la foto en la mesilla de mis padres se quedó congelada en esa mirada limpia y esa sonrisa llena de esperanza que se tienen a los diecinueve años. Mi hermano pequeño se convirtió primero en uno más de los jóvenes que veía por la calle y que ya no me consideraban uno de los suyos, y aunque la distancia creció entre nosotros en el tiempo siguió visitándome, a veces todos los días una semana, otras perdido no se sabe dónde por un mes entero, o dos. Intenté saber si mi padre o mi madre recibían las mismas visitas que yo, pero cuando les dije que a veces me parecía verlo delante de mí como si fuese real mi madre me dijo que ella también pensaba en él todos los días, a todas horas. Los días de su cumpleaños no es que hiciésemos una fiesta, pero si podía visitaba a mis padres para comer con ellos, o como mínimo los llamaba por teléfono si no podía ir. Y cada uno de esos días pensaba la edad que tendría mi hermano de no haberse cercenado así su vida. 

 El día de mi boda esperé verlo en la ceremonia, o al menos en el banquete, pero no apareció. No sé si fue porque no le tocaba, porque no quería interrumpir un día tan especial o sencillamente... no sé. Yo lo eché de menos, sobre todo porque pensé que quien lo mató no sólo lo había privado a él de su vida, sino que nos había privado a todos los demás de su presencia en las nuestras. Lo eché de menos en la despedida de soltero en la que debimos haber acabado como cubas los dos, y lo eché de menos como mi padrino, aunque el primo Miguel fue un buen substituto. Desde ese día reconstruí en mi memoria los momentos en los que debería haber estado a mi lado, las comidas de domingo en casa de nuestros padres, me imaginé las fotos en las que los dos habríamos salido juntos y que completarían aquellas que se truncaron cuando él no había llegado a los veinte, y me lo imaginaba en fiestas y reuniones a mi lado, los dos tan parecidos como siempre nos decía la familia, uno una versión ligeramente distinta del otro. 

 Pero en sus apariciones seguía teniendo ante mí la misma edad en la que se acabó su vida para él y para todos, y nunca dejaba de manar la sangre de su herida igual que nuestras vidas seguían fluyendo por el cauce del tiempo hasta el momento en el que todos iríamos uno a uno al encuentro de mi hermano. Cuando mi madre murió inesperadamente, además del dolor por su pérdida, sentí por un lado la esperanza de que ella se lo llevase, y por otro lado un ligero temor de que a partir de entonces fuesen dos las imágenes ante mis ojos. No pasó ni una cosa ni la otra. Lo vi, como siempre, en el entierro de nuestra madre, y aunque sé que lo más seguro es que fuese sugestión mía, creí ver si cabe mayor tristeza en sus ojos fríos y sin vida, de pie justo al borde mismo de la fosa al lado de la suya. Al día siguiente visité la tumba a ver si todo estaba conforme a lo acordado con la funeraria, y allí seguía mirando las dos lápidas. Tardó varios meses en volver a visitarme, y aunque hubiese sido absurdo preguntárselo y tampoco me hubiese contestado, supe dónde había estado todo ese tiempo. 

 Tampoco lo vi en el bautizo de mi primogénito, pero a los pocos días, cuando fui a ver si dormía bien y todo estaba en orden, lo encontré al lado de su cuna, observándolo impasible. 

 –Le hemos puesto tu nombre. 

 Llegué a pensar una cosa tras otra, e incluso que el de mi hermano era mi espíritu tutelar, que me protegía. Pero no me dio ninguna señal especial cuando me caí por unas escaleras y me rompí una pierna, ni cuando casi me arruino por culpa de una mala jugada financiera. Mis hijos crecieron sanos y después de un par de pequeñas crisis en mi matrimonio todo se volvió cómodamente rutinario, como las visitas del espíritu de mi hermano muerto, de las que nunca dije nada y con las que nunca consulté con nadie. Mi familia siempre admiró la devoción que sentí por él y el continuo recuerdo de su memoria, la foto en un lugar preferente junto a mis abuelos y mi madre. Cuando murió mi padre vencido por la edad y la ausencia heredé los álbumes familiares, y repasándolos intercalaba las fotos que nunca existieron, las de las cenas de Navidad todos juntos, la de los dos con la corbata atada en la frente y un puro en la boca celebrando el nacimiento de uno de mis hijos, y tantas otras más. Repasando los recuerdos familiares me detuve en aquéllas en las que aparecíamos los cuatro, rodeados a veces por otros familiares también ausentes, y me di cuenta de que sólo yo sobrevivía, un nuevo núcleo con mi esposa de una nueva generación protagonista de nuevos momentos congelados en el papel. 

 La vida continuó, pasaron los años y nunca mi hermano muerto dejó de visitarme y acompañarme en buenos y malos momentos. A veces mi mujer se daba cuenta de que me quedaba mirando al vacío, a algo que sólo yo podía ver, e interrumpía mi cruce de miradas con la muerte por medio de una broma o una palmada, tras la que al volver los ojos a donde él estaba, ya había desaparecido, sólo para regresar quién sabía cuándo. 

 Un día recordé uno de los veranos que pasamos en el pueblo de nuestros abuelos, y cómo un día en la piscina sorprendí a mi hermano, que entonces tendría nueve o diez años, parpadeando rápidamente, intentando hacerlo cada vez a mayor velocidad. Cuando le pregunté por qué lo hacía me respondió que intentaba hacerlo justo a veinticuatro parpadeos por segundo, y cuando le volví a preguntar por qué me respondió que así sería como ver una película, y todo sería tan chulo como en el cine. Al día siguiente le hice la misma broma a mi hijo que lleva su nombre y se rió conmigo muy a gusto mientras lo estrujaba entre mis brazos, y eso mismo recordé haberle dicho cuando mi hijo, hecho ya un hombre, me apretó entre los suyos el día que le recordé que cumplía tantos años como el tío al que nunca conoció, al que tanto se parecía, y del que llevaba su nombre. 

 Envejecí a la vez que la muerte preservaba la imagen de mi hermano en el frío cristal de la memoria de los que lo habían conocido hacía ya tanto tiempo, y en la visión que de vez en cuando me observaba impasible ante cualquier llamamiento que le hiciese. Mi esposa murió, y mis hijos me fueron dejando solo en una casa llena de recuerdos y un fantasma, sin nada que hacer que llenar las horas con la memoria de los que se fueron y las pocas aficiones que me permitieron una vida llena de trabajos. Cuando la pequeña se fue de casa le dolió abandonarme pero le dije que eso era lo normal y no me apené por ello, y como sólo se mudó al barrio vecino con su esposo raro era el día que no me aparecían por casa, o que yo me dejaba caer por la suya para ver a mis nietos, y pocos años después los pequeños de uno u otro se acercaban para pasar el rato, saquear mi biblioteca o mis películas, o sencillamente esperar merendando a que pasasen a recogerlos, cuando no se quedaban conmigo todo el fin de semana para que sus padres se fuesen tranquilamente por ahí, encantados mis nietos bajo el poco poder que sobre ellos ejercía un abuelo consentidor con la cartera dispuesta a concederles cualquier capricho. 

 –¿Qué es lo que miras, abuelo? –me preguntó mi pequeña nieta cuando tenía siete años, mirando a donde yo miraba al darse cuenta de que había dejado de ver con ella sus dibujos animados favoritos. 

 –¿Tu padre te contó que yo tenía un hermano que murió muy joven, y que por él le pusimos su nombre? 

 Ella asintió con su cabecita y sonrió. 

 –Sí. Se parecía mucho a él. Era muy guapo. 

 –Sí... era muy guapo. Pues desde que murió yo lo veo a veces, a mi lado. 

 Volvió a mirar a donde yo estaba mirando, con los ojos muy abiertos. 

 –¿Y no te da miedo? 

 –No. Es mi hermano. 

 –¿Y por qué lo ves? 

 –No lo sé, cariño. No lo sé. 

 –A lo mejor... 

 –¿Qué? ¿A lo mejor qué? 

 –A lo mejor... te está esperando. 

 Ese día por la noche me llamó mi hijo. No estaba enfadado conmigo porque yo le hubiese contado a su pequeña una historia de fantasmas, pero le preocupaba que yo no me sintiese bien. Lo tranquilicé y le dije que no se preocupara, que sólo eran tonterías de un viejo que ya está más cerca de los muertos que de los vivos. Me prometió que pasaría a verme al día siguiente por la tarde, para charlar un rato. Le dije que sí, y me fui a dormir, cerrando todas las puertas de la casa tras de mí, dejándolo todo ordenado, como fui dejando atrás todas las cosas de mi vida y a todos los que conocí, y como sé que tengo que dejar atrás la vida misma que se me agota y que ahora siento que se me apaga, tumbado en la penumbra de una habitación en la que mañana me encontrarán sin vida, y en la que ahora contemplo por última vez la figura de mi hermano muerto que desde los pies de la cama me observa con una mirada inexpresiva y sin vida, manando sangre de la herida del vientre pero sin llegar nunca a empaparle las ropas, sin gotear inexplicablemente al suelo. 

 ¿Me has esperado todos estos años? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por fin me hablarás y me dirás a dónde iremos? ¿Me tomarás de la mano y la sostendrás en mi último momento, como yo no pude hacer contigo mientras te extinguías? Pero no pasó nada de eso, y seguí en la penumbra, un moribundo sosteniendo la mirada de un muerto, hasta que sentí que se apuraba mi aliento y mi corazón cesaba de latir, y en ausencia de su sonido, que me acompaña desde antes incluso del despertar del nacimiento, escuché el silencio por primera vez en ese momento que me arrancaba de la vida para precipitarme en el reino infinito de la muerte, y a él superponerse un rumor lejano. En ese momento recordé muchas cosas, demasiadas para un solo momento, y me asaltaron imágenes irreales, de cosas y situaciones olvidadas hace mucho tiempo ya. 

 Recordé una de las pocas conversaciones de adulto que tuve con mi hermano, apenas unos días antes de su muerte, y lo que me dijo: que no había que tener miedo a la muerte, en todo caso a la no vida antes de la muerte, y que igual que no debemos sentir temor ante el no ser de antes de la vida del que surgimos sin saber por qué, ni para qué, no deberíamos sentir inquietud alguna ante el no ser de después de la vida, igual de largo e igual de frío e inhóspito. Yo le respondí que eso era muy cierto, y en ese momento me asaltó un pensamiento que por un momento dudé si compartir con él o no, aunque al final lo hice. 

 Pero antes de nacer no hay conciencia que sepa que nace, le dije. Al morir sí puede haber conciencia que sabe que muere. Los que mueren por un ataque fulminante, o durmiendo, no, y tampoco los que mueren en una explosión que los volatiliza saben al llegar el momento de la muerte que van a morir. ¿Pero y si se da uno cuenta de que se muere y nota la llegada de la nada, que la conciencia se extingue y el soporte material de lo que es el alma se disgrega? ¿Qué ocurriría si, como dicen algunos pensadores, el tiempo no es más que una ilusión, una creación de la mente, y que al morir se desmorona y ésta se queda atrapada en el momento final de esa ficción, y a la vez en el horror de saberse vacuidad y que todo acaba, y que no hay más sensación que no tener sensación alguna, que todo fue por y para nada, atrapado en un silencio sin fin, en una agonía infinita de la conciencia atrapada en un no ser hueco y sin palabras? 

 Mi hermano se me quedó mirando con una extraña media sonrisa, que substituyó por una mirada triste y vacía antes de disolverla en una sonora carcajada. Se levantó de su silla, intentó darme una colleja que yo esquivé y dijo: 

 –¡Qué chungo, ¿no?! Bueno, mejor no pensar en esas cosas. Menos mal que el jueves tengo festorro con los amigos y se me irán ésas y otras penas. 

 Ahora lo siento, mi ser que sin esperanza intenta aferrarse a cualquier cosa, a lo que sea por no desvanecerse y sucumbir a lo que no era sino su lógico fin, no por menos deseado inevitable, y oigo el rumor que todo lo acalla, y la mirada desesperada de mi hermano ahora que por fin separa los labios como si al fin fuera a decirme algo, él que permaneció incapaz de decir nada a solas en ese callejón mientras sentía que gota a gota se le escapaba la vida que no llegaría a disfrutar plenamente, y que me ha estado esperando segundo a segundo para decirme que yo tenía razón y todo se acaba menos la conciencia agarrándose enloquecida a la ficción del tiempo que se congela en un grito monocorde y terrible que oigo escapar de su boca para que yo pueda por siempre aullar con él y unirme a su cólera.