TERROR 19.- EL RETRATO SECRETO DE KOSTAN MARNO, de Chus Sánchez (España)

El laboratorio de la galería nacional de arte se encontraba desierto, pero Julia sabía con certeza que no estaba sola. Alguien que no podía ver, solo percibir, observaba su trabajo asomándose por detrás de sus hombros. En silencio, sin molestarla. Lejos de sentir temor o resultarle extraño, a ella le agradaba sin saber por qué el frío que siempre rodeaba la llegada de esa compañía invisible.
               Comenzó a experimentar el fenómeno en el instante en que eligió el autorretrato de Konstan Marno para restaurarlo. O quizá el cuadro la eligió a ella en cuanto se cruzaron los ojos de ambos. El lienzo la sedujo de forma irracional desde que lo contempló en la sala del Impresionismo. Había algo vivo y arrebatador en la faz del artista, y sobre todo, en sus pupilas. Era uno de esos retratos que persigue con la mirada al observador desde cualquier posición en la que se encuentre. Y si algo fascinaba a Julia era la leyenda que acompañaba a la obra de arte. Según se decía, aquel autorretrato fue el único testigo del asesinato del pintor, apuñalado mientras dormía por una de sus amantes. Nadie fue acusado del crimen, nunca se supo con certeza quién lo mató. Celos, infidelidades, promesas incumplidas…las sospechas apuntaban a varias mujeres sin que ninguna llegara a ser acusada.

                   Tras la muerte del creador, sus parientes vendieron el cuadro al propietario de un casino de París donde estuvo colgado durante décadas. Cuando el local cerró se perdió su pista, hasta que de forma inesperada, hacía unas semanas, un coleccionista particular lo donó a la galería de forma altruista. Solo alegó que estaba cansado de sentir frío.

                   Los ojos de Konstan Marno cautivaban a Julia. Por eso decidió saltarse algunas normas para limpiarlo y retocarlo. Quería estar más cerca del lienzo. Se inventó la excusa absurda de que la vida del cuadro, como la de su autor, había sufrido excesos de humo y hollín que se debían reparar con urgencia.

                  No era la única que se sentía acompañada en plena soledad. Pedro, el conserje que coincidía con ella durante en el turno de trabajo, llevaba semanas quejándose de la presencia de una sombra sin dueño desde la llegada del Konstan Marno a la galería. Sin embargo nadie, ni siquiera ella, había dado mucho crédito a esos comentarios por la avanzada edad del empleado y sus conocidos problemas de visión.

                  Una tarde más, Pedro saludó a Julia levantando la cabeza al atravesar el laboratorio. Llevaba entre las manos una cámara de seguridad. Iba dispuesto a cazar la sombra cambiando los focos de posición. Ella respondió al saludo con una sonrisa y un segundo después volvió a sumergirse en su labor.

                   La atracción que ella sentía empezaba a ser irreal hasta tal punto que acarició con extrema suavidad el rostro de Konstan Marno con la yema de los dedos. Respiró con profundidad y él le devolvió la mirada. Era un momento de seducción imposible entre los dos que se repetía con frecuencia. Humedeció en una solución química un hisopo de algodón para retirar algo del hollín acumulado en la superficie. Brotó en los labios de ella una coqueta sonrisa al frotar sobre las pupilas de Marno. Y de repente el frío. Siempre ocurría lo mismo. Cuando entraba en contacto con el lienzo un helor le recorría el cuerpo y la obligaba a trabajar con el abrigo puesto. 

                 Un escalofrío sacudió la espalda de Julia al frotar de nuevo el retrato y mirar con precisión su interior. Dentro de los ojos de Konstan Marno había algo más, una forma que no se podía apreciar a simple vista. Trató de acercarse con la lupa al microcosmos que contenía la mirada. La imagen dilatada no dejaba lugar a dudas, quizá se trataba de otro retrato, uno borroso que era imposible definir. Impactada por su descubrimiento trató de desentrañar el misterio recurriendo a la fotografía, ampliando una y otra vez el contenido.

                 Sus dedos temblaron cuando la pantalla de su ordenador proyectó ante ella una silueta femenina con un puñal. En ese momento la temperatura del laboratorio había disminuido tanto que le castañeaban los dientes y no podía dejar de tiritar. Aun así, no comprendía cómo podía haberse plasmado ese cuadro dentro del cuadro, un rostro en blanco y negro, aunque sus facciones, el cabello, el vestido y el puñal se distinguían bien.

                 Con la tela bajo un microscopio captó algo más: en ese punto milimétrico de la niña de sus ojos, no había pintura. Era un instante y un rostro capturado por el misterio, sin respuesta científica.

                 Sobrecogida por lo que aún estaba observando a través del microscopio, entró de nuevo el conserje. Esta vez llegó abatido, sin atreverse a sobrepasar el umbral.

              –Julia, la sombra está aquí, a tu lado. La he visto a través de la cámara de seguridad. El termómetro que hay junto a la puerta marca que la temperatura ha bajado varios grados, pero solo aquí, dentro del laboratorio. Acabo de comprobarlo.

                 Ella levantó la cabeza y entornó los ojos. Pudo sentir muy cerca de su cuello esa sombra de la que hablaba Pedro. Y a la vez el frío, era casi como un abrazo. Lejos de darle miedo le resultaba apacible y acogedor.

                –Sí, está aquí…a mi lado…es Konstan Marno…me necesitaba…y acabo de resolver su crimen. No sé aún su nombre, pero el rostro de la mujer que le apuñaló está en sus ojos.

                Julia levantó el lienzo y se lo mostró a su compañero señalando las pupilas  con el dedo índice.

                El empleado dio un paso atrás impulsado por el terror cuando la mirada de ambos se encontró. Presintió que lo que contemplaba no era un retrato al óleo. Era el alma de Konstan Marno atrapada en el lienzo.