TERROR 21.- MÁS ALLÁ DE LA VIDA, MÁS ACÁ DE LA MUERTE, de Rosario Martínez (España)

El papel reposaba detrás de los vitrales de un polvoriento armario. Escrito con letra irregular y ansiosa, alguien había escrito: “Murió ayer, pero no me importa, mañana volveré a verle”.
               Extraño desafío a la muerte.

               En aquel taller oscuro,  donde cohabitaban olores ácidos, putrefactos y dulzones, un hombre siniestro, de cabellos ralos, manos y rostro de tiza, se movía entre cadáveres como un estratega de la muerte. Nunca se le oyó pronunciar una palabra: Vladimir era sordomudo. Pero gentes avezadas en el registro de todo lo anormal que sucedía en el pequeño pueblo ruso, intuían que su defecto era solo una excusa para moverse en solitario sin dar explicaciones.

                 Ningún vecino entró nunca en su cobijo, hundido al final de la calleja donde acababa el bosque y comenzaban a vislumbrarse los grises vapores de los pantanos. Tampoco se le conocía familia ni amistades. Corría un rumor: únicamente salía de noche en busca de vida. 

               Una tormenta de nieve en forma de inmisericordes vientos racheados, barría los campos de todo rastro de humanidad. Por caminos solitarios, carros y animales avanzaban penosamente, sorteando los  terrones de barro helado. La tímida luna confundía su contorno con el encaje de copos blancos cuando, ante la entrada del desvencijado refugio del sordomudo, estacionó un landó negro tirado por dos caballos igualmente negros.

               Al relincho de un caballo salió el dueño envuelto en andrajos, con un farol de aceite en la mano a la altura de los ojos.  Frunció el entrecejo. Al momento, el gesto de sorpresa apareció desprovisto de todo rechazo: eran viajeros esperados. Ayudó al cochero a bajar una figura sentada en el pescante. Al soltar el andamiaje de cuerdas con el que iba sujeta, cayó hacia un lado como un fardo. El silencio se hizo opresivo, anunciador de sobresaltos. Sin mediar palabra, Vladimir arrastró el bulto hacia el interior.

               Al mismo tiempo, el cochero abrió la puerta del carruaje. Una dama enlutada, con velo cubriéndole el rostro, descendió con solemnidad aristocrática. El viento polar azotó su frágil silueta por unos segundos. Protegiéndose con la capucha del abrigo de piel, introdujo las manos en el calentador de zorro negro. Penetró en el zaguán, precedida de las dos sombras. Fue entonces cuando la oscuridad se cubrió de una densidad casi palpable.

               La ceremonia había sido concebida por extraños pálpitos llegados del más allá. Venía acompañando al cadáver de su amante. Una relación clandestina que acabó trágicamente el día anterior. Murió de un pistoletazo a las afueras de San Petersburgo cuando se batía en duelo con el marido  ultrajado.

               Este desenlace venía precedido del ronco sonido del deseo; el mismo  que se había adueñado de los amantes con el refinamiento de un esteta y el desenfreno de una legión de ratas delante de carne fresca. Sus relaciones, llevadas al principio con un pudor controlado, se habían convertido  últimamente en pasión devoradora, desafiante. Ya toda la alta sociedad de San Petersburgo se complacía en denigrar sus nombres sin miramientos. La noticia, que al principio fue novedad palpitante, se había transformado en comentarios ridiculizantes, escabrosos, obscenos. No era preciso leer los sueltos de los periódicos: hasta la tinta transmitía el olor de la desgracia que se avecinaba.

               El apuesto militar del cuerpo de húsares de su Majestad Imperial se había propuesto fraguarse una leyenda amatoria canalla con adherencias de abolengo. Tendría que apartar sus actos de la normalidad. Escogió su presa entre lo más granado de la nobleza femenina con la avaricia y la meticulosidad de un coleccionista de sellos.  Sacó pecho como un mascarón de proa y fue directo al abordaje. Una bella mujer, arrogante, orgullosa, de férreos principios morales, conducta familiar intachable y una renta en rublos que desbordaba el Neva, había caído en su tela de araña. Ardientes palabras amatorias declamadas con la impostura del profesional, convirtieron su cerebro en una nube esponjosa. Para la conquista del cuerpo, como buen militar,  empleó el ataque a la bayoneta.

               Esto que, al principio, daba brío a sus ansias de seductor, con el paso del tiempo se había convertido en una provocación contra las más elementales normas sociales, estéticas y morales. Su vida terminó en un duelo protocolario, aplaudido por la masa hipócrita que antes exudaba admiración por sus excesos escabrosos. El orden se había restablecido. Pero, ante semejante golpe letal, la enamorada, que, a duras penas, mantenía el difícil equilibrio entre la crisis mental y la realidad,  sucumbió al vértigo de la locura.

               Ahora ella se encontraba frente a aquel ser sin palabras, huidizo, de rostro agrio, pero capaz de someterse a sus deseos.

               No hubo apenas explicaciones. Se negaba a desprenderse del cuerpo varonil que la había colmado de dicha y placer durante tres años. Su enajenación la había llevado a hurtar el cadáver del mausoleo, en complicidad con dos enterradores y el cochero. Se llevó las dos manos al corazón y con ademanes teatrales exhaló un suspiro que hizo revolotear el velo como ala de cuervo. Un olor penetrante rasgó el aire, atravesó las palabras y fue a alojarse en los senos nasales de la dama. Con un gesto de reprobación, clavó su mirada en el sordomudo. Se recogió los ropajes para evitar el lodo de la calleja. Salió a la noche. Había dejado un escrito en el que expresaba su deseo, acompañado por una bolsa llena de monedas de oro.

               Para poder cumplir el encargo, el taxidermista trabajó toda la noche con cuchillos, tijeras, escalpelos, cordelajes… También con formol, resinas, bálsamos, esencias orientales. De un antiquísimo libro extrajo fórmulas secretas, dogmas  de la brujería medieval. El samovar conservaba el agua hirviendo, consciente de la importancia de su función. Acordándose del rictus de desagrado de la dama al recibir los efluvios del taller, Vladimir untó el cuerpo del amante con manteca de cacao y ajonjolí; perfumó las lazadas de su corbatín con agua de violetas; limpió el frac de todo rastro de sangre. Por último, puso a buen recaudo la bolsa con el dinero. Cuando se disponía a abandonar la sala de operaciones, buscó entre las plantas de su tétrico invernadero. Dio por finalizada la tarea cuando colocó una camelia en el orificio que había utilizado la bala asesina para penetrar en su cuerpo. Dos ojos de cristal le miraban por debajo de la chistera: el difunto estrenaba vida.

                Hubiera necesitado más tiempo para completar su trabajo a satisfacción, pero ya escuchaba a lo lejos las rodadas de un carruaje y el piafar de los caballos.

               Vladimir, aquel buceador de vísceras,  vociferó en medio de su mutismo impostado: ¡Artificios! ¡Delirios! ¡Más allá de la vida, más acá de la muerte! 

                 Se había cumplido el anhelo de la trastornada dama.

               La luna dejaba escapar tenues rayos que lamían las paredes leprosas de la pocilga en la fría madrugada.  La mujer corrió presurosa hacia la entrada. El sordomudo esperaba en actitud de ceremoniosa reverencia. Del interior, adoptando el empaque de un falso galán de comedia, surgió el difunto. Avanzaba en línea recta, como los ciegos. Los hombros habían recobrado su altivez, pero el zumbido de las moscas a su alrededor y el hociqueo de sus pies por parte de los perros sarnosos de Vladimir, le impedían hace gala de cualquier tipo de  prestancia. Se adivinaba su postrer fracaso. Al llegar al zaguán se mimetizó con las sombras. Solo cuando estuvo seguro de reconocer a la dama, se desabotonó el frac, el chaleco, la camisa. Mostró la cicatriz que recorría el dorso de arriba abajo. El precipitado trabajo del sordomudo dejaba asomar por los rebordes de la herida, jirones de tela, paja prensada, tejidos agusanados, restos de órganos… y hasta pecados mortales; todo convertido en una maraña. Con un gesto impreciso se volvió hacia el interior de la casa. Conocía el camino. Sin dudarlo, se instaló entre dos buitres leonados y un oso estepario. Reliquias sin urna.

               Ahora la dama parecía no dar importancia a la aparición ni tampoco al hedor que desprendía aquel cuerpo. Se aproximó con paso lento y dolorido hasta caer rendida a los pies de su amado. Con un movimiento alterado, sacó del manguito su mano aferrada a una pequeña pistola. No dudó en llevársela a la sien derecha. Un disparo retumbó. Los cristales del sucio ventanal temblaron como pastel de gelatina. Exangüe, con un último aliento, se abrazó a sus amadas caderas de marioneta, apoyando su rostro en el sexo de serrín.

                Era la segunda vez que profanaba un lugar reservado a los muertos: esta vez con la determinación de quedarse para siempre.

               El samovar volvía a bullir en la sala contigua. El sonido de los cuchillos, tijeras, y escalpelos rompía nuevamente el silencio. Vladimir puso a buen recaudo una segunda bolsa repleta de rublos. Le esperaba una fatigosa tarea, esta vez sin premuras. Se tomaría todo el tiempo necesario para abrir de nuevo la puerta falsa a la inmortalidad.