El rito de la vida


Todo comenzó con una caricia. Muchas veces ese es el final. Sin embargo, a partir del momento en que Rogelio sintió el contacto templado de Estela circular por su cara; desde ese mismo momento, supo que su vida cambiaría para siempre. Se había acabado la rutina perpetua. Quizá la nueva vida no duraría más de unos segundos, pero en su interior supo que ese tiempo junto a ella justificaría toda su existencia. Había sido elegido entre una larga lista de pretendientes para consumar el sacro acto de la vida. No fue fácil. Tuve que luchar contra varios machos, pero desde que sentí cómo la mirada de Estela se clavaba en mis ojos, supe que ella no quería a otro como compañero. Ella era la reina de la fiesta y los demás teníamos el deber de obedecerla y batirnos por ella. La verdad es que tuve suerte en el reparto de los contendientes y aquellos que se sintieron con derechos naturales, por ser más fuertes a simple vista y gallardos, recibieron un desaliento tal por parte de ella que aun se escuecen de la herida. Ahora ha llegado el momento de la verdad. La rodeo sin perderla de vista tal y como mi instinto me dice. Al menor descuido salto sobre su espalda para unir nuestras extremidades y finalmente fusiono nuestros genitales. Todos creen que esta última tarea es fácil, pero pocos saben que la procreación no será si no logro aguantar un par de horas en esta posición, mientras que Estela se siente ultrajada  e intenta a cualquier precio despegarme de su ser. Es cómo bailar a ciegas en una hoja. A pesar de la oposición cómplice de mi amiga consigo mantenerme hasta que siento gozoso cómo se derraman en su interior los espermatóforos. Ahora que he asegurado la siguiente generación de mantis religiosas, puedo morir tránquilo. Si Estela me come no le guardaré ningún rencor. 
Juan Patricio Lombera