En la calle están ELLOS, de Miguel Angel de Rus


Siento pánico de salir. En la calle están ELLOS. Intento no escucharles, pero oigo sus opiniones, sus argumentos, lo que piensan de la vida; veo sus rostros abotargados por el alcohol, el aburrimiento o la estupidez, la posición de sus cuerpos y sus movimientos, toscos, brutales, como de humanos primitivos, lejanos en el tiempo; sus carcajadas ante los mismos chistes que rieron sus tatarabuelos, sus ropas intencionadamente feas, sucias, como si pretendieran competir en una pasarela de vagabundos, de bestias mal disfrazadas de humanos. Siento terror apenas disimulado ante esos padres que decidieron dar la vida a un ser deforme e incapaz antes que buscar una nueva oportunidad para engendrar un hijo bello, sano, normal, con posibilidades de vivir una vida plena. Se me aprecia sin esfuerzo el rechazo que me producen esas pieles tatuadas, como de integrantes de tribus primitivas, incultas y condenadas a la nada, con letras o dibujos sobre la pieles que envejecen, cuyos verdaderos significados desconocen, y sus caras de sana y alegre animalidad, desprovista de cualquier idea, sin el más mínimo atisbo de compresión de qué puede ser la trascendencia. Busco en sus ojos –a mi pesar- un destello de inteligencia, de comprensión, de alma humana, y encuentro miradas vacías, innobles, con menos destello de inteligencia que los ojos de los perros o los gatos, que siempre parecen tener esa mirada de comprensión, incluso a veces de desprecio. SEGUIR LEYENDO