TERROR 12.- DESDE EL OTRO LADO, Patricia K. Olivera

Al fin noche de viernes, y en Halloween, no  podía ser mejor.

Darla tendrá el camino libre para llevar hasta su cama a su sexy novio, jugador de Rugby, puro músculos; mientras su hermanita de siete años sale a juntar caramelos con sus pesados amiguitos, y sus padres seguramente se reúnen con los nuevos vecinos a jugar al póker.

Estos realmente no le gustaban, eran algo raros y presentía que ocultaban algo. Aún no entendía como sus padres tomaron tanta confianza con ellos, no hacía mucho que habían llegado al barrio y ya se pasaban en su casa. En fin, ese no era su asunto, y ella no podía dejar pasar la oportunidad de estar un rato a solas con su chico.

Mientras ordenaba su cuarto pudo ver desde la ventana a sus padres, golpeando a la puerta de la casa vecina. Salió a recibirlos el señor Bardé, le resultó extraño ya que siempre lo había visto junto a su mujer, era impensable verlo a uno sin el otro.

Cuando los vio ingresar a la casa vecina siguió con lo suyo, pero ya estaba en la tarea de cerrar las cortinas cuando le pareció ver a lo lejos a la señora Bardé. Se ocultó tras estas y comenzó a espiarla. La vio entrar al sótano, llevaba con bastante dificultad un bulto entre los brazos pero le restó importancia, y minutos después lo olvidó por completo cuando su hermana pequeña ingresó a la casa corriendo y  con cara de pánico, seguida por todos sus amiguitos.

Lo único que le faltaba en su noche, solo atinó a pensar.

—Vimos un monstruo cerca de la plaza. —gritaron todos juntos.

—Chicos, chicos, a ver si se calman. Veamos, es noche de Halloween y obviamente van a ver a muchas personas disfrazadas esta noche, tratando de asustarlosssss. —les dijo levantando los brazos, al tiempo que los pequeños chillaban todos a la misma vez.

—No, no estaba disfrazado, era de verdad y se escondía tras los árboles. Tenía unas uñas horribles así de largas. —le describió gestualmente su hermana.

Los chicos estaban muy nerviosos así que decidió llevar a cada uno a su casa y a su hermana se la llevaría a sus padres. Tenía preparada la excusa de que había quedado en salir con su novio y un grupo de amigos.

Cuando llegó a casa de los Bardé, antes de golpear se le ocurrió la loca idea de investigar en el sótano. Convenció a su hermana para ir y para que no hiciera ningún ruido, tenía que averiguar qué estaba haciendo la vecina allí.

Con mucha cautela rodearon las escaleras de entrada y llegaron hasta la puerta del sótano, desde allí se podía ver una luz muy tenue y se escuchaban unos ruidos raros, además de sentirse un olor muy penetrante.

Bajaron las escaleras con cuidado, Darla se cuidó de no soltar en ningún momento la mano de la niña y le insistía con que se quedara callada posando su dedo sobre los labios.

Cuando llegaron al final de la escalera, tuvieron que caminar un tramo más para adentrarse en una pieza iluminada por algunas velas. Al fondo de la estancia vio que la vecina tenía a una chica atada y amordazada sobre una mesa, medio desnuda; mientras ella, vestida de negro de la cabeza a los pies, pronunciaba unas extrañas palabras que leía en un gran libro que parecía muy antiguo.

De inmediato, puso la mano en la boca de su hermana para evitar que gritara; cuando quiso retroceder hacía la salida le fue imposible ya que alguien venía bajando por la escalera. Rápidamente buscó un lugar oscuro donde esconderse, encontró un hueco tras la puerta, donde se acurrucó junto a la pequeña y desde donde podía verlo todo.

Quien se acercaba arrastraba los pies y caminaba muy lentamente, cuando la Sra. Bardé lo vio sus ojos brillaron de placer, su semblante parecía el de una enajenada. A su lado, la chica atada y amordazada abrió los ojos  espantada mientras movía pies y manos tratando de liberarse.

—Al fin llegas Señor —hizo una reverencia la mujer—. Como todos los años, sin importar donde estamos, te trajimos tu ofrenda . . . —le dijo señalando complacida a la chica.

Darla seguía tapando la boca y los ojos de su hermana para que no viera, estaba segura que se venía algo malo, muy malo.

De inmediato, el recién llegado se adelantó y pudo verlo: era el  mismo diablo en cuerpo presente y pronto para la acción. Darla tapó su propia boca para no gritar pero desistió al recordar a su hermana, prefirió taparle los oídos  a ella al tiempo que la apretaba contra su pecho  para impedir que viera u oyera algo.

Quedó petrificada cuando vio las largas y asquerosa uñas que lucía el espantoso engendro. De inmediato recordó lo que le había contado su hermana cuando volvió tan asustada de su recorrido en busca de dulces, lamentó no haberle creído y se sintió egoísta.

Luego, no le quedó más remedio que ver como esa chica era violada salvajemente por este ser. Al principio, esta se resistió pero luego quedó quieta, mirando fijamente en su dirección, como si pudiera verla.

Darla quedó congelada, la conocía. Era la hija de la otra pareja amiga de sus padres, quienes también habían hecho entrañable amistad con los Bardé.

Cerró fuertemente los ojos al tiempo que acunaba a su hermana -que al parecer se había dormido en la calidez de su abrazo- y escuchaba los ruidos obscenos que emitía el horrible demonio. La Sra. Bardé miraba la escena con un rictus de placer en la cara -parecía estar a la puerta de un potente orgasmo-, seguramente estaba esperando ansiosa a que le llegara el turno.

Luego de tener que ver eso también, a esta satánica mujer sobre esa abominación moviendo sus caderas y aullando de placer, al fin todo terminó.

El cadáver de la chica fue el trofeo que el horrible demonio se llevó al otro lado, mientras la Sra. Bardé quedaba ordenando y limpiando todo como si no hubiera pasado nada. Luego cambió sus ropas, las que en su orgía desenfrenada habían quedado desgarradas, y se vistió decentemente, como acostumbraba a lucir. Ya amanecía cuando al fin la macabra vecina salió de allí, llevándose todos los implementos utilizados que la pudieran inculpar.

Cuando estuvo segura de que había quedado sola, Darla dejó su guarida en completo silencio, llevando en brazos a su adormilada hermana.

Tuvo suerte que, en su apuro por no ser vista, la mujer dejara la puerta del sótano mal cerrada; de esa forma pudo salir sin ninguna dificultad y dirigirse ágilmente y sin ser vista hasta su casa. Allí, sus padres dormían tranquilamente en la habitación contigua a la suya, posiblemente creyendo que ella salió con sus amigos y que la pequeña dormía en la casa de alguna de sus amiguitas.

Después de dejar a su inocente hermana acostada cómodamente en su cama, ella se puso el pijama y se acostó tapándose hasta la cabeza. No podía parar de temblar al tiempo que gruesas lágrimas corrían por su cara y mojaban la almohada. Hasta que al fin, la venció el sueño…

***

El ser regresó a su guarida hasta el próximo Halloween, cuando volverá a ser convocado por la señora Bardé. Esta se presentará antes sus vecinos y alegará una vez más, y en complicidad con su marido, que le fue imposible estar presente debido a un fuerte dolor de cabeza.

Por su parte, Darla no sólo tendrá que convencer a su hermanita de que todo fue un horrible sueño, sino que también tendrá que fingir sorpresa cuando le digan que la hija de los amigos ha desaparecido. Además, deberá vivir con el recuerdo de  lo sucedido en ése sótano por el resto de su vida, y lo que es más aterrador: tendrá que convencer como sea a sus padres de mudarse de allí…si no quiere ser ella la que desaparezca el próximo Halloween.

TERROR 11.- LA ABUELA, Mar Horno (España)

Es una casona aislada. Dentro, siempre llueve. En cambio, el desvencijado tejado a dos aguas sufre la inquina del sol de un verano deslucido. El patio es grande y solitario de macetas, aunque las alimañas son abundantes. El hueco de la escalera esconde oscuridad y llantos. La cuadra está vacía. La bestia ocupa el dormitorio. La huerta germina estéril de esperanza. Los muebles son heredados de la caridad. La chimenea siempre está encendida, como el infierno.
               En el desván hay un fantasma, que no se decide a marcharse. Lleva un atuendo negro como alma de diablo y una cuerda anudada al cuello. Cosa extraña, porque murió desnucado. Allí se siente a gusto entre los trastos olvidados de otros muertos.  Le gusta asomarse por el ventanuco  de la buhardilla para ver, en verano, las mariposas moribundas, y, en invierno, los árboles secos. Observa a la abuela sentada en el patio, y con su clarividencia de suicida,  le parece un pájaro de mal agüero.

               La abuela arrastra sus 82 años con el cansancio que le produce la vejez indigna del cuerpo y el dolor insoportable de los huesos. Espera a la muerte en su sillón de vieja achacosa mientras rumia sus recuerdos de expatriada sin oportunidades o inventa poesías. Pasa las tardes haciendo manteles de ganchillo con sus dedos artríticos, metiendo y sacando el hilo sin orden ni concierto, como si quisiera tejer el sudario desmadejado de una vida que se acaba. Manosea compulsivamente las fotografías de su parentela de difuntos que tiene guardadas en una caja de hojalata.  Canturrea a su niño muerto como si todavía durmiera en su vientre nonagenario. Riega, ajena al desaliento, una planta moribunda de azaleas. Acaricia al gato negro que a veces se cuela por la ventana abierta, comenzando por la cabeza y deteniéndose en el cuello delgado y suave, apretándolo, como si quisiera ahogarlo.

               El gato es uno de tantos que merodean por la casa y luego desaparecen. Es negro como la noche, como los pecados, como la culpa. Merodea por la casona siguiendo el olor de los desperdicios del pescado, o del arroz, o del demonio. A veces tarda días en volver, hasta que el hambre le afloja el instinto y se olvida de la presión de las manos de la abuela en el pescuezo. Un día no vuelve más. Puede que sea uno de los esqueletos secos y acartonados que se pudren en la escombrera de detrás del caserío a donde termina arrojándolos la nuera después de encontrarlos muertos en el patio, en la lonja, en la cocina, en el alma.

               La nuera es joven pero vieja, como el hastío, como el tedio. Tiene las manos despellejadas del frío del agua de lavar, del frío del desaliento, del frío del corazón. Hace cinco años que se casó. Hace cuatro que no estrena un vestido. Hace tres que no lee. Hace dos que no llora. Hace uno que se murió. A pesar de todo, le gusta amasar el pan del día, hundir las manos en la masa fresca mientras canturrea una canción triste que cuenta la historia de unos amantes que no pueden estar juntos. Le viene a la mente el marido, y a la boca, una arcada.

               El marido trabaja y duerme, duerme y trabaja. Lleva una vida dura acorde con la dureza de sus entrañas. Como a buen campesino le gusta observar el cielo cuando se levanta al amanecer, para ver si va a llover. La lluvia es buena, hace crecer las cosechas y acalla el ruido de los gritos. El vino le cura el cansancio.  Los golpes que propina a su mujer le calman la borrachera. Los besos que da a Flora le ablandan la vileza.

               Flora tiene dos años en su cuerpecillo de lagartija y el sol luce en su boca. Llora, ríe, duerme, corre, canta, bebe, sueña, todo  con bastante prisa, como intuyendo su descorazonador destino de mujer. Le gusta comer tierra del huerto, caracoles grandes y alguna que otra hormiga. Tiene la suerte de ser sorda a  los gritos embadurnados de alcohol de su padre, al parloteo incesante de su abuela, al rencor callado de su madre, al ronroneo del gato desaparecido, a la tristeza del fantasma, al silencio de los cuentos no contados.

               Desde que nació, Flora ha venido a remover el espíritu apagado de la abuela. La niña espera todos los días, ansiosa, a que la abuela se levante, y, cuando la ve aparecer, andando con su aire de invalidez perpetua, corre en su busca reconociendo en la anciana la llama que a ella misma la rige, con la diferencia de que la suya prende y la de la vieja se extingue. Niñez y vejez: el círculo completo.

Avanzan la una hacia la otra con la misma torpeza al andar, la misma risa inocente, la misma forma de querer. Después, cuando se encuentran, las dos entretejen juegos y canciones que sólo ellas entienden, ensimismadas en el ritmo dulce del cariño mientras el tiempo se detiene en las mañanas de un verano que termina.

               La abuela se deja llevar, risueña, por zarandeos y besos, y siente, cuando abraza a la niña, que dentro del cuerpecillo  fluye la vida misma, líquido precioso de una alquimia ancestral. Aprieta contra sí a la nieta y huele su vida nueva, sin entrenar. Nota los latidos rápidos del corazón. Percibe en sus dedos la suavidad de la piel de seda. Aspira el aliento fresco de la pequeña boca. Absorbe su energía invisible. Entonces algo sucede, la vieja se detiene de pronto en sus juegos, como si se le hubiera activado dentro un resorte largo tiempo oxidado. Siente una ansiedad extraña pero no ajena, un anhelo familiar que no logra identificar pero que le es instintivo, que le nace de un pozo oscuro del alma, del flujo lento de su sangre seca. Rebusca en su mente la causa de su desasosiego, mira a la niña como a una extraña, como si la viera por primera vez, como si fuera uno de los gatos que entra todos los días por la ventana. Pero al cabo de unos segundos, su cerebro olvida la razón que buscaba, y la abuela vuelve a reír, aunque su sonrisa se transforma en una mueca pensativa.

               Casi sin querer,  el otoño asoma por el horizonte en tardes cada vez más cortas. Otro gato vuelve a desaparecer. El canario ha muerto en su jaula. Las azaleas se han marchitado definitivamente. Las golondrinas hace tiempo que se fueron. El tejado amanece escarchado. La vendimia está acabando. Las nubes son espesas. Las noches son como lastres de ahogados. El sol es el espectro de sí mismo. El camposanto se cubre de flores de plástico.

               Una mañana cualquiera, mientras la nuera prepara la comida, no oye las risas de la niña en el patio. Nota de pronto un silencio extraño, como si se hubiera quedado sorda o como si el mundo se hubiera quedado mudo, o como si la tormenta estuviera por descargar, o como si la casa estuviera sumergida bajo las aguas.

Anda despacio hacia el corral, y desde la puerta, ve a la abuela sentada en su silla de enea con Flora en las rodillas.

Se le seca un grito en la garganta. Se le para la sangre en las venas. Se le encalla el aire en los pulmones. Se le diluyen las tripas. Se detiene el tiempo para siempre.

La vieja está intentando morder con sus colmillos desgastados la garganta de la nieta. El delgado cuello cae hacia atrás, descoyuntado, doblado en un ángulo imposible y roto. La nuera oye un sonido grotesco de succión, un chuperreteo espantoso, y, cuando ve los ojos desorbitados de la suegra, mientras intenta, fallidamente, clavar una y otra vez los dientes en la carne tierna hecha jirones de la niña, va a la cocina a por un cuchillo.

Sin piedad, arremete contra la vieja.

Cae la tarde.

A su vuelta del campo, el marido encuentra a su mujer con el cuchillo en la mano cubierta de locura. A su madre sin cabeza. A su hija sin vida.

Unidos extrañamente en la desgracia, los esposos piensan en silencio en las mismas cosas mientras entierran a la abuela y a la nieta en el huerto estéril. Cobran sentido algunos detalles que antes pasaron desapercibidos: el amuleto de la cruz invertida, un guardapelo con sal, animales muertos, un bisabuelo ajusticiado, la parentela de desterrados, el insomnio, el parloteo incansable de historias macabras, la aversión por los espejos. Lloran por dentro, pero cada uno un dolor diferente.

Esa noche la nuera no duerme y cuando por fin oye roncar al marido, borracho, baja a la cocina descalza. Coge el hacha pequeña de descuartizar las gallinas. Vuelve al dormitorio y lo mira detenidamente, tendido en la cama de matrimonio. Da dos tajos certeros, uno en la cabeza, otro en le corazón. Después se afana en la tarea del descuartizamiento de su vida anterior. Vuelve al huerto. Cava. Remueve. Ahonda. Entierra. Desentierra. Después se pone a cocinar. Hace un caldo blanco, de esos que resucitan a un muerto. La carne es tierna, dulce, querida. La come con ansia, sin respiro,  mientras de sus ojos salen a borbotones ríos, mares, océanos de unas lágrimas duras como piedras.

Antes del amanecer se baña en el pilón helado del corral. Luego se viste de luto, por la niña; pero se pone la ropa interior blanca, de domingo, por el marido. Abandona la casa llevando en un bolsillo del abrigo los pocos dineros ahorrados.

Nada lleva en las manos.

Nada lleva en el corazón.

Sólo la acompaña un hatillo que contiene unos pequeños huesos blancos, limpios, mondos, lirondos. Lo único valioso que poseía.

No iba a dejarla allí, sola.

Mientras se aleja por el camino que serpentea hacia el bosque, el espectro de la abuela pasa a ocupar el desván.

TERROR 10.- El Lobo Rojo (arhikel, no figura nombre ni país)

Kelly, es el nombre por el que la mayoría me conoce. Escribo este texto en el que cuento algo de mi familia que casi ninguno de sus miembros sabe.  Esta es la historia de cómo fui descubriendo los enigmas que escondía nuestra sagrada sangre a través de los años.
Desde que era muy pequeña siempre sentí que era diferente al resto de los niños con los que convivía en la ciudad.  Cuando cumplí doce años me di cuenta que contrario al gusto de mis compañeras de clases, quienes disfrutaban pasar tiempo en los centros comerciales, yo prefería salir al campo, visitar la cabaña de mis abuelos mis abuelos y pasar el fin de semana en los linderos del hermoso bosque que se extendía inmenso a las afueras de la ciudad.

Sin importar los problemas que pudiéramos tener, mi familia siempre me guardaba un lugar acogedor y cálido junto a la chimenea en invierno para calentarme después de haber jugado en la nieve con mis primos, y en los días de calor mi madre prepara limonada con hielos para refrescarnos.  Cuando mi alma se encontraba herida y la tristeza me sumía en la depresión, deseando la soledad, las profundidades del bosque siempre me acogían en las sombras, mientras mi mente se despejaba al tiempo que el viento se colaba llevándose mis sentimientos negativos.

A los trece años tuve mis primeros sueños sobre el origen de mi familia y el futuro que me esperaba.  Se trataban de mí, me veía en una calurosísima noche de verano, desnuda, corriendo libremente por el bosque y sintiendo el aire soplando gentil, rosando suavemente mi piel cubierta de pecas. 

Estaba decidida a no prestarle atención, las primeras veces lo ignoraba a tal grado de olvidar lo que había soñado al poco rato de despertar.  Sin embargo, se volvió recurrente, y cada vez más y intenso.  Comenzaba en la carretera al bajarme del carro de mis padres, luego corría, cada ocasión llegaba más lejos, pasaba sin detenerme por un costado de la cabaña de mis abuelos, y no paraba.  La carrera se terminaba al salir a un claro donde la luna resplandecía sobre mí.  Su brillo era intenso, y al mirar al cielo me daba cuenta de que aún faltaban un par de noches para que estuviese completamente llena.  Al dirigir mi vista al suelo no era capaz de encontrar mi sombra.  Podía distinguir la de los árboles, la de algunas rocas grandes, pero no la mía.  Si prestaba atención, percibía un par de patas delanteras con pelaje rojizo, y la sombra, que aparecía después, era la de un lobo, un lobo grande y joven.

Justificaba mis sueños al pensar en la influencia de mis hermanos, ya que todas las noches que asábamos bombones al ir de campamento, me contaban historias sobre mis antepasados.  Decían que antes de venir a América, habían pasado muchísimos siglos viviendo en los frondosos y salvajes bosques Irlandeses.  Las leyendas que recitaban, hacían mención a aquellas personas, mis ancestros, quienes habían hecho un pacto con los lobos de los bosques europeos, logrando que un poderoso espíritu lobo les concediera la habilidad de transformarse en las noches de luna llena.  Tengo presente que me mencionaban, también, que al transcurrir el tiempo respetando la alianza con el espíritu, la mismísima luna los había aceptado como parte de sus hijos lobo, concediéndoles otro tipo de dones y poderes sobrenaturales además de la licantropía, lso bendijo permitiéndoles cambiar a voluntad para proteger su hogar de la maldad y la destrucción de otras criaturas que habitaban la tierra.

Yo había nacido una fría noche de la luna gibosa, aunque en tierra americana, en mi sangre aún quedaban restos la herencia galesa y las virtudes de los grandes héroes del pasado se mostraban en mi cabello pelirrojo y mi blanquísima piel.  Mi padre solía decir que mis ojos azules eran idénticos a los de su amada abuela.  Algo por lo que siempre  destaqué entre los muchos miembros de mi familia, fueron las habilidades artísticas que poseía, el oído para la música y una soltura aguda para componer canciones, asombraba a mis padres, pues ellos carecían de tal talento. 

Tres noches antes que la luna se colocara llena en el cielo, y dos días después de que cumplí quince años, fue el día en que me transformé en un lobo.  Después de una acalorada discusión con mi padre y madre por mis malas notas escolares, había salido corriendo de  la casa, atravesando las calles, buscando algún un sitio para esconderme y no ser encontrada jamás por las personas fuente de mis frustraciones y mi furia.

 Mi corazón latía con fuerza, palpitaba intensamente bombeando sangre a todos los rincones de mi cuerpo y provocándome calor. Tuve que detenerme varias veces para tomar aire, si me paraba por mucho tiempo era posible que alguno de mis hermanos me alcanzara y me hiciera regresar a la casa. Me sujetaba el pecho para ahogar la sensación que tenía de que en cualquier momento se romperían mis costillas y mi corazón saltaría de su lugar.  Y cuando por fin me aislé de todo ser humano, lejos de las calles, tras una bodega entre los árboles de las canchas deportivas cercanas al parque, intenté relajarme, pero no pude, me dolía el cuerpo y tenía punzadas en los músculos. 

Me dejé caer de espaldas al suelo, sintiendo la tierra pegarse a mi piel. Mis músculos palpitaban  y parecían estar creciendo, apretándose contra mi ropa… lo último que recuerdo de ese extraño momento es que las mangas de mi camisa comentaron a rasgarse y me di cuenta de que en realidad estaba ocurriendo, unas afiladas garras crecían en mis dedos haciendo que mis uñas se cayeran sangrantes, ahogué mis gritos apretando mis dientes sintiendo como mis caninos crecían unos centímetros, curvándose como los de un perro en mi pequeña boca. 

Todo ante mí se enrojeció, mi visión se nubló y solo distinguía sombras oscuras.  Escuchaba mi respiración agitada, y sentía el cuerpo pesado, luego perdí el conocimiento y no supe más de mí.  No tengo idea de cuánto tiempo pasó ni cómo fue que llegué al boque, pero al abrir mis ojos vi las copas de los árboles sobre mí.

Al mover mi cabeza me di cuenta de que uno de mis primos mayores, me llevaba cagada en sus brazos, había utilizado su pesada chaqueta de cuero negro para cubrir mi cuerpo ensangrentado.  En cuanto olí la sangre buqué con la vista alguna herida en mis manos o mis piernas, sin encontrar una sola lesión dirigí mi mirada a sus ojos.  Yo estaba asustada, y aún que preocupado, el mantenía un semblante sereno, veía hacia el frente para no tropezar con las raíces del suelo o las piedras. 

Las hojas secas crujían bajo sus pies en cada paso que daba.  El ruido de los insectos del bosque y la tranquilidad del sonido de la naturaleza comenzó a inundarme, relajándome al punto de sentirme adormilada.  Estaba cansada y me cerré los ojos recargándome en su pecho. Reposando sobre sus brazos me sonrojaba al hacer conciencia de la condición en la que me encontraba, pero más allá de esa sensación superficial de vergüenza, me hallaba aterrada por no saber a quién pertenecía la sangre que me cubría de pies a cabeza y ahora estaba seca.

Los días siguientes hubo varias reuniones en casa de mis abuelos, y no se me permitió volver con mis padres.  Poco a poco recordaba mi cuerpo humano convertido en el de un lobo de pelaje rojizo.  Algunos de los parientes, que casi nunca se reunían, asistieron para hablarme sobre mi deber en el mundo y explicarme que pertenecía a una casta de guerreros licántropos que habían existido desde los inicios de la vida en la tierra.  Nadie me hablo de que ocurrió durante mi primer cambio, quién fue mi víctima, y yo no quise preguntar, por temor a la verdad.

Mi trabajo, como el de muchos en mi familia, es contar las historias de mi tribu y mi raza, con la esperanza de algún día me uniré a una manada, con otros como yo, viajar por el mundo haciéndome un nombre entre los míos, y forjando nuestras propias historias para que al ser contadas a los más jóvenes sean inspirados a proteger todo aquello que nuestra madre naturaleza nos ha dado y ahora está a punto de desaparecer.

TERROR 09.- EL PLACER DE LOS ANCESTROS, Alfonso Villar (España)

La oficina siempre apestaba a trabajo al mediodía. Por la noche, ya era otro cantar. El de gafas siempre presumía de que sólo necesitaba un café solo nada más llegar para aguantar de un tirón toda la jornada, que terminaba la mayoría de las veces más allá de las tres y media. Nuria, que quizás debió dedicarse a otro trabajo, se paseaba siempre de un lado a otro transportando en un carrito tomos enormes con anotaciones, actas de reunión, informes de gestión y demás literatura administrativa. Era observada de cerca por Perfecto, quien deseaba disfrutar de ella como la noche anterior, al tiempo que dejaba caer peligrosamente sus gafas hasta la punta de su nariz. Loreto observaba a su vez al de gafas preguntándose cómo había sido posible, cómo había ignorado por completo a un amante como ése durante tantos años. Todos, salvo el de gafas, se hallaban en otro mundo, a pesar de que lo disimulaban muy bien. Los tres movían papeles de un lado a otro como si aquello fuera de capital importancia; se levantaban para hacer una fotocopia innecesaria, llegaban a su destino y se daban cuenta de que minutos antes ya se habían levantado para fingir lo mismo.

Era el olor, sin duda. Uno de los sentidos más ignorados en la historia de la humanidad. A medida que se oscurecían las ventanas y la luz se dejaba ver menos a través de ellas, los tres notaban súbitamente las palpitaciones y, en algunos casos, un sudor frío que les helaba la piel. A esas horas ya no había nadie en la oficina –tal vez alguna limpiadora vestida de un blanco riguroso, casi virginal-, pero el de gafas, Nuria, Perfecto y Loreto deambulaban de un lado a otro como si en realidad estuviesen haciendo horas extra. Todos fingían, claro, que no se deseaban, que no anhelaban aquel olor, el cual actuaba como un hechizo para sus víctimas.

Nunca hablaron entre ellos acerca de los síntomas que padecían. Tal vez, aquello le habría salvado a alguno, o puesto en alerta. Perfecto seguía con las gafas al borde del acantilado justo cuando el último rayo de luz se escondió subrepticiamente tras el horizonte de hormigón. A Nuria su universo se redujo de pronto a las escasas paredes que delimitaban la oficina. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuese él, quien había desaparecido, como si hubiese abierto algún pasadizo escondido. Loreto comenzó a morderse las uñas angustiada, como en sus años de juventud, pues su objeto principal de deseo no se hallaba por ningún lugar de aquel espacio tan reducido pero lleno de sensualidad.

El de gafas se miró otra vez en el espejo y, como solía ser habitual, fue incapaz de reconocerse. La camisa y la corbata descansaban en el borde del mármol, junto al lavabo. Se tocó el pecho y tan sólo notó la carne, extraño sinsentido que curiosamente era la base de su ser. A continuación se desprendió de los pantalones y los dejó abandonados como un viejo acordeón inservible.

Nuria, Perfecto y Loreto lo vieron desnudo y su deseo aumentó hasta el punto de no poder controlarse y dar rienda suelta a las emociones que habían reprimido durante toda la mañana y toda la tarde.. Por supuesto, no podrían contar nada de eso al resto de compañeros de la oficina; pero en realidad no les importaba mucho. El de gafas era el astro en torno al cual todos giraban en aquel pequeño universo que Loreto se imaginaba durante las cada vez más frecuentes fugas de su mente.

A Perfecto no le importaba que fuera un hombre el que prendiera la mecha de su deseo sexual. El centro de atención enseguida lo acaparaba Nuria, quien ponía especial empeño en que pasara por alto aquel simple detalle.

Para el de gafas, todos aquellos seres eran simples marionetas puestas a su servicio. Todos gozaban los unos de los otros. Sin embargo, a pesar de que ellos creían que las orgías nocturnas eran fruto de una extraña coincidencia sufrida por un grupo de adolescentes tardíos como ellos, el de gafas sabía que sin él nada habría sido posible.

Aquello fue tal vez lo que hizo que alguna clase de mecanismo retorcido comenzase a operar dentro de él, como el monstruo que era en realidad. En días sucesivos, nada cambió en la rutina de los cuatro. El olor continuaba siendo tan fuerte…

Nuria volvía con sus fotocopias al tiempo que Loreto se asomaba por la ventana para fumarse un cigarrillo, lejos de las miradas que podrían hacerla enrojecer. Nadie sospechaba nada, por supuesto, pero en realidad no se fiaba de ella misma. Perfecto continuaba sumergido entre una montaña de carpetas que no paraba de crecer. Miraba obsesivamente su reloj de pulsera con correa metálica, aunque aquello no hacía que el tiempo corriera más deprisa.

Pasaban las horas y podrían darse cuenta de que en realidad tanto Loreto, Perfecto y Nuria ya habían muerto en el mismo momento en que el de gafas entró en sus vidas. No obstante, allí seguían, vivos, aunque carentes de motivación alguna más allá de las noche en la oficina.

Loreto miraba a Nuria; ésta hacía lo mismo con el de gafas; y Perfecto las miraba a las dos, exultante por la victoria conseguida horas antes, o días o, tal vez semanas. Así de dúctil se vuelve el tiempo cuando en realidad ya no importa.

Pero el reloj no adelantaba sus agujas, a pesar de que ya casi no había luz y la última limpiadora acababa de despedirse con una sonrisa inocente, virginal, como el blanco de su atuendo.

El de gafas, frente al espejo, recorrió con su dedo índice cada uno de las formas que la piel se molestaba en formar alrededor de sus músculos. Se notaba extraño, tan sólo una forma para poder atraparlos en sus redes, someterlos a su voluntad. Se desnudó como tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida sobrenatural; se quitó incluso las gafas, que acabaron encima de los pantalones, arrugados sobre el suelo de los aseos. Salió finalmente al pasillo y desde allí vio cómo sus tres víctimas lo esperaban quietos como efigies griegas, desnudos, perfectos en sus formas aún jóvenes en la cumbre de la madurez.

El de gafas ya había experimentado el mismo sentimiento de hastío cuando había disfrutado del sexo muchas veces con los mismos humanos y, realmente, ya conocía el final de aquel nuevo capítulo. Todo acabaría igual pese a que los personajes eran diferentes.

Susurró unas palabras incomprensibles al oído de Perfecto, quien no entendió nada; tan sólo le pareció una especie de cántico repetitivo y ancestral. A continuación, abandonó durante unos momentos los cuerpos enroscados de Nuria y Loreto y se dirigió hacia una pequeña habitación donde había una vieja fotocopiadora y una máquina de café. Rebuscó en los cajones y por fin dio con el cuchillo. Perfecto se quedó mirándolo fijamente, como si su mente tratara de comprender para qué podría servir. Por fin pareció que todo cobró sentido y volvió nuevamente con sus dos amantes.

Perfecto pasó muy cerca del que llevaba las gafas y lo miró solícito, como el buen recadero que cumple eficientemente con su cometido. Mientras, las dos mujeres se evadían de todo cuanto ocurría a su alrededor. Aquel ser con apariencia humana era tan hermoso que cualquiera lo habría seguido ciegamente hasta el final. Perfecto no pudo resistirse a aquellos placeres sobrehumanos.

TERROR 08.-BAJO LA LUNA LLENA DE OKALU, Francisco José Segovia Ramos

¿Son las pesadillas menos terribles que algunas realidades? No lo sé: aún no he conseguido superar lo sucedido la pasada noche en la isla de Okalu, ni creo que logre conciliar el sueño las noches en las que la luna esté en fase llena... nunca más en mi vida.

Ayer arribamos a la isla de Okalu, un trozo de tierra perdido en el inmenso océano. Debíamos arreglar unas averías en el velero y arribamos a pequeña ensenada, situada al noreste de la isla, para atracar y hacer las reparaciones.

Una vez iniciados los trabajos, me dirigí con varios tripulantes al interior de la isla. Sabía, por otros navegantes, que su escasa población se concentraba en un solitario y miserable poblado situado casi en el centro de un frondoso palmeral. Hacia allí marchamos. Como íbamos despacio llegamos al poblado al atardecer. Como suponíamos, fuimos recibidos por los isleños de forma amistosa, pero sin mostrar mucha alegría. Eso nos extrañó, porque esas mismas fuentes que escribían sobre la isla también elogiaban el carácter abierto de sus habitantes. El jefe de los nativos, un hombre maduro y corpulento, tenía una voz fría y grave, que parecía brotar de su estómago en vez de su garganta. Nos habló en un idioma que, por suerte, era similar al de otras islas, y que yo entendía y platicaba aceptablemente. Entre saludos y regalos mutuos se nos hizo de noche y, como estábamos agotados, decidimos cenar allí mismo, dormir en una choza de los aledaños del poblado, y regresar el día siguiente. Además –y esto lo teníamos claro desde el principio- no corríamos peligro. La tribu se mantenía distante en el trato con nosotros, pero sin intensiones agresivas.

Aunque estaba acostumbrada a probar mejunjes y comidas exóticas de dudoso contenido, no bebí la extraña pócima que nos ofrecieron en la cena, al contrario que mis compañeros; quizá porque atisbado una enigmática y ominosa mirada entre el jefe de la tribu y el hechicero o brujo. Tal vez me alertó un sexto sentido que me ha ayudado otras veces. Sin embargo, no me atreví a manifestar mi inquietud, porque temí que una sospecha tan poco fundamentada creara problemas en las relaciones con los nativos, así que guardé silencio y me dije que quizá había sido una impresión errónea.

Debía ser casi medianoche cuando me despertó un lejano sonido de tambores, de ritmo cadencioso y opresivo. Me incorporé y miré a mis compañeros: dormían profundamente. En sus respiraciones noté algo inusual. Intenté despertarles pero, como sospechaba, la pócima les había provocado un sopor del que supe no saldrían en un buen rato. Estaba sola, y no podría contar con ellos. Me pregunté qué era lo que pretendían los indígenas al dejarnos inconscientes.

Salí fuera de la choza: la luna llena resplandecía en todo su sublime misterio. Presta, caminé en dirección al origen del enigmático tocar de tambores, imbuida por esa hambre de conocimientos de todos los que nos embarcamos y lanzamos a la mar. Pasé con cautela junto al resto de las chozas, y logré salir del poblado sin ser descubierta. Después me introduje en los palmerales cercanos que nos rodeaban. Anduve entre retorcidas y gráciles palmeras que se estilizaban y alargaban mágicamente a la luz de la luna. Seguí el sonido de los tambores, que me llevaba siempre en dirección al pie de la colina más importante de la isla. Al rato de caminar entre los árboles observé que el palmeral se abría a un gran calvero circular iluminado por una fogata encendida, cuyas llamas anaranjadas contrastaban con la blanca claridad opalina de Selene. Vislumbré sombras de figuras que danzaban al ritmo de la música. Cuando llegué hasta la linde del palmeral el sonido de los tambores cesó de golpe. Me sobrecogió el silencio envolvente de la noche, donde solo se oía el fúnebre crepitar de las llamas de la fogata. Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Miré al fuego y a mi alrededor, sin ver a nadie y, por supuesto, sin saber dónde estaban los que habían tocado los tambores, o los danzarines cuyas sombras había visto dibujarse sobre la arena. Avancé despacio y con prudencia hacia la hoguera. Vi tamboriles abandonados, y algunos cuencos vacíos, pero ni rastro de seres humanos. Habían desaparecido tan silenciosa y rápidamente que, por un momento, dudé en dar la vuelta y regresar a la seguridad del poblado, junto al resto de mis compañeros, porque algo vibraba dentro de mí y me gritaba con voz sorda que me alejara de allí.

Entonces, iluminado por los rayos de una luna, que parecía más blanca y grande que nunca, descubrí un gran ídolo: era enorme, casi tres veces la estatura de una persona normal, y de un diámetro de entre dos y tres metros. Al principio, en la lejanía, lo había confundido con una formación rocosa, pero ahora me sobrecogió no haberme dado cuenta antes de mi error. Me acerqué con cuidado y lo miré detenidamente: no era completamente liso, ya que a lo largo de toda su oscura superficie tenía extrañas ramificaciones que caían a los lados; protuberancias y concavidades que le daban una forma irregular y terrorífica a la vez. Su rostro, si es que aquello podría definirse como tal, me es casi imposible describirlo, y renunciaré a hacerlo porque mi mente no puede asumirlo y dudo que nadie entendiese la descripción. Incluso me pregunto si mis propios sentidos no me engañaron entonces.

Emanaba una atmósfera de maldad que casi se palpaba. Lo toqué y su tacto me repugnó. ¿De qué estaba hecho? No parecía madera, como había supuesto inicialmente, ni ningún otro material que conociese. Lo golpeé con una pequeña piedra que encontré a sus pies, y era como una superficie gomosa… Deduje que tal vez los nativos lo hubiesen rociado con alguna sustancia en una ceremonia mística o religiosa. Un imprevisto y violento escalofrío de terror me recorrió el cuerpo. Dejé el ídolo a mi espalda y busqué con la mirada alguna pista de por dónde se habían ido los nativos. Inútil intento, porque la luna llena no alcanzaba a iluminar más allá de la línea regular y estilizada de la masa de palmeras que tenía más lejos de lo que me pareció en esos momentos deseable. Entonces oí un siniestro ruido a mi espalda y me dejé apoderar por el pánico. Salí corriendo, sin mirar atrás, sin querer saber qué había detrás de mí.

Llegue hasta el palmeral, y respiré más tranquila cuando me introduje en la seguridad de su espesura, pero no paré de huir. Miré brevemente atrás, hacia el lugar que acababa de abandonar. La luna, en ese momento, quedó cubierta por unas espesas nubes, pero a pesar de la falta de luz me pareció que desde el calvero algo enorme y oscuro se dirigía hacia mí. Corrí, alejándome de allí. Entre el miedo que me atenazaba y el desconocimiento del lugar, me extravié y tuve que volver sobre mis pasos para tomar otra vez el sendero correcto. Una y otra vez creía oír cercano el mismo ruido extraño del claro, como si me siguiese y se acercara aparándose en la oscuridad y el palmeral. La luna, como si quisiera poner un punto más de tragedia aquella noche, aparecía a intervalos, y luego volvía a ser cubierta por unas nubes alargadas y espesas, con lo que las sombras y las luces jugaban conmigo y acrecentaban mi terror.

Llegué al poblado al amanecer, exhausta, y aterrorizada. Desperté a mis compañeros tras no pocos esfuerzos. Cuando estuvieron despabilados les dije que se aprestaran rápido para la marcha, con la excusa de que los nativos no parecían muy pacíficos. Me miraron sorprendidos, pero obedecieron raudos. No les dije nada de lo que había sido testigo esa noche.

Era inevitable que nuestra marcha alertaría a los habitantes del poblado, y que alguien nos descubriría. El jefe de la tribu nos vio salir de la tienda, se acercó a mí y me preguntó, con esa voz grave que ahora me parecía siniestra, por qué nos íbamos ya. Hice un aparte con él y, dispuesta a congraciarme con aquél hombre, le expliqué mi excusión de la noche anterior. Aproveché que estaba receptivo para preguntarle sobre el extraño ídolo.

“¿Qué ídolo?”, me preguntó, y abrió sus ojos en una expresión clara de horror e incredulidad. Le expliqué los detalles y, cuando terminé, me miró con fijeza al rostro, con una expresión cargada de terror, y me murmuró unas palabras entrecortadas y cargadas de miedo. Luego se apartó de mí, y se alejó apresuradamente, sin decir nada más.

Mil pensamientos atronaron a la vez en mi cerebro, y no quise pensar más sino unirme a mis compañeros y salir de allí. Di órdenes de regresar a la playa y aceleré el paso para alejarme de las pesadillas que empezaban a formarse en mi cerebro al ritmo de tambores tocados de forma arrítmica en noches de lunas ominosas.

Escribo todo esto en mi diario, y recuerdo la conversación con el jefe de la tribu, y su respuesta: “No era ningún ídolo... era El Que No Tiene Nombre; el que viene de la oscuridad; el que visita la isla cada noche de luna llena para regenerarse en la tierra de sus ancestros, los primigenios, desde mucho antes de que los hombres existiesen”.

Temo que cada noche de luna llena El Que No Tiene Nombre, el demonio venido de la oscuridad, se me aparezca en mis pesadillas... o en mi realidad, y esta vez no se divierta malignamente viendo inmóvil como le observo y toco, y me atrape. Quizá una noche escale el costado de la nave, y me arrastre con él hasta las profundidades abismales marinas en las que habita rumiando venganzas y retornos de antiguos y malignos dioses, que solo se sacian con el sonido de tambores de sacrificio y ceremonias de innombrable contenido.

Sexto Continente: De México a EEUU de la mano de Janis Joplin

Comenzamos con un poema de Luis Eduardo Aute, “La belleza”. Hablamos con Santiago García Tirado de su novela “La Balada de Eleanora Aguirre”, que trata de una chica mexicana que huye a los EEUU en busca de Janis Joplin, en los años de la psicodelia. ¿Una novela de huida, la historia de nuestras vidas? Susana Corcuera habla con Juan Patricio Lombera de la obra de su compatriota Carlos Fuentes. Tenemos una extensa conversación a 3 bandas con Jacinto Muñoz Rengel y José María Merino, que nos presenta su nuevo libro “La realidad quebradiza”. Y acabamos hablando con José Manuel Fernández Argüelles de su novela “Retrato de escritor con perro”, la historia de un escritor en los 50, con la crisis natural, un perro que nos cuenta lo que piensa y vivencias divertidas en una España tan roncanrolesca, que parece verdad. Tenemos un momento de recuerdo para el escritor peruano Carlos García Miranda, que nos acaba de dejar. Como estamos un poco melancólicos (y sesenteros), la música es de Los Beatles. Presenta y dirige Miguel Angel de Rus.

Edición Exclusiva: Proceso de creación teatral

En el programa de premios literarios y recursos para escritores de REE, Edición Exclusiva, tenemos bases de premios literarios de España como el Certamen Julio Cortázar de relato breve y el Villa de Montánchez. En el Teatro Fronterizo, de España, Fernando Bercebal dará un curso sobre el proceso de creación teatral. Un nuevo enfoque para tu plan de trabajo si eres dramaturgo. Bercebal además de editor teatral es pedagogo, con interesantes ideas sobre la relación entre texto teatral y espacio teatral. Vera Kukharava nos informa de los finalistas del Premio Sexto Continente de Relato Erótico. Recordamos a un escritor peruano, amigo, que nos ha dejado hace unos días: Carlos García Miranda. Y ofrecemos bases de premios literarios de Chile, Venezuela, Argentina, México. La música la ponen José Alfredo y Chavela Vargas.

TERROR 07.-UN HOMBRE AFORTUNADO, de Kalton Harold Bruhl

La aguja en el medidor de combustible indicaba, insistentemente, que el tanque de la camioneta se encontraba vacío, cuando John Nelson encontró una estación de gasolina.
Se estacionó junto a uno de los surtidores y miró su reloj; era un poco más de la medianoche. Bostezó, mientras se frotaba los ojos, y bajó del coche. Miró a su alrededor; la estación se encontraba vacía, a excepción de un auto negro, todavía más desvencijado que el suyo, aparcado frente a la tienda de conveniencia.

Marcó dieciséis dólares y colocó la manguera en el depósito de combustible. Puso ambas manos a la altura de sus riñones y arqueó la espalda, llevando  la cabeza hacia atrás.

Estaba agotado después de conducir la mayor parte del día. También estaba hambriento. No había probado bocado desde esa misma mañana al abandonar el pueblo de Bradford. Podría haberse detenido en cualquiera de los restaurantes situados a los lados de la carretera; pero, algo en su interior, lo obligaba a mantener el pie sobre el acelerador.

Nadie lo perseguía y aún así, no lograba contener el impulso de seguir huyendo. Nadie lo había culpado por la muerte del señor Brannon. El dictamen médico no dejaba dudas, se había tratado de un infarto; sin embargo, no lograba reprimir el sentimiento de culpa.

Mark Brannon, a pesar de sus más de setenta años, se conservaba bastante bien, por lo que resultaba incomprensible, que se hubiera desplomado al atender la puerta de su vivienda.

John Nelson, recordó que ese día se encontraba en la cocina, enfrascado en una desigual lucha contra una fuga en la tubería del fregadero. Al escuchar el timbre se dispuso a levantarse, pero el anciano lo detuvo con una sonrisa y un gesto de la mano. Él le devolvió la sonrisa y suspiró algo abatido, golpeándose la palma de la mano con la llave ajustable, ya que después de una hora lo único que había logrado era, que un simple goteo, se  transformara en un constante hilo de agua que amenazaba con anegar la cocina.

No estaba nada mal, pensaba entonces.  A cambio de unas cuantas reparaciones menores en el interior de la casa, algunas manos de pintura  a la cerca y las visitas a la tienda por provisiones y revistas, recibía una cama en el garaje, tres comidas calientes y algunos dólares al final de cada semana.

Por otra parte el señor Brannon era un buen hombre. Lo había demostrado brindándole abrigo a un desconocido. Además, ya había transcurrido un mes sin que sucediera algo malo.

Quizás su suerte por fin empezaba a cambiar.

La sonrisa de agradecimiento y de alivio, que comenzaba a dibujarse en sus labios, se congeló de pronto al oír un golpe seco.

Se incorporó de un salto y  corrió hacia la sala. El señor Brannon se encontraba tendido en el suelo, junto a la puerta abierta. Nelson se arrodilló a su lado y colocó el oído sobre su pecho. No escuchó nada, ni siquiera un débil latido. Salió al patio y se apresuró a llegar a la cerca. Miró en todas direcciones, sujetándose el cabello en un gesto de impotencia, pero la calle estaba completamente vacía

               Regresó a la casa y se sentó en el suelo, recostándose contra la pared. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza y comenzó a golpetear la pared con la cabeza. Se incorporó con desgano y maldijo su suerte, mientras  discaba el número de emergencias.

Cuando John Nelson dejó atrás sus recuerdos y abrió la puerta de la tienda,  lo primero que vio fue a un tipo apuntándole con un revolver al encargado, quien se apresuraba a llenar una bolsa de papel con el efectivo de la caja registradora.

“No puede ser”, dijo para sus adentros y avanzó despacio, con las manos en alto, justo como acababan de ordenárselo.

El sujeto se acercó, le colocó el arma bajo la barbilla y se dispuso a vaciarle los bolsillos. Nelson observó preocupado las gruesas gotas de sudor que resbalaban por el rostro del tipo y pensó, que con un arma cargada y una mano nerviosa, no se obtenía una mezcla demasiado segura.

El encargado, aprovechando la distracción comenzó a buscar algo bajo el mostrador; algo que cayó al suelo con un sonido metálico. El tipo giró con brusquedad y empezó a disparar.

Nelson vio como el pobre chico se deslizaba despacio, con la boca abierta y una mirada desconcertada, dejando un rastro irregular de sangre  en la pared.

El hombre se volvió y caminó con aire decidido. Nelson sintió el frío del metal contra su frente.

“Dios mío”, imploró, mordiéndose el labio y tratando de recordar cuántos disparos había escuchado. Cerró los ojos con fuerza y tensó todo el cuerpo. Escuchó un clic y frunció el ceño extrañado. Cuando escucho el segundo clic, encontró el valor suficiente para volver a mirar.

El tipo ya corría hacia la puerta con la bolsa en la mano.

Nelson suspiró aliviado. Se humedeció los labios resecos al tiempo que se dirigía al mostrador. Se apoyó en el borde, parándose de puntillas y supo que no era necesario tomarle el pulso al encargado. Era obvio que estaba muerto.

De pronto levantó la vista, escrutando frenético las esquinas del establecimiento. Se detuvo  tranquilizado al descubrir la cámara de vigilancia. Se paró bajo ella y vio, ya con más calma, que el indicador de grabación se hallaba  encendido.

Tomó el teléfono y llamó a la policía.

Mientras aguardaba, pensó que no había existido casi ningún momento en su vida, que no estuviera acompañado por una desgracia. No había conocido a sus padres, aunque, ateniéndose a su suerte, quizás ya se encontraran muertos.

Apenas recordaba el primer orfanato. Las imágenes eran confusas en su memoria: fuego, humo, gritos y una voz, una débil voz de mujer que lo llamaba, que lo invitaba a caminar hacia las llamas.

Años después había leído en una biblioteca los diarios de la época. La mayoría de los niños habían muerto calcinados o asfixiados por el humo. Él, de alguna forma, había sobrevivido.

Los siguientes años los había alternado entre hogares adoptivos y funerales; nuevos orfelinatos y salas de hospital. Escapó definitivamente a los dieciséis años y desde entonces, salvo breves intervalos de trabajo en granjas o pequeñas ciudades, había pasado la mayor parte del tiempo en las carreteras.

Ahora se acercaba su cumpleaños número cuarenta y la certeza de su soledad le hizo encogerse de hombros, como si se preparara para recibir una carga demasiado pesada.

Nunca se había casado y procuraba no entablar ninguna relación, ya que estaba convencido que de hacerlo no tendría un sólo instante de paz, pensando que de un momento a otro sonaría el teléfono o alguien llamaría a la puerta llevándole las malas noticias. O tal vez, al volver una tarde a casa, la encontraría atestada de policías y cercada por una cinta amarilla.

Media hora después llegaron dos patrullas. Cuatro policías, tres de ellos uniformados y uno de ellos vestido de civil, irrumpieron en la tienda, con las armas desenfundadas y ordenándole que se tirara al suelo, con las manos entrelazadas en la nuca. Uno de los oficiales comenzó a registrarlo, mientras el que estaba vestido de civil le leía sus derechos.

“Soy inocente —trató de explicarles—. Sólo deben revisar la cámara de vigilancia”.

Uno de ellos se dirigió a la trastienda y regresó minutos después, con una videocinta en las manos.

“Creo que dice la verdad”, le informó al Sargento Cole, que ya había tenido tiempo de presentarse.

“Debe comprender —se disculpó éste, quitándole las esposas—, sólo cumplimos con nuestro trabajo”.

Luego miró hacia el suelo y se pellizcó la nariz. “Como sabrá —añadió, acariciándose el mentón—, debe acompañarnos a la comisaría”.

“Claro, no hay problema”, contestó Nelson con un tono resignado y siguió a uno de los policías.

Ya afuera de la tienda el agente abrió la portezuela y Nelson subió al asiento trasero de la patrulla. De pronto sintió un ligero cosquilleo en la nuca. Volteó la cabeza y vio a una mujer de pie junto a uno de las bombas de combustible. Tuvo de inmediato la impresión de haberla visto antes, pero no logró precisar cuándo o dónde.

Se preguntó qué haría allí. Quizás se trataba de una policía, pero descartó la idea al reparar en su ropa. Las mujeres policías no realizaban sus rondas con un vestido negro. Quizá sólo se trataba de  una persona común y corriente,  que se había detenido a llenar el tanque, en la estación equivocada.

La mujer seguía mirándolo, con una expresión de frustración. Nelson le sonrió con timidez intentando ser amable. Ella le respondió frunciendo el ceño. Nelson empezó a sentirse incomodo y suspiró aliviado cuando la patrulla se puso en marcha.

Se arrellanó en el asiento, haciendo a un lado la imagen de la mujer y trató de aclarar sus pensamientos. Allí estaba otra vez, dirigiéndose a una comisaría. Luego vendrían los interrogatorios, la descripción del sospechoso y las innumerables fotografías intentando identificarlo.

Después saldría a la calle, a enfrentarse de nuevo con su realidad. Volvería a caminar temeroso, siempre viendo sobre su hombro, sin lograr reprimir la certeza de que alguien lo sigue, alguien que jamás se cansa, alguien que está cada vez más cerca.

Estaba seguro de que era el hombre más desafortunado sobre la tierra y se preguntó, si sería posible, que su suerte cambiara algún día.

“Tal vez mañana todo sea diferente”, se dijo, sin ninguna convicción y comenzó a reírse de sí mismo, mientras el policía que viajaba a su lado lo miraba extrañado.

La mujer, todavía en el mismo lugar de la estación, entrecerró los ojos, frunció los labios y apretó los puños. No podía negar que John Nelson era un verdadero dolor de cabeza, la única mancha en un historial repleto de éxitos.

Allí estaba ella, que había cortado durante milenios los hilos que determinaban la existencia de cada hombre, de nuevo con la vida equivocada entre las manos.

No se explicaba, cómo era posible, que siempre sucediera algo que arruinara sus planes.

Permaneció inmóvil todavía unos segundos, observando con una media sonrisa, como las luces del auto que conducía a John Nelson,  a quien ella consideraba el hombre más afortunado sobre la tierra, se perdían por la carretera.

TERROR 06.- Vaivén, Fernando Veglia (Argentina)

En el conurbano bonaerense, en la esquina de un barrio pobre, había un espacio verde, un intento de plazoleta diseñada y construida por los vecinos de la cuadra. Habían marcado la superficie del lote con alambre perimetral, construido varios canteros y un arenero, sembrado flores, plantando algunos sauces e instalado dos columpios. De esta laboriosa manera, evitaron que la esquina se transformase en un escondrijo de ladrones y vagabundos.  Era habitual que los lotes de terreno baldíos, o las casas abandonadas, fueran usurpados por personas de mala vida, poniendo en peligro a los habitantes del barrio.
La plazoleta, como le decían quienes disfrutaban de ella, con el tiempo se convirtió en un lugar de encuentros. Allí reían, jugaban y gritaban los niños. Los domingos, el día de mayor concurrencia, familias enteras disfrutaban de la tarde y cuando debía tratarse algún tema inherente a la vecindad se convertía en sala de asambleas.

Sin embargo, la alegría perduró apenas un año. Un hecho desafortunado consiguió que el lugar fuese abandonado y que volviese a ser un vulgar terreno baldío. Desde entonces, un recuerdo lo habita. En las tardes de verano se reflejan, sobre la pared blanca de una casa lindante, las sombras de las dos cuerdas de un columpio y la silueta de una pequeña niña, meciéndose.

La tarde agonizaba. El sol, cual plato anaranjado, descendía hacia el oeste arrastrando consigo nubes violáceas. Al este, las primeras estrellas atravesaban un fondo azulado y el barrio, en su soledad de domingo, aguardaba el leve frío que desparramaba la penumbra.

En una casa añeja, tanto como sus dueños, una niña de seis años, llamada Eugenia, conversaba con su abuela, ayudándola a preparar la cena. Ambas estaban en la amplia cocina, habitaba por una oscura alacena antigua, una mesa desvencijada, un televisor, una heladera blanca con manija –semejaba un grotesco robot-, una mesada de granito y un desproporcionado horno viejo. El padre de la niña y su abuelo intentaban, en el garaje, reparar un auto, que hacía unos días no encendía.

Eugenia, había pasado más de medio día en casa de los abuelos, deseaba ver a su madre, volver al hogar, jugar con las muñecas. Sabía que si  manifestaba lo que deseaba a los adultos, recibiría un “no” por respuesta. Debía, como todos los domingos, estar al lado de su padre.

Cuando el tedio agotó su joven paciencia y la ansiedad le aguijoneó el espíritu, decidió escaparse sin que nadie lo notara. Aprovechando que la atención de la abuela estaba concentrada en el televisor, escapó sigilosamente hasta el living, abrió la puerta de calle, la llave estaba descansando imprudentemente en la cerradura, y emprendió el camino en la dirección que intuía estaba su casa, sin temor a perderse.

La abuela notó la ausencia de inmediato, pero supuso que la niña había ido al garaje, a ver qué estaban haciendo los hombres.

La pequeña, de rostro inocente, cabellos rubios, vestido verde a rayas blancas y zapatos de cuerina azul, caminó hasta que no supo reconocer en que lugar del barrio se hallaba. Detenida en una esquina, miró en todas direcciones sin descubrir persona que pudiera socorrerla, ni modo de orientarse para regresar.

La desesperación brotó en su interior, sentía que estaba sola y que nadie la socorrería. Gritó los nombres de sus padres y los de sus abuelos. No hubo respuesta. Su rostro enrojeció, frunció los párpados con fuerza, apretó ambos puños y lloró a gritos.

Sentada en cuclillas sobre la vereda, sin fuerzas para continuar llorando, fue sorprendida por la mirada de otra niña. Tenía su misma edad, rostro blanco, cabellos negros, ojos de párpados caídos, labios finos y vestido blanco. Estaba meciéndose en un columpio, ubicado en la esquina que alguna vez fue conocida como “la plazoleta”.

Eugenia se puso de pie y la miró en silencio, la enigmática niña abandonó el columpio, acercándosele lenta y curiosamente, para satisfacer las preguntas que su mente inquieta sugería.

Niña: ¿Por qué lloras?

Eugenia: Porque me perdí.

Niña: ¿Cómo te llamas?

Eugenia: Eugenia...

Niña: ¿Y tus papás?

Eugenia: No están... Me he perdido…

Niña: Si quieres, puedes quedarte conmigo hasta que vengan.

La niña extraviada lloriqueaba disimuladamente, aunque estaba más segura. Sin decir palabra, ambas caminaron hacia los columpios, se sentaron en el arenero y compitieron tácitamente, construyendo torres con arena, pasto y ramas. La niña enigmática perdió; había construido pocas torres.

Eugenia no festejó; estaba agradecida porque la había socorrido y no pretendía humillarla. Tenía curiosidad, no recordaba haberla visto antes llegar a la esquina.

Eugenia: ¿Cómo te llamas?

Niña: Marta.

Eugenia: No te vi cuando llegué a la esquina. ¿Qué haces acá?

Niña: Me escondo...

Eugenia: ¿De quién?

Niña: De mi papá...

Eugenia: ¿Por qué?

Niña: Porque no quiero que me encuentre...

Eugenia: ¿Dónde vivís?

La niña señaló la pared blanca lindera. Ambas caminaron hasta el frente de la casa.

La fachada de la vivienda era de color blanco. Rejas negras, de un metro ochenta de altura por todo el largo del frente, separaban el espacio público del privado. Dos ventanas observaban la calle, una pertenecía al  living y otra al dormitorio de los padres de Marta. La puerta de entrada era de chapa y tenía mirilla. Había un pequeño jardín, poblado de yuyos y con un caminito de baldosas grises, que iba desde la puerta de rejas hasta la puerta de la vivienda. El portón del garaje también era de chapa. La pintura era vieja y confería al conjunto aspecto abandonado.  

Niña: Esta es mi casa.

Eugenia: Parece grande. ¿Tú papá está acá?

Niña: Sí, no sabe que estoy con vos.

Eugenia: ¿No lo quieres?

Niña: No. Es malo. ¿Juegas una carrera hasta la esquina?

Eugenia: ¡Sí!

Las niñas corrieron. Marta llegó primero. Eugenia fue sorprendida por el grito de su padre, había olvidado que estaba perdida.

Padre: ¡Eugenia!

Eugenia: Me perdí. No quería escaparme…

Padre: ¿Hija, dónde te habías metido? No me hagas esto...

Eugenia lloriqueaba y repetía “Estaba aburrida...Quería volver a casa...”

Padre: ¿Por qué no me lo dijiste? Vamos a casa, los abuelos están preocupados. Tu madre también.

Eugenia: ¡Adiós, Marta!!

Padre: ¿Qué Marta? ¿A quién saludas?

Eugenia señaló en dirección a la esquina, al terreno baldío. Su padre miró atentamente, pero no vio a ninguna niña.

Padre: No hay nadie, es un lote abandonado. Vamos.

Desde la esquina, Marta observaba los pasos de su amiga. Resignada, volvió a subirse al columpio. De repente, dos estruendos, provenientes del interior de la casa de rejas negras, quebraron el silencio. El padre de Marta, armado con una pistola, salió a la calle. La buscaba. Ambos se miraron. Ella corrió instintivamente. Él disparó, hiriéndola mortalmente en la espalda. Un segundo disparo sonó y el hombre, con un agujero en el cráneo, cayó al lado del pequeño cuerpo de su hija muerta.

Las canaletas de las baldosas mezclaron la sangre de los cadáveres, como todas las tardes de verano en la que ambos fantasmas repetían la eterna condena.