El destino en dos paraguas, de Andrés Fornells

Salí a la calle y miré a lo alto. Cubría el último sótano del cielo un mogollón de nubes más negras que el culo de un grillo guarro. La mierda de reloj que me había tocado en una tómbola marcaba las nueve menos trece y, antes de llegar a las menos doce las nubes abrieron compuertas y comenzaron a soltar agua como si las muy cabronas pretendieran establecer un nuevo récord mundial de vertido líquido por metro cuadrado. Abrí el paraguas. El torrente de agua que caía era ya tan exageradamente fuerte que le dobló las varillas dejándomelo que parecía un sombrero diseñado por esa genial Agatha de La Prada.
El tiempo que tardé en recorrer las dos calles que me separaban del bar del Tuerto (cuyo dueño tenía un ojo mirando hacia el Manzanares y el otro hacia el Jarama), sorteando transeúntes y coches empapados y saltando los riachuelos color chocolate que corrían arrimados a los bordillos, tuvieron la culpa de que entrase en el establecimiento con los pies chorreando y el cabreo frunciéndome el ceño, tanto, que las cejas se me unían al igual que las tenía un primo mío cateto que vivía en un pueblo de Cuenca, cuyo nombre no daré no vaya a ofenderse todo su quisquilloso vecindario y me linche si un mal día caigo yo por allí.
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