Detroit tras el apocalipsis post-industrial

El motor del AMC Eagle que dobla la esquina suena como una carraca, al Chrysler Conquest le faltan las luces delanteras y el Ford Maverick que espera en el semáforo tiene la carrocería comida por el óxido. Descoloridos, abollados, renqueantes, transitan a duras penas por la céntrica Woodward Avenue de Detroit, la primera avenida asfaltada de Estados Unidos y probablemente del mundo, famosa en tiempos mejores por sus teatros, clubes, boutiques de moda, así como por los paseos de Henry Ford y las exhibiciones de sus nuevos modelos.
La paradoja es escandalosa: el parque móvil de la llamada “Motor City” es ahora uno de los más antiguos y decadentes del país. En la ciudad donde nació la industria moderna, los coches se reparan y parchean hoy una y mil veces en talleres clandestinos, como si se tratase de La Habana. A los vecinos no les queda más remedio. Por muy arruinada que esté una familia, desplazarse en cuatro ruedas resulta imperativo, ya que el transporte público es prácticamente inexistente; las distancias, enormes y altísimo el riesgo de sufrir un percance por el camino.
Desde que se declaró en bancarrota hace un mes, se ha popularizado un dicho. “Detroit lleva muchos años en bancarrota. Lo único que hemos hecho es admitirlo”.
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