Un trabajo perfecto, de Fernando Santos

Luis y Miguel eran como dos gotas de agua. Habían nacido allá por el 69 en la maternidad del Ramón y Cajal y desde sus primeros días de vida a sus padres les era muy difícil diferenciar físicamente a uno del otro. Crecieron y sus vidas tomaron rumbos separados, casi opuestos. 
     El primer trabajo de Miguel, tras volver de la mili, fue como guarda de seguridad. Estaba harto de vigilar la garita y saludar al presidente de Repsa cada vez que entraba y salía del aparcamiento con su enorme cochazo pero ese era su trabajo y quería conservarlo. Cuando terminó los estudios de historia opositó a policía nacional y tras pasar por la academia de Avila le destinaron a un barrio conflictivo de la capital. Allí pasó un par de décadas patrullando en un zeta, deteniendo borrachos y mediando en peleas de bandas latinas. Aquello no le gustaba pero tenía que tragar hasta que encontrara un destino mejor. Con el tiempo ascendió a oficial y aunque varios de sus compañeros de promoción ya eran inspectores e incluso alguno comisario, Miguel no se quejaba demasiado. Considera que tal como está la situación general del país, la suya no estaba mal del todo: empleo fijo, sueldo regular y un horario decente. Los recortes a los funcionarios le empujaron a dar el salto y en la actualidad trabaja en una empresa privada que da servicio de escolta a personalidades.
     Luis se hizo objetor cuando le llamaron a filas. No le gustaban las armas y mucho menos tener que cumplir sin rechistar las órdenes de nadie así que en vez de irse a Melilla con su quinta, se quedó trabajando gratis para una asociación. Fue su primera aproximación al mercado laboral y descubrió que los únicos que allí cobraban eran los jefes; el resto o eran voluntarios o eran objetores de conciencia como él. Así también monto yo una asociación –pensó-. En el instituto ya apuntaba ciertas maneras revolucionarias. Era delegado de su clase, de todas las clases de su curso, del instituto entero e incluso de varios institutos cuando los estudiantes se movilizaban para pedir, entre otras cosas, la desaparición de la selectividad. En aquella época había huelga estudiantil un día si y otro también, grandes movilizaciones que no sirvieron para nada excepto para que Luis se diera cuenta de lo sencillo que es manipular a las masas. Para hacer huelga se apuntaba todo el mundo, para ir a las manifestaciones algunos menos y para coordinarlo todo o discutir la estrategia casi nadie, justo al contrario de lo que pasaría unas décadas más tarde. Se hacía lo que él y otros tres representantes (elegidos democráticamente, eso si) decían. Veinte años después Luis vivía en Ruba y trabajaba para el partido único, disfrutaba de un pequeño piso de protección oficial y estaba convencido de que en su tierra natal todo estaba mucho peor que en la isla. Sostenía que había que terminar con tanta corrupción e injusticia, que el problema era el sistema. Por las buenas o por las malas, eso ya daba igual. 
     Aquellas navidades, como todos los años, se reunieron con toda la familia para cenar en Nochebuena. La conversación se acaloró con el vino y el cava y Luis dijo en voz alta algo que llevaba tiempo pensando.
     - Lo que habría que hacer es empezar a colgar corruptos de los puentes. Con unos cuantos sería bastante para que el resto se acojonaran y dejaran de sangrarnos. Ellos cada vez más ricos y nosotros cada vez con menos derechos. Cualquier día nos cobran por respirar así que si, hay que hacer algo y hay que hacerlo ya. Está visto que si no hay sangre los poderosos hacen lo que les da la gana y si tiene que correr, que sea la suya.
     - Nadie se les puede acercar - replicaba su hermano - , ya se cuidan muy mucho de ir bien escoltados y alejarse de los descontentos como vosotros. Suponiendo que llegases a estar suficientemente cerca ya sabes que mi trabajo sería pegarte un tiro antes de que tú hicieras nada al VIP. 
     - ¿Me estás diciendo que serías capaz de matarme antes de dejar que me acercase a tu protegido? 
     - Es mi trabajo, ya lo sabes – concluyó Miguel – 
     - Si, lo sé y por eso tú, que los tienes a tiro, deberías hacer algo pero en la dirección contraria. 
     El jueves figuraba marcado con un círculo rojo en el calendario de Miguel. Eso quería decir que le tocaba viajar y ejercer su doble función de conductor. A las 9:00 se pasó por el aparcamiento y recogió el Mercedes blindado con el que se acercó hasta Somosaguas para recoger a su jefe. 
     - Buenos días, Sr. Momentín 
     - Buenos días, Miguel 
     - ¿Dónde vamos hoy? 
     - Tenemos primero una reunión en Moncloa con el presidente del gobierno para ultimar los detalles del rescate a mi banco. He leído que los del 15-M me han denunciado, menudos ilusos, no saben con quién están tratando. 
     - Muy bien, Sr. – dijo – mientras arrancaba el coche 
     Por la mañana se encontró un cadáver colgando de un puente en la M-30 y nadie sabía cómo había llegado hasta allí. Desde abajo se veían las luces de una ambulancia del Samur y varios furgones de policía que estaban acordonando la zona. Era el cuerpo sin vida de un conocido banquero, uno de esos que habían llevado a la quiebra a varias cajas de ahorro y habían consentido o incluso impulsado la estafa de “las preferentes”, alguien que cobraba sueldos de verdadero escándalo mientras llevaba a su entidad a la quiebra, el responsable del desalojo de los que no podían ya hacer frente a sus hipotecas. 
     No era un sitio adecuado para que alguien de ese estatus hubiera decidido suicidarse. Parecía más bien que
estuviera allí para que todo el mundo lo viera, para que sirviera de ejemplo. La policía intentó localizar a Miguel para interrogarle sobre la última vez que había visto al banquero pero no hubo suerte; no contestaba al móvil y en su casa nadie respondía al timbre. Las primeras sospechas le apuntaron directamente. Se suponía que su trabajo era protegerle y ayer estaba de servicio. 
     Cuando, pasadas ya varias horas, la policía consiguió la orden judicial para entrar en su casa y registrarla se lo encontraron amordazado y atado a una silla con una nota que decía: “Mi hermano no sabía nada ”. 
     Luis mandó una postal desde Ruba (donde no hay acuerdo de extradición con Españistán) en la que sólo ponía: “La mecha está prendida. Os quiero”.

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