Alexander Drake apuesta siempre por el boxeador negro

Alexander Drake lanzó su carrera como escritor al ganar el Premio Videndia-Villiers de relatos, convocado por Ediciones Irreverentes.
            Ahora, se presenta con un libro que gustaría a autores como Jack London o Bokowski, “Ocho relatos de Boxeo”: Y les gustaría no sólo por el tema central, sino –creo- principalmente por el estilo.
            “Ocho relatos de Boxeo” nos ofrece diferentes historias; algunas extremadamente violentas; otras irónicas en su planteamiento pero trágicas en su desenlace; las hay que tras su lectura nos dejan una sensación de injusticia e impotencia, de miseria, de rencor y de sueños frustrados (como le hubiera gustado a Jack Lonodon); pero existe un nexo de unión entre todas ellas. Todas son historias teñidas de dolor y sangre. Historias enmarcadas en diferentes épocas y cuyos protagonistas tienen que sobrevivir en un mundo cruel y despiadado en donde las cosas rara vez son lo que parecen. 
Alexander Drake (San Sebastián, 1974) es el seudónimo bajo el que se oculta el autor de Ocho relatos de boxeo. Estudió Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco. En 2006 publicó el libro de fotografía e investigación Surfers, una visión antropológica de la cultura del surf. En 2009 la novela La Transformación. Y en 2012 el libro de relatos Vorágine (obra ganadora del VII Premio Internacional Vivendia-Villiers de Relato).
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Y una párrafo, para hacernos idea de qué vamos a encontrar


"Era otra velada de boxeo en el Cincinnati Arena. Me gustaba el ambiente. Dos hombres intentando matarse con los puños mientras miles de personas les animaban a que lo hicieran. Era demencial y excitante. Llegué justo para el último combate: el plato fuerte de la noche. Chico Rodríguez contra Billy Monroe. Chico era un mejicano perturbado y agresivo. Parece ser que estuvo un par de años en un reformatorio por matar a un hombre a cuchilladas. Cuando salió de allí se metió en el mundo del boxeo para canalizar toda esa violencia dentro de un cuadrilátero. Seguramente eso le salvó de volver al trullo. Billy también había estado en chirona. En su caso le trincaron por robar en una licorería a punta de pistola. Pasó unos cuantos meses a la sombra. Ambos púgiles subieron al ring. Chico llevaba calzón negro con una franja roja en la cintura. Su rostro era inquietante, con grietas y cicatrices, y sus ojos delataban al animal salvaje que escondía en su interior. En el lado izquierdo de su pecho tenía tatuado un tigre como símbolo de su espíritu combativo. Billy llevaba un pantalón de color blanco que contrastaba de manera formidable con su piel negra y brillante. El speaker subió al cuadrilátero. El micrófono bajó desde el techo del estadio. Lo cogió, comenzó con una breve introducción digna del mejor showman e hizo las presentaciones: Chico Rodríguez; 25 años; 1,79; 88 kg. Billy Monroe; 27 años; 1,81; 85 kg. Justo después Billy empezó a dar vueltas y a bailar por el ring. Era parte de su espectáculo. A continuación se subió a las cuerdas de su esquina. Acercó los guantes a los labios y extendió los brazos con fuerza repetidamente lanzando besos a los espectadores. Era un payaso, pero la gente lo adoraba. Chico permanecía de cara a su esquina escuchando las indicaciones de su entrenador. 

Cuando peleaba un boxeador blanco contra otro negro la elección era sencilla: apuesta SIEMPRE por el negro. "