¿Se puede?, de Diana María Ionita

          -¿Se puede? - pregunto sonriendo desde el marco de la puerta del despacho
            La puerta abierta y ventana en igual situación hicieron de los papeles de mi mesa una perfecta alfombra de hojas otoñales sobre el parqué. Unas minúsculas partículas de polvo explotaron brillantes en la lechosa luz del atardecer, quedándose en suspensión.
Seguro que la culpable de todo fue esa luz que volvió opacos los cristales de las ventanas, haciéndome olvidar del trabajo.
            Me bajé la cremallera del vestido, dejándolo caer al suelo, con un ruido sordo, como si fuera las cortinas de un teatro, al concluir la función. Descendió por el cuello y chupo con fuerza. Me beso los hombros, descubriendo trozos de piel que se me había olvidado que existían. Con esa boca caliente y húmeda, se apodero de mi pecho y me hizo gritar. Su respiración se fundió con la mía, y en mi interior, esa mezcla de placer y de dolor despertaron satisfacciones de néctar que creía cristalizadas.
            Me tumbó sobre el lecho de folios, y no pude dejar de tocar su cuerpo mientras él se perdía dentro de mí acariciándome la playa de mis adentros.
            -Venía a decirte que ha llamado tu madre. Hay cena en casa de tus padres, cariño.