La puta y el cliente, historia de un viejo amor. "Apología del amor", de Juana Escabias, según Julio Fernández Peláez

Apología de amor tiene un aire a humor absurdo, que podría pasar por descendiente de lo mejor de Jardiel Poncela, y que sin embargo aparece tardíamente en la pieza, casi al final, cuando el enredo de identidades permite a la dramaturga sacar su varita mágica y el sombrero, para convertir a la puta descarada y sin empatía en un viejo amor adolescente del cliente, capaz de perdurar para el resto de los días.
            Desde un principio, la borrachera de los personajes los empuja a la invención. La invención de historias para mantener el flujo de la pasión y huir de la muerte -tal y como le sucede a Sherezade en Las mil y una noches-, pero también la invención de sí mismos. La puta y el cliente se configuran de este modo en personajes marcados por la desconfianza hacia el otro y hacia sus sentimientos. Su psicología es difusa y en gran medida retórica: Son las palabras que autodefinen las que acaban configurando personalidades exentas de intensidad emocional, pero deseosas de acabar con su brutal desasosiego cuanto antes.
            Puta y cliente devienen en un mismo tipo de persona irreflexiva y despiadada, y por este motivo se reencuentran. Lo que parecía un accidente acaba siendo un pacto deliberado que pretende redimir todos los actos fallidos, todos los equívocos, todas las mentiras, todos los excesos y todas las heridas cometidas en los otros. Lo que en un principio parece una simple transacción sexual y económica, acaba siendo un juego de supervivencia y de perpetua condena. La habitación en la que se pacta el juego, es desde este punto de vista, la expresión espacial de los infiernos personales que cada uno de los dos protagonistas viven.
            Destaca en la obra de Escabias el sentido del ritmo, y el uso de lo inesperado. La acumulación de sorpresas vaticina un final descabellado, capaz de destruir el aparente realismo con el que comienza la pieza. Y así sucede. Por lo demás, estamos ante una arquitectura dramática sobria y eficaz, capaz de generar tensión permanente con el mínimo de elementos.
            El lenguaje poco apropiado para una puta se descubre como el apropiado para alguien que no es exactamente una puta. Y lo mismo sucede con el cliente. En este aspecto, el lenguaje no sigue las mismas pautas de cambios radicales de sentido que sufren las acciones; y se muestra a sí mismo envolvente, sometido a una artificialidad que a nuestro juicio resulta innecesaria, toda vez que desvela desde el comienzo una inocencia que podría reservarse por entero al desenlace.
            Apología de amor es, finalmente, el retrato de un sociedad inmadura incapaz de verse al espejo, necesitada de la ficción para poder estimular de manera animal los centros de placer, pero inconsciente con respecto a sus actos. La mentira triunfa sobre la verdad de modo peripatético, y los seres, confundidos, a pesar de adoptar y mantener roles muy diferentes, sueñan con el acomodo y el paroxismo, a pesar de lo apologético de sus expresiones emocionales, alejadas de cualquier auténtica emoción.
Julio Fernández Peláez