Entrevista al filósofo Carlos Dorvier

 Recientemente acaba de llegar a las librerías el ensayo  "EL MAYOR MISTERIO, EL AMOR. Filosofía y Cristianismo" de Carlos Dorvier, (Editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2014). En el que desde la perspectiva del amor se analizan problemas tan actuales como el retorno del pensamiento mágico en Occidente, la búsqueda de la felicidad por la razón, el budismo, las utopías científicas. A ello se añade un amplio estudio de las aportaciones que, sobre el amor, hace el cristianismo, y los problemas que esto plantea al pensar filosófico.



—Ya Platón comprendió que lo divino no podía ser algo personal; Aristóteles dotó a la divinidad de la trascendencia, de la eternidad; y el cristianismo revolucionó el concepto con el eje de amor como valor supremo. Justamente este misterio del amor, es la base de su libro "EL MAYOR MISTERIO, EL AMOR. Filosofía y Cristianismo". Explíquenos brevemente qué pretendía desarrollar en este tratado y cómo ha enlazado la idea del amor y la filosofía.
—El libro no es un tratado sistemático y erudito, sino un ensayo o reflexión personal sobre el amor desde el cristianismo y con una mirada filosófica. Por eso, lo que pueda faltarle de rigor lo gana en claridad y amenidad. Si a cualquier persona le llama la atención el que el cristianismo diga que Dios es amor, al filósofo esto le lleva a preguntarse cuál pueda ser la razón en que se basa tal afirmación. Porque -como Ud. muy bien sugiere- esto no podía planteárselo ni Platón ni Aristóteles ni ningún otro que no hubiera conocido el cristianismo. Pero, a partir de esa Revelación de carácter sobrenatural, hay motivos para indagar la dimensión racional de algo tan sorprendente como el que Dios sea Amor. El resultado que tenemos es que, si por una parte, todo lo que existe en el universo es contingente, es decir, no se ha dado la existencia a sí mismo ni es eterno, y que, por muchas quejas que tengamos, es un bien inmenso, el único que conocemos; por otra, el que seamos capaces de concebir un bien mayor, un bien perfecto, ese ha de ser el Ser que posee la existencia por sí mismo y del que proceden todos los bienes. Ese Ser ha recibido el nombre de Dios. Y su acto de dar, de crear, es un acto de amor, porque, como decía Maximiliano Kolbe: "sólo el amor crea". El amor está presente en todo lo bueno y positivo de este mundo. Tratar filosóficamente del Bien es tratar del Amor.

—En el libro desarrolla el tema de la diferencia entre magia y ciencia. Es sorprendente que a estas alturas de desarrollo científico y tecnológico la mente humana torne a la magia como forma de dominar la realidad y el mundo. ¿Cómo explica este anacronismo, este retroceso?
—Desde una perspectiva de lo material -pues no hay que olvidar que el ser humano es "cuerpo"-, habría una explicación en lo que ahora se llama "neuroteología": Hay que suponer que existe una parte del cerebro especializada en la "creencia", que es el conocimiento de lo sobrenatural. Cuando ese conocimiento no versa sobre una doctrina bien fundada, no va a quedar vacío, se llenará de cualquier cosa, aunque no sea realmente sobrenatural. Algo completamente disculpable cuando otras partes de la mente no han llegado a un conocimiento científico capaz de distinguir la ciencia de la creencia. Es el caso del hombre primitivo, que creía que en las cumbres inaccesibles habitaban los dioses. Su experiencia científica no había conquistado esas cumbres. Hoy, que la ciencia lo abarca casi todo, aquellas personas que no llenan su capacidad de creer con una sana doctrina, tienden a ocuparla con las más absurdas supersticiones. Como decía Chesterton: "Cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa".

—¿La búsqueda de la felicidad ha de pasar por el pensamiento científico?
La búsqueda de la felicidad pasa por el conocimiento científico de dos maneras: una racional teórica, para agotar las posibilidades de felicidad que la razón -la filosofía- ofrece, que es uno de los temas del libro; otra material práctica, que son las posibilidades de "bienestar" que proporciona la medicina, la economía y la política como ciencia del bienestar social. Y más allá, cuando todo falla o se agota, está el amor que, como decía S. Juan de la Cruz: "ni cansa ni se cansa".

—¿Es la maldad fruto de la ignorancia?
—En la mayoría de los casos, la maldad es fruto de la ignorancia, como creía Sócrates. Verlo así resulta muy positivo, pues nos sirve para ser comprensivos y para perdonar, y, también, para dar a la educación la importancia que tiene. Pero ¿de quién es fruto la ignorancia? De la maldad. Donde exista la maldad habrá un foco dedicado a propagar la ignorancia, esa ignorancia capaz de invadir el mundo con lo que Hannah Arendt llamó "la banalidad del mal".

—Explíquenos la relación entre idolatría y narcisismo, ¿cómo se relacionan ambos conceptos?
—La idolatría es el culto a lo que no es Dios, y el narcisismo es el amor a uno mismo. El culto a Dios lo define muy bien el pensamiento hebreo en la Biblia: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas". Pero el narcisista, aunque sólo se ame a sí mismo, necesita verse reflejado en algo. Ese espejo son los ídolos: el placer, el consumo, el dinero, el poder, el reconocimiento. Los ídolos paganos reflejaban muy bien las pasiones humanas, y el verdadero Dios necesita también verse reflejado en algo para poder amarlo, necesita verse reflejado en el prójimo, que nos hace salir de nosotros mismos, de nuestro narcisismo. En el libro hay bastantes referencias al "narcisismo patológico", por ser el más notable e insoportable socialmente. Es consecuencia de un "yo" débil que continuamente tiene que reafirmarse con referencias a sí mismo. Esto puede llegar al extremo que Freud definió como "neurosis narcisista", que es la psicosis. El narcisista patológico logra el efecto contrario a lo que se propone, porque no sabe ser egoísta. El narcisismo normal, el que todos tenemos en la medida en que no somos unos santos, está basado en el principio: amo para que me amen. El camino, por tanto, desde el narcisismo infantil, pasando por el patológico y el normal, hasta la perfección del amor, es muy largo; pero al final podremos decir: amo porque me siento amado.

—¿Es la filosofía una vuelta de tuerca eterna a los conceptos de Platón?
—Con Platón se llega a la cumbre en el planteamiento de los interrogantes humanos sobre la realidad; no así a las soluciones que hoy en día, -precisamente las platónicas- son muy contestadas. Pero, en efecto, toda la filosofía está expuesta en los diálogos platónicos y, además, de manera muy bella. Aristóteles -mucho más difícil de leer- sabe dar una respuesta científica a los problemas filosóficos, sobre todo a los que plantea al mundo de la materia, que está en continuo cambio. Pero es una solución de lenguaje, un saber dar nombre a las cosas, como diría Juan Ramón Jiménez. Sin embargo, el lenguaje siempre tiende a agotarse culturalmente. Esa es la crisis del aristotelismo que ha dado pie a una continua renovación de la filosofía.

Usted es licenciado en filosofía y, como tal, ha impartido multitud de cursos. ¿Siente que la sociedad busca respuestas, nota un interés creciente por la filosofía? ¿Qué opinión le merece la despreocupación de todos los planes de estudios por esta materia?
 
Mi actividad docente -mucho más limitada de lo que se indica en su pregunta-me ha llevado a la conclusión de que se está logrando el efecto buscado, el de que el consumo sustituya al pensamiento. Vivimos en un sistema que tiene como fin principal y económico el de promocionar la producción y el consumo. La filosofía no es especialmente el aspecto cultural más comercializable. Se ven los resultados en el ambiente: no existen foros donde se fomente el diálogo, sino, al contrario, lo rentable son los espectáculos violentos y el enfrentamiento. Y las personas que no saben dialogar no saben pensar, porque el pensamiento filosófico es un diálogo con uno mismo, un diálogo en el que hay que superar prejuicios, dentro -claro está- de un mínimo de postulados, pues siempre hay que partir de alguna verdad. Los planes de estudio cada vez resultan más insatisfactorios en el aspecto cultural, pues lo que buscan son especialistas productivos. Esto lleva a que la inquietud por la cultura experimente un desplazamiento biográfico: en lugar de verse satisfecha en la juventud, se satisface en la madurez. Por eso proliferan las llamadas "universidades de mayores": ¡Al fin el jubilado tiene tiempo y libertad para cultivar su humanismo!
 
Actualmente los estudiantes de filosofía son auténticos héroes, personajes que siguen su vocación alejados de un mercado de trabajo que les da la espalda ¿Qué consejos daría a los que se embarcan en esta carrera? La filosofía como profesión no tiene sentido, pues es, por definición, "amor a la sabiduría". No ocurre lo mismo con la investigación y la docencia. Pero el que estas actividades resulten rentables en lo referente a la filosofía sólo se lo pueden permitir países como Alemania. Al estudiante español de filosofía hay que recordarle la situación de los antiguos filósofos: o vivían de sus manos, o disfrutaban de un mecenazgo, o tenían un patrimonio. Eso se traduce, en la práctica, en que hay que ver la carrera de filosofía más como un complemento cultural que como un medio de vida. Quiero terminar diciendo que, de considerarme filósofo, solamente lo sería como pensador, pues, desde el punto de vista académico y profesional, soy muy limitado.