Los ojos del puente, de Javier Hernández Velázquez, en El Escobillón

“Tenía razón. Los problemas me rodeaban como los sioux a Custer en Little Big Horn. Pensé que tenía que existir una manera fácil de resolver aquel entuerto, pero no se me ocurría nada qué decir.  De algún lugar de las murmurantes paredes del edificio se alzó el agudo lloro de un niño. Me pregunté si sería un recién nacido que equilibrara la población en Santa Cruz.”
(Los ojos del puente, Javier Hernández Velázquez, M.A.R. Editor, colección: Narrativa)

Santa Cruz de Tenerife ha terminado por absorber las novelas deJavier Hernández Velázquez aunque también Javier Hernández Velázquez ha terminado por absorber –no absolver– la capital tinerfeña en sus novelas.
Las avenidas, plazas y alamedas de esta ciudad de provincias son un protagonista más en sus historias, aunque la visión nostálgica que evoca de ella en libros anteriores se disuelve en Los ojos del puente. Una novela en la que vuelve a retratar su imaginado Santa Cruz de Tenerife, solo que en esta ocasión con una visión más personal y consistente en la que mezcla, y muy bien, ficción y realidad.
Los ojos del puente despliega sombras sobre una capital de provincias en la que apenas sale el sol. Una ciudad sobre la que cae una lluvia plomiza y triste en la que se mueven como náufragos sus habitantes. Sobrevive en este ambiente y gracias a los cigarrillos y el Jack Daniel’s otro náufrago. Ese náufrago es además una de las voces de la novela.
Una novela que está narrada en primera persona, es decir desde la perspectiva de uno de sus protagonistas, así como en tercera persona.
Al igual que Un camino a través del infierno repite en Los ojos del puente Mat Fernández, un investigador privado con anarquista sentido del humor que, en esta aventura tiene que escarbar en el pasado de una familia con demasiados cadáveres guardados en el armario.
De fondo, una ciudad enloquecida por el cemento. Cemento que ha armado no solo la caótica –ora brillante, ora estrafalaria– ciudad sino también el carácter de quienes la habitan.
Mat Fernández debe sumergirse en esta ocasión en sus entrañas y escarbar en los arrecifes de su pasado. El pasado de los Bravo, una familia que es el enfermizo cerebro de una capital de provincias que se acuesta cuando llega la noche y se despierta con las primeras luces del alba y que vive, convenientemente ajena, al eficaz entramado corrupto que ha diseñado el clan de los Bravo para perpetuarse en el poder. Una ciudad que acata su silencio y que se ha acostumbrado a mirar hacia el otro lado.
Como En el fondo de los charcos y en otra clave El sueño de Goslar, Javier Hernández Velázquez dibuja una ciudad muy creíble que se encuentra en la frontera de la realidad y la ficción. Realidad y ficción que describe con un contagioso pesimismo. Porque dentro de Los ojos del puente se habla de una novela, La lluvia no dice nada, que existió y que desapareció realmente y que escribió Antonio Bermejo, un autor con envidiable genio para la abstracción que ahora se recupera con aliento trágico.
Javier Hernández Velázquez emplea estos elementos para escribir además una novela muy inspirada en el cine de Sergio Leone no ya por insistir en la presunta circularidad de su cine sino también en la descripción de algunos escenarios y personajes, aunque Mat Fernández está más cerca de bronco espíritu justiciero de Mike Spillane si bien su corazón es el de Philip Marlowe.
Irónica y divertida a ratos, así como oscura y tensa en otros, Los ojos del puente es una novela con preocupada responsabilidad social y, probablemente, la más crítica de las novelas de su autor hacia una ciudad –otra vez la ciudad– cuyas violentas transformaciones no termina por asimilar ni su protagonista ni sospecho que su autor.
Javier Hernández Velázquez articula una trama inspirada en hechos reales con el objetivo de desnudar el espíritu de una capital de provincias que, como diría Ignacio Aldecoa, es la más peninsular de este archipiélago abandonado de las man
s de los dioses. Una ciudad no solo de cuestas sino domesticada por el miedo.
No sé qué destino le depara a Mat Fernández, eso solo lo sabe su demiurgo, Javier Hernández Velázquez, pero como ciudadano sin patria que vive en Santa Cruz de Tenerife digamos que me tranquiliza que un tipo así sea uno de sus vecinos. Un vecino literario, de acuerdo, pero una voz que resuena y saca los colores desde la aparente marginalidad de una novela.