Cuentos de Navidad 01.- Vente a casa por navidad, de Andrés Fornells

Esperancita Cansada tenía novio. A ninguno de cuantos la conocían extrañaba este detalle porque Esperancita era de hermosa que verla alegraba la vista, despertaba el tambor del corazón y levantaba a la máxima altura la libido de quienes la tienen en sumo grado de funcionamiento.
El novio de Esperancita se llamaba Julito Desganado y poseía una gran ventaja sobre los feos, y era una hermosura física de esas que impulsan a las mujeres buenas receptoras a abrir lo que tienen cerrado y a permitir le estrenen lo que nadie les ha estrenado todavía.
Julito viajaba mucho, una actividad bastante normal en todo aquel que ejerce la profesión de viajante. A Esperancita la tenía altamente mosqueada que él viajase tanto y que en sus regresos de los viajes trajese manchas de pintalabios en los cuellos de sus camisas y algún que otro cabello rubio pegado en sus ropas (Esperancita tenía su abundante pelambrera azabache como los sobacos de un grillo que ha vivido toda su vida en una mina de carbón) y estos detalles sospechosos la ponían muy furiosa, aunque Julito lo justificara conque por lo atractivo que era, las féminas se arrimaban a él y, antes de darle tiempo a huir de ellas, dejaban sobre su irresistible persona aquellas “cochinadas”.
Esperancita, que empezaba a estar de Julito hasta el moño más íntimo, le advirtió que si no volvía a casa por Navidad para pasar ésta con ella, que la olvidase igual que Goya se olvidó de Dios cuando la mujer que más había amado en su vida, se olvidó de él. Todos sabemos que los malos cristianos le echan las culpas al Creador de todo aquello que no les sale todo lo bien que ellos desean.
Julito no pasó la Navidad con Esperancita. Esperancita se molestó muchísimo. Esperancita lloró esas malditas Mil y una lágrimas que tanto les duelen a las mujeres que aman, lo que no está escrito.
¿Y quién estaba junto a ella, junto a Esperancita para consolarla? Perfecto, habéis acertado plenamente. Y, quién habéis acertado en vuestra maliciosa suposición, le demostró a Esperancita que no son los más guapos los que la sabía naturaleza ha premiado con dones que ninguna hembra ardiente y ávida de sentirse plena al máximo ha sabido nunca rechazar.
Moraleja: Todo hombre que no cumple la promesa dada a la mujer que lo ama, que se prepare a llevar en su frente ese estigma que no es característico de los de su especie sino de la especie que, a menudo, muere en las plazas de toros.
 
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