Ángela Martín del Burgo: Poesía, tiempo y muerte

La literatura de Ángela Martín del Burgo transita entre el paso del tiempo, la muerte y las pasiones, bien sea cuando cultiva el género negro (El mundo entero pasa por Marsella o Asesinato en la Gran Vía, entre otras) o en sus anteriores libros de poemas (Enigma y misterio de Italia, y otros poemas, Poemas de viaje, Caducidad de lo real Premio Ciudad de Miranda, 1996—, La mirada asombrada y Un sueño breve). Ha llegado a las librerías de toda España su esperado "Dónde la muerte en Ámsterdam” (editorial Cuadernos del Laberinto) en donde retoma sus temas eternos y nos hace recorrer, de su mano, las ciudades que han marcado su vida.
 

Sabemos que Ángela Martín del Burgo siempre escribe en cafeterías, en hoteles o en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, adonde acude a dibujar. Allí la citamos, llega puntual a la cita y descubrimos a una poeta de toda la vida, una mujer cultivada y amable que conoce al dedillo su oficio de escritora y que vive la literatura como razón y conocimiento.


La entrevistamos sin prisa, y el tiempo a su lado se convierte en un catálogo de citas, de querencias italianas y de entusiasmo.
Al despedirnos abrimos de nuevo su libro y leemos al azar unos versos que definen la delicadeza y belleza de este poemario único, de esta joya sólo para paladares exquisitos:


A los dioses le pediría
me concediesen tan solo un deseo
y alargasen el curso de mis días;
simplemente quería regar mis rosas.


—Ha llegado a las librerías su nuevo poemario “Dónde la muerte en Ámsterdam” (Editorial Cuadernos del Laberinto), un recorrido por ciudades simbólicas, por el amor, por el paso del tiempo y por la muerte. ¿Qué representa Ámsterdam en esta hechizante amalgama?
—El poemario está dividido en cuatro partes y la última, “Dónde la muerte en Ámsterdam”, es la que da el título al libro. El libro es un recorrido, efectivamente, por el tiempo, el amor y la muerte. Citando a Heidegger, ser en el mundo, ser con los demás y ser para la muerte. Allí escribo que el hombre es camino fronterizo y la poesía franquea esas fronteras, las recorre, las habita. “La frontera del amor, en su cercanía cautivadora con el otro, y en el lugar habitado y habitable que son las ciudades; la frontera con el tiempo en el río navegable que es la vida; y la frontera con la muerte, esa ausencia sin nombre, que da razón de ser a la vida y le infunde todo el sentimiento trágico y la aureola dorada de nostalgia y melancolía”.
     Ámsterdam era la última ciudad en el camino vital y poético. De ella surge la pregunta que también está presente en el resto de las ciudades y del poemario, la pregunta sobre la muerte, esa ausencia sin nombre, que, hemos dicho, da razón de ser a la vida del hombre. La muerte está presente ya en la primera parte, en el binomio amor y muerte, y desde el primer poema, Era un anochecer de agosto, en el que los ojos del amado compiten en su misterio y en su atractiva promesa con los de la muerte.

—¿Cuál es el trasfondo central de este nuevo episodio poético? ¿A qué se debe esa pregunta que es el propio título del libro?
—La pregunta “Dónde la muerte en Ámsterdam” remite a uno de los grandes tópicos de la literatura; es este el Ubi sunt? ¿Dónde están aquellos que han vivido en otro tiempo y dónde se esconde la muerte, personificándola, la muerte y los muertos? Es la pregunta que suena reiteradamente, por ejemplo, en las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique cuando dice:
      “¿Qué se hizo el rey don Joan? / Los Infantes de Aragón / ¿qué se hizieron? / ¿Qué fué de tanto galán, / qué de tanta jnvjnción / que truxeron?” Y en esta otra, “Tantos duques excellentes, / tantos marqueses e condes / e varones / como vimos tan potentes, / di, Muerte, ¿dó los escondes / e traspones?” (Ortografía siglo XV).
     Este tópico, el Ubi sunt?, no han dejado de cultivarlo poetas en las distintas literaturas y tiempo. 

—Una parte de “Dónde la muerte en Ámsterdam”está centrada en los viajes, en ciudades como Madrid, Bilbao, Sevilla, Valencia, París, Burdeos, Nantes o Lisboa, entre otras. Y además usted misma nos recuerda en el epílogo que “Es el hombre camino y es frontera, territorio fronterizo”. ¿Es su poesía un recorrido o un mirar atrás desde el camino?
—En el epílogo escribo, efectivamente, que “La vida del hombre es camino, camino que ha de hacerse; que es misterio, sueño, tiempo...” y que, al cabo, como pensaba Novalis, la vida del hombre es metáfora.
Como ya he dicho en otro poemario, el viaje, metáfora de la vida como camino y búsqueda, es el medio idóneo para franquear lo desconocido y acceder a la otra cara de la realidad.
No es necesariamente un mirar atrás. Azorín, uno de mis escritores revisitado, dijo que todo es presente; que “No hay más que un plano del tiempo, y en ese plano –presente siempre– está todo. Junto a nosotros presentimos como presentes el pasado y el futuro”. Él nos habla de la sensación de una eternidad presente, en la que todos, los muertos y los vivos, estaríamos a la par, viviendo el mismo tiempo, “siendo uno y otros todo, o no siendo nadie nada”. Esto es esperanzador; es muy grato para mí leerlo y sentirlo, y creo que lo podría ser también para los demás.
Recordemos aún a Antonio Machado quien escribió que la poesía es la palabra esencial en el tiempo.

—Otra parte, la más corta en páginas, pero una de las más intensas, la sitúa en Daimiel, donde rememora su infancia. ¿Es de nuevo un guiño al tema eterno del paso del tiempo?
Los poemas de Daimiel surgen de un cambio de actitud vital, resultado de un haber transitado por las distintas etapas de la vida: infancia, adolescencia, juventud, madurez... En la última etapa se ha pasado de la acción a la contemplación. En un poema no publicado aún, pero que pertenecería a este mismo ciclo, se dice:
“Han pasado hombres y cosas. /Y tras tanto festivo estruendo, / tras tanta alegría gozosa, / tras tanto rumor compartido, / una persona sola en la casa / vela, sueña este sueño y trabaja”.
De la alegría festiva de haber habitado esa casa en anteriores etapas y cuyas paredes parecen guardar un eco de otrora, surge el vacío, la ausencia del escenario habitado y de aquellas personas que lo habitaron, y la meditación o la contemplación.
“Los actores hace tiempo que hicieron mutis por el foro”, se dice en otro poema también inédito, “y alguien, solitario entre papeles, escribe y sueña”.
Esta parte incluye también un poema eminentemente descriptivo titulado “Tablas de Daimiel”.

—Su obra está teñida de referencias literarias. No olvidemos que usted ha sido profesora de literatura. ¿Cuáles son esas obras fundamentales o clásicas que no deja nunca de recomendar, y, por favor, amplíe también la recomendación a  algún autor actual?
—Citaría a unos escritores, fundamentalmente novelistas, Marcel Proust, Dostoievski y Kafka; por parte de los españoles, Cervantes y Baroja. En cuanto a poetas, Pessoa, Baudelaire, Antonio Machado, Cernuda...
     Recomendar a un autor actual es difícil. Hay que tener presente la perspectiva que concede siempre el tiempo. En estos momentos estoy leyendo una novela de Alberto Moravia, La vida interior, una obra incómoda y desenfadada, y la recomiendo. Y ya que hablamos de escritores italianos, siempre, Pavese.

—¿Qué logra con la poesía que no tiene la novela negra, género que cultiva con gran éxito?
—Poesía y novela requieren una distinta actitud vital, además de, por supuesto, una distinta técnica, estructuración formal y temática. Ambas discurren por mí como si me atravesaran, como si, más que el ejecutor, yo fuese un medio a través del cual pudiesen suceder cosas. La novela necesita una continuidad, un método de trabajo diario como el de un pintor, como el de un artesano. No así para mí la poesía. La poesía, en determinados momentos, como sucede con el amor, me exalta. Por eso se habla de inspiración. Me asalta, especialmente, en el viaje, en el camino (Mi poesía quizás sea, en este sentido, una poesía de viaje desde el camino), en el amor, en la rememoración del tiempo pasado, en la indagación del misterio y de lo desconocido frente a la falsedad de la realidad, en la contemplación del instante, buscando en este por medio del lenguaje la perpetuación, una difícil eternidad.

—¿Qué le pide a la vida?
—A la vida le pediría que sea piadosa conmigo. Quizás sea pedir demasiado.


Ángela Martín del Burgo
Morón de la Frontera (Sevilla), novelista y poeta, es también doctora en Filología y profesora de Lengua española y literatura.

Ha publicado las novelas El mundo entero pasa por Marsella (2015), Asesinato en la Gran Vía (2012), Ningún camino de flores conduce a la gloria (2005) y Cenizas sobre un mar de agosto (2000), así como el libro de relatos La muerte de Mário de Sá-Carneiro o La soledad y el poeta (2007).

Los poemarios: Enigma y misterio de Italia, y otros poemas (2016), Poemas de viaje (2011), Caducidad de lo real (Premio Ciudad de Miranda, 1996), La mirada asombrada y Un sueño breve. Ha participado en antologías como: Antología de poetas contemporáneas. Enésima Hoja (2012); Atlas poético. Viajeras del siglo XXI (2013); Mujeres y café (1995); en Homenajes publicados por el Ateneo de Sevilla (2008 y 2009); y en los VII, IX y X Cuadernos de profesores poetas (2011, 2013 y 2014).

Traducida al italiano en la antología bilingüe Poesia e Cultura. Due mondi, due culture (Italia, 2008), por cuyo poema, Bologna. Piazza Maggiore, ha recibido el Diploma Autore dell’Anno 2008. Y en las antologías de poesía contemporánea Poesia e cultura y Parola e vita (Italia, 2010). Premio Literario Internacional Omaggio a Pablo Neruda & Salvatore Quasimodo.


VIERNES 24 NOVIEMBRE. 18:30 horas
Ángela Martín del Burgo presenta su poemario Dónde la muerte en Ámsterdam.
Con la participación de Manuel Quiroga Clérigo y Ángel Álvaro Martín del Burgo.
Biblioteca Mario Vargas LLosa. Calle de Barceló, 4. Madrid
Entrada libre hasta completar aforo