El Vietnamita de Chinatown, de Marcelo Suárez, Argentina, www.marcelo-lamenoridea.blogspot.com
El asunto es que llegué al hostel demasiado temprano, y tenía que esperar, pero me dijeron que no había problema en dejar la valija en el subsuelo, y allí dejé la mía. Cuando vi la montaña de maletas sin número que las identifique, tomé mi pasaporte y me despedí de mis futuras ex pertenencias, convencido de que jamás las volvería a ver.
Y así fue que salí dispuesto a defender los escasos dólares recibidos en pacto leonino a cambio de muchísimos pesos, y con mi estómago anhelante, me fui directo a por Pequeña Italia. Mi imaginación demandaba una mesa afuera, sin importar el frío de enero, un mantel a cuadros rojos y blancos, fuccile, chianti, y una canzonetta de fondo…¿Aparecería Tony Soprano?
Pero la realidad es que Little Italy había perdido la batalla, y los vencedores eran los chinos, que reinan en toda la zona: escuelas chinas, mercados chinos, restoranes chinos, todo chino. Así es que desistí de mi primera idea y me puse a buscar donde comer, eran las dos de la tarde y estaba muerto de hambre…
Entonces lo vi. Era un restaurante angosto, a la calle sólo la puerta y una pequeña ventana. Pero estaba lleno. Eso y los precios de la cartelera me convencieron a entrar.
Cuando lo hice, un amable vietnamita me preguntó si estaba solo. Le dije que sí, y me dijo que tendría que esperar un buen rato, a no ser que….La verdad es que no le comprendí. Imaginen que era un vietnamita hablándole en un pésimo inglés a un argentino que lo hablaba peor. El asunto es que contesté que sí, con la convicción de quien todo lo ignora. Me dijo que lo acompañara, atravesamos el salón, y al final, una cortina disimulaba un pasillo oscuro. Seguimos y me encontré con un salón más pequeño que el primero, donde había sólo una gran mesa redonda con orientales que comían en silencio. Cuando vi el cuadro me quedé helado. Solo, el primer día en una ciudad desconocida, en el salón de atrás de un restaurante vietnamita, rodeado de corteses hombres de oriente que inclinaron sus cabezas al verme entrar, mientras comían solos también, y obviamente con palitos.
Me inquietó pensar en la irrupción de mafias rivales, como la china (sabía que la vietnamita no es precisamente samaritana) ¿qué haría un porteño en esa situación? ¿Y la mafia japonesa? Fui al baño y me lavé la cara, mientras deliberaba nervioso si me quedaba o me iba. No lo tenía decidido cuando volví a la mesa compartida, pero ahí me esperaba el mismo amable vietnamita que me recibió, preocupado porque me había perdido de vista. Me dejó dos cartas para que eligiera mi comida, lo cual me resultó un enigma indescifrable, porque ambas tenían el mismo menú. ¿Será que tienen precios distintos según sea almuerzo o cena? No pude descifrarlo y escogí entonces arroz con frutos de mar, y cuando las cerré me di cuenta de la diferencia. Una tenía tapa verde, y la otra roja. Ahí recordé lo que alguna vez me habían dicho de la comida vietnamita, que es tan sabrosa como picante, y me encomendé al hada Au Co...
Por supuesto que le había marcado la del menú rojo, y al rato mi anfitrión volvió con un plato de arroz con abundante cantidad de mariscos. Cavilé un rato y me incliné por los cubiertos occidentales: uno no debe intentar ser lo que no es, me dije…
¡Y fue una fiesta! Es verdad que la segunda cerveza la pedí de inmediato, pero aún recuerdo esos sabores únicos, picantes, irrepetibles…La cuenta fue de veinticinco dólares, no crucé palabra alguna con mis compañeros de mesa, y jamás volvería a comer por esa suma en los tres días que pasé en Nueva York...
Al irme de esa ciudad fantástica contraté el mismo servicio de combis, y oh sorpresa… Me vino a buscar el mismo caballero de la ida, quien llegó con un cigarrillo en la boca, sonriente, con su rap a todo volumen, hasta que llegamos al Waldorf Astoria. Allí recuperó la compostura, y siguió el camino hasta
Por cierto. A mi valija no le faltó nada…
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—¡Oyeme, hermano! —me dijo un anciano de color, en el muelle de la Calle 24, casi en la Bahía de Gravesend.
No le di lugar al pedido. A esa hora no hablaba con nadie. Hubiera querido ser un fantasma. Me encantaba caminar por New York de noche, pero a esos que quieren pegársete en cualquier instancia y a toda costa, no los aguanto. Días atrás, un petimetre de Manhatann Sur, blanco él, bien rosadito y angosajón, había creído, en ese bar de Tribecca tan atildado, que mi forma de deambular escondía un supuesto temor a confesarme gay y me persiguió por la mitad de la Greenwich hasta que en la esquina de Worth lo dejé durmiendo de un golpe. Eso no fue bueno para él, especialmente porque era noviembre y murió, supe después, de frío. Que se joda. No se molesta a nadie por querer ser un fantasma neoyorquino.
Pude dejar atrás a ese viejo y me adentré en el Village, otra vez, como si quisiera encontrar ahí algo que me faltaba para ser el fantasma que quería ser y, como solía suceder, entre el vapor de las alcantarillas, el ajetreo insensible de las ambulancias y los coches de policía, caí de nuevo en la esquina de Thompson y Bleeke. Precisamente, esa noche cantaba Nina Simone. No me dejaron entrar; logré colármeles por la entrada de servicio, donde nadie miraba a nadie, tratando de poner todo ese caos en forma de piscolabis ordenados. En el apuro, sólo atiné a quitar un vaso vacío y usado y me metí en el bar. Una vez allí, el barman, al verme con la copa vacía me ofreció llenármela. Le pedí un Old Fashioned, lo cual le sorprendió un poco, pero al poco rato me trajo uno rebosante en su copa límpida, recién pulida.
A Nina apenas se la veía, sentada en una silla baja, cubierta de periodistas y amigos, que celebraban el acontecimiento y, cuando yo la pude ver, supe por qué había elegido este destino de fantasma.
Si hubiera sido uno más en el metro, yendo y viniendo de la Columbia al Empire y viceversa, nunca hubiera podido conocerla y ella tampoco a mí. Como en las malas películas, nos vimos cara a cara a través del arco que el brazo de uno de sus productores dejaba al meterse las manos en los bolsillos. Era lindo ver cómo ella podía tomar de una copa igual a todos los blancos y se la veía contenta, feliz de estar en este bar, en ese momento, mientras pensaba sus canciones. En ese preciso momento, me vio. Y supo que había visto un fantasma. Su cara se iluminó diferente, con una sonrisa. Bella como era, le sonreí como a mi hermana, de modo que no me creyera realmente un fantasma. Ella gritó:
—¡Óyeme, hermano! ¡Quiero cantar “Just in time”, ya!
—¡Genial, hermana! ¡Vamos, que la gente te dará ánimos! Empecemos —dijo Hamilton, ya sentado a la batería.
Y ella, dulce, caliente comenzó:
—Just in time
you’ve found me just in time.
Before you came my time was running low...
No me quedé hasta el final de todas las canciones porque, en definitiva, había sido ésa la canción definitiva... “Te encontré en el momento preciso... me encontraste en el momento preciso”... Yo iba canturreando esa canción aún por Bleeke, bien dentro de la niebla, cuando me cruzó de nuevo el viejo negro. Rengueaba un poco.
—¡Hermano! Te encontré justo a tiempo. Acompañame. Esta vez no iremos al hospicio, te lo juro. Entrégate que esta vez será todo más tranquilo.
Juro que dijo eso y su voz apaciguó en mí toda la desesperación de esa noche magnífica. Me entregué, me dejé llevar.
—¡Hijo de puta, cómo nos hacés correr! Tres veces en tres días, con sus noches. Te escapás de todas. No sé cómo hacés, pero te juro que no lo volverás a hacer más. No señor. Beethoven vuelve a Central Park, ¡sí señor!
Mientras decía eso, dos lágrimas de bronce fundido se me escapaban de mis ojos, escuchando a Nina Simone cantar “I put a spell on you” tan caliente que me ablandaba. El guardia negro puso dos tapones en mis oídos para que siguiera siendo sordo aún muerto. Y acá estoy, parado, frente a toda esta gente que me mira sorprendida... Beethoven esculpido por Baerer, con un disco de Nina Simone entre sus ropas: primera canción “Just in time”.
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Manitas, Ángela Contreras, España
Se amaron profundamente y se durmieron con las manos entrelazadas. Virginia abrió los ojos cuando los rayos del sol llevaban un buen rato entrando por la ventana del dormitorio. Todavía se encontraba bajo los efectos embriagadores vividos hacía unas horas con el hombre que más le había hecho sentir en su vida el embrujo de la pasión. Experimentó como nunca antes había experimentado, la plenitud del abrazo, la entrega total, absoluta, la rendición sin condiciones, Tanto fue así, que revivió cómo había anhelado con toda intensidad fundirse con él para siempre. El resto de su vida había quedado en un segundo plano, ya no era importante.
Aún mantenían entrelazados los dedos de las manos. Tanto tiempo llevaban así, que casi no los sentía. Habría que moverlos para ir desentumeciéndolos. Hizo un intento, pero éstos no respondieron. La falta de circulación durante tantas horas los había dejado bloqueados. Intentaría de nuevo poco a poco -se dijo mientras apartaba con cuidado la sábana para no despertar a su amado. Llevó la mirada hacia sus manos y el horror apareció ante sus ojos. Sus dedos y los de él formaban una sola masa informe siendo imposible distinguir los límites y los contornos de unos y de otros.
Como científica que era, no podía aceptar semejante locura, ¿sería, acaso una alucinación? Cerró y abrió los ojos varias veces para verificar si la visión le estaba jugando una mala pasada, pero desde el fondo de su mente se le venían imágenes de átomos compartiendo sus respectivos electrones y creando nuevas estructuras atómicas, de moléculas formando nuevos enlaces con otras moléculas vecinas y construyendo un nuevo tejido celular. O sea: sus dedos habían creado en una noche una nueva piel entretejida con la piel de su amigo. Si era honestamente objetiva, no podría desterrar la evidencia de la influencia de la mente en los procesos de la materia.
¡Dios mio! ¿Era entonces real lo que estaba viviendo? El corazón empezó a galoparle frenéticamente y los latidos de la sien parecían bombas estallando en todo su cerebro. Él seguía dormido emitiendo pequeños gemidos como presintiendo el insólito y amargo despertar que le esperaba.
A pesar del pánico que le invadía, Virginia se sentía una mujer de recursos y rápidamente su mente –esa mente que le había jugado tan mala pasada- debería ahora compensarla con alguna solución, pensó.
Comenzó a sopesar a velocidades vertiginosas todas las posibles salidas a tan increíble situación. Pedir ayuda médica supondría tener que ser ingresados en una clínica su amigo y ella, los dos fundidos por las manos, y el escándalo que ese hecho supondría a escala social, profesional y familiar, sería incalculable. Pensó en su marido y en su hijo. No, decididamente no, ellos no se merecían pasar por esa vergüenza. No quería hacer peligrar el bienestar de los suyos. Su hijo podría quedar marcado para el resto de su vida por esa singularidad de su madre. Se imaginó a sus compañeros del colegio susurrando a sus espaldas o metiéndose directamente con él con la crueldad propia de los niños de su edad. ¡Qué horror! Jamás se perdonaría a sí misma si eso pudiera ocurrirle a su hijo. Ninguna noche de amor compensaba semejante sufrimiento. Pero ella, ¿cómo se iba a poder imaginar que su naturaleza iba a reaccionar de esa extraña manera? No: ni ella, ni nadie podrían haberse imaginado tamaño desenlace.
Tampoco quería servir de conejillo de indias a la ciencia y de hazmerreír de la gente. En su agitada imaginación se veía siendo el centro de atención del mundo entero; los periodistas la perseguirían hasta la saciedad y la comunidad científica la miraría con asombro e incredulidad, y al mismo tiempo tratarían de reprimir una sonrisa burlona. Sólo cabía una única solución: cortar por lo sano. El aparato de rayos láser que tenía en el laboratorio serviría para tal misión. Luego, ya daría las explicaciones convenientes. Pero ya el sólo hecho de vestirse, podría ser una complicación. ¿Cómo lo haría? ¿Dejando un brazo fuera? Además tenía que contar con él en la decisión que tomasen. No podía actuar sola, por su cuenta. Era ridículo, pero se encontraba pegada a un hombre y cualquier movimiento que ella hiciera, implicaría al otro.
La angustia de la situación le estaba dejando sin fuerza, sudaba como nunca en su vida lo había hecho, y la opresión que sentía en el pecho comenzó a salirle en forma de un doloroso y desesperado llanto. ¡Dios mio! ¿Por qué? ¿Por qué? murmuraba desde el fondo de su alma.
Ella no era creyente del Dios que le habían enseñado en su religión, como para pedirle que obrase algún milagro. Sin embargo, sí creía en el poder de la mente. ¡Vaya que si creía! Buena prueba estaba teniendo de ello. Incluso admitía la existencia de la mente más allá de la propia individualidad. Esa misma idea la calmó y un sutil rayo de esperanza penetró en su ser. Vio de pronto la luz. Sí, -exclamó con anhelo contenido- ¡claro que si! Si la fuerza de su mente pudo hacer tal prodigio, ¿por qué no deshacerlo con la misma mente?
Su deseo de recuperar la configuración normal de su mano debería ser igual de intenso o más al que había emitido en plena exaltación amorosa. Por supuesto que sí, que lo era: de eso no tenía la menor duda. La necesidad imperiosa de sentirse independiente y libre del hombre que dormía a su lado era de tal intensidad, tan absoluta, que todo lo que no fuera conseguirlo, carecía de sentido.
Sabía que tenía que dormirse de nuevo para que su cuerpo hiciese el trabajo que tenía que llevar a cabo para que el tejido de sus respectivos dedos recuperase su forma natural. Únicamente su inconsciente tenía las claves de la operación: ella no podía estar de observadora porque según las más elementales leyes de la física cuántica, interferiría en ese proceso tan delicado y misterioso.
Pero, al mismo tiempo, su mente estaba tan excitada que difícilmente podía conciliar el sueño; de modo que alargó con sumo cuidado la mano derecha que le quedaba libre y consiguió coger de la mesita de noche la cantidad de somníferos suficiente para dormirse rápidamente pero sin exponerse a más graves consecuencias. Todavía quedaba un poco de agua en el vaso. Los ingirió agradeciendo de camino que su compañero de cama tuviese un sueño tan pesado.
Se sentía entrando en tierras de nadie: esa extraña franja entre consciente e inconsciente. Una duda le atravesó la mente como un rayo hiriente ¿Y si volviese a despertarse unida a ese hombre? No, no podía permitirse la menor duda. En su vida había estado tan segura de algo.
Un calorcillo gratificante en el pecho le fue invadiendo mientras la emblemática figura de mujer -que presidía la bahía de su querida e impresionante ciudad- iba emergiendo con nitidez en su mente. Junto con la imagen, una palabra iba haciéndose eco en su interior: ¡LIBERTAD!... suena tan hermoso tu nombre…
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Nueva York Alucinada, de Sergio Gaut vel Hartman (Argentina)
Desperté en Nueva York.
—¿Esto es Nueva York? —le dije al negro que estaba sentado junto a mi cama. Era más feo que el carro fúnebre del Servicio Social.
—Es —contestó en castellano, abriendo la boca y mostrando una incompleta hilera de dientes.
—¿Y por qué habla castellano?
—¿Y por qué no? ¿Usted qué habla?
—De todos modos —dije incorporándome sobre un codo—, creo que miente. Estoy soñando en mi cama de Buenos Aires. —El jergón estaba sucio y aunque no se veían las pulgas y las cagadas de rata, yo estaba seguro de que podría descubrirlas si hubiera habido un poco más de luz o si las buscaba con una lupa.
—Crea lo que se le antoje —dijo el negro de mal modo; se parecía vagamente a uno que había jugado en la NBA hacia 1979—. No me voy a esforzar para demostrarle que esto es Nueva York.
—Sin esforzarse —insistí—. Una prueba alcanzaría.
—OK —respondió—. Mire. —Abrió la ventana y vi Manhattan, el puente Verrazano, el Empire State y las Torres Gemelas.
—¿Se da cuenta? —dije encendiendo un cigarrillo para que no me viera sonreír.
—¿De qué? —dijo el negro.
—Las Torres. Cayeron en 2001.
—¿De dónde?
—¿De dónde qué?
—De dónde cayeron.
—¿Se burla de mí?
—No, no me burlo. Dice que cayeron y yo le pregunto de dónde.
—Las Torres Gemelas fueron embestidas por sendos aviones suicidas el 11 de septiembre de 2001.
—Y yo estoy embarazado de ocho meses y medio. —El negro se sacó la máscara y vi que era Morgan Freeman. ¡Cómo no lo adiviné antes!
—Ahora no tengo dudas de que esto es un sueño. Sueño que estoy en Nueva York y me despierto en la casa de un negro horrible que usa una máscara, y debajo de la máscara está Morgan Freeman.
—¡Muy gracioso! —dijo el negro cambiando el tono de voz; por un momento pensé que era un portugués que se esforzaba por hablar un buen castellano—. Soy Edison Arantes do Nascimento. Morgan Freeman murió el año pasado. Aunque esta no es la primera vez que nos confunden.
Me puse de pie y caminé por la habitación buscando una botella de whisky; no había. En ese momento recordé que soy abstemio, lo que reforzó la idea de que estaba soñando. Así que, perdido por perdido, encaré al negro.
—Si esto es Nueva York, y las Torres Gemelas no cayeron, quiero una prueba contundente de que no estoy soñando.
—¿Por ejemplo?
—Quiero verlo a Woody Allen haciendo su caminata diaria por el Central Park.
—De acuerdo.
Salimos de la casa del negro, ubicada en Broadway y la calle 50 y caminamos nueve cuadras para entrar al Central Park por Columbus Circle. Woody Allen estaba en París, por lo que no pudimos verlo, pero en cambio vimos a Rin tin tín olfateando entre los arbustos.
—¿Qué se les ofrece? —dijo el famoso perro cinematográfico alzando la cabeza, haciendo rotar las orejas y moviendo la cola.
—¿Se da cuenta? —dije apresuradamente—. Es un sueño; los perros no hablan.
—Los que no hablan —replicó el negro—; los que hablan, hablan. Aquí, en Nueva York, en su Buenos Aires querido o en Bujará.
—¿Bujará, Uzbekistán?
El negro me miró con odio. Ya estaba harto de mí. Todo el mundo se harta de mí cuando me frecuenta una hora seguida, a veces menos.
—Bujará, Uzbekistán, sí. ¿Se le ofrece algo más?
—Eso mismo dijo el perro. Ignoraba que viviera en Nueva York; lo hacía en Los Ángeles, California, en Beverly Hills...
—Usted ignora muchas cosas —dijo Rin tin tín—. Ya me lo advirtieron Superman y Tarzan.
—¿Te advirtieron sobre mí? —Las profundas palabras del perro, de una hondura filosófica que invitaba a evocar a Cousteau, me emocionaron. ¡Superman y Tarzán le habían advertido! No solo era un honor, era imposible. La teoría del sueño se consolidó definitivamente—. Ahora solo falta que se hagan presentes Paul Auster y Saul Bellow.
—Aquí estamos —dijeron los mencionados—. Nos tomamos el atrevimiento de traerlo a John Cheever, aunque suponemos que no le molesta.
Era el colmo. Tenía que despertar de una buena vez. Pero no, no me desperté y, en cambio, sentí una mano helada que me apretaba el cuello, que me lo estrujaba como si fuera de papel.
—¡Finalmente! —dijeron a coro el negro y todos los demás.
—¿Finalmente qué? —respondí poniendo los dedos juntos y sacudiéndolos como un frutero italiano.
—Se convenció que esto no es un sueño.
—No es un sueño —repetí tontamente—. Pero si no es un sueño, ¿qué es?
—Es un cuento, idiota —dijo Rin tin tin.
—Es un cuento idiota —refrendó Franz Kafka saliendo de la cabeza del escritor, como una Palas Atenea cualquiera.
—¿Y yo soy un personaje? —Estaba aterrado, pero no me sirvió de nada; el escritor terminó de hacer un bollo con el papel que había usado para escribir su engendro, su fallido intento de ficción, y lo arrojó al cesto de los papeles.
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Noche de epifanías en Nueva York, Julia E. De la Iglesia, Argentina
“Vivir es la cosa más rara del mundo. La mayoría de la gente existe, eso es todo”.
Oscar Wilde
“La verdad es, por supuesto, que no existe el camino. Siempre estamos llegando y partiendo todos al mismo tiempo”.
David Bowie
El vuelo procedente de la Argentina había depositado a Dora en la Gran Manzana. Un abrigo de lana gruesa color ciruela le estaba demostrando con creces su imprevisión. Esa temporada el otoño en Nueva York estaba adquiriendo tintes invernales.
Parada en los umbrales de la puerta de acceso al aeropuerto esperaba hacer coincidir fragmentos de una secuencia en apariencia imposible: su brazo extendido solicitando un taxi, el taxista aparcando para hacer efectiva esa solicitud.
Sin embargo, debió contentarse con repetir la secuencia hasta que una
mezcla de azares y causalidades le puso algo de finitud a tanta tensión e incertidumbre.
Acomodada en el vehículo Dora apenas balbuceó una dirección en el
distrito de Queens y luego se sumergió en el peso de sus propias abstracciones a un ritmo vertiginoso.
Hizo desfilar la víspera de su viaje salido de la imperiosa necesidad de
visitar la ciudad que nunca duerme , porque era el estado que más se avenía con el reciente renacer de su espíritu peregrino.
Quería aplazar definitivamente sus días cansados de todo, henchidos de
nada.
Viajar a esos sitios que podían resumir en sus postales la complejidad
del urbe, el frenético deambular de las muchedumbres solitarias en búsquedas de las utopías aun no soñadas o capaces de fabular los infiernos más temidos.
El tedio sintetizaba todas las retrospectivas de sus días recorriendo
senderos improvisados en un país de latitud sur. Y soñaba con ese exilio que culturalmente era la condición sine cuan non de una identidad que ponía a sus sujetos a avizorar el futuro siempre en fuga.
Y Dora había elegido en el menú de cartografías lejanas Nueva York.
No porque la hubiera visitado antes, no porque fuera una referencia
próxima en su cantera de conocimientos.
Nueva York no sólo representaba una expresión de lo ignoto sino, y
precisamente por poseer Dora apenas un puñado de referencias mínimas, la posibilidad de producir esos hallazgos inesperados que a veces se transforman
en el sino futuro de una existencia que hasta el presente únicamente se ha dejado vivir.
Dora acurrucada en el asiento trasero del taxi experimentaba un frío
glacial que repercutía en su organismo haciéndole el efecto de parecer un saco roto. Pero no sólo su cuerpo estaba roto, fragmentos inconmensurables de su espíritu infatigable aún seguían atormentados por las sombras aciagas del ayer.
Las luces omnipresentes de la ciudad todavía no superaban sus
umbrales sensoriales para producirle alguna experiencia desestabilizadora.
Y de verdad eso la disgustaba. Dora había pensado en Nueva York
como en el efecto mágico de una galera de aprendiz de ilusionista , capaz de crear nuevos subterfugios con los cuales entretener las veleidades del alma.
Presa de un pesimismo llevado al paroxismo y de las múltiples
expectativas depositadas en tantas fuerzas exógenas para revertirlo, Dora casi no le venía prestando atención a la charla del chófer del taxi.
Una charla familiar que la sorprendió por su acento argentino.
Porque en el colmo de las casualidades, Dora se había recorrido varios
miles de kilómetros de distancia para escuchar en clave porteña las principales atracciones que tenía que visitar de la Gran Manzana: El Central Park, el Museo Metropolitano de Arte, el Jardín Botánico, Times Square, el Empire State, la Isla Ellis, el Rockeffeller Center, etc. , etc.
Mario vivía en Nueva York desde la crisis en la Argentina de 2001. Corralito, saqueos, crisis institucionales y otro de los tantos éxodos de
los argentinos a algún sitio donde simplemente se pudiera seguir andando, ponían en contexto su historia.
Tanto se parecían esas historias de evasión del absurdo que Dora dejó
de asentir como autómata frente a la charla del otro.
Nunca iba a poder a interactuar con las nuevas postales del paisaje que
había elegido sino lograba asumir la verdad sobre unos orígenes, unos dolores y unos sueños que le pertenecían y de los cuales no podría prescindir si aspiraba a experimentar nuevos nacimientos.
Cuando Mario le ayudó a depositar las maletas en la acera frente a la
dirección en la que debía ingresar, estrechó su mano con la promesa vaga de alguna vez volver a toparse mientras durara su estancia de en Nueva York.
Antes de entrar al edificio, Dora contempló la vista de la ciudad contra el
cielo tachonado de estrellas en la noche fría . No estaba descubriendo por primera vez los misterios de la conjunción de la naturaleza con la maravilla de las obras a través de las cuales el hombre busca trascender dejando huellas imperecederas.
Pero nacían tantas emociones e intelecciones inspiradas por el influjo de
este escenario nuevo que cuando Dora encontró su rostro reflejado en el cristal de la puerta del edificio al cual iba a entrar pensó con súbita alegría en los miles de nacimientos que aún iban a acontecer.
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José Luis Ordóñez, España, http://joselordonez.blogspot.com
EL CINE PERJUDICA SERIAMENTE LA SALUD
Había recibido el mensaje de texto de Pilar dos minutos después de que él le enviara el suyo. Le confirmaba que sí, que por qué no, que podían ir al cine, que sería buena idea. David sintió una euforia que le lanzó a conectarse a Internet y ver los horarios de los cines; quizá hubiera alguna buena película, quizá pudieran ir aquella misma tarde. “Me encanta el cine”, le había dicho en aquel viaje que habían compartido a Nueva York años atrás, y aunque quizá esas no habían sido sus palabras exactas, si era cierto que las siete horas de aquel vuelo transoceánico habían transcurrido hablando de secuencias por las que sentían común devoción: del Pozo de Ánimas de “En Busca del Arca Perdida”, los desenlaces de “Sospechos Habituales” y “Seven”, o la secuencia de la fiesta inicial en “Eyes Wide Shut”. De eso hacía dos años, y aunque habían chateado alguna vez o intercambiado algún mensaje de texto, nunca habían podido quedar físicamente. David había estado ocupado con su mudanza nada más volver de Nueva York. Él y su mujer, Inés, se habían instalado en un apartamento cercano al centro de Sevilla. Después se había visto atrapado en una rutina laboral y social de la que en muy rara ocasión podía escaparse. David trabaja como crítico de cine, y eso hacía que viajara a menudo al extranjero, pero cuando no lo hacía, tenía presentaciones, apariciones en programas de televisión local o regional, y solía colaborar en programas de radio. Además, de un tiempo a esta parte estaba intentando finalizar una novela, y cuando podía se escapaba de Sevilla para ver a Inés, que hacía poco que había empezado a trabajar como profesora en un colegio de Almería. A veces ella venía a Sevilla y a veces él se desplazaba, o, a veces, como este fin de semana, ambos tenían ocupaciones que les impedían desplazarse: Inés tenía exámenes que corregir, y David… bueno, David le había dicho por teléfono que quería seguir trabajando en la novela, aunque lo primero que hizo al llegar a casa después de que le hicieran una entrevista en la radio fue enviarle el mensaje de texto a Pilar; recordaba que en aquel viaje habían hablado de Bergman, de Buñuel, de “Metrópolis”, pero también de Roger Corman y de Terence Fisher, y eso había provocado que después de todo aquel tiempo siguiera pensando en ella, albergando la esperanza de que en algún momento del futuro pudieran compartir un café, o quizá hasta ir al cine.
***
David llegó con veinte minutos de antelación a la puerta del Avenida Multicines. Mientras echaba un vistazo al material publicitario que había sobre las películas que se proyectaban, llamó a Inés, que tardó unos segundos en cogerlo. Ella estaba haciendo un pequeño descanso en la tarea de corregir exámenes, y ahora se preparaba una merienda que le daría fuerzas para seguir.
—¿Qué tal tú? —le preguntó ella.
—Pues dando una vuelta. Quiero comprarme un libro. —De hecho, él siempre quería comprarse un libro, husmear en las librerías, descubrir autores nuevos y buscar grandes joyas aún no descubiertas dentro del océano editorial.
—¿Qué libro? —David no mentía; se compraría ese libro, aunque no fuera ese día.
—Pues en eso estoy. Quiero algo nuevo —respondió él, y entonces se quedó pensando. ¿Por qué no le decía que iba al cine con Pilar? Se dijo a sí mismo que no tenía importancia. Pero, si no tenía importancia, ¿por qué llevaba toda la tarde nervioso?
—¿Vas a ver después alguna película?
—¡No! —exclamó él, con mayor intensidad de la que hubiera deseado.
He quedado para ir al cine con Pilar. ¿Quién es Pilar? Bueno, Pilar es aquella chica que conocí en el viaje a Nueva York hace unos años, ¿recuerdas? Ah, sí… ¿pero no querías dedicar el fin de semana a tu novela? Claro, claro… estoy trabajando en la novela, pero esto me sirve para despejarme y después seguir trabajando. O sea, que después del cine vas para casa. ¡Claro! ¿Adónde iba a ir si no? Vale, pues después te llamo. No sé cuánto va a durar la película, yo te mando un mensaje cuando esté en casa. ¿Un mensaje? Podrías llamarme, siempre es agradable escuchar tu voz. Claro, te llamo, te llamo… Y, ¿es guapa esa Pilar? ¿Me dijiste que era joven, no? Sí, era más joven. Ya me acuerdo, me dijiste que era diez años menor que tú, que acababa de terminar la carrera…
—Voy a seguir trabajando en la novela —dijo él.
Cuando terminó la llamada David se sintió aliviado. Ya había cumplido con la rutina de hablar con Inés, con lo que si después la cosa se alargaba y decidían tomarse unas copas, no se vería en el compromiso de excusarse unos minutos para hacer la llamada, o no tendría que atenderla si ella decidía llamarle.
Hay mucho ruido, ¿dónde estás? ¿Tomándote unas copas? ¿Con quién dices…? ¿Los dos solos…? ¿¿¡¡Los dos solos!!??
David cruzó la calle y decidió acercarse hasta el pequeño kiosco que había a unos metros. No debería haber llegado tan pronto, porque eso demostraba impaciencia. Y era lógico que ella aún no hubiera llegado. Se preguntó si Pilar habría cambiado mucho. O si él mismo lo habría hecho después de más de dos años. Miró su reloj y vio que faltaban quince minutos para que empezara la película. Iban a ver una de Woody Allen. En versión original subtitulada.
***
Recibió el mensaje de texto cuando de nuevo estaba al lado de la taquilla, mirando de manera nerviosa a un lado y otro de la calle, esperando la aparición de Pilar, quizá su sonrisa al reconocerlo y anticipando el gran abrazo que se darían. No había mucha gente en ese momento alrededor, pero él deseaba que ella llegara lo antes posible, ya que no quería encontrarse con nadie conocido. “¡Hombre, David! ¿Qué tal? ¿Cómo está Inés?”. Él diría que bien, que, de hecho, muy bien. “¿Y qué haces aquí, hombre?”. Le diría al conocido o amigo, o conocido o amiga de Inés —o de ambos— que iba al cine. “¿Al cine? Hombre, ¿pero vas solo?”. Diría que iba con una amiga.
Una amiga. Quizá después el conocido o amigo de él, o de Inés o de ambos, hablaría con Inés, y le comentaría que les habían saludado, a él y a su amiga.
Pero si yo he hablando con David esta tarde y no me ha dicho que fuera a ir al cine. ¿Con una amiga, dices que iba con una amiga?
Así era como sucedía en las películas. Una pequeña e insignificante acción provocaba una cadena de sucesos que desembocaba en consecuencias impredecibles. Podía ya escuchar a Inés recriminándole no haber sido sincero. Pero, ¿por qué no se lo había dicho? Quizá esperaba de Pilar algo más que un encuentro para ir al cine. Quizá la atracción común por el cine podría traducirse en una atracción mutua. Porque pensó que en el fondo, y de alguna manera, él estaba atraído por ella. Quizá después, cuando salieran de ver la película y estuvieran tomando unas copas tendría ganas de besarla, de agarrar su cintura, de dejar que los dedos de su mano bajaran suavemente por la espalda de ella. Quizá querría mirarla a los ojos durante mucho tiempo. Quizá durante toda la vida.
En el mensaje Pilar se excusaba, le pedía perdón por avisarle con tan poco margen, pero le había surgido un imprevisto y le era imposible acudir. Le decía que tal vez lo podrían dejar para la semana que viene. Que la avisara.
***
Ya en casa David se sentó en el sillón y lamentó no haberse comprado ningún libro. También lamentó haber comprado las entradas con anticipación, por Internet, y haber seleccionado las dos mejores butacas de la sala. Se sintió estúpido mientras encendía la tele y zapeaba. Entonces pensó que no hubiera sido mala idea pasar el fin de semana con Inés. Allí, quizá con la presencia del silencio y el ruido del mar, se hubiera sentido más inspirado para seguir escribiendo, para corregir los elementos que no funcionaban en su trama y crear aquellos puntos de apoyo que eran necesarios para que todo tuviera sentido.
Eran más de las diez de la noche. Fue a la cocina y se preparó un sándwich de jamón york y queso. Después volvió al salón, se detuvo frente a la estantería donde tenía las películas y seleccionó una de Woody Allen. Después de todo, el cine era magia, era el lugar donde veía reflejadas actitudes y comportamientos, donde el romanticismo era de verdad y los sueños podían ser en blanco y negro o technicolor.
Mientras “Manhattan” comenzaba, con la música de George Gershwin y la silueta de los rascacielos neoyorquinos marcando la línea del cielo, como un iluminado paraíso urbano de seres invisibles y perdidos, decidió que cuando acabara de comer llamaría a Inés, le preguntaría cómo iba con los exámenes, si sería una buena idea que al día siguiente cogiera el coche y la visitara, y que deseaba volver a poner la mano sobre su barriga para volver a sentir las patadas de su hijo de siete meses.
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Erlantz Gamboa, México
Filosofía judía
En la acera de una calle cualquiera de Nueva York, se encontraron Levi Ben Salun, a quien acompañaba su hijo de 16 años, y Bill Lonsley, quien le proveyó telas durante años. Ya hacía algún tiempo que no tenían relación, por lo que a ambos les dio alegría volver a verse. Se abrazaron, y, tras la presentación del jovencito, comenzaron las preguntas.-¿Y tu familia, Levi?
-Perfectamente, Bill. ¿Y la tuya?
-Bien, aunque me divorcié y volví a casar. ¿Y tú?
-No, yo sigo con la misma esposa. ¿Cuántos hijos tienes?
-Dos, y espero uno con la actual esposa. ¿Y tú?
-Cinco, y con la misma esposa- Levi sonrió satisfecho-. ¿Cómo te van los negocios?
-No me quejo. Me van bien, aunque…- Bill le guiñó un ojo- no como dicen que te van a ti.
-No hagas caso a lo que dicen. No, no me van bien.
-Me he enterado, has conseguido una gran fortuna.
-Mentiras, Bill, mentiras. Lo único que tengo son deudas.
Lonsley se asombró. Era del dominio público que su negocio había crecido muchísimo.
-¿Y las tiendas que has abierto? He escuchado que son cinco, ya.
-Sí, sí – Levi miró a la punta de sus pies-, pero con muchos socios, e infinidad de préstamos- elevó los brazos al cielo-. Yo apenas percibo un sueldo, para subsistir. Puse mi nombre y nada es mío.
-¡Vaya, me entristece oír eso!
Bill movió la cabeza hacia los lados. Percibía que era muy distinto lo que se decía y la realidad. Pero había algo…
-¿Y esa enorme casa en una zona residencial? – preguntó-. Vale mucho dinero.
Levi levantó los hombros, e hizo un mohín con la boca.
-Del banco, amigo, del banco. La hipoteca se lleva lo poco que gano. De seguir así, la tendré que vender.
-¡Pues qué lástima! – Ensombreció el rostro-. Oye, pero la fastuosa boda de tu hija. La fiesta fue sonada.
-La casé con un hombre de dinero y lo pagó todo. Y, además – bajó la voz-, me prestó algo. Otro a quien le debo.
-Bueno, Levi, pues… a ver si la cosa cambia.
Bill se movió inquieto, ofreció la mano al judío, saludó de nuevo al muchacho y se despidió apresuradamente.
Apenas se había alejado unos pasos, Salomón, el hijo, tiró de la manga negra de la chaqueta de su padre.
-Padre, ¿por qué le mentiste? Tú pagaste la boda y su viaje a Israel, y compraste la casa de contado. Las cinco tiendas son nuestras, y vamos a abrir otras dos.
Levi puso una mano en el hombro de su hijo, y movió la cabeza de arriba abajo, a la vez que una sonrisa se dibujaba en su boca.
-Hijo mío, ya es hora que te enseñe a moverte en los negocios.
-Dime, padre
-Antes de enseñarte a ganar tu primer dólar, tendré que enseñarte la técnica judía de evitar que te lo pidan prestado.
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Juan Vivancos Antón (España) http://crnicasdecabezodetorres.blogspot.com/
Un genio en Nueva York
“Hay una idea que me ronda la cabeza, con persistente regularidad, desde hace algún tiempo. Y no es otra que la posibilidad de la existencia de lo que yo he denominado como la multi-percepción de los colores.”
Pablo dejó junto al papel su estilográfica. Pasó los ojos minuciosamente sobre lo que había escrito hasta ese momento y respiró aliviado al comprobar que el resultado se ajustaba bastante a su idea inicial cuando decidió explicar en un breve escrito una de sus muchas y fantasiosas ideas. Cogió la pluma e imbuido por el aroma de la tinta fresca siguió rasgando el papel.
“Pero vayamos por partes. Como punto de partida tomaremos la imagen de un avión a reacción. Nosotros captamos la imagen y la expresamos mediante unos sonidos, una palabra: reactor. Si tenemos junto a nosotros a un inglés, ante la misma imagen del avión, los sonidos que expresará, la palabra sonará de otra manera: jet. Y si también hubiese allí una tercera persona de origen francés, al percibir la imagen del avión exclamará otra palabra distinta a las anteriores: aeroplane. Según lo expuesto hasta aquí, hemos comprobado que una misma imagen hace que cada persona lo pueda expresar de manera diferente, aún cuando todas están diciendo exactamente lo mismo.”
Pablo se había tenido que levantar para coger un par de diccionarios, de francés e inglés para asegurarse de que había escrito correctamente las traducciones de avión a reacción. No quería cometer ningún error de bulto en su escrito, pues aunque ya llevaba varios años en los Estados Unidos, a donde llegó desde su España natal detrás del llamado “Sueño Americano”, aún no dominaba completamente el idioma.
Aprovechó que estaba en pie para ir hasta la cocina y tomar un vaso de agua que bebió con avidez para saciar una sed que hasta entonces había pasado totalmente desapercibida.
Regresó a lo que eufemísticamente él llamaba su despacho, y permaneció unos instantes ante la ventana que le mostraba una vista parcial de la ciudad de Nueva York desperezándose ante un nuevo día.
Volvió a sentarse ante el escrito y tras una rápida lectura, volvió a retomar el hilo de sus pensamientos. Estaba convencido de que aquel tema presagiaba nuevos e insospechados descubrimientos.
“Aceptemos la posibilidad de que el Creador, hizo que cada uno de sus hijos tuviese, en su interior, un procesador de colores que fuese totalmente diferente de los otros. De tal manera que lo que yo veo rojo, tú lo ves azul y aquél lo ve amarillo. Partiendo de esta base, durante la fase de aprendizaje de la infancia, se nos enseña, por ejemplo, que el naranja es el color de la fruta que tiene ese nombre. A partir de ahí todo lo que tiene ese mismo color, es de color naranja. Pero lo cierto es que científicamente no hay forma posible de determinar que tu naranja y el mío sea exactamente el mismo. Si te enseñan que los cuervos son de color negro, todo lo que vemos en este color es negro, aunque la expresión negro en el abanico de colores de mi personal procesador de colores, corresponda al rojo de tu procesador.”
Pabló levantó la vista del papel y sintió un ligero vértigo. Hacía mucho tiempo que no escribía y se sentía verdaderamente cansado. Hizo unos ligeros movimientos con la cabeza para relajar la zona del cuello. Estaba bastante satisfecho de lo que llevaba escrito, pero la energía para seguir se había evaporado, desaparecido de pronto, como una pompa de jabón al explotar.
Se levantó y llevándose las manos a las caderas hizo algunos movimientos de estiramiento mientras pensaba que a un cuerpo como el suyo, acostumbrado a estar diez horas diarias trabajando en la carpintería, el tener que pasar un largo rato sentado para escribir se le hacía casi insoportable.
Lo cierto es que ya había escrito la mayor parte del texto. Creyó que no le vendría mal un trago, y decidido se dirigió al mueble bar donde cogió una copa en la se sirvió un generoso chorro de brandy. Con la copa entre las manos, para que se calentase, aspiró el aroma cada vez más intenso del licor. Cuando volvió a retomar el escrito, mantenía en la mano izquierda la copa.
“Sería pues maravilloso contemplar una puesta de sol, en que cuatro personas viesen el mismo espectáculo y todas y cada una de un color diferente, aunque para todas sería una bonita puesta de sol en tonos dorados, más tarde rosados y acabando en anaranjados. Todos los veríamos maravilloso, pues así nos lo han enseñado, y cada uno estaríamos viendo una puesta de sol diferente.”
Entonces sonó la alarma de su reloj, recordando a Pablo que ya era el momento de ponerse en camino hacia su lugar de trabajo. Había necesitado casi cuatro horas para llevar al papel aquella idea que durante tanto tiempo le había inquietado. Decidió dar por concluido el escrito. Estaba totalmente convencido de que se lo publicarían en el suplemento dominical del periódico en la sección de Ciencia y Tecnología.
“A día de hoy, ningún científico u organización mundial, ha logrado demostrar la inexistencia de esta multi-polarización de los colores, una de las muchas posibilidades que ofrece la naturaleza y que tal vez aún desconocemos.”
Pablo no olvidó poner el título, su nombre y datos personales y por último la fecha, antes de introducirlo en un sobre. Para evitar posibles extravíos lo entregaría personalmente en las oficinas del New York Times.
Luego tras la publicación, Pablo soñaba despierto, llegarían las entrevistas para las revistas especializadas, los congresos, simposios y toda clase de mesas redondas y tertulias. Así es como sucedían las cosas en la Gran Manzana y él estaba preparado para aprovechar su oportunidad.
Muy pronto el mundo conocería al verdadero genio que permanecía encerrado dentro de aquel carpintero.
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Juan Serrano, España http://blao-blao.blogspot.com/
Brooklyn
Sanches nunca ha estado en Brooklyn; pero conoce los rincones de este condado como su palma de la mano. Si lo dejaran en los arrabales de Sunset Park, este hombre de bigote humilde y manos grandes puede llegar con los ojos vendados hasta el Empire State Building, el corazón de Manahatan.
Sanches se pasea por la calle 44 lo mismo que por los alrededores de su casa. Lo mismo, no, mejor; porque en el Valle del Chalco de Ciudad de Mexico donde vive a la orila de un lago seco, todos sus paisanos, como descocadas sirenas espantadas de los dientes de una piraña, le miran de reojo.
Brooklyn es la ciudad abierta donde nadie se siente extraño. Por eso cuando llega la noche, Sanchez, el del bigote ralo y manazas como sartenes, se mete en la cama, cierra los ojos a la favela de su cuerpo, y al momento aterriza en su querido Nueva York idealizado. Sanches no sabe que esa agradable sensación multiétnica de estar acompañado en medio de tanta soledad, diversidad y tolerancia se debe (¡oh paradoja!) a la bunquerización de sus guetos. Brooklyn es el gran hormiguero del mundo donde las termitas de un clan ignoran racial y respetuosamente a un insecto que no vista o hable como ellos; aunque Sanches no sabe que el mérito de esta cívica no-ingerencia es el mutuo desconocimiento. Ontológica indiferencia. Como el agua y el aceite en una ensalada, ¡tan juntos y tan separados!
Sanches se sentiría mejor olvidado en su pueblo, donde nadie tenga que señalarlo con el dedo por su mostacho ridículo y aspecto de gorrión franciscano. A Sanches le gusta la soledad del bullicio, el anonimato inerte de no tener que servir a dioses impuestos, estereotipos en los que no cree porque no puede cumplir sus mandamientos, las expectativas que los suyos, su mujer y sus vecinos, le exijen. A Sanches no le gusta dar explicación de sus limitaciones a nadie.
Por las noches Sanches huye de las callejuelas de su Chalco conocido y odiado, se sube al avión de sus sueños y se adentra por los antros de la zona de Canal Street en Manhattan.
Sanches cada noche en lugar de dormir abrazado a su mujer, la señora Gimena, sueña con un plato de cerdo agridulce recargado hasta los bordes de expansión infinita. La libido de Sanches no es tan vigorosa como grandes son sus manos. Dicen que los pobres no lo son en asuntos de concupiscencia, pero Sanches tanto sueña en Brooklyn que de su apetito sexual ni siquiera se acuerda.
El hombre de manos como cacerolas y bigote escaso, sentado ahora frente a la explanada de la basílica de Nuestra Señora del Socorro de la calle 44 en un puesto de comida rápida, libre de miradas exigentes, sueña, sin saber que sueña su desgustación desahogada y porcina por tan sólo siete dólares. Y en estos momentos su sueño se desboca contra unas piedras. El arcipreste de la basílica y una pareja de policías se le acercan. Le acusan del robo del cepillo de la Virgen perpetrado hace tan sólo un cuarto de hora. El clérigo, con su casto índice casi en la boca llena de grasa de Sanches, exclama:
¡Este hombre es el ladrón. No tengo ninguna duda!
Y Sanches, al sentir dentro de sus tragaderas el dedo del capellán de la basílica del Socorro, se despierta sobresaltado.
Y ahora es su mujer Gimena la que le dice a Sanches:
Esto te pasa, Sanches, por soñar con Brooklyn a todas horas, en vez de hacer el amor con la santa de tu mujer como Dios manda.
Jesús Yébenes Montemayor, España, darkchuss@hotmail.com
La estrategia rusa
Casi siempre los escritores rusos me confunden. Y Chejov no iba a ser una excepción. Su personal e inexplicable sentido del humor nunca consiguió calar ni las más mínima célula de mi epidermis, ni conseguir que alguno de mis músculos faciales se viera sorprendido por una súbita reacción que los curvara en forma de sonrisa. Por más que lo intentara, la literatura rusa se me enroscaba al cuello como una pitón asfixiándome con su prosa espesa como el engrudo, con tediosas descripciones que se extendían hasta el fin de los tiempos, cargándome los párpados con el peso de mil planetas y sufriendo la presión de sus respectivas atmósferas. Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Pushkin, Gogol… En la pequeña antología que el sopor hacía oscilar en mis manos se arrastraban lentamente sus historias en forma de relatos breves, resbalando pesadamente sus letras por el blanco de las hojas como si de miel se tratase. A pesar de poseer cierto nivel cultural, la literatura nunca había sido lo mío y, todavía menos la extranjera. Ya me costaba entender a compatriotas como Poe o Bierce, con la brillantez que se les suponía, incluso a los británicos Le Fanu o Polidori, con sus historias de vampiros, como para entender el gélido humor ruso.
Dejé el libro sobre el banco y contemplé los verdes jardines que rodean el lago de Central Park. El sol del mediodía refulgía en las gotas que los barcos de modelismo hacían saltar en los bruscos giros a los que eran sometidos por la voluntad de algún niño caprichoso, dejando estelas doradas que se desvanecían, efímeras, a los pocos segundos. La temperatura de ese Junio era excelente y la sensación de calor en mi rostro combinada con el eco lejano de las risas de los niños, hacía que deseara cerrar los ojos y respirar profundamente el olor a hierba recién cortada que flotaba en el ambiente, impregnándolo todo del verde frescor de la clorofila. Me sentí bien.
Tanto que solo el insistente pitido de la alarma de mi reloj fue capaz de rescatarme de mi modorra y recordarme por qué estaba allí.
Las agujas de mi reloj pugnaban y se sobreponían entre ellas para indicarme que eran las doce y que debía girar mi cabeza hacia el coqueto caminillo de losetas que desembocaba hasta el paseo principal, donde yo me hallaba sentado. En menos de un minuto aparecería la causa de que veinte dólares en forma de antología de las letras rusas yacieran boca abajo sobre el banco donde estaba sentado.
Y con puntualidad británica apareció.
Tenía veinte años, veintidós como mucho, no más. El pelo dorado como el sol, cortado a melena a la altura del cuello blanco y fino, ojos azules como el océano, piernas largas y esbeltas, falda corta y escote largo, labios gruesos y carnosos, dientes como perlas y la inocencia de quien posee la belleza de una diosa sin saberlo.
Como todos los días, bajó el caminillo hasta pasar por delante de mí y sentarse dos bancos más allá, frente al lago. Con un gesto de alivio soltó su pesada mochila sobre el banco y disfrutó unos segundos de su reciente liberación. Enseguida se giró y extrajo un viejo volumen, que por su aspecto debía haber pertenecido a su familia durante generaciones, y tras consultar el índice lo abrió y comenzó a leer, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.
Mientras ella movía los labios en silencio acompañando cada una de las palabras de su Antología del relato ruso, yo me deslicé como una sombra hasta situarme a dos pasos detrás de ella. En mi mente había ensayado la situación un millón de veces. Acercarme, decir algo ingenioso sobre el libro que siempre leía, entablar conversación y luego Dios diría. Parecía tan fácil cuando lo intentaba en mi habitación… Noté cómo el sudor se apoderaba de mis axilas y mi corazón se aceleraba. También podía dar media vuelta y volver patéticamente hacía mi casa, pisoteando sobre el fracaso que me acompañaría durante todo el camino de regreso y parte de lo que quedaba de mes. ¡Pero qué demonios! El sol brillaba, los niños reían, hacía un día estupendo, ella estaba preciosa y yo tenía menos acné que la semana pasada. Los astros estaban alineados. Era ahora o nunca.
Me planté frente a ella con una sonrisa bobalicona intentando articular alguna palabra coherente pero, no fui capaz de hablar. Ella, que se había percatado de mi presencia por que me había interpuesto entre el sol y su lectura, levantó la vista y me examinó. Cuando reparó en el libro que apenas sostenía en la mano sonrió y me preguntó:
-¡Vaya! ¿Te gustan los autores rusos?
Tragué saliva e intenté recobrar el dominio de mí mismo para intentar decir algo ingenioso como lo que había previsto en mis ensayos domésticos, pero todo intento de decir algo inteligible suponía tal esfuerzo que, desarmado ante esa diosa que esperaba una respuesta y agotado por la presión del ridículo que me aguardaba, solo pude decir la verdad:
-Son una mierda.
Ella se echó a reír durante un buen rato y yo la imité. Noté cómo mis músculos se relajaban y una agradable sensación invadía todo mi cuerpo. Cuando ella retiró su mochila y golpeó el banco con la mano para que me sentara comprendí que todo iba bien.
-Me llamo Natalie. ¿Y tú?
-Daniel.
-Vivo a dos manzanas de aquí, Daniel. ¿Me acompañas?
Dios bendiga a Rusia, reconocí.
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11-S, Francisco Ruano (España)
—¡Enhorabuena! —dijo ella, que lo sabía todo, de todo el mundo
—Gracias…
Frank “Salivitas” Zimmer respondió a la felicitación con un hastío cortés, temeroso de que aquellos dos ancianos que compartían con él el ascensor le hicieran buscar el bolígrafo de los autógrafos por el laberinto de bolsillos de su gabardina.
Sólo eso le empezaba a molestar de Nueva York: el recientemente asumido deber de los neoyorquinos de entablar conversación en los interminables trayectos de sus ascensores. Costumbre, según él, contra natura en una ciudad del Nordeste, y de la que hacía responsables a los hispanos. En realidad, Frank “Salivitas” Zimmer culpaba a los hispanos de todos los males, desde que su mujer se largó con uno de ellos.
Le tranquilizó al famoso ex jugador de béisbol y flamante ganador del Health & Fitness National Award —el “Oscar” de los monitores de gimnasia— que aquella pareja de octogenarios, extrañamente ataviados con impermeables amarillos y mochilas de colegial, que parecían haberse extraviado de un parque temático, diera muestras haberse olvidado de él ya en la segunda planta.
—¿Has pulsado Á-ti-co?
—Pues claro que he pulsado Ático, mujer…siempre me preguntas lo mismo. Cuatro años subiendo cada martes a la azotea del World Trade Center, y siempre me sales con que si he pulsado Á-ti-co.
—Ya sabes por qué lo digo... —respondió ella con una chispa de ironía en la mirada.
—¡No fui yo, Josephine!… fue aquella puñetera niña de las pizzas y los patines la que pulsó “Sala de Máquinas”… ¡Qué coño iba a buscar yo en la sala de máquinas…con una quinceañera!
—Tú sabrás, porque esperarme... lo que se dice esperar a que yo entrara... ¡no esperaste! —Silencio tenso en el ascensor, que alcanzaba en ese instante la novena planta.
—¡Culpa tuya, que siempre te quedas mirando las postales!... y, por favor, Josephine, no me vuelvas a salir ahora con lo de “¡Auténtica cita a ciegas del conductor de autobuses jubilado Jonathan Weil con una repartidora de pizzas!”, que se te está poniendo viejo el chiste...
Nuevo silencio tenso. El ascensor se para en la planta 12; se abren las puertas, pero no aparece nadie, y el anciano, a lo suyo:
—¡Para qué iba yo a darle al botoncito rojo!...fue la jodida niña de los patines, que no tuvo otro sitio donde meter el dedito…
—¡El travieso dedito de la niñita de los patincitos! —recalcó ella.
Interminable silencio de diez segundos, y... ¡la soltó!; Frank “Salivitas” Zimmer, por no reventar dentro de su traje de ochocientos dólares…la soltó. Liberó una carcajada explosiva, la única carcajada sincera que le había dinamitado los pulmones desde hacía meses.
Luego llegó el estallido de risa de los ancianos, casi instantáneo.
Así estuvieron desternillándose los tres, con breves descansos que servían para coger más fuerzas. “¡Parad, por Dios, que me meo!”, suplicaba la anciana cada tres o cuatro plantas, hasta que, por fin, Frank “Salivitas” Zimmer, harto de buscar el pañuelo por la maldita gabardina, y de encontrar una y mil veces el bolígrafo de los autógrafos, vio que se le abrían las puertas de la 64, cuando las lágrimas rodaban ya francas y caudalosas por las seis mejillas, y el dolor de los tres estómagos empezaba a hacerse dulcemente insoportable.
—Nos vemos el martes —afiló con sorna, el joven, antes de salir.
—¡¡¡En la Sala de Máquinas!!! —acertaron a gritar los tres a un tiempo, movidos por un mágico resorte. Ya se orinaban literalmente de la risa; Frank “Salivitas” Zimmer, en el vestíbulo, con las venas de la cara y el cuello congestionadas, se esforzó un buen rato por juntar las sílabas de un adiós, y aguantando trabajosamente las puertas del ascensor con el pie, consiguió meter el brazo, para regalarles a los ancianos el maldito bolígrafo de los autógrafos.
Nueva explosión de carcajadas y más dolor de estómagos. El viejo Jonathan Weil asintió a su inesperada cita con un ex jugador de béisbol en la sala de máquinas del World Trade Center alargándole la mano por el metálico resquicio que aún les unía, en un último esfuerzo de complicidad. Frank “Salivitas” Zimmer se apresuró a tomársela, y sintió en su palma la calidez de aquel primer guante de catcher que le regaló su tío Fred, allá en Indiana.
El hilo musical del ascensor dejó sonando, desde la planta 82, “Born too late for you”, y los dos ancianos, presintiendo próxima la pureza de los cielos de Manhattan, no quisieron resistirse a tararearla, acompasando sus prismáticos.
José de María Romero Barea, España
“To David”, para David
Su vida acabará siendo material para un cuento.
Escríbelo tú, dice Dani, te lo regalo.
Este año, Daniel se ve en Nueva York todo el verano, cruzando Times Square una y otra vez para sentarse en una silla, durante cuatro horas, de cara a la pared.
Ojalá que esto se solucione, dice Dani, y pueda irme contigo a Sevilla, en verano.
Le pido que me cuente, una vez más, lo que le ocurrió aquella vez que tenía que escribir un ensayo sobre Kierkegaard para su clase de Pensamiento Romántico en la Universidad de Columbia.
Entre los alumnos, dice Dani, había un profesor italiano de unos sesenta años, con una actitud desenfadada de maduro seductor, una camisa que una vez fue blanca, unas gotas de orina en la bragueta cada vez que entraba en clase.
Nunca había hablado con él. En realidad, nunca había hablado con nadie en aquella clase de Pensamiento Romántico; es más, José, yo no abría la boca, a no ser que la profesora me hiciera leer.
Ese hombre se me acercó al tercer día y me entregó un sobre enorme, y dentro del sobre unas fotocopias, de la traducción italiana del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Me sonrió, mientras posaba una mano en mi hombro, y me invitó a su oficina repetidas veces, como una letanía.
Come to my office. Come to my office.
De vuelta a mi estudio, me puse a mirar las fotocopias que me había dado, el borde oscuro que el profesor apenas se había molestado en disimular, los versos que había subrayado (tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace/ un andaluz tan grande, tan rico de aventura) y que había glosado con las palabras “Forse sei tu”. Quizás seas tú.
Nada raro, pensé, ninguna coincidencia. Si hubiera sido griego me hubiera dado un poema de Cavafis. Lo que me aterró, sin embargo, lo que me heló-la-sangre-en-las-venas es el que el tipo había escrito en el sobre “To David”, para David. Y es que hace unos días había soñado con aquella clase de Pensamiento Romántico y en el sueño la profesora me había invitado a leer, utilizando precisamente ese nombre: “David, will you read, please?”.
La luz acaricia las mangas de su camisa, y la sombra de un árbol sobrevuela un instante la habitación, para posarse sobre la cama.
Sé que Daniel odia que le diga que su vida acabará siendo materia para un cuento.
Escríbelo tú, dice Dani, te lo regalo.
Y yo casi indefectiblemente le respondo gracias, lo haré, para acabar por no hacerlo. Sus anécdotas son demasiado literarias.
Mauricio Langón
Reverentes, eso son
Chupamedias lamedoras al servicio del imperialismo yanqui y no sigo con la lista para que no se diga que lo que quiero es lucir mi amplio vocabulario ¿ta?
Me hiciste acordar de Ana cuando iba o volvía de New York por nosécuantoava vez y con el mismo tono de que se te caen las medias que ponía para preguntarte con cuántos te habías acostado para poder decirte que ella con 96 o cuando tenía agarrado a Dominique que no sabés lo divino que es hacer el amor con un francés te encajaba que es la ciudad más maravillosa del mundo que los cines que los museos que… ¡Andá! ¡No me hagas decirte malas palabras!
Me hiciste acordar de Susana anoche. El Mago cantando cada día mejor “Mary, Peggy, Betty y Julie rubias de New York”. Y ella consolando cholulamente a la pareja perdedora que no podía creer que le había errado a las ordenadas: “¡Ah qué horror quién lo hubiera dicho yo también estaba segura de que eran Peggy, Mary, Betty y Julie!” Mirá vos. ¿Cómo tengo que ordenarlas a Ana, a Susana y a vos? Porque que Julie es la última y que son todas iguales está fuera de discusión…
Pa centro del mundo o al menos de la madre tierra me creía que Roma que París que el Cuzco es su corazón palpitante al menos para poder decir que Lima es su boca pero Nueva York… no jodas. Me creía que era tan sólo la ciudad más grande del mundo pero resulta que ni eso que México la dejó chiquita así que para escribir de ciudades que no conozco ni nunca conoceré y que quedan más lejos que de aquí a Pando que por qué Londres-París-New York y no Caraguatá-Noblía-Tomás Gomensoro. No jodas. El centro del mundo si es que hay está probablemente en Piedras de Afilar. O con más seguridad pa’ mí aquí en el porche del chalet Palermo en la calle Independencia en San Luis el balneario por las dudas, con termo, mate, poltrona y vitrola. No descarto que pa otro estará en otro lugar. Hasta en Nueva York.
Me hiciste acordar del Mago. Así que bajé el televisor de Olga de arriba de la vitrola y la saqué al porche con las dos puertas abiertas (no es de las de bocina) para que suene el parlante con la misma fuerza que la voz humana cosa que permite la nueva grabación eléctrica pa que escuchen también los vecinos a 78 revoluciones por minuto que no es poca cosa y que revienten de envidia. Me apoltroné en la Petrona bien despachurrado con termo y mate. A escuchar. Algo de Gardel. No ese bodrio falsón de las rubias. Ni silencio. Arrabalero con voz arrabalera algo chillona. Elijo una de las púas de las varias cajitas de mil que compré por un peso ya hace añares revolviendo en los depósitos del Palacio de la Música y que el Tata se las arreglaba para afilar la coloco en el cabezal éste sobre el disco culo en silla termo al piso mate en mano y a chupar bombilla y escuchar el tango macho y políticamente incorrecto.
Por eso aunque la faje
purrete arrabalero
él sabe que la quiere
con todo el corazón
y que ella es toda suya
que es suyo su cariño
que de ellos será el niño obra del metejón
¡Ma qué me venís con Niú York! Callate y escuchá. Cerrá un poquito los ojos y dejate llevar…
Debe haber sido la yerba que me chupó del otro lado de la bombilla porque de pronto estaba nomás en New York sin dejar de ser uruguayo y vaya a saber por qué en el piso 86 de un edificio que se estaba quemando entre ruidos gritos y corridas desesperadas caché la escalera pa abajo y patitas pa qué te quiero esquivando bomberos que subían y viejas que tropezaban y cuando quise acordar estaba como a tres cuadras y la torre se caía con un estruendo bárbaro y caí en un pozo que debía de ser el centro del mundo, tapado de trozos de cemento y mucho polvo y ruidos de explosiones y gritos desesperados y un turco con dos palomas muertas en la mano y cuatro niños destripados otro juntando su pierna ensangrentada del piso y ya no era Nueva York sino Kabul o Bagdad o la antigua y célebre ciudad de Carcosa y ya no era ciudad y ya no era y alguien debe haberme puesto en la mano el disco de la voz New York New York pero no puedo escucharlo porque es LP de 33RPM y alguien puso silencio en la vitrola
un coro lejano
de madres que cantan
mecen en sus cunas
nuevas esperanzas
silencio en la noche
silencio en las almas
y se enfrió la yerba.
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Mar Cueto, España http://escritosdemar.blogspot.com/
El reencuentro
La limusina blanca se detuvo ante la entrada del Hotel Plaza. El chofer abrió la puerta y ayudó a la joven a salir del vehículo. Lo hizo lentamente con parsimonia estudiada. Se colocó estratégicamente la negra pamela que llevaba en la mano. Hacía juego con los zapatos, bolso y gafas de sol. Su ajustado traje, azul turquesa, descubría parte de sus admiradas piernas. Caminó con paso firme y seguro, como quien está acostumbrada a ser el blanco de todas las miradas, bajo el largo toldo que conducía hasta la entrada. El portero con gorra de plato y colorido uniforme lleno de dorados adornos intentó saludarla. Aunque solo llevaba un año ocupando ese puesto, estaba acostumbrado a dirigirse con deferencia y distanciamiento a todos los clientes. Sabía que la mayoría eran: estrellas de cine, divas famosas, políticos de fama internacional, aristócratas, banqueros y gente de la jet-set. Nadie conseguía impresionarle. Pero, esta vez, se había quedado sin habla.
-¡Jhonny, eres tú! No puedo creerlo. Cuanto tiempo sin vernos. Anda, no seas rencoroso, dame un abrazo…-Dijo tomando la iniciativa para abrazarle.
-¡No puedo, estoy trabajando! Si me ve mi jefe, me despide en el acto. Entre otras cosas, porque se moriría de celos. ¡Estás preciosa! ¡Más guapa que nunca!
-¡Tú si que estás imponente! Sigues siendo el chico más guapo del Monroe High College. ¿Qué haces aquí?
-Es largo de explicar. Ahora no puedo. Aunque daría media vida por volver a tomar unas birras contigo, que me contases que hiciste estos dos años y explicarte lo mío.
-¡Toma mi tarjeta! Ahora tengo que subir a mi habitación y después a las sesiones de maquillaje y peluquería. Por la tarde, iré a la 5ª avenida a desfilar en la carpa de la Bryant Park, pues comenzamos la New York Fashion Week. Pero, en cuanto termine el desfile y me pueda zafar del cóctel te llamo. Dame tu número y cuenta conmigo. ¡Ya sabes que no admito un no por respuesta!
Ella empezó a recordar la primera vez que le vió. Tenía siete años y Fanny se había burlado de sus coletas rubias como siempre hacía. Nunca habían pasado desapercibidas entre tanta gente de pelo negro. Habían sido su signo distintivo desde que tenía uso de razón. La niña, movida por la envidia, solía llamarla “pelos de rata” cuando veía que alguien alababa su cabellera. A Lisy siempre la había molestado, pero, aguantaba con estoicidad. Aquél día, al hacerlo delante de Jhonny, no lo pudo soportar. Se acercó a ella y agarrándola su crespo cabello tiró con todas sus fuerzas.
-¡Ya estoy harta! Ahora “pelos de rata” vas a ser tú. Porque si vuelves a llamarme así, te los voy a arrancar todos. ¡Está claro!
Fanny se marchó llorando a contárselo a sus dos hermanos, quienes corrieron a vengarla. Lisy, no tenía hermanos. Pero, entre ella y Jhonny, que presenció toda la escena, dejaron caos a los tres.
Él, por su parte, recordó la última vez que se habían visto. Cuando le dijo que estaba harta de aquél maldito barrio y que pensaba irse. No creyó que iba en serio. Pensó que se trataba de uno de sus berrinches y que lo que había entre ellos sería eterno. Ni siquiera podía creerlo cuando pasaron las semanas y no daba señales de vida. La buscó por todas partes. Luego dejó los estudios para trabajar de camarero. Pensaba, que después de todo, no le había ido tan mal. Estaba contento con el trabajo que desempeñaba ahora. Para un joven del Bronx, no estaba mal. Claro que no llegaría nunca tan alto como Lisy. Ella si que había tenido siempre altas aspiraciones. Nada ni nadie podía detenerla cuando se le metía algo entre ceja y ceja.
Aunque no la llamó, pues temía que Lisy ya no fuese la misma y en el fondo no quisiese saber nada de él, ella preguntó en el hotel y le invitó a tomar un café. Estaba tan contenta de verlo que no pensaba renunciar a su amistad por segunda vez. Ahora que sabia donde estaba, pensaba que ya nada podría separarlos.
-¿Porqué no me llamaste? No tenías ganas de verme y de que te contase cosas de mí. ¿Qué hice en estos dos años y todo eso?
-¡Me moría de ganas! Pero, pienso que ahora que eres una top-model no te conviene que te vean con alguien como yo.
-¡Ja, ja! No me hagas reír, yo no soy una top-model, solo soy una modelo que ha tenido suerte y hoy luce la ropa de un buen modisto, porque está sustituyendo a otra que está enferma. Ya sabes, la anorexia hace estragos en algunas chicas. Pero, lo más seguro es que mañana vuelva a desfilar en almacenes de Pret a porté. Además, a mí no me gusta esta vida. Que por otra parte, suele ser muy corta. A las modelos enseguida nos remplazan por otras más jóvenes. Yo lo que deseo es ver mundo. Viajar por países interesantes y exóticos. Luego, escribir historias sobre ellos. Esa es mi verdadera vocación.
-¡Sigues pensando igual! No me lo puedo creer. Como siempre te dije eso es un sueño, y los sueños nunca se realizan. Hay que tener los pies en la tierra. Yo me conformo con una casa, encontrarte en ella todos los días cuando llegue de trabajar y tener dos niños. Una niña tan bonita como tú y un niño tan fuerte como yo, pero mejor estudiante. ¿No te parece que es lo mejor que se le puede pedir a la vida?
-Eso lo puede hacer cualquiera. A mí, no me llenaría. No quiero pasarme la vida en esta ciudad. Existe algo más. Quiero aprender idiomas. Ver países con costumbres totalmente distintas. Donde cada día es diferente. Donde uno jamás se aburre. Y lo mejor de todo, es que luego lo puedes mejorar con tu imaginación. Inventarte historias sorprendentes. Vivir vidas increíbles. Tú también puedes hacerlo. Ahora te has descuidado un poco. Pero si haces ejercicio y te cuidas enseguida podrías trabajar también de modelo. Solo hasta que consigamos dinero para dar la vuelta al mundo. Después los dos podríamos dedicarnos a escribir. Sería maravilloso.
-¡No! Yo no he nacido ni para viajar, ni para escribir. Es un don que no poseo. Tú puede que si. Si eso es lo que quieres, sigue adelante. Yo tengo una chica, una mujer sencilla que solo aspira a lo mismo que yo. Si tú quieres, podría dejarla. Preferiría verte a ti cuando llegue a casa. Que mis hijos se pareciesen a ti y que te dejases de sueños y fantasías que no conducen a nada. No es necesario viajar para ser feliz. ¡Yo no soy como tú, no soy tan aventurero!
-Pero si yo no soy aventurera. Claro que no es necesario viajar. Pero, es lo mejor en lo que se puede emplear el tiempo y el dinero. No hace falta que nos pasemos años viajando. Solo necesitamos conocer gentes y cosas interesantes. Eso también podemos hacerlo aquí. Luego viajaremos con la imaginación. Eso si que es necesario. Si no lo hiciese me volvería loca. Pensaría que la vida no vale nada. No soporto la vulgaridad. ¿Quieres una vida vulgar? ¡Pues, no cuentes conmigo!
Se besaron y separaron. Ninguno de los dos podía imaginarse que pasados treinta años volverían a encontrarse en la puerta del Hotel Plaza. Ella ya no viajaría en limusina blanca lo haría en su ford de segunda mano. Ya no despertaría pasiones con su imponente físico. Lo haría con sus originales historias desarrolladas en lejanos países. El premio que acudiría a recoger no tendría gran valor monetario. Pero la produciría un cosquilleo de satisfacción saber que al menos al jurado de aquél certamen literario le habría gustado su pequeño relato. Él no podría quedarse a presenciar toda la entrega de premios. A las ocho tendría que cenar con todos sus familiares para celebrar el primer cumpleaños de su segundo nieto.
Amadeo Gutiérrez Sancho http://maito.bubok.com
RAFAGAS
1 ESCENARIO
Millones de pasos transitan esta geografía desbordante, todo fluye, confluye, compone un orden a punto del caos, del milagro, de la magia…
Acompañan, empujan, enseñan, reciben, expulsan, sonidos en presencia física, en un universo de ritmos atroz…
La luz filtrada esconde secretos, sueños, dolor, historias… una luz que embriaga, que amenaza, que atraviesa la retina y anida en el alma, por cualquier lado, dónde mires, brillos mate, colores transparentes, sonidos opacos, olores pétreos…
El alma habita dimensiones mínimas y máximas del ser, del tiempo, sueños varados entre colosos, por las venas negras circulan seres sumidos en el pulso inmediato de la vida, nada se detiene ante la luz verde, nadie conoce a nadie…
Carteleras, kioscos, carteles donde habitan dioses, donde habitan malditos, cartografías del poder, universos depredadores del dinero, solo dinero, más dinero, siempre dinero… y tras el dinero…
Enemigos del tiempo, testigos del triunfo diario de la desesperanza, se estancan en esquinas, en rincones infestos, en manchas urbanas encalladas, buscando los ojos que no miran, ojos que solo buscan…
2 VOZ
¡Me has encontrado! ¿Cómo me has encontrado? ¡Me has seguido! Si, si, te dedicas a seguirme. Mira, no te tengo que dar ninguna explicación yo soy una persona libre en un país libre y estamos en la ciudad de la libertad, aquí todo es libertad, la luz, los sonidos, los olores, la gente… no hay ataduras, no hay pasado cuando se llega aquí, solo existe presente. ¡Presente, entiendes, presente! No pongas cara de recién aterrizado, sabes perfectamente de que estoy hablando. Lo nuestro, si es que algo hubo… se terminó, se esfumo, no existe. ¿Me entiendes? ¡Piérdete! Estamos en otro mundo ¡Escucha mi voz! ¡Este es otro mundo!
3 FOTOS
Aquí hay un error, me hubiera gustado decir, yo no la conozco de nada, bueno sí, la he visto en fotos, películas, en series de televisión, pero nada más, no entiendo nada. Porqué yo con los millones de seres que se asoman aquí su mirada a diario ¿Esto es ser especial? ¿En qué me diferencio?
Me perderé, seguiré, sí, seguiré callejeando, mezclado, formando multitud, buscando la luz que me persigue, se esconde, y a veces consigo eternizar con esta cámara con la que a veces me escondo. ¿Pero, de verdad la luz se deja retratar, el tiempo detener…? No es una pregunta, no es una afirmación, no es una duda… una foto es mi viaje y tu viaje y su viaje…
4 MEMORIA
Qué buscamos en una imagen detenida, atrapada en una decima de segundo, qué buscamos, detenidos frente a la luz quieta, que palabra abarca lo que sentimos, el vértigo que nos precipita a respirar ese aire quieto, a descubrir los sonidos en su silencio, a palpar aromas sumergidos en sus luces ¿Emoción? La emoción no se explica sin memoria, no no, sin memoria no se explica nada. La memoria no existe hasta que llega a la mente convertida en un viaje a un lugar, a un escenario conocido, a un momento… si somos algo, somos memoria en una ciudad de luces, sonidos, multitudes, soledades… que arrastras aunque no la hayas conocido. Nueva York, memoria de Nueva York…
5 ALEGRIA
Escondidas tras los cristales, apoyada en viejas barras de club de jazz, sorteando tristezas, combatiendo cansancios, huyendo en busca del cielo parcelado, expandido en millones de gotas de agua, arrastrada por carros de miseria, aferrada al calendario navideño, agazapada en agujas de reloj, dibujada en lomos del ferrocarril, columpiándose en los puentes, flotando en lo globos de colores, prendida en la mirada picara aferrada a la mano de mamá, atravesada por el frio metal del pirsin, besada por la golosa boca infantil, exprimida por el payaso callejero, anhelada por el músico mecánico… la alegría está quieta, latente, en algún sitio…
6 VIAJE
Noche perpetua plagada de olores, soledades, razas, tribus flotando en universos oscuros abordo de gusanos de hierro y, zas, estallan reflejos fugaces al encuentro, asomados a cristales muertos por miradas sin vida, entre oasis de luz, en la quieta arquitectura gris de la estación. Al fondo, desde algún lugar, una voz flotando entre siseos metálicos hilvana una melodía rota, tatuada en fronteras de pasos ordenados. ¿Esto es Nueva York o está arriba o en el papel couché del folleto o en las imágenes del telediario o en las pelis de Woody Allen…?
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Alfredo Ruiz Islas, México
El peregrino
Ah. Nueva York. Supongo que es la frase de rigor. Trescientos mil tipos la repiten cada día en el JFK con distintos acentos. Algunos la entonan como si fuera Salinger. Todo es zafarse el cinturón de seguridad, pelear con el compañero de asiento para ver quién extrae primero lo que ha dejado en el compartimiento que está sobre los asientos —ése con el que uno se atiza invariablemente entre el frontal y el parietal— y esperar a que los pasajeros de la parte delantera se dignen avanzar. Una vez que se abandona el avión, la frasecita de rigor acude a los labios y cada quien la suelta como le da la gana.
Conque «ah… Nueva York». Cuarenta minutos después sigo diciendo «ah, Nueva York», pero ya en otro tono. Dos de mis maletas se negaron a abandonar el suelo patrio y terminaron en Tijuana. Camisas y pantalones. Mi loción. Algunos pares de calcetines. Me encaro con el sujeto del mostrador. No llego a nada. ¿Qué quiere que haga? No es mi trabajo. Tampoco el mío. Ya me las arreglaré. Luego, migración. ¿Tengo cara de qué? Usted también. Imbécil. No hay modo. Mi desinfectante queda en poder de un orangután. Lo mismo que mi reproductor de música. Quiere echar un vistazo a mi bolígrafo, pero le detengo la mano. Bolígrafo. Escribir. Yo escribo. Usted analfabeta. Bolígrafo no amigo de usted. Por fortuna, el tipo no habla español y me deja ir con una sonrisa en los labios.
Cuánta gente. Tardo media hora en abordar el taxi. Cincuenta dólares. Un fulano intenta quitarme la maleta —la única que me ha quedado—. Lo empujo y sigo. ¿Aquí es la fila? Subo al vehículo amarillo. Una dirección, un gesto al chofer —que ha puesto cara de «¿ahí quiere usted que yo lo lleve?»— y a pasear. Cogemos una vía rápida y vamos a Brooklyn. Lo de «rápida» es un eufemismo. Llegaría más pronto si fuera a pie. Malas caras por acá, pitazos por allá, un frenazo más allá. Se escucha un alud de imprecaciones, inteligibles para cualquiera que sea asiduo al cine. El tío que las recibe, morado. El que las profiere, lo mismo.
Aquí estoy. La capital del mundo según el gringo promedio. Y según, también, una buena cantidad de personas no tan alejadas del promedio. King Kong. Los Cazafantasmas. Mil invasiones extraterrestres. Quinientos bailarines callejeros. Una veintena de Anticristos. Diecinueve terroristas armados con cutters. Cuatro inmortales. Tres glaciaciones. ¿Ataques de monstruos, de bestias, de reptiles o de insectos? Los que usted guste. ¿Mafiosos? Lo mismo. ¿Criminales? Para dar y regalar.
Llegamos. Desempaco a toda prisa y pienso. También a toda prisa. ¿Qué hacer? ¿El MoMA? No. Ya es un poco tarde. Estará atestado de japoneses, corriendo con sus cámaras de un lado a otro para tomar fotos hasta de los mingitorios. O de gringos provincianos, entretenidos en contrastar todo lo que ven con las maravillas inigualables de Wichita Falls. ¿El Empire State? Tampoco. Mi acrofobia me impediría disfrutar del paisaje. ¿El Hudson? Puede ser.
Mala elección. Me lo he repetido hasta el cansancio desde hace veinte minutos, justo cuando las bascas comenzaron a aquejarme. Barquitos, no. Ni grandes, ni pequeños. El guía hace ademanes y lanza explicaciones que arrancan un «oh» y un «ah» entre quienes viajan conmigo. A mí, lo único que el paseo podrá arrancarme será una gran vomitada. Busco un timbre para pedir al conductor que me baje en la siguiente parada, pero esto no funciona así. Hay que esperar. Noventa angustiosos minutos después, el recorrido termina y yo no me he enterado de gran cosa. Pero estoy a once cuadras de los teatros.
Repaso los autores que me vienen a la mente y sonrío. Beckett. Miller. Capote. Valdez. La sonrisa se esfuma cuando desfilan por mi mente los mamarrachos de Hollywood. El lugar, además, está atestado. Gajes del turismo. Miro las marquesinas y me entra una angustia incontenible. Ni en cien vidas —tal vez sí, en cien— podría ver todo lo que aquí se exhibe. Que no todo vale la pena, pero ésa es cuestión aparte. Lo importante ahora es angustiarse. Camino un poco al acaso. Los teatros son sustituidos por restaurantes. Cientos de ellos. Comida italiana, japonesa, cantonesa, árabe, tailandesa. Y las porquerías que habitualmente comen los gringos. Hamburguesas de plástico, hot dogs de plástico, hectolitros de refrescos. Huelo algo familiar —carne, salsa picante— y entro en un local.
Me atiende un monigote cochambroso y me suelta una ristra de garabatos. I don’t speak English. Y el tipo que no me entiende porque tampoco habla inglés. Es filipino. Nos hacemos un lío. Sólo sabe decir algo que suena a «guetaut». Me empeño en no comprender palabra. Aquello es un ir y venir de incoherencias hasta que otro monigote —también cochambroso y también filipino— acude en su auxilio. Me toman por las presillas del cinturón y, sin decir palabra —en inglés, en tagalo, en yoruba o en arameo, da igual—, me conducen hasta la salida. Me lanzan a la calle y, al mismo tiempo, me muestran sus relojes. Como no sea para presumirlos, no entiendo el gesto.
Camino al acaso por Broadway. Doblo a la derecha en Central Park. Echo un vistazo entre la maleza, con la esperanza de divisar algún pistolero que ande suelto por ahí —son las dos, hora de las ejecuciones si Puzo no ha mentido—, pero no diviso nada. Sólo gente con perros. Cien corredores. Raterillos encubiertos. Sigo de frente, sin rumbo fijo. Sólo me guío por lo que escucho a mi alrededor. Como es un Babel de diecisiete idiomas diferentes, me quedo frío. Hasta que me doy de bruces con la 5ª avenida.
Tiendas. Muchas tiendas. Nada cercano a mi presupuesto. Galerías de arte. El Museo Guggenheim. El de arte. El judío. Y el bendito parque no tiene para cuándo acabarse. Se acaba. En la glorieta Duke Ellington. Con el parque se acaba también el glamour. ¿Pollo frito? Venga. Los precios son un robo, pero qué remedio. Despacho una pechuga, una pierna con muslo y un ala. Todo sabe a cloro. El café, lo mismo. Mis fondos han disminuido tanto que cada vez me siento más cercano a los personajes de Harold Robbins. Y sólo es el primer día. Lo peor de todo es que siento que no he visto nada. O casi nada. Un poco de río, de isla, de parque y de calles. Lo memorable son un conjunto de caras más o menos ridículas y una serie de situaciones absurdas a más no poder. Ah, Nueva York.
Termino echado sobre la hierba en Central Park, rodeado de parejitas que se besuquean al amparo de la creciente oscuridad. Cuando oscurece de veras, me entra el pánico. No por otra cosa, sino porque no sé cómo habré de llegar a mi hotel. ¿Otro taxi? No, gracias. Con uno por día tengo suficiente. Será cuestión de caminar, aunque tengo las rodillas y las plantas de los pies hechas cisco. Me pongo de pie y avanzo unos pasos. El hotel está… ¿hacia allá? No, espera. Seguro está… ¿por allá? Maldición. Le preguntaré a ese anciano. Parece amable. Excuse me…? ¿Cómo se llama el endemoniado hotel? Lo que me faltaba. Y la tarjeta electrónica —mal remedo de llave— que no dice nada. Sólo el número de la habitación. Ni cómo ayudarme. A menos que entre en todos los hoteles de Brooklyn y solicite probar mi llave en la habitación 224. A ver si funciona.
Recorro toda la orilla del Hudson. Vamos a ver. Me subí al barquito… ¿aquí? Tal vez. O tal vez no. Sí. Fue aquí. Entonces, el hotel está para allá. Aleluya. Son cuarenta manzanas, pero qué más da. Ya llegaré. Eso, claro, si no me lo impide algún maleante. Como esos tres tíos que alcanzo a ver en la siguiente esquina.
Ah. Nueva York.
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Carlos Be El Jardín de las Delicias
Me retiré de la partida al descubrir las primeras canas alrededor de mis pezones. Acabé de
abotonarme la camisa, le di la espalda al espejo y salí de la habitación. El amasijo de cuerpos
desnudos tiritaba sobre la cama. Sólo una mano abierta me pidió, en silencio, volver con ellos, pero
el gesto se fundió enseguida en aquel tumulto de carne. El conserje del hotel no medió palabra
conmigo y, con la maleta bajo el brazo, abandoné Milán.
En Nueva York la vida de las aceras se convierte en un atentado continuo a la intimidad. Nada se
resiste al embate de la marabunta e incluso la razón de ser se extravía, sobre todo por las noches.
Los hombres perdidos recorren laberintos oscuros y se acompañan entre sí hasta que la razón
regresa a casa de madrugada, por su propio pie, y les sorprende balanceándose entre las sábanas,
grita y les separa.
Como latino, el calor –y el sudor– aúlla por mi sangre. Con veinticinco años, ya sabía devastar
esperanzas con un simple desprecio de ojos y no creía en la pareja tradicional, menos aún en la
Polla Universal. Y quería entrar en DTdL. Se lo consulté a mi novio de entonces, Adam, y estuvo de
acuerdo. ¿Por qué no?, me dijo. Se iniciaba la partida.
Contacté con DTdL a través de un foro en Yahoo! Groups. DTdL es el acrónimo de la organización
De Tuin der Lusten. Celebran cuatro convenciones al año, siempre en una ciudad europea distinta.
Recuerdo parte del proceso de admisión, algunas de las pruebas. Te citan en una cafetería y el
Funcionario –así se presenta– extiende sobre de la mesa una hoja con una silueta humana pintada y
pide que la completes. Si comienzas por los ojos, eres un tipo listo. Si por el cabello, narcisista. Si
te entretienes en los dedos, falto de afecto... Recuerdo que en el antebrazo de la figura quise dibujar
un viaje, no sé por qué, qué ocurrencia, pero no supe cómo trazar algo tan abstracto y me bloqueé.
Y la salva de preguntas: cinco rasgos que te gusten en un hombre, y cinco ademanes. Mis
respuestas: los ojos claros, la frente franjada de arrugas, la mano en reposo entre los muslos
abiertos... Adam hacía lo mismo en otra cafetería a trescientos kilómetros de allí. Los dos
Funcionarios lo anotaron todo en sus cuadernos con tapas azul marino y antes de despedirse, dijeron
que en breve nos informarían del resultado y así fue. La carta llegó un domingo de noviembre. En
su interior, el sexport y un par de billetes para Luxemburgo. Ninguno de los dos estábamos
preparados para aquella convención. Aún no lo sabíamos, pero DTdL superaría nuestras
expectativas. Aún me estremezco cuando recuerdo la última vez que vi a Adam, su expresión, su
intimidad convertida en carnaza de las hienas. Volamos juntos a Luxemburgo y allí le perdí.
Regresé solo a Nueva York.
Después de aquella convención, se sucedieron otras. Yo mismo hozaría en muchos costillares, sin
saber que cualquier juego acota la búsqueda, es decir, la vida. DTdL se nutre del hambre por las
emociones fuera de serie y explota la privacidad, desdeñando las aduanas de la comunicación.
Ofrece el exceso al borde del precipicio y promete la doma de todos los deseos imaginables. Tardé
en comprender que a nadie le interesa que sepas lo que quieres: te imponen lo que otros quieren... y
es tanto. Se trata de ganar o perder y, mientras tanto, una DTdL sin fin te va robando. Y te roba
mucho. Te roba incluso el tiempo. Las canas alrededor de mis pezones en Milán. Me sentí
embaucado.
Ahora, de vuelta a Nueva York, escribo a la velocidad del guepardo. Quiero expiar, olvidar. Mi
único amigo se llama Roger y es heterosexual pasivo. Uno de los pocos hombres que ha sabido
superar tanto prejuicio, tanto rol adquirido. Al principio le costaba mucho encontrar novias activas,
hasta que decidió abrir una tienda de consoladores cerca de mi calle y desde entonces, liga todo lo
que quiere y más. Algún día el mundo entenderá que la mejor opción es el empate.
He dicho que no creo en la pareja convencional, pero ello no me impide amar. Al menos desde hace
cinco años. Se llama Charles. Le conocí un día que llovía torrencialmente. Yo esperaba bajo la
marquesina de la tienda a que Roger cerrara para ir a tomar algo con él cuando un desconocido se
refugió a mi lado. Su mirada cruzó la calle inundada. Me ofrecí a acompañarle con el paraguas
hasta la otra acera y ya no pude separarme de él. Aquella noche sus ojos azules brillaron como los
últimos ojos azules del mundo y descubrí que la bondad con la felicidad suman la belleza, sin más.
Mis dedos se entretenían con la luna tatuada en su antebrazo. Nuestros sexos bendecidos sonreían,
aún húmedos. Fueron unas primeras horas muy intensas. Le confesé que, como latino, muchas
veces me había sentido marginado. Lloré en sus brazos como no hacía desde Adam. No importa el
color, sino su pureza, me susurró Charles y yo, que siempre me había creído el niño cojo de
Hamelin, de repente brinqué y descubrí que todo lo que tenía que decir estaba dentro de mí, no
afuera.
Desde hace cinco años en mi jardín particular crece el hombre de mis amores. Es complicado
contarlo con palabras, pero a veces veo a través de su mirada y me sobrecojo. Es el amor, dice
Charles. No me gusta ese término: prefiero emocionarme al ver una mimosa en flor y descubrirme
pensando en él. El amor es un jardín que hay que cuidar, dice. El empate. Y el jardín nos
sobrevivirá, dice, es nuestra obra.
Roberto Lumbreras (España)
La ascensorista de noche
La ascensorista de noche trabajaba en un famoso hotel de Nueva York, era eficiente, guapa, y su uniforme le sentaba muy bien y la hacía aún más guapa. Antes de ser ascensorista de noche había sido ascensorista de día en una gran firma de seguros, pero el jefazo estaba encaprichado de ella y quería que la ascensorista trabajase por el día y también por la noche en un apartamento prestado.
A la ascensorista de noche le aseguró un adivino que encontraría al hombre de su vida en el mismo ascensor, y un matemático le calculó las altas probabilidades de que hallara su gran amor, no en Central Park, sino en la exigua extensión de su puesto de trabajo. Desde entonces la ascensorista confundía el trabajo con el placer, y veía por el rabillo del ojo cómo la observan los viajeros de tan corto viaje. Daba tan buena imagen la ascensorista de noche que su foto apareció en la publicidad del hotel, y en un artículo titulado La Tentación sube y baja. Tuvo tal repercusión que se incrementó notablemente el número de clientes masculinos, y hasta los varones neoyorkinos querían de pronto no ser neoyorkinos para poder alojarse en el ascensor de aquel hotel.
A pesar del trasiego, la ascensorista no quiso cambiar de trabajo ni de turno, porque un conductor de taxi insomne le reveló que la noche era más propicia para el amor. Pero en tan corto trayecto, la ascensorista de noche no podía mantener un diálogo, cuanto menos iniciar una relación. Por eso la ascensorista se cambió a un hotel-rascacielos de 108 pisos de altura. En el nuevo ascensor gigante, la ascensorista de noche leía comics de Superman y relatos de Paul Auster, y cuando se abría la puerta siempre la sorprendían con ojos soñadores y una media sonrisa de ilusión que la hacían aún más atractiva e interesante.
En el nuevo edificio había muchos más pisos y el trayecto era mucho más largo, pero había muchos más hombres. “¡Aquí no hay intimidad!”, protestó una vez en presencia de un magnate del petróleo, y el magnate le ofreció ser la ascensorista número 15 de su harén. El magnate le aclaró que en su ascensor sólo iba un hombre, él, y que el ascensor tenía 15 departamentos con celosías para las 15 ascensoristas. A la ascensorista le dio un ataque de risa por aquella proposición y tuvo que ocultarse la boca con un libro de Susan Sontag.
Desde entonces, la ascensorista de noche no dormía bien por el día, tenía continuas pesadillas y hasta tuvo que acudir al psicoanalista. La causa que no le dejaba dormir era la fobia a quedarse encerrada en el ascensor con un hombre no deseado. El psicoanalista le confirmó que era una fobia con cierto fundamento, pues había tres clases de hombres: los tímidos, los románticos y los rapidillos; pero todos tenían la misma fantasía de quedarse toda la noche encerrados en el ascensor con una monada de ascensorista de noche.
Debido a su fobia, la ascensorista hacía revisar al más mínimo ruido el ascensor. Pese a ello, su destino estaba marcado, como le habían dicho el adivino, el matemático y el taxista. Y así sucedió. Un día el hotel fue blanco de una bomba terrorista, y el ascensor se quedó atrapado en el piso 69. ¡Menos mal que acababa de dejar al último cliente, porque la ascensorista era muy supersticiosa con los números “cabalguísticos”! ¡Y menos mal que los bomberos acudieron pronto, y que uno de ellos llevaba una botella de oxígeno, y abrió la puerta del ascensor como si se tratase de una lata de sardinas! El bombero, fuerte e inteligente, tenía el cuerpo de King Kong y la cara de Wody Allen, y nada más verlo la ascensorista sintió el flechazo: ¡ése era su hombre! El bombero la reanimó, la sacó en brazos del rascacielos y, sin dejar de reír, fueron los dos paseando por la Quinta Avenida y les amaneció desayunando ante Tiffany’s.
Y… (coda del The End)… La ascensorista de noche y su bombero vivieron juntos, se casaron, se divorciaron, se volvieron a casar, fueron razonablemente felices en la Ciudad de los Ascensores, y hacían tan buena pareja neoyorquina que fueron elegidos “pareja neoyorquina del año”.
Roberto Lumbreras
Coeditado en antología por Cátedra Miguel Delibes y Llibros del Pexe.
Título: Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea.
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Título: Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea.
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Oscar Peyrou, argentino en Madrid
Una banana en Nueva York
Caminé por Barrow y al llegar a Bleecker giré a la derecha. Hacía mucho frío. Esa parte de Nueva York imita alguna zona de Londres. El cielo estaba nublado y en cualquier momento podía comenzar a llover. Ya en la Sexta enfilé hacia la izquierda y en la esquina crucé para tomar el subterráneo. Mientras caminaba pensé en la pizza que había comido el día anterior en Pomodoro
-Spring y Mulberry- y en la que comería hoy. Dado mi aspecto serio y casi doctoral -aunque, todo hay que decirlo, algo deportivo-, ningún transeúnte puede imaginar las tonterías que pienso. Eso me suele hacer sentir bien, poderoso, como los que poseen una información única o algún secreto.
A esa altura, la Sexta Avenida es un lugar medio desolado y triste donde abunda el cielo. No se parece en nada a la idea popular que, fuera de ella, existe sobre Nueva York. Recuerda a gran parte de Chicago o a un barrio alejado, de casas bajas, de una ciudad provinciana.
En el andén había poca gente. Eran casi las once de la mañana. Miré el nombre de la estación. La “W” es una de las letras que más me gusta, el “4” no me molesta -aunque prefiero el “7”- y la unión de la “t” y la “h” produce -a mi juicio- una asociación interesante. Otra letra que me gusta es la “y”, pero no la vi por ningún lado.
El subterráneo llegó con el ruido acostumbrado. El vagón estaba ocupado sólo por dos ancianas de aspecto bondadoso, un viejito que parecía extraído de un cuento infantil y una chica que podía ser la protagonista de una película de Walt Disney. Todas las virtudes -incluso una luz ambarina y cálida que era como la síntesis de ellas- estaban concentradas en ese ámbito. Consideré la posibilidad de que alguien estuviera rodando un anuncio relacionado con la Navidad , pero no había ninguna cámara a la vista.
Desde que era un niño tengo la costumbre de mirar atentamente por la ventanilla en la oscuridad del túnel con el objeto de descubrir algún animal repugnante, el cuerpo deshecho de una persona o cualquier otro espectáculo más o menos aterrador, es decir, interesante. La sensación de paz y generosa solidaridad reinante en el interior del vagón, hizo aún más confortable el ejercicio, como cuando en una noche lluviosa de invierno uno está abrigado en la cama y piensa en los infelices peatones que -además de sufrir semejante calificativo- deben afrontar las inclemencias del tiempo.
En la siguiente estación, la de la calle 14, subió un único viajero. Era alto y parecía fuerte. Tendría unos 25 o 30 años y, aunque durante unos segundos no le presté mucha atención, luego me di cuanta de que estaba disfrazado de militar. Llevaba un pantalón verde oliva, botas de combate, un abrigo de cuero ajustado a la cintura por una correa guarnecida de metal y, a la espalda, una mochila que parecía contener un paracaídas. Estaba rapado, le cubría la frente una vincha roja y en la mano derecha hacía oscilar una pesada cadena.
Me empecé a preocupar cuando, una vez que el tren se puso en marcha, el recién llegado pateó con fuerza la puerta que se acababa de cerrar. El golpe hizo temblar el vagón. Fue entonces cuando lo comencé a observar con más interés y registré los detalles vinculados con su aspecto y vestimenta. Tras la patada y sin pronunciar el más mínimo sonido, estrelló la cadena contra el suelo. Miré de reojo a mis compañeros. Todos estaban muy interesados en hechos o circunstancias sumamente importantes o curiosas que parecían suceder en lugares recónditos del vagón. Con sospechosa unanimidad, evitaban mirar al recién llegado. Yo los imité. En esos casos me olvido de la originalidad. Lo importante -recordé- es mantenerse impasible y como ausente. En la guerra disparan contra todo lo que se mueve. Es increíble la cantidad de pequeñas cosas sin importancia aparente que existen en el suelo y a las que casi nunca prestamos atención. Sin hablar de las originales formas que allí adopta la suciedad y que harían llorar de envidia a Jackson Pollock.
Tras el cadenazo, el calvo comenzó a pasearse inquieto por el vagón. Caminaba, giraba sobre sí mismo y volvía sobre sus pasos, siempre sin decir ni una palabra. La única diferencia con un tigre era que, de vez en cuando, pateaba una puerta.
En un momento pensé que, si aún conservaba la vida, al llegar a la próxima estación debía intentar bajar. Pero enseguida descubrí que se trataba de la correspondiente a la calle 23 y que, de acuerdo a la tradición -a mi propia tradición- nunca me gustaron, ni aislados, ni juntos éstos dos números; no son fastos. Además, si me ponía de pie para irme, el tipo podía dudar de mi amistad incondicional, imaginar que lo despreciaba o, incluso, sentirse traicionado.
Lo que terminó por decidirme fue que el resto de los viajeros no se movió. Debieron pensar lo mismo que yo o algo parecido porque comprobé que las dos ancianas estuvieron a punto de iniciar un movimiento de huida, pero al entrar el tren en la estación se contuvieron. Unos instantes de angustiosa duda: ¿astuta prudencia, inercia o fatalidad suicida, como la de esos animales que permanecen inmóviles mientras se aproxima lentamente la serpiente, la tarántula, el cazador?
Las puertas se abrieron y subió un negro que medía unos dos metros de alto por dos metros de ancho, aproximadamente. Tenía la cara llena de cicatrices y una mirada torva. Para entrar casi tuvo que doblarse en dos. En la mano llevaba una gigantesca bolsa de deporte que dejó caer a mis pies. Al golpear el suelo, la bolsa hizo un ruido poderoso y sordo, como de trueno. Estaba semiabierta. Supuse que adentro habría un par de ametralladoras y algunas granadas, además de media docena de armas ligeras. Al ver al negro recordé una excursión que uno o dos años antes había hecho a Soweto en un vehículo camuflado. En especial, evoqué el momento en que nos acercamos al barrio de barracas grises donde viven los zulúes. También me pasó por la cabeza aquel episodio con el cocodrilo en el delta del Okavango. Y el de la araña en el bungalow de Maun. Ahora sentía más miedo.
El negro comenzó a hablar con una voz cavernosa y ronca. Recogía dinero, dijo, para ayudar a los que no tenían hogar. Incongruentemente y como por arte de magia, apareció en su mano un jarrito de plástico de color rosa que agitó con cierta urgencia rítmica. Se paseó sin éxito pero con suma lentitud delante de todos los que estábamos sentados y luego se aproximó al rapado. Creo que todos contuvimos el aliento. Supuse una lucha homérica.
El calvo metió la mano en un bolsillo -cerré los ojos- y tras una pausa que pareció eterna, oí que depositaba un par de monedas -los volví a abrir- en el jarrito. El negro giró sobre sí mismo con un movimiento veloz y casi elegante por su precisión y se agachó. De la bolsa sacó un enorme racimo de bananas. Se lo ofreció al otro. Este agarró una y el negro tiró enérgicamente. La sincronización fue perfecta. El calvo se quedó con la fruta en la mano. A continuación, ambos levantaron el brazo izquierdo y se golpearon las palmas a modo de saludo, como en las series juveniles que pasan por la televisión. El negro ya no parecía tan alto.
Ni las bondadosas señoras, ni el sonrosado viejito, ni el hada de Walt Disney, ni yo mismo, pusimos nada en el jarrito.
En momentos de gran peligro o extremo dramatismo, uno suele reparar en detalles secundarios. Cuando el tren llegó a la 34, todos, con la excepción del negro que se recostó en un rincón y que pareció disminuir aún más de tamaño al adormilarse, mirábamos la banana que el calvo sostenía en la mano con una vaga y relativa satisfacción, a la manera de un trofeo obtenido sin mucho esfuerzo. La contemplábamos fijamente, aunque sin interés, como si acabáramos de despertar de un sueño pesado o todavía estuviéramos sorprendidos de estar vivos o nos sintiésemos muy cansados o no encontráramos otro lugar donde poner los ojos.
No dejamos de mirar la banana ni siquiera cuando, tras cerrarse una vez más las puertas, parsimoniosa y apaciblemente, el calvo comenzó a quitarle la cáscara.
Elssie Cano, Ecuador
Fiptisio 89
"Me llamo Max Simon. En este momento no estoy seguro de tener treinta y tres o sesenta años. La verdad, ese detalle no tiene demasiada importancia. De lo que sí estoy muy consciente es de los acontecimientos que se suscitaron a lo largo de lo que fue mi vida. Mi pequeña historia personal, alternando con las vicisitudes de la otra gran pequeña y fija historia del hombre de mi generación.
Mi nacimiento coincidió con uno de los períodos más terribles en la historia económica del país: la gran depresión en 1929. Para colmo de males fui el quinto hijo de una familia muy pobre. No comprendo como logramos sobrevivir la miseria.
Las cosas empeoraron para la familia, cuando mi padre murió en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Siendo un niño empecé a trabajar para ayudar a mi madre, en una fábrica donde se manufacturaba equipo bélico. Ya desde entonces me dí cuenta de que el ser humano busca irracionalmente la destrucción de su propia raza y se prepara constantemente para continuar con su proyecto homicida.
Años más tarde cada uno de mis hermanos tomó las riendas de su vida. Dos de ellos formaron sus propias familias y, en busca de algo mejor emigraron a otros estados. Un tercero escapó a su destino dándose un tiro en la cabeza. El cuarto se entregó al alcohol, se perdió en las calles y nunca más volvimos a saber de su paradero. En cuanto a mi madre, la miserable enfermó de tristeza y también de los pulmones y murió en 1945 en un asilo para tísicos.
Fue así como a los dieciseis años quedé totalmente solo frente a un mundo hostil y convulsionado. Decidí abandonar mi pueblo natal, empaqué mis cuatro trapos y me mudé a New York.
Muchas veces estuve tentado de seguir el ejemplo de mis hermanos y dedicarme a la bebida o meterme un plomo por la cabeza. La gran ciudad era un monstruo listo para echárseme encima y aplastarme. Yo creo que tuve una gran fuerza o, acostumbrado a la lucha supe enfrentar la adversidad de frente. Trabajé en cualquier oficio que se me presentara. Fui botones, mesero, repartidor de periódicos, mandadero, ascensorista, en fin, hice de todo.
Y mientras me ocupaba por sobrevivir entablé amistad con un viejo y olvidado pintor que vivía en el cuarto contiguo, en el edificio de arriendos donde me alojaba. Él se convirtió en mi maestro.
El Maestro, como yo lo llamaba, veía el arte como una puerta hacia un mundo al revés: “Allí puedes dominar no solamente las figuras sino las ideas, a tu antojo”__ decía muy convencido. Y siempre concluía triunfante con la misma frase mientras levantaba solemne ambos brazos: “El arte es tu pasaporte a la inmortalidad.” El Maestro estaba en lo correcto como descubrí más tarde. Para entonces me encantaba escucharlo mientras los dos divagábamos y soñábamos despiertos.
Con él aprendí que la pintura me brindaba no sólo momentos de dicha sino que me permitía escapar momentáneamente de la realidad. Por desdicha el destino me concertó otro encuentro con la desolación y la muerte, esta vez en Corea y en ese infierno de metralletas y municiones resulté herido en la cadera y pierna derecha, razón por la que me retiraron del servicio con una renguera que me acompaño el resto de mis días.
Entonces pude dedicarme plenamente a la pintura, era lo que quería y me gustaba hacer. La miseria y soledad de mi niñez y juventud, sumadas a mis experiencias de la vida como estados de angustia inflingidos por una desconocida fuerza aplastente de la que nos es imposible escapar, me llevaron a inventar un mundo distinto al que conocía. Fue así que mediante el impresionismo mis emociones se reflejaron en mi trabajo representando una realidad distorsionada, un estado ilusorio, o, más categóricamente, la recreación necesaria de una alucinación. En mis cuadros empezó a aparecer el elemento repetitivo tridimensional de las cosas hasta el infinito irrazonablemente cayendo en la trampa que me tendía la vida: una posteridad limitada de posibilidades.
Y mientras yo recreaba un sueño, a mi alrededor se sucedían los acontecimientos que serían la historia de una época a los cuales intentaba neciamente eludir e ignorar. Pobre iluso, no deseaba ser parte de mi entorno sin darme cuenta de que yo era una pieza del juego.
En 1960, ya siendo un pintor bastante conocido y celebrado, sin pecar de falsa modestia ni jactancia alguna pinté la que para mí fue mi obra perfecta: "Fiptisio 89". En ella plasmé una visión que tuve una tarde. Me vi entrando en un salón donde un hombre ya mayor, lo digo por el pelo entrecano, se miraba en un espejo. En este espejo se reflejaba de espaldas un hombre ya mayor mirándose en otro espejo, y así sucesivamente continuaba desdoblándose la imagen del mismo individuo hasta el infinito.
"Fiptisio 89" fue recibido con entusiasmo por la crítica y los amantes del arte. Dos años más tarde se exhibía junto a mis otros trabajos en el Whitney Museum de New York. Aquellos fueron los días más felices de mi vida, mi existencia no había sido en vano, mi labor fue el deleite de un público ávido de irrealidad y sueños puestos sobre mis telas. A los treinta tres años había alcanzado la gloria y la inmortalidad.
El día anterior a la apertura tuve la necesidad imperiosa de recorrer la sala donde se exhibiría mi obra, y recrearme con mis figuras infinitas e ilógicas. Eran las seis de una tarde fresca de abril, hora en que las luces de la ciudad intentaban reemplazar la luminosidad del sol. Ya habían cerrado el museo cuando llegué, pero el guardián amablemente me permitió la entrada y reconociéndome me saludó: "Buenas tardes maestro Simon ¡Bienvenido!"
No voy a mentir me sentí sastifecho y halagado frente a mis cuadros, en especial de "Fiptisio 89". Con orgullo me detuve en éxtasis a contemplarlo. De repente un fuerte dolor en la cabeza me sobresaltó, ésta empezó a darme vueltas amenazándome con explotar. Nunca antes tuve problemas de salud entonces, estos síntomas no tenían sentido. A mi edad gozaba de buen estado físico y si utilizaba un bastón era para disimular la cojera. Asustado del estado en que me encontraba me sostuve al borde del cuadro. Los espejos se volvieron cóncavos amenazando tragarme. Mi imaginación creó fantasmas corriendo de atrás hacia el presente: la miseria de mi niñez, la muerte de papá, la tragedia de mis hermanos, la tuberculosis comiéndose viva a mamá, la maldita explosión en Corea que me destrozó parte de la pierna, la muerte de miles de desgraciados, la desolación. Finalmente las sombras, el silencio, el aire espeso, la falta de oxígeno y después no supe más.
Un frío espantoso me impedía el movimiento, lentamente abrí los ojos. Posiblemente había muerto y esta cama de sábanas blanquísimas era el envoltorio de mis restos en el mundo de los vivos. Oí voces tras la puerta blanca y al escuchar mi nombre imaginé a la muerte pronunciándolo. Intenté en vano levantarme y escapar. Mi cuerpo estaba conectado a una máquina a través de un sin fin de alambres. Seguramente, pensé, éste era el aparato que utilizaban para extraer las almas. Cada una de las fibras de mi cuerpo se estremeció ante la horrible idea. Así comenzaría otra etapa de tormentos y ésta vez con el alma al desnudo, descarnado y sin ninguna protección ni aislante.
Una mujer pálida toda vestida en blanco abrió la puerta y me explicó que había sufrido un derrame cerebral y que le debía la vida al guardián del museo que llegó a tiempo a socorrerme. Todavía estaba en este mundo, todavía contaba con mi carne, que aunque maltratada me pertenecía, era mía. Por lo menos sabía a que atenerme. Me sentí mas aliviado cuando la mujer me aseguró que pronto volvería a casa.
Mejor hubiera muerto. Los médicos me dieron la más horrible noticia que tuve en mi vida. La apoplejía me había dejado semiparalizado, me había atrofiado muscularmente. Esta vez necesitaría una silla de ruedas o un par de muletas para poder movilizarme. Los dedos de la mano derecha apenas podía moverlos, con esfuerzo y muy poca precisión empuñaba objeto alguno, a esto se debe que partes de esta carta aparezcan como garabatos y otras sean casi ilegibles. Esto significaba que no volvería a pintar. Me sentí mas hundido que nunca, atrapado en un pozo sin fondo, sin derecho a tocar la eternidad y así, sin esperanzas, me convertí en una masa grotesca e infame .
Pensé escapar, dejándome absorber entre las paredes y la soledad de mi estudio, pero el mundo se filtró por las rendijas, por mis poros, y otra vez regresé a la realidad de la que era parte.
Aprendí entonces que el hombre pertenece a los hombres, a la sociedad que lo rodea, a su tiempo. Es elemento formativo de su historia. Los eventos que desde entonces se sucitaron en mi entorno, se fueron grabando en mi memoria a martillazos.
Jamás olvidaría los hechos que se sucedieron: el asesinato del joven presidente Kennedy en Dallas, precisamente el año siguiente de mi tragedia, noviembre 22 de 1963; la serie de movimientos políticos y sociales que tomaron raíces en el país, la lucha de negros contra la descriminación y la pobreza; en 1968, el asesinato del líder negro Martin Luther King. En 1969, las violentas protestas contra la participación de Estados Unidos en la monstruosa guerra de Vietnam; el surgimiento de las nuevas teorías de izquierda, marxista y grupos radicales exigiendo una total transformación de la sociedad. El consumo de las drogas, los alucinógenos, el LSD. Todo en un intento vano por sobrevivir las cochinadas del siglo. Cómo olvidar cuando en ese mismo año, el hombre logró caminar en la luna y recibió el primer corazón en transplante. En 1974 el escándalo "Watergate", que obligó a Nixon a renunciar a su oficina y la sucesión de Ford, Carter, Reagan y Bush en el poder. En 1986, la explosión de la nave espacial Challenger y su tripulación. La quiebra de la bolsa de valores, el déficit presupuestario, la multiplicación de los desamparados, el uso del crack.
Sin poder sustraerme a la sociedad, mi sentido histórico dentro del espacio se agudizó. A través de los años me fui convertiendo en un testigo, creo único, de mi repugnante siglo. Siglo de carniceros y víctimas, de destrucción y esperanzas, de muerte en Vietnam, de resurrección en la luna.
En 1989, ya no soportaba más el infierno en que me revolcaba, mi lenta y prolongada agonía, las fuerzas me abandonaban y a punto de enloquecer una idea se fijó en mi cerebro: el suicidio. Fue entonces cuando una sorprendente celebración me llenó de alegría y me volvió a la vida. En conmemoración a mis sesenta años, el museo exhibiría toda mi obra en la misma sala donde se mostró por primera vez veintisiete años atrás. Me sentí eufórico y renovado por el tributo a mi labor artística.
La tarde previa a la apertura, un hermoso atardecer de abril, fui al museo en un taxi. No había abandonado el estudio en muchos años, por eso todo a mi alrededor me pareció transformado y nuevo. El vehículo de transmisión automática se me antojó una máquina de tiempo. Ilusamente me sentí un extraño viajando en otro tiempo y espacio equivocados.
Llegué al Whitney. El chofer me ayudó hasta la entrada del museo después quedé a merced de las muletas. Eran las seis de la tarde cuando el guardián abrió la puerta y, reconociéndome saludó inclinándose en exagerada reverencia: "Buenas tardes maestro Simon ¡Es un placer verlo otra vez!", luego me acompaño hasta el mismo salón. Me sorprendí al comprobar que mis cuadros ocupaban exactamente la misma ubicación de hace antaño como si hubiesen estado colgados y abandonados en el mismo lugar los últimos veintisiete años, descubrí el polvo acumulado en las telas y alguna telaraña colgando de los marcos. Cuando estuve frente a "Fiptisio 89", no puder evitar estremecerme de pies a cabeza. Van a creer que los años de encierro me habían vuelto loco, y se sentiran tentados a dudar de mis palabras cuando les diga que los cristales en la tela eran verdaderamente espejos y a través de ellos podía ver a mis espaldas reflejado mil veces al joven con la cara contraída por el dolor apoyarse al filo del cuadro y, luego, caer pesadamente sobre el piso. Parpadeé repetidas veces creyendo ver una alucinación, y luego, mi mente quedó en blanco.
El frío que entumecía mis músculos era de terror. Esta vez sí había muerto. No existía otra alternativa y la máquina a la que estaba conectado me extraería el alma sin remedio. Apreté los ojos hasta sentir dolor para no ver la cara de la persona o cosa que abría la puerta, presintiendo que algo terrible me esperaba. Con voz profesional la enfermera me explicó que había sufrido una apoplejía, y que si el guardián no hubiera llegado a tiempo, no hubiese podido escapar de una muerte segura. Pronto saldría de peligro y volvería a casa.
No suponen mal. Era el año 1962 y yo tenía treinta y tres años otra vez, sin comprender lo ocurrido, por qué, ni quien lo había así dispuesto. Pero allí estaba yo en el mismo espacio y tiempo, a pesar de tener una eternidad antes y otra después. Fijo en esos mismos momentos miserables para repetirlos otra vez, y otra vez, y diez, veinte, cincuenta, mil veces. Instantes repasados hasta el cansancio, con el espíritu muerto, odiando cada minuto de aquella eternidad matemática y sin sentido. Los mismos rostros, las mismas agonías, las mismas muertes, inutilmente pidiendo ayuda y lograr escapar de esta burla absurda, de esta inmortalidad sumergida en éste pequeño lapso que no soporto más.”
Esta carta fue encontrada en el bolsillo del pantalón del joven pintor, por el Dr. Silverman, médico de turno en cuidados intensivos. Silverman la guardó en el bolsillo de su camisa dentro del blanco mandil. No pudo leerla hasta la mañana siguiente mientras sorbía una taza de café. De todo lo dicho en la carta concluyó, con la falta de sensibilidad e indolencia que caracteriza a los médicos cuando casos que no logran comprender caen en sus manos, que era producto de dos posibilidades: primera, que como todo artista Simon gozaba de una imaginación fabulosa, y segunda y la más probable, que el miserable sufría de alucinaciones al igual que muchos de los combatientes que regresaban con vida de Corea. Volvió a leerla otra vez, sonriendo ante todas esas locuras descritas en la carta y repitió para sí: hombres caminando en la luna, corazones transplantados, teoría marxista, escándalo Watergate. Realmente el hombre tenía imaginación y buen sentido del humor.
Una hora más tarde cuando llegó a visitar al paciente, Simon había muerto. Mientras la enfermera lo desconectaba del resucitador, él repasó la historia médica y firmó el acta de defunción de Simon pensando que era mejor así, el joven artista hubiera vivido en un infierno con la semi-parálisis que le había producido la trombosis.
Silverman había olvidado por completo al loco pintor y su extraña carta, cuando en noviembre del siguiente año Kennedy fue asesinado en Dallas. El médico quedó sorprendido al recordar la cita en la carta. Asegurándose de que la misma era una simple coincidencia no volvió a darle importancia al asunto. Pero cuando los otros hechos comenzaron a sucederse al pie de la letra, sintió horror. Todo lo que estaba sucediendo dejaba de ser la fantasía de un loco y se convertía en una trama perversa, de la que él sin proponérselo formaba parte. Trastornado e incrédulo, leía y releía la carta sin llegar a convencerse de la autenticidad de estas revelaciones o predicciones que se cumplían puntuales.
Su condición de hombre educado en las ciencias le impedía creer en hechos sobrenaturales y fantasías de videntes. Esto que estaba sucediendo debía tener una explicación lógica y se dispuso a descubrirla. Fue hasta la casa del artista seguro de enfrentrarse con un fraude. Encontró que el estudio estaba ocupado por tres artistas jóvenes que lo compartían durante los últimos dos años. Los tres, muy prudentemente delante del médico, confesaron creer que el lugar estaba habitado por un duende. Le narraron las cosas extrañas que allí se sucedían a diario. De pinceles, paletas, mezcladores y tubos de pintura que eran lanzados contra paredes y suelo, de las cosas que desaparecían y que más tarde eran encontradas en lugares distintos. Y sumado a todo esto, el sonido de una silla de ruedas y de un par de muletas al ser arrastradas por el estudio.
Aún no convencido y llevado por una malsana curiosidad llegó hasta el cementerio donde descansaban los restos del artista. Encontró su tumba, efectivamente Simon había muerto en 1962. Por supuesto que Simon había muerto, si él mismo había firmado su carta de defunción. Con desaliento leyó dos veces el epitafio: "Aquí descansan los restos del pintor Max Simon que continúa creando ilusiones y alucinaciones en otro espacio."
Desde aquel día una insospechada melancolía se apoderó de Silverman y sin atreverse a confiar a nadie esta historia insólita, se volvió taciturno, esquivo y neurótico. Ya no necesitaba repasar la carta para conocer los acontecimientos por suceder porque los conocía de memoria.
Convencido del poder de Simon para leer el future creyó que estas profecías mencionadas en la misiva guardaban un mensaje, y si el destino las había puesto en sus manos, él estaba obligado a anunciarlas y a prevenirlas. Su conciencia no le permitía quedarse cruzado de brazos si conocía que algo malo estaba por ocurrir. Por eso cuando la tragedia del Challenger iba a producirse en enero del ‘86, hizo todo lo que estuvo a su alcance para que NASA detuviera el despegue. El accidente se produjo inevitablemente. Fue investigado como sopechoso de formar parte de un complot para sabotear el programa espacial. Como resultado de su noble acción, perdió credibilidad profesional, fue revocada su posición como sub-director del departamento de neurología en el hospital, y terminó siendo el blanco de burlas entre la sociedad médica.
Sin importarle el descrédito y la mofa, insistió en evitar que se produjeran otros tristes incidentes y cambiar el rumbo de la historia. Duramente comprendió que ningún hecho por insignificante que parezca puede ser alterado. ¿Cómo entender que Cristo se dejara colgar de una cruz sabiéndo de antemano que la crucifixión sería un hecho? ¡Sólamente si el infeliz estaba loco! Finalmente convencido de la imposibilidad de detener el curso de los acontecimientos se resignó a ocupar su puesto de actor y espectador en el teatro histórico de su tiempo.
Cuando en Abril de 1989 se anunció la exposición de la obra del pintor impresionista Max Simon celebrando el sesenta aniversario de su nacimiento, el doctor Silverman encontró necesario hacer el último intento por descubrir el misterio en la vida del artista, y su apocalíptica carta. Resueltamente se presentó en el museo la tarde anterior a la apertura para presenciar el fenómeno del "Fiptisio 89". Estaba plenamente convencido de que el cuadro era maléfico, ya que todo lo mencionado en la carta de Simon se había producido dentro de los limites de la realidad.
Eran las seis de la tarde cuando llegó al Whitney, sabía que estaba cerrado, pero si todo marchaba de acuerdo a lo mencionado en la carta, Simon estaría por entrar en el museo precisamente a esa hora. No pudo controlar un estremecimiento de pies a cabeza, cuando al empujar la puerta ésta cediera sin ningún esfuerzo. Impulsado por un sentimiento inexplicable entró al museo y llegó hasta el salón. Ahí estaban los extraños cuadros de Simon y atrayéndole como un imán, el "Fiptisio 89." Conmovido, ansioso y sintiendo que la piel se le erizaba, lo miró. El cuadro era inexplicable, ajeno a la naturaleza humana, y, sin embargo los espejos parecían auténticos hasta tal punto que a través de ellos podía distinguir una figura tras sus espaldas repitiéndose hasta el infinito. Dio la vuelta y encontró al guardián que con una sonrisa demónica y burlona lo saludó como si lo conociera: "Buenas tardes doctor Silverman, ¡Bienvenido!"
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Carlos Aguasaco, Colombia
I.
Medialengua, así me llama mi Mamá ‘cause my tongue es partida en two slices. Usté me pregunta poque no sabe mi historia, poque usté recién se movió al building y no sabe nada de inglés. Además, a mí no me gusta contar my story ‘cause people never listen to it completely. I suppose it is ‘cause they can’t mirar at my boquita con la lengua partida como la de la snake in The Bronx Zoo. Si usté me compla un ice cream de strawberry I can show you how fan it’s to have la lengua partida.
II
Hoy yo no fui a la escuela ‘cause I forgot to do my homework and I don’t want to be embarrassada in front of los otros niños. Teachers always do that, embarrassan a los niños que no hacen the homework. But eso nunca me va a pasar a mí poque mi Mamá taught me how no quedá embarrassada. Cuando el maestro me llama in front of the class y trata de embarrassarme, yo comienzo a gritá —facking bastard I know you are trying to fuck me and get me embarrassada in front of the class, mandinga, hijo puta, I’m gonna say that you raped me!— y entonces yo arranco a corré y corré gritando —¡Diablo, maldita vaina, coño; I hate this fucking school! Hey, el professor de inglés is trying to get me embarrassada in front of the class!—. Y yo sigo corriendo y corriendo hasta que the social worker stops me y me habla en español —Cálmate Desiree que no te ha pasado nada, don’t worry about that teacher, he can’t get you pregnant ‘cause he is gay—. Entonces yo me recuerdo que el maestro de inglés es maricón y que tiene un boyfriend que le mete el dick por el ass y lo hace sentir feliz. Anyway, la escuela siempre abre una investigation y el maestro tiene que escribí un report of the «incident» y se va suspendido por tres semanas mientras lo investigan para asegurarse de que es maricón y que es verdad que tiene un boyfriend que le mete el dick por el culo y lo hace sentir feliz. They say que él se quiere cortá la verga para no tené más problemas conmigo y poderme enseñá a leer a Oscar Wilde que no era maricón but homosexual como siempre dice en la clase.
III
Usté tiene que aprendé inglés pa’ podé encuentrar un trabajo o ¿es que se piensa quedá aquí de househusband, como una sirvienta, babysitting me all the time? No me diga que en su país no había bilingual schools. No me dé cuerda, coño, que yo no creo que en su país biligual schools are for rich people. ¿Cierto que usté no tiene green card y que por eso se casó con mi mamá y que por eso you sleep together y usté le mete la verga por el coño y la hace sentir feliz, pero mi mamá no queda embarrassada porque usté se pone los condoms que me regalan en la escuela?
IV
—My father? I don’t really remenber him; they say he is in jail for tratar de matar a mi mamá. Pero yo no sé nada de nada, yo no vi cuando se agarraron a peleá ni cuando comenzaron dizque to divide everything. Yo no vi cuando él se manejó crazy y comenzó a romper las cosas por la mitá con ese cuchillo que trajo cuando volvió del ARMY. Rompió la mesa por la mitá, las sillas por la mitá, the mattress por la mitá, he broke los platos por la mitá, he cut the remote control por la mitá and draw a line por la mitá del apartment dizque para no pagar two hundred and ninety nine for the divorce. Entonce, yo tampoco vi cuando mi mamá le dijo dizque she vas gonna sue him por child support y él se manejó más loco y con el cuchillo empezó a romperme a mí por la mitá pa’ coger his half part y darle de comer él mismo pa’ que no lo demandaran for child support. Entonce llegó the police y no lo dejó terminá de romperme. Pero yo no le dije nada a nobody porque yo no soy snitch y lo metiron in jail just for tratar de matar a mi mamá.
V
¿Qué hizo ella después que he left the apartment? Nada, sacó un piedrecita del la purse y se puso a calentarla para que oliera chistoso. Yo me puse a bailar con la boca cerrada y a tragarme la blood como si fuera el wine que mi mamá keeps debajo de la cama. They say they can coser mi lengua pa’ que yo no sea más una freak con la lengua como la de la snake en el Bronx’s Zoo; but I like that ‘cause people always me compra candy or strawberry ice cream pa’ que yo les cuente my story, but they never listen to it completely.
Notas:
Este cuento fue publicado en Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño
En el Sammy's , de la Bowery , por Juan Tena (España) http://lacomunidad.elpais.com/el-blog-de-juantena/posts
A punto de quemarse la punta de los dedos con la pava del cigarrillo, el hombre observa fijamente a la joven que toca la flauta de pico alto a su lado.
Están en un bar, en el Sammy's , de la Bowery , ella sentada y recostada sobre el respaldo de una silla. Repantigada, con una de las piernas estirada -quizá molesta por la herida que tiene- y la otra doblada y apoyado el pie, casi fuera del gastado mocasín, en la pata de la mesa del bar, sobre la que hay tres vasos, dos de ellos con bebidas y el otro vacío. Viste falda larga de flores, fruncida en la cintura, y camisa blanca abierta y de manga corta. Tiene el pelo oscuro y ondulado, lleva media melena, y sobre sobre el puente de su bien formada y recta nariz, apoya unas gafas de cristales redondos y grandes, con montura en carey de tono claro.
El hombre que la observa es un tipo joven y atractivo, está sentado a su lado, con las piernas cruzadas, casi encogido por la falta de espacio. Viste traje claro, de verano, elegante, camisa de cuello collar y corbata. En la solapa lleva un botón negro. Usa gafas de cristales grandes y redondos sobre montura de pasta marrón oscuro.
Sentado junto a ellos, hay un tipo algo corpulento, que parece estar obsesionado por su calvicie, ya que se peina mechas cruzadas desde un lado al otro de la cabeza para, en realidad, mal disimular la falta de pelo en la extensa coronilla.
De espaldas a la joven hay dos hombres de pie que parecen mantener una conversación con una mujer que les habla desde el otro lado de un pequeño barril de madera que tienen en medio y les separa. Uno de ellos es bastante joven, con un vaso en la mano, viste traje oscuro de rayas, camisa arrugada y sin corbata; el otro es un hombre de mediana edad bien vestido, con sombrero, que se apoya en la barra.
La pared del bar aparece cubierta de fotografiás de actrices y actores famosos. Más pendientes e interesados éstos de la vida del bar y sus clientes, que la joven flautista y el elegante fumador con el luto en la solapa.
Ambos aparecen en mi retina por azar. Parecen de otra época, otro espacio; incluso otro universo, si no fuera porque son dos seres apresados y detenidos por el ojo de la cámara en un mundo que tal vez no sea el suyo.
Años después volví por el 263 y el Sammy's ya no estaba, en su lugar encontré una inmensa cristalera, con un rótulo que decía: “Almacén en alquiler “. A ambos lados vi dos prósperos negocios dedicados a la fabricación y suministro de equipos para restaurantes. Entonces me acorde de aquella joven pareja, y del dueño del Sammy's, que siempre quiso ser algún día, según me contaron, alcalde de Nueva York.
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Mi ficción sobre el caso DSK, de Nelson Verástegui (Colombia) http://nv-impresiones.blogspirit.com/
Los dos hombres se encontraron en una casa de campo en Nueva Jersey, no muy lejos del río Hudson. John sacó una botella de champán del refrigerador y la abrió de inmediato. Peter tenía una sonrisa de satisfacción como si estuviera flotando en el aire.
- Vengo para que me entregues el saldo de cinco millones de dólares que me queda por el trabajo que acabo de terminar, dijo Peter
- Me alegra verte. Como lo habíamos convenido, apenas lo anuncien en la televisión te daré la maleta con el dinero en efectivo, pero cuéntame cómo lo hiciste. Estoy muy curioso de saberlo.
- Llevo casi un año trabajando en el asunto. Lo más difícil fue conseguir las dos mujeres para la trampa. Una es la real, la que va a aparecer hoy en los periódicos. La otra es una prostituta que se parece mucho a ella y que con buen maquillaje parece hermana gemela.
- !Vaya! ¿Entonces son dos?
- Sí, conociendo la inclinación de la víctima por el sexo débil era la mejor manera de atraparlo. ¡Ja, ja! Es decir, su sexo es su talón… de Aquiles.
- Buena idea. ¡je, je! Explica, explica.
- Conseguí que el patrón de la verdadera mucama aceptara enviar a la doble cada vez que la víctima llegara al hotel de Nueva York. Iría a la hora de la limpieza y le coquetearía. Al cabo del tiempo, tomaría la costumbre de esperarla y desahogar su pasión sexual sin sospechar que en realidad era una prostituta pagada por mí.
- ¡Ahora entiendo! Entonces hoy hiciste enviar a la verdadera mucama y claro, el tipo se creyó que era la misma de antes y por eso salió desnudo a su encuentro ya habitual. ¡Magnífico! Eres un verdadero Maquiavelo.
Los hombres brindaron y saborearon la copa con parsimonia. Encendieron la televisión y esperaron a que dieran la noticia del escándalo.
- ¡Oye!, dijo John, te advertí que no debía haber testigos de la manipulación. Debe ser el complot mejor montado de la historia, ¿eh?
- No te preocupes. La prostituta está en el fondo del río con la cara desfigurada.
- Hay algo que no entiendo. La víctima va a contar que la mujer ya había aceptado relaciones sexuales con él sin quejarse y en el hotel van a decir que la mujer ya había trabajado en otras ocasiones en el mismo cuarto.
- No has entendido. La prostituta llegaba al hotel con una peluca rubia y sin maquillaje. Solamente justo antes de entrar al cuarto se quitaba la peluca y se maquillaba rápidamente. Nadie puede atestiguar que la mujer real que limpió el cuarto hoy había estado antes con él. No hay pruebas. Además, es cierto, pero la víctima no lo sabe. Está convencido que la mujer está mintiendo. Ella se va a defender muy bien ya que me aseguré de que fuera una mujer íntegra que no iba a aceptar que la tocaran.
- ¿Y el patrón de la mucama?
- Le acaba de dar un infarto provocado por una pastilla que le metí en un sándwich que le llevé cuando iba a pagarle su parte. Era un gordo impresionante y ni se dio cuenta de lo que estaba comiendo. Cuando cayó de cabeza contra su escritorio, me escapé con el dinero sin dejar huellas de nada. Nadie dudará de una muerte natural por culpa de su gordura. Solo le aceleré el infarto que seguramente le daría en poco tiempo. ¡Era gordísimo!
- Muy bien. Entonces solo tú y yo conocemos el secreto del complot.
- Ahora cuéntame tú ¿quién es el autor intelectual?
- Eso sí que no tengo derecho a decírtelo, pues nuestras vidas correrían peligro. Puedes imaginar que fueron banqueros que querían un cambio a la cabeza de la organización mundial o políticos que querían impedir que la víctima fuera candidato a las próximas elecciones presidenciales o lo que se te antoje. Da igual. No te lo diré.
- Y yo si te conté todos los detalles. ¡Qué falta de confianza! Ve a buscar la maleta con el dinero que ya van a dar la noticia. Así me creerás y tendrás la prueba necesaria. La verdadera mucama no tiene ni idea de que ha sido parte de la trampa. Nadie va a creer que durante meses haya sido suplantada ante los ojos de la víctima sin que nadie en el hotel se diera cuenta.
John llegó con el maletín lleno de dinero y a medida que explicaban el caso en el noticiero sus ojos se iban abriendo cada vez más hasta que el maletín se le cayó de las manos y golpeó con fuerza el piso.
- ¿Ves? Ahora sí, dame el dinero.
- Aquí lo tienes. ¡Cuéntalo! Te tengo que explicar que mis patrones me han prohibido que te pregunte los detalles del caso. Me dijeron que no vuelva a ponerme en contacto con ellos por ningún medio hasta que ellos no me contacten si así lo deciden. No quieren que nadie sepa la realidad.
- Vaya lío. Ahora somos dos los que conocemos la verdad.
- Sí, pero solo uno de los dos podría contarlo, dijo mientras sacaba una pistola y mataba a su compinche a quemarropa.
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Aprendiendo a hablar inglés, de Paloma Hidalgo, España
A mí nunca me han gustado las manzanas, me tiran más las jugosas frutas veraniegas, donde esté un melocotón, unas cerezas, que se quiten las tentadora smanzanas del paraíso. Quizá fuera esa la causa de mi rechazo a la Gran Manzana por excelencia, quizá tuviera que ver con haber nacido en un barrio populoso deuna modesta ciudad mediterránea, o simplemente el miedo a lo desconocido, elcaso es que mi existencia transcurría feliz sin necesidad de conocer lacosmopolita Nueva York. Fue por aquellas fechas cuando me despidieron de lafábrica de confecciones en la que llevaba trabajando más de tres años, losmismos que llevaba sin estudiar, desde que mi padre consiguiera que un amigo ledevolviera un favor.
Intentéconseguir una nueva ocupación, en vano porque los meses pasaban haciendoaumentar en mi interior una inquietud poco saludable sin tan siquiera unapropuesta que solazase mi angustia.
Mimadre solía comprar unos panecillos alargados para hacer perritos, una tarde enla que mi semblante debió decirle mucho más que mis palabras al regresar acasa, me ofreció la bolsa en la que se informaba de un sorteo de viajes entrelos consumidores que se identificaran con el código de barras, animándome aparticipar. Un cambio de aires podía venirme bien, más cuando no tenía quedesembolsar ni un céntimo para ello, el premio consistía en una estancia de unasemana con todos los gastos pagados. Más por complacerla que por interés enviélos datos solicitados y me apoltroné nuevamente con un libro en la mecedora dela abuela, que había salido a jugar su partidita de brisca con otras venerablesancianas.
Tresdías más tarde mi madre descolgaba el teléfono, segundos más tarde requería mi presencia. Sonriente me pasaba unauricular por el que escuché atónito que había ganado el viaje. De lo quesucedió a partir de ese momento, apenas tengo recuerdos, son vagos instantes deeuforia a veces, de miedo otras, de felicitaciones, de preparativos, de besosen el aeropuerto y de la mano de mi abuela dándome unos ahorrillos para que lesdiera mejor uso en aquellas tierras de Dios, después recuerdo estar sentadoentre la ventanilla y una mujertremendamente sensual que olía a vainilla, con la que tras dos horas de viajeempecé a hablar.
-¿Primeravisita? Preguntó evidenciando un acento extraño
-Sí,respondí agitando la cabeza.
-Yopierdo la cuenta, muchas visitas. Me sonrió haciendo un mohín de estrella decine.
-Tienesque ver Central Park, añadió, y Times Square en la 42, en el cruce de Broadwaycon la séptima ave, y Liberty Island y el Soho y…
-Heganado en un sorteo el viaje y sólo tengo seis días y siete noches, y estaguía, la interrumpí intentando frenar sus impetuosas recomendaciones, ademásproseguí, creo que mi hotel no está en el centro.
Micompañera de fila volvió a sonreírme y se sumergió de nuevo en el libro queestaba leyendo. Y yo, un tanto molesto conmigo mismo por rechazar sussugerencias, empecé a buscar la forma de entablar de nuevo conversación. Cogíla guía, la abrí al tuntún por la mitad y aprovechando que el Metroplitan Museum Of Arte se desplegabaante mis ojos, imagino que colorado como una amapola me arranqué:
-¿Me recomiendas que lo visite? Pregunté enseñándole mi guía.
Sorprendidame miró en un primer instante, después con la misma energía de la que ya habíahecho gala me recomendó visitar las galerías bizantinas, el retrato de GertrudeStein de Picasso, el templo de Dendur y los cuadros de Rembrandt, Van Gogh, lasarmaduras, el arte asiático y egipcio. Decía conocerlo como la palma de sumano. Me confesaría más tarde que entre sus salas conoció a su primer maridocuando era poco más que una adolescente, pero antes, se apoderó de mi guía.
-¿Sóloseis días? ¿Hotel lejos? ¡Todo es posible en NYC! Vamos a hacer lista devisitas. ¿Ok?
-Sí,ok, dije intentando evidenciar lo menos posible mis carencias idiomáticas. Perocomo si me hubiera leído en pensamiento, me preguntó si hablaba inglés y antesde que tuviera tiempo de preparar una respuesta me encontré respondiendo unlacónico no, que lejos de motivar una actitud de asombro, no le supuso ningúnproblema.
-Enseñadónde hotel, dijo. Yo sabía que estaba en Brooklyn, del nombre de la calle nome acordaba, ella cogió un mapa desplegable que había dentro de la guía yseñaló con su uña azul un punto en la parte baja.
-Aquímetro, fácil llegar centro, agregó acercándose un poquito más a mí.
Lasazafatas pasaron con unos documentos a cumplimentar necesarios para pasar el control de pasaportes, mi vecina meexplicó cómo hacerlo y juntos, aunque no revueltos, rellenamos nuestros datos yrespondimos a aquellas preguntas que a mí me parecieron tan curiosas acerca deplantas, alimentos, armas y demás.
Nosvolvimos a enfrascar en la configuración de la lista de mis excursiones y unatras otras fue pasando páginas marcando con el boli lo reseñable. Nada escapó asu control, me recomendó que el primer día, seguramente cansado tras el viaje ycon un jet lag considerable fuese al Lower Manhattan, Wall Street -llamada asípor el muro erigido para proteger a la ciudad de los indios- la Bolsa, elCharging Bull al que necesariamente tendría que tocar sus partes pudendas paratener suerte, la Estatua de la Libertad y Ellis Island. Al acabar de confeccionar el cuarto día, aún escuchándola hablar sobre el rincón del parque dedicado a la memoria de John Lennon, nosé qué me sucedió, quizá fuera su embriagante perfume, sus profundos ojos demar, su intrigante acento, pero sin saber tan siquiera su nombre y tras variashoras de recorrer itinerarios entre las páginas de la guía neoyorquina, sucumbíal irrefrenable deseo de unir su boca a la mía, y la besé.
Claire,que así se llama, hoy es mi mujer, mi primera mujer aunque yo sea su quintomarido. Llevamos recorriendo juntos esta camaleónica ciudad más de tres años yaún me asombra ver en sus calles el bullicio vital, la variopinta humidad que a raudales la cruza díay noche haciéndola única. A su lado he aprendido a diseccionar sus barrios, arespirar su aroma cosmopolita y sentirme en casa entre sus manzanas, que porcierto, siguen sin gustarme lo más mínimo. Es tan fascinante verla desde las alturas, espigas de cristal y aceroerguidas desde el asfalto en busca del sol como a ras de suelo, envuelta enluces y neones para regalo de los humanos. Y yo, me siento a gusto entre suscalles, pisando su asfalto, retratando anónimamente su corazón palpitante y aprendiendo a hablar inglés en la escuela de la calle.
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Más que cigarros, de Ricardo Juan, (Argentina) http://cuentosyotrasficcionesricardojbenitez.blogspot.com/
Siempre descreí de las casualidades, por lo tanto debe haber sido una serie de prodigiosas causalidades las que me depositaron en el cuarto de aquel hostel sobre Atlantic Avenue, en esa parte de Brooklyn conocida como Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant); un juego de palabras y pronunciaciones que se podría traducir como: “permanecer en cama”.
Hacía el año 1936 el metro neoyorquino construyó la extensión de la línea de la Calle Fulton: la línea A. Conectaba, atravesando desde el norte de Manhattan hasta el oriente de Brooklyn, el Harlem con Bedford, por ese motivo muchos afro americanos decidieron mudarse a Bed-Stuy, que estaba menos superpoblado. Un acontecimiento cultural que quedaría perpetuado años más tarde en un jazz estándar de Billy Strayhorn llamado “Take the A train” (“Toma el tren A”), que a la postre resultó ser un clásico de apertura a los shows de Duke Ellington y Ella Fitzgerald.
Por lo tanto Bed-Stuy tenía, para mi gusto, un agregado socio antropológico cultural más interesante que el componente meramente turístico. Nunca me atrajo demasiado buscar la estatua de “Alicia en el país de las maravillas” en el Central Park, ni allegarme hasta la entrada del Dakota Building o, por caso, conocer el Frank Sinatra Park en Oboken.
Mis mañanas comenzaban bien entradas las 10am, por lo tanto otra de mis misteriosas causalidades habían logrado que estuviera antes de las 7am en la esquina de Atlantic Av. con Clinton Street, para ser testigo de una de esas escenas donde la realidad transcribe a la ficción. Un hombre de mediana estatura, algo enjuto, calzado con zapatillas de tenis, ataviado con jeans, una sudadera azul con capucha y una gorra de los Mets, estaba acomodando en un trípode una cámara fotográfica, que a la distancia, me pareció una vieja Leica de 35 milímetros, apuntando a la ochava este del cruce de la avenida con la calle Clinton. Por instinto miré mi reloj de pulsera, faltaba poco más de cinco minutos para las siete de la mañana en punto. Contuve la respiración y quedé expectante como un cazador que acecha a través de tupidos centenos. Paradójicamente, mi supuesta presa, también adoptó la pose típica del predador. La tensión que se reflejaba en los músculos del cuello, la intensa pasividad corporal y la mirada concentrada en su objetivo. A las siete antes de meridiano exactas escuché el inconfundible sonido metálico del disparador de la cámara. El tipo sonrío satisfecho, guardó la cámara en un estuche de cuero, cargó el trípode al hombro y marchó rumbo a Court Street.
—“¿Será él?”
Decidí que no tenía nada más interesante que hacer aquel día y lo seguí.
El sujeto dobló por la calle Court hacía la derecha, como si fuera al complejo del metro Court-Borough Hall, pero a unas pocas cuadras se detuvo frente a un negocio cerrado. Era un drugstore especializado en tabacos. Con parsimonia abrió los cerrojos y entró cargando sus aparatos. Al rato acomodó en la vereda una máquina expendedora de golosinas, de esas que traen premios, y con una larga vara bajó el toldo de la entrada.
Sin pensarlo demasiado me dirigí a paso vivo hacía aquel negocio. Al entrar sonó la típica campanita colgada sobre el dintel. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando algunas mercaderías.
—Good morning —saludó
—Good day —respondí
Me miró algo extrañado, para luego seguir con sus tareas.
El almacén, aunque incomparable, era tal y como lo había imaginado. Estaba abarrotado hasta el techo de todo tipo de menudencias, licores, bocadillos, refrescos y cigarros. Además disponía de algunas mesas para tomar un desayuno, una comida ligera o un trago. Las neveras atiborradas de latas de cerveza, sándwiches envasados al vacío, legumbres congeladas y sorbetes. En el extremo del mostrador había un exhibidor de puros, pipas y tabaco para las mismas. En el centro del escaparate estaba el tesoro que yo intuía que no debía faltar: unos delicados puritos holandeses.
—I help you?
En mi inglés, poco menos que decente, le dije que si; que deseaba un emparedado de jamón y queso, un café negro sin azúcar y una dona glaseada.
Poco a poco iban llegando los primeros clientes de la mañana. Algún viejo, en apariencia jubilado; con su pijama, las pantuflas y el periódico abajo del brazo. Un par de taxistas bulliciosos que, luego de trabajar toda la noche, iban a desayunar antes de acostarse. Una mujer luchando con su bolso, el atado de cigarrillos y un niño que había decidido tomar por asalto el exhibidor de golosinas. Tuve la inefable sensación que en cualquier momento entraría un tipo alto, de ojos saltones y aspecto de intelectual para reclamar por sus cigarritos holandeses.
El hombre se acercó con mi pedido. Acomodó con prolijidad la taza con café, el sándwich y la dona. Luego me ofreció un periódico y si deseaba algo más. A decir verdad, si lo deseaba:
—Disculpé ¿usted es Auggie?
Me dedico una mirada intensa mientras sopesaba la respuesta.
—No, yo no me llamo Auggie.
Pasó un trapo sobre la mesa y se retiró para atender otros clientes.
Estuve escudriñando el periódico tratando de desentrañar las informaciones que, debido al rudimentario uso del idioma, me llegaban fragmentadas. No dejaba de ser un ejercicio interesante.
Cuando consideré que ya me había aburrido lo suficiente le solicité la cuenta, la cual trajo presuroso.
—¿De dónde es usted? —interrogó secamente.
—De Argentina —respondí con su misma sequedad.
—¿Qué hace tan lejos del hogar?
—Verá, soy escritor —dije forzando mi capacidad lingüística al límite—. Me gusta viajar, conocer otras culturas, encontrar nuevos ambientes y escuchar historias.
El hombre se sentó a mi mesa pues el almacén estaba en un momento de relativa calma.
—¿Le gusta escuchar historias? —dijo con un brillo pícaro en la mirada— Aquí lo que sobran son historias.
—¿Por ejemplo? —respondí con aire conspirativo. .
—¿Por ejemplo? —quedó pensativo— Historias de rateros huidizos, de carteras perdidas, ancianas ciegas o de comidas Navideñas. Usted elige.
En principio pensé que se estaba burlando, que era algún tipo de espíritu bromista.
—Aunque usted no lo crea, en esta misma mesa, lo ayudé a un escritor que sufría un bloqueo a concluir una historia que no deseaba escribir ¿Le interesa?
Pese al brillo malévolo de sus ojos, yo sabía que aquel tipo no se burlaba ni estaba fantaseando.
—¿O prefiere ver mis álbumes de fotos?
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Últimamente se sentía sumido en una rutina asfixiante. Llegó a pensar que estaba estancado en una monotonía de siglos sin que nada alterara su vaivén predecible.
New York marchaba demasiado rápido allá afuera y en su interior anhelaba cambios que lo revitalizaran, que lo sacudieran de su estancamiento. Se veía a sí mismo algo rígido y acartonado, llevando a cuestas una historia muy pesada de formalismos y etiqueta, de títulos nobiliarios ya bastante anacrónicos, de una carga de aristocracia sobre sus hombros que ya se le antojaba un tanto rancia y decadente. Miró alrededor de la espaciosa biblioteca. Se vio retratado en el cuadro que dominaba el ambiente. Su porte aún era gallardo y elegante y por qué no, imponente. No se veía ni se sentía viejo, en justicia aparentaba muchos menos años de los que en realidad tenía; la cara estaba pálida pero recordó, qué remedio, el sol nunca había sido bueno para su salud.
- De pronto me falta algo de acción, me siento un poco solo-. Pensó mientras apuraba una copa de vino frío -Debería salir y divertirme más frecuentemente y de paso ir al odontólogo; me fastidian los líquidos helados en este diente- Su dedo índice palpó el cuello descubierto de encía del canino superior.
De todas formas no le entusiasmaba mucho la idea de salir en busca de las emociones de la noche en esta ciudad; la capital del mundo, al igual que Las Vegas, nunca dormía. A este lado del mar las cosas tenían otro costo; definitivamente América era muy distinta a su vieja y entrañable Europa: el peligro rondaba cada esquina, nadie era confiable, todo el mundo tenía un precio, cualquiera era un potencial enemigo; la gente vivía frenética y paranoica, con el cuerpo, la mente y la sangre envenenadas de vicios, de virus, de ácidos, de SIDA, de desconfianza y temor.
En su última correría –en plena Quinta Avenida, por Manhattan, ni siquiera por el Bronx o Harlem o Queens- fue atacado por una banda de gamberros, quienes no sólo se burlaron de él por considerarlo patético y anticuado, sino que le robaron y lo golpearon con cadenas y crucetas; llegó a sentir realmente miedo cuando intentaron clavarle una varilla a la altura del corazón. Fue un verdadero susto, una pesada cruz sobre su espíritu que le robó la calma y lo atemorizó.
Recordaba con nostalgia las noches amables y románticas de seducciones lentas y entregas totales, en cuerpo y alma.
Decidió entonces que hoy tampoco saldría.
Le gustaba por lo práctico el sistema americano de conseguir compañía femenina en su propia casa, a través del teléfono. Claro que la última vez tampoco le funcionó el plan: la jovencita que acudió a su llamado tenía un penetrante olor a ajo que le repugnó en lo más profundo. Se vio obligado a despacharla sin poder siquiera tocarla, luego de cancelar por anticipado el valor de sus servicios.
Hizo la llamada, concretó la cita y sonrió satisfecho. Había hecho lo correcto, una gran noche lo esperaba.
Parado en el balcón de su apartamento, dirigió su mirada hacia el puente de Brooklyn, más imponente que nunca, mientras los destellos de los millones de las luces de los edificios se reflejaban en las aguas que esa noche ostentaban una extraña mansedumbre. Sorbiendo con deleite su copa de vino y añorando el poder mirarse a un espejo para acicalarse un poco, el Conde Drácula pensó que quizás ya sí era hora de regresar a su amada Transilvania.
Al filo de la decadencia, Emilio Restrepo (Colombia) http:// www.emiliorestrepo.blogspot.com
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HACIENDO LAS AMÉRICAS, de Erlantz Gamboa, México
Atracó en Nueva York, en el barco que zarpó de La Coruña. Había soportado una horrible travesía, mareado la mayor parte del tiempo, sin poder dormir, ya fuese por los problemas estomacales o por los nervios. En el bolsillo, la carta de su tío, en la que le daba mil instrucciones, y le indicaba cómo llegar a su casa. Una vez allí, él le orientaría sobre qué hacer y cómo. No le preocupaba trabajar de sol a sol, si, al final, conseguía una fortuna como la de su pariente.
Llevaba la maleta de madera llena de ilusiones, aunque vacía de pertenencias. Pero llegaba a América, en donde la fortuna le sonreiría, lo mismo que a su tío Wilfrido, quien había conseguido tener dos hoteles en apenas veinte años. Si el tonto de la familia se había hecho rico en veinte, él lo sería prácticamente a los tres meses.
En el malecón, después de que pasó los controles de emigración y aduana, se puso a contemplar la ciudad, la marea de gente que deambulaba sin rumbo fijo, la policromía de sus atuendos, y la multitud de tipos, razas y colores. Algo así no lo había visto jamás. En una esquina había unos tipos tocando y bailando, mientras otros los veían, muy divertidos.
-Buen país, si un día de labor tiene tanta alegría.
Nueva York, el lugar idóneo para comenzar su carrera hacia la fortuna. Allí se subiría en un autobús, (su tío le dijo que era solo bus) que le llevase al Bronx, (su tío le aconsejó mostrar un papel, y no intentar hablar inglés, porque en Nueva York hablan otra cosa). Y allí trabajaría en uno de los hoteles, paso imprescindible para conocer el negocio, y luego abrir el de su propiedad.
Al poco de que dobló la calle a la derecha de la plaza, apenas en la esquina, miró al suelo por primera vez, pues, hasta entonces, lo había hecho a las fachadas de los edificios. Y allí, ante las puntas de sus pies, había un billete. Se agachó y lo cogió.
No sabía si diez dólares era mucho, pero sí que significaba el primer dinero que ganaba en el nuevo mundo, y sin sudores.
-He empezado con muy buen pie. Si he encontrado esto, apenas he llegado- se dijo-, y sin esfuerzo, ¿qué me esperará allí?- señaló hacia la delante.
En la siguiente esquina, a donde llegó con la información de su tío, dos tipos malencarados le detuvieron, para pedirle fuego. Lo hicieron a señas, mostrando sendos cigarrillos en sus labios. Eulogio no fumaba, así que se encogió de hombros. Uno de ellos le agarró de las solapas, y el otro apretó algo puntiagudo en sus costillas.
-Calla, mugroso- susurró a su oído el que estaba a su espalda-, y cáete con lo que traigas.
Su tío le dijo que no intentase hablar en inglés, porque en Nueva York se hablaba otra cosa. Pues era español, aunque con un acento muy raro. Pensó que no debería resistirse, porque aquello puntiagudo parecía peligroso. Soltó la maleta, que el que estaba delante se llevó apresuradamente. El de detrás, le metió las manos a los bolsillos, y extrajo todo lo que abultaba. Luego, corrió tras su compañero.
Le habían despojado de todo lo de valor, incluyendo los diez dólares encontrados, y el reloj de bolsillo de su abuelo. En verdad que había comenzado con buen pie en América. ¿Qué le esperaba más adelante?
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Nueva York, el proyecto/viaje, José G. Cordonié, España
No quise hablar con Susana del proyecto; pensé que sería mejor darle una sorpresa y aparecer, de esta manera, un día ante ella y besarla durante varios minutos antes de que ninguna palabra pudiera ser pronunciada. Era consciente de que un proyecto de la envergadura del que me ocupaba me llevaría varias semanas de laborioso y arduo trabajo, y que incluso la tarea podría prolongarse durante meses hasta que el plan pudiera estar concluido, si quería reducir al máximo las probabilidades de fracaso que, de ocurrir, podrían llevarme incluso hasta la muerte. A lo largo de los meses que duró el proyecto -desde su planteamiento hasta su desenlace- no cejé en mi empeño ni un solo momento, de una manera tan minuciosa y detallada que pudiera parecer maniática y obsesiva, de sopesar los diferentes riesgos e incidentes que pudieran existir en el transcurso del viaje, rehaciendo cálculos y trazados una y otra vez, ya que sabía que debía prever y anticipar la posible solución a cualquier eventualidad que pudiera llevar finalmente al desmoronamiento de mi empresa, sabiendo que una buena preparación y unos cálculos exactos eliminarían venturas y eventos que el azar o la suerte pudieran traer, ya que éstos sólo actúan variando el hecho cuando nos cogen desprevenidos o distraídos.
El proyecto comenzó como un juego de la imaginación, quizá como un método improvisado de autoayuda que me sirviera para protegerme del tedio y de la melancolía en donde me quedé varado en aquellos días en que ella se marchó -tras darme un cálido beso de despedida- a casi seis mil kilómetros de mí, a la ciudad a Nueva York, donde le había sido concedida una beca de medicina en la preciada Universidad de Columbia. Y fue cuando vi la silueta del avión en el que ella marchaba, y que terminó por desaparecer pronto de mi vista en un cielo nublado emborronado en gris como manchas de Rorschach sobre una lámina, cuando empecé a cavilar la idea del proyecto. Primero, como dije, la concepción del plan llegó sólo como un ejercicio de diversión en mi imaginación, que disfrutaba al figurarlo, pero al cabo de los días pasó a ser una empresa real, concreta y tangible, a la que empecé a dedicar la totalidad de mi tiempo y hasta el último gramo de mi esfuerzo por entero. Desde entonces, imaginé constantemente ese momento, el de mi llegada, el de la sorpresa y el beso apasionado, aún sabiendo que para lograrlo tendría que llevar a cabo un proyecto tan colosal como las más grandes hazañas del Hombre que escribió la Historia, o incluso mayor todavía. E imaginar aquel momento futuro, tan deseado y mágico, de algún modo era también disfrutar anticipadamente de Susana, gozar de antemano de aquel instante en el que volveríamos a unirnos y tras el que nunca más volveríamos a separarnos, y por ello, saberla más cerca cada día era la razón principal donde se sustentaban la fuerza y el coraje necesarios para afrontar con entereza y sufrimiento los muchos sacrificios por los que tendría que ir pasando.
Recuerdo que cuando escuché su voz en el teléfono, por primera vez tras su partida, la oí de una manera tan clara y próxima que la distancia que nos separaba me pareció una burla o una mentira. En nada se diferenciaba aquella voz que oía a la que siempre había escuchado por teléfono cuando hablábamos a pocas manzanas de distancia. ¿Cómo era posible que el teléfono pudiera acercar tanto la distancia? ¿Acaso era diferente el recorrido que nos separaba a través del hilo telefónico? Su voz aquí estaba, de manera instantánea, sin retardos ni demoras, como si aquí mismo estuviera hablando desde una habitación contigua. ¿Cómo era posible? ¿Dónde estaba el truco? Entonces supe que esa distancia colosal que nos apartaba, incluso que nos aislaba, estaba en cierta forma unida por un cable de teléfono que de inmediato nos acercaba. ¿Podría ese cable tener, acaso, seis mil kilómetros de línea? ¡Imposible! Sin duda, la distancia a través de las ondas de la voz se acortaba para ser recorrida en menos de un segundo.
Y así comenzó el verdadero proyecto; aquel que fue mucho más allá de la imaginación y que fue convirtiéndose en un hecho día a día, dentro de una lucha interior por la superación, encarnizada y atroz, que a punto estuvo de llevarme a los confines últimos de la locura.
Decidí comenzar el plan inmediatamente, y lo primero que supuse fue que mi cuerpo tendría que sufrir un cambio drástico si quería realmente empren-der el viaje a través del hilo telefónico; tendría que perder al menos dos cuartas partes de mi peso corporal para conseguir ser ligero ante las pulsaciones eléctricas y las ondas de sonido. Pero tal vez la pérdida de esos cuarenta kilos no fuera suficiente para poder entrar en el cable y reptar y volar a largo de él, y posiblemente fuera necesario mucho más; dejar sólo el peso mínimamente necesario, quizá poco más que el peso del esqueleto, de los músculos disminuidos y de la mínima sangre posible para hacerlo funcionar. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Eran los doscientos seis huesos del cuerpo fundamentales? ¿Y los más de setecientos músculos, por menguados que estuvieran, no serían excesivos? ¿Y cuáles eran los órganos vitales de los que no podría prescindir? ¿Y cuánta sangre podría eliminar de los cerca de seis litros que recorrían mi cuerpo? Surgieron muchas preguntas y estas fueron algunas sobre las que a partir de entonces traté de hallar respuestas en las distintas enciclopedias y libros de ciencia que pude encontrar. Aprendí todo lo necesario sobre el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, la vejiga, los intestinos y los órganos reproductores, así como sobre la piel, la sangre y todo lo relacionado con los músculos y sus funciones. Además, fui adentrándome de manera urgente y vertiginosa en el mundo de los regímenes de adelgazar, en el estudio y conocimiento de las comunicaciones telefónicas y en el aprendizaje de memoria de los trazados laberínticos de hilos conductores, prestando una especial atención a los distintos cableados entre las ciudades de Madrid y Nueva York, que terminé por conocer hasta el punto de poder describirlos y delinearlos con los ojos cerrados sin temor a equivocarme.
Tras estudiar detalladamente los diferentes regímenes de adelgazamiento, opté por el agresivo método de choque del afamado doctor Julián Bodoque, al tratarse de una dieta de impacto que podía generar la pérdida de peso de manera rápida y continuada, y que consistía en una única comida al día basada en el zumo de una sola fruta, como por ejemplo podría ser el de una cereza o el de una ciruela o el de un par de uvas. La efectividad del régimen quedó patente al poco tiempo, cuando la báscula mostró una pérdida de más seis kilos en los primeros tres días, aunque esta disminución no vino sólo acompañada de la ansiada mengua de volumen de mi cuerpo, sino que también de una pérdida de masa muscular que me produjo un quebranto de las fuerzas y un detrimento de mi ánimo que en ocasiones llegaba al punto de debilitarme de tal manera que no consentía mantenerme en pie y era foco de terribles y extrañas visiones. Aún así, y a pesar de los numerosos desmayos, seguí el régimen manteniendo la pérdida de peso a la misma velocidad con la que había comenzando, a pesar de acompañarme a diario de un surtido de pastillas y píldoras de aporte vitamínico y de haber sustituido el agua corriente que bebía por líquidos energéticos e isotónicos.
Fui ultimando los pequeños detalles del viaje que ahora, en mi mente, cobraban la dimensión formidable de una admirable odisea o de una singular epopeya; eran esos detalles los que podrían hacer que la aventura finalizase como éxito o como fracaso, por lo que así fui fijando y decidiendo todo aquello que me permitiera minimizar al máximo los riesgos que pudiera hallar en el periplo a través de los hilos que conducen la voz, bien agarrado a las palabras o bien reptando a través de las gomas de colores de sus intrincados senderos de tiniebla. Decidí rasurar mi cuerpo por entero, de la cabeza a los pies, y embadurnar complemente mi piel con vaselina para un mejor deslizamiento por el cableado y prevenir así las posibilidades de atoramiento en los túneles de goma. Así mismo, decidí fabricar unas pequeñas pesas de metal, que acoplaría a la altura de mis riñones, por si la ligereza de mi cuerpo fuera mayúscula y no me permitiera volar en equilibrio en el impulso feroz de las ondas, y que, llegado el caso, podría soltar y dejar atrás si su uso no fuese necesario. De esta manera fui solucionando todos aquellos inconvenientes que pude imaginar, así como fui preparando mi cuerpo y entrenándolo para el viaje, instruyéndolo a base de gimnasia sueca y ejercicios de yoga y Zen que, además de mejorar en algo mi desplomada forma física, consiguieron dar a mi mente un equilibrio y una armonía espiritual que presentía que podrían ser importantes para mantener la serenidad y la tranquilidad durante la ansiada y escabrosa travesía que en breve emprendería. Por otro lado, solucioné otros aspectos que, al principio, me parecieron menores y a los que sólo al final del proyecto presté la atención suficiente como para decidirme a la búsqueda de remedio: la alimentación en el transcurso del viaje, que tal vez pudiera alargarse durante días o incluso semanas, y la evacuación de los mismos a través de mi organismo. La ingestión de alimentos se convirtió entonces en una preocupación a resolver en los últimos días antes de emprender la aventura, ya que era consciente de que la debilidad de mi cuerpo se haría mayor con el esfuerzo que habría de realizar en la fantástica travesía, pero por otra parte, la elección de los alimentos adecuados y el espacio que acarrearlos pudiera necesitar se convirtieron en nuevos problemas que requerían inmediata solución. Finalmente, me decidí por comida en pastillas que me aportarían los valores energéticos necesarios para recuperar las fuerzas, y que además, llevaría en un pequeño bolsillo hecho con la propia piel de mi espalda. Finalmente, y como última decisión antes de emprender el deseado viaje, determiné que los excrementos los dejaría atrás en el camino, en bolsas de plástico que llevaría debidamente enrolla-das dentro de un orinal que encajaría en mi cabeza como si fuera un sombrero hongo. Y así fue, con todos los preparativos finalizados, cuando fijé al fin el día del inicio del viaje para el dieciséis de agosto de 1995, fecha en las que las hazañas de los más grandes pioneros y aventureros, de los más arriesgados y audaces navegantes y aviadores, quedarían empequeñecidas y eclipsadas.
A un paso de entrar en el misterioso trazado telefónico, pienso, no por primera vez, si todo esto no será realmente una locura, o si quizá la locura ya llegó hace tiempo a este hombre del que poco queda tras perder más de cincuenta kilos y que tiene una debilidad manifiesta que aumenta los delirios extraños y absurdos. Dentro de esas visiones terroríficas que sufro siento que mi cuerpo se ha divido en dos y que una parte se ha perdido para siempre. Es como una dualidad que finalmente se queda en uno solo, como un Mr Hyde que hubiera perdido a su Mr Jeckill, porque si alguna parte de mí he perdido, tengo la seguridad de que habrá de ser la más bondadosa y amable, que se ha esfumado dejándome en este eterno estado de irritación e ira que últimamente me acompaña y me arrastra a la exasperación. He llegado hasta ese punto de confusión en el que ya ni siquiera sé quién soy realmente; no sé qué parte de mí sigue y cuál es la que se ha perdido. Y ahora, con Susana esperando al otro lado del hilo, totalmente desnudo y con el cuerpo esquelético rasurado y untado de vaselina, con las pesas metálicas incrustadas en los costados y con las pastillas de alimento en el bolsillo hecho con la piel de mi espalda, con el orinal por sombrero y con un miedo terrible impreso en el cadavérico rostro, me adentro en el teléfono con la incertidumbre de si llegaré o no al otro lado y con la inquietante duda de no saber qué parte de mí viaja conmigo.
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Ocurrió en Nueva York, Alejandro Ordóñez (México) http://www.tachesytachones.blogspot.com/
Ocurrió en Nueva York, caía la tarde, una muchedumbre despreocupada deambulaba por Times Square, de pronto una voz potente rompió la algarabía del lugar. ¡Un doctor!, pedía a gritos aquel joven marinero que sostenía entre sus brazos la cabeza de una anciana que, vestida de blanco, se encontraba recostada sobre la acera. Rápidamente los transeúntes se aglutinaban en torno a ellos y si no se acercaban más era por el respeto que imponía el uniforme militar y la mirada decidida de aquel joven que parecía pedir espacio para que la mujer respirase mejor, mientras le acariciaba las mejillas y con ternura poco usual entre los hombres de guerra, trataba de tranquilizarla.
El acercó su oído a los labios de la anciana para escuchar mejor los susurros que borboteaban en sus labios. Ella dijo, o pensó que decía algo que él comprendió sin necesidad de las palabras. A pesar de la gravedad de la mujer su mirada denotaba tranquilidad y una sonrisa de felicidad iluminaba su cara. De pronto el silencio expectante del lugar se vio roto por el agudo ulular de la sirena del vehículo de emergencia que llegaba al lugar; las intermitentes luces azules y rojas de sus faros teñían el pavimento y cubrían con sus destellos la penumbra del atardecer; ahí, al fondo, la anciana vestida de blanco y la cabeza reclinada en aquel marinero de uniforme negro parecían estar posando para una fotografía.
La gente abrió paso a los paramédicos que se desplazaban rápidamente con una camilla y aunque todo transcurrió en segundos, tuvieron tiempo para despedirse porque ella llenó de besos las manos del marino y aquél cubrió con un beso cálido y húmedo la frente de la anciana. Antes de perderla de vista el joven agitó un brazo en señal del adiós y con la voz quebrada por la emoción le deseó mucha suerte. Ya en el interior de la ambulancia la mujer sintió los pinchazos de las agujas y el ardor de aquellos líquidos calientes que horadaban su organismo, pero no le importó, comprendió que por primera vez en su vida estaba por encima de las miserias y los achaques de la vejez, ni siquiera temió al intuir que pronto abandonaría esos viejos y gastados harapos en que se convirtió su cuerpo.
Había vuelto, por fin se volvían a encontrar. Ella lo sabía, lo supo y lo esperó siempre, por eso cada año, en el aniversario del Día de la Victoria sobre Japón volvía a Nueva York, llegaba a Manhattan y se iba hasta la 170 East End Avenue, entre las calles 87 y 88, donde estuviera el Doctor’s Hospital, en el que trabajaba entonces; luego caminaba lentamente hasta llegar a Times Square, y ahí aguardaba paciente, con su uniforme de enfermera, a que llegara él. Ni siquiera miraba los rostros de los hombres que se cruzaban en su camino; no era necesario, su intuición y su corazón lo reconocerían cuando volvieran a verse; además desconocía su cara, sólo había quedado grabado en ella el recuerdo del aroma de su aliento, la suave textura de sus labios y la fresca savia de su boca. El recuerdo de un prolongado beso que iluminó su vida, llenó para siempre su existencia y ahuyentó la soledad en aquellas largas noches de espera.
Un insoportable dolor la volvió a la realidad; luego las descargas eléctricas en el pecho que parecían quemar sus carnes se repetían una y otra vez entre el conteo de una voz que desesperada repetía, seis, siete, ocho… y luego otra vez la chamusquina que la hacía brincar sobre la camilla en que yacía, hasta que la lucecita de la pantalla del electrocardiógrafo dejó de oscilar y un agudo zumbido invadió la ambulancia. Alguien cubrió su rostro con una sábana, afuera la gente seguía celebrando el Día de la Victoria. De la mano yerta de la anciana cayó un papel arrugado, un paramédico lo recogió y lo extendió, era un recorte amarillento de un periódico del 15 de agosto de 1945, un día después de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Casi borrosa, por el paso del tiempo, se veía la fotografía de una pareja que celebraba la llegada de la paz con un prolongado beso; ella una joven enfermera vestida de blanco; él, un apuesto marino con uniforme negro…
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El viaje, Juan Ibáñez, (España) http://elrollohigienico.blogspot.com/
No puedo culpar al mono. Lo escuché y punto. El resto es asunto mío. Desde hace tiempo me animaba a viajar; sin embargo, el interés por terminar la novela era tal que el viaje se había convertido en un sueño sobre el que apenas me centraba y, cuando lo hacía era de muy de tarde en tarde. Fueron las noticias de los diarios donde encontré la excusa para viajar; añoraba esos fantasmas que me habían alumbrado la adolescencia y anhelaba el encuentro idealizado y la peregrinación al inmueble de culto. Mi particular Meca.
Me decidí, y empleé esa mañana de Agosto en husmear en internet, busqué una oferta que no desbordara mi bolsillo y..., finalmente encontré la ganga que esperaba, por unos seiscientos euros encontré un viaje a Nueva York. Sí, por seiscientos euros, ida y vuelta con hotel incluido.
Noté la crisis, Yanquilandia al alcance de la mano -pensé. Me arriesgué y efectué la compra, dejé que los dígitos de mi visa se perdieran por la red y, en cuestión de minutos un correo me anunciaba la confirmación, el número de vuelo, hora de salida y de llegada, y lo más importante: la reserva del hotel.
Solo, sí solo; era mi sueño y no podía desperdiciarlo con nadie más. Algo de canguelo pasé en el aeropuerto de Madrid, con tanta pasma mirando tan desafiantes a los viajeros. Pasé los ridículos controles de metal, dejé que me fisgonearan por los rayos X y nada. ¿Qué coño se pensaban que podía ocultar en el agujero del culo? ¿Acaso un porro? No me van las coñas marineras, nunca me han ido. Confíe mis enseres en el destino, y únicamente subí con lo necesario y mi portátil. La rubia que me encasquetaron al lado me importaba un rábano, no iba a dejar que me distrajera. La mujer de mis sueños no era rubia precisamente. Las rubias suelen llevar algo de artificio encima como si fuera marca de la casa; donde se ponga una morena de labios gordos que se aparte lo demás.
Aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Newark, 16 kilómetros me separaban de mi destino. Trinqué mi maleta y pasé los controles. Me dirigí a la salida. Tomé un taxi que me dejó en mi hotel, el tío cobró y se largó con viento fresco. Recogí la llave en recepción, deshice el equipaje y me duché. Me tumbé un rato en la cama. Cuando bajé, la chica de recepción me facilitó un mapa de la zona y, me señaló los lugares que eran de mi interés. Me compré un bocata en un colmado y caminé... caminé...
¡Por fin llegué! Me senté enfrente, en la acera. Frente a la fachada: el objetivo de mi móvil. Fascinado. Si, estaba fascinado, hacía tiempo que algo no me embargaba de esa forma. ¿Por el color de su fachada? ¿Por el deterioro de la misma?...
Algo así como -What are you doing here? -Fue la intro al interrogatorio de la enorme mujer policía negra que se acercó por detrás y tocó mi hombro, sacándome de mi estado de somnolencia, consecuencia de las horas de vuelo y, del cambio de hora.
Nothing – le respondí en tono amistoso.
Where are you from? Acaso hispano -añadió
Tánto se me nota -pensé.
Abandoné mi inglés macarrónico e intenté dialogar con ella. ¡Ganármela, vamos! No, soy español, para tí puede significar lo mismo.
What? -Me respondió con esa resonancia extrema que tienen los negros al pronunciar.
Llevas mucho tiempo aquí sentado ¿Por qué?
Entendí que cumplía con su trabajo, y reconozco que me embargó con su presencia. No me atemorizó, a pesar de su tamaño, de sus gruesas piernas, de su entubado uniforme, de sus enormes tetas: que a semejanza de dos globos aerostáticos parecían pugnar entre ellos por asomarse para respirar por encima de la camisa que la encorsetaba.
Sin embargo, eran sus morros, sus gruesos labios los que me erotizaron. Me pregunté entonces cual era la verdadera razón por la que Crumb, había dejado América para instalarse en el sur de Francia.
Semejante especimen bien merecía abandonarse y... dedicarse uno a la vida contemplativa.
Me marcho – Me dijo, tienes todavía una hora por delante. Mi sustituto no creo que sea tan paciente como yo. Andate con cuidado.
Chao -le respondí sonriente y agradecido. Se perdió calle abajo, moviendo armónicamente su enorme pandero al tiempo que se fundía con la oscuridad reinante.
Centré la atención en la puerta principal del viejo edificio. En el ir y venir de la clientela del restaurante que ocupaba los bajos, me servía de distración. Tomé fotos con el móvil hasta agotar la batrería. Pocas luces eran las que alumbraban el interior. A pesar del gasto, el servicio de seguridad aún lo mantenían. Me quedé frito junto a los coches aparcados junto a la acera y, fué el mono el que me zarandeó el hombro y el que me devolvió a la realidad. Caí en la cuenta del consejo de la policia negra. Al incorporarme, ví a quella otra mujer caminando, con la cabeza gacha, tan pintoresca, cargada con bolsas, supuse que se dirijía hacia el hotel. Cruce la calle corriendo, y en un pésimo inglés le dije que quería ayudarla. Me miró, con su cabeza enmarañada de pelos y cintas. Me contempló de arriba abajo.
¿Va usted al hotel? Verdad -le pregunté
Claro -me respondió.
¿Dónde pensaba que iba a ir a estas horas?
¿Pero no me dejaran entrar?
No te preocupes, si vienes conmigo nadie hará preguntas.
Tomé una de las bolsas. Le di mi mano libre y entramos agarrados como dos novios.
Nadie se percató de nuestra presencia. Tomamos el ascensor. La miraba de reojo, me resultaba familiar. Me invitó a entrar en su habitación.
Deja la bolsa ahí y ven, sientate a mi lado. ¿De dónde eres? - preguntó. La obedecí y mientras ella se acomodaba al filo de la cama, tomé una silla y me acerqué, al tiempo que le decía -De Madrid.
Y rompió a reír. Carcajada tras carcajada, convulsa. ¿De Madrid? Y qué coño hace aquí. -Respondió mientras se levantaba, se arrimaba al armario y sacaba una botella.
Me enteré de lo del Hotel, y vine, no podía dejar que pasara el tiempo, permanecer allí como un inutil. Y seguir las noticias por internet.
¿Internet? -preguntó. Bueno es un poco tarder, me voy a echar un rato. Mañana acomodaré esas baratijas. Ahí tienes el suelo y la alfombra – Me dijo señalando el piso de la habitación. Y mientras rompía a reír a carcajadas me dijo : No pensarías que me lo iba a hacer también contigo,¿Verdad?
Fue entonces cuando me fijé en el retrato que descansaba sobre la mesita de noche. La reconocí, era ella, Janis. Nunca se había ido. Había permanecido allí durante todos estos años... tal vez esperándome. La obedecí, ni me quité la ropa me tendí a los pies de su cama como un perro. Y cerré los ojos...
Aún estoy esperando a que vengan a servirnos el desayuno.
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Un chico sin importancia, Kalton Bruhl, (Honduras)
Mientras camino por la calle 72 me vuelven a invadir los recuerdos. Ya han pasado catorce años, pero las imágenes se mantienen frescas en mi memoria. Ahora, bajo las interminables luces de Nueva York, vuelvo a preguntarme si lo que hice, fue lo correcto.
Al principio, cuando recibí la noticia del accidente, aquel 9 de noviembre, creí que no era nada grave, así que pensé que no era necesario llamar a una ambulancia. Hacía apenas unos minutos que se había marchado intempestivamente del estudio, insultándonos a todos, diciéndonos que no movería un dedo más para terminar el disco. Ya no recuerdo por qué comenzamos a discutir, pero cuando cuatro hombres llevan tanto tiempo encerrados, bebiendo, fumando yerba e intentando crear algo, hasta la forma en que uno de ellos enciende un pitillo, puede desencadenar una pelea.
Cuando llegué al lugar del accidente la resaca se me esfumó como por encanto. El Aston Martin estaba completamente destrozado. Me acerqué despacio, temiendo lo peor. Me bastó un solo vistazo para confirmar mis temores. Era obvio que Paul estaba muerto.
En medio de la confusión hice lo que me pareció más inteligente: localizar a nuestro contacto en el MI-5. En un par de horas estábamos todos reunidos en el estudio. El agente nos dijo que era vital que el incidente permaneciera oculto, no podían darse el lujo de que algo estropeara sus planes.
En ese entonces trabajábamos para un proyecto del servicio secreto británico. La idea era sencilla: en cada una de nuestras canciones grabaríamos mensajes subliminales dirigidos a la juventud de los países comunistas. Allí los induciríamos a la rebelión, al uso de drogas, al libertinaje sexual y a un deseo irreprimible de conocer las virtudes del modo de vida capitalista. Desde luego el Servicio Secreto buscaría la manera de distribuir nuestros discos tras la cortina de hierro.
Fue nuestro contacto quien sugirió la idea del doble. Creímos que bromeaba. Las posibilidades de tener éxito eran prácticamente inexistentes. “No hay nada imposible –nos dijo, poniéndose serio- es solo cuestión de tiempo y de tener paciencia.”
Por increíble que parezca lo logró. Aparte de una cicatriz sobre el labio, William Shears Campbell, era el vivo retrato de Paul. Lo habían encontrado en Canadá y tras ofrecerle la promesa de hacerse millonario y de conseguir todas las mujeres que quisiera, no había dudado ni un segundo en aceptar.
En un comienzo pensábamos que habíamos ganado con el cambio. Billy parecía ser una versión mejorada de Paul, más amable, más simpático y lo mejor de todo, con más talento. Pero muy pronto descubrimos que no existen los finales felices.
De un día para otro empezó a criticarnos a todos y a querer decidir cuál debía ser nuestro giro musical. Quisimos sacarlo de la banda, pero el Servicio Secreto nos lo impidió, así que buscamos la manera de vengarnos de él.
George tuvo la idea de poner en las canciones y en la portada del Sargento Pimienta las pistas sobre la muerte de Paul. Lo hicimos como un juego, seguros de que no importaba que alguien las descubriera, porque la idea era tan descabellada, tan increíble, que nadie podría tomársela en serio.
Nadie excepto Russ Gibb. Sin embargo, para 1969, cuando produjo su programa sobre el “complot Beatle”, el Servicio Secreto había perdido el interés en nosotros y nos permitió separarnos a finales de ese mismo año.
Durante estos años he intentado mantenerme lo más alejado posible del falso Paul. He buscado seguir la senda de la iluminación espiritual y del perdón, pero por más que lo intente no puedo dejar de odiar al maldito bastardo. Muchas veces me ha llamado para restregarme en la cara que su carrera como solista ha sido más exitosa que la mía y, lo que más me enfurece, que su esposa es más hermosa y talentosa que la mía.He intentado controlarme, pero hace unas semanas le llamé para decirle que lo contaría todo. Después de un incómodo silencio comenzó a reír, diciéndome que nadie lo creería. “Lo has intentado muchas veces –dijo-, en grabaciones al derecho o al revés y cuando alguien lo saca a relucir, la prensa siempre lo considera como las alucinaciones de un loco”.
“Tiene razón –le respondí-, pero en esta ocasión no serán solamente rumores. Tengo pruebas”.
Su silencio duró bastante tiempo, así que supe que lo tenía.
“Mientes –escupió-, no tienes nada”.
“Nunca le conté a nadie que esa noche tenía una cámara en el auto. Tengo las fotografías”.
“No tienes el valor para hacerlas públicas”, me dijo intentando parecer tranquilo.
“Pruébame”, le dije y colgué el teléfono.
Hoy, a eso de las cinco de la tarde, el falso Paul, envío a su emisario. Se acercó a mí, mientras firmaba autógrafos en las afueras de mi edificio de apartamentos. En un principio lo tomé por un fanatico más, pero la copia de Double Fantasy que me extendió, llevaba pegada una nota. Luego de leerla no pude hacer otra cosa que reírme. Billy me exigía que le entregara las fotografías y los negativos o tendría que atenerme a las consecuencias. “¿Es todo lo que quieres?” le pregunté al emisario. Éste asintió con la cabeza. Pretendí que le autografiaba el disco, sin embargo lo que escribí fue “jódete”. Pasé el resto de la tarde en el estudio, grabando una nueva canción para Yoko. Cerca de las diez de la noche, mientras regresaba en mi limusina al Dakota, decidí que sería mejor caminar un poco. Así que aquí estoy, en la calle 72, donde inicié mi relato, a punto de llegar a mi apartamento.
Me parece reconocer, recostado contra uno de los arcos del edificio al emisario del falso Paul. Sonrío, seguramente tiene un nuevo mensaje, en el cual ya ha cambiado el tono amenazante por uno más lastimero. Cómo voy a disfrutar haciéndole sufrir. Por el momento voy a ignorar al muchacho. Creo que ya lo había visto antes, cuando me entregó otro mensaje, allá por noviembre. Me parece que dijo que me admiraba mucho e incluso me dijo su nombre. Creo que era Frank o Mark. La verdad es que no puedo recordarlo. De todas formas no tiene importancia. Es otro chico más que trabaja para Billy y que nunca hará nada, lo suficientemente importante, para ser recordado.
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Verano, de Santiago Gil (España) http://www.canarias7.es/blogs/ciclotimias/
La piel de su cara estará recordando el aire caliente de todos los veranos. Le bastará con pasear por la calle para que su cuerpo vuelva a salir de vacaciones. El calor presente viene siempre acompañado por otros calores más lejanos, y también por olores a brisas reconocibles, a perfumes de primeros amores, a noches de verbena y a la pólvora de los fuegos de artificio. Ya estará doblando la calle 60 camino de la Quinta Avenida en dirección a Central Park. No le esperaba la playa de su infancia.
Manhattan estará silenciosa con la canícula del último día de julio; pero en su mente revolotearán sus gritos de niño y el agua salpicada en la orilla. Da lo mismo donde a uno le coja el verano: un solo verano feliz salva toda una vida. Él ya debe estar a punto de entrar al parque y de perderse entre sonidos de tambores, malabares y deportistas que desafían a las altas temperaturas sudando a mares. Mirará al cielo y lo verá tan azul como cuando lo observaba flotando en medio del océano que bañaba su pueblo de veraneo en el norte de Gran Canaria. Una bandada de gaviotas volará en dirección a la costa atlántica dejando atrás los grandes rascacielos que hoy brillan como cristales candentes. Cualquiera de ellas puede acabar llegando a aquella playa o posándose junto a las rocas luminosas desde las que veía caer el sol en las tardes de verano. Alguna de ellas reconocerá a una pareja de enamorados o a un niño que aún busca pulpos con una fija o que se empeña en arrancar las lapas más golpeadas por las olas. Se acercará a uno de los lagos de Central Park y logrará aislarse de las músicas y de los ruidos de la gente. Hace calor, tiene delante el agua y solo queda un día para que llegue agosto.
Da lo mismo los años que haya cumplido o los caminos por los que le ha ido llevando la vida. Me acaba de llamar por teléfono para preguntarme por los prolegómenos de la fiesta de La Rama. Yo no le digo que estoy lejos de Agaete. Le miento y le describo las calles del pueblo blanco engalanadas de banderas de colores y el ambiente eléctrico y festivo que anticipa el toque de la Diana del 4 de agosto y todo el jolgorio interminable que viene después. Me dice que huele el poleo de las ramas que han traído de Tamadaba cuando camina entre los árboles de Central Park. Yo le dejo hablar y me dirijo a él como cuando a los dieciocho años estábamos preparando los planes de aquella primera amanecida en los bochinches del barranco. Nunca hablamos de eso cuando le visito en Manhattan, pero hoy se conoce que le ha venido de golpe el recuerdo de todos los veranos. Le sigo mintiendo, le hablo de Guayedra y de Las Salinas, de la playa del Juncal, de La Caleta y de los papagüevos que ya están repintados para salir a la calle. Nos despedimos. Lo vuelvo a imaginar regresando a su pequeño apartamento con vistas a East River. Desde allí seguro que seguirá buscando gaviotas que aún conserven entre sus alas el calor de otros veranos.
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Algo te dirá que estuve aquí, de Alejandro Lérida (España) http://enarmascontralasoledad.blogspot.com/
La curiosidad pudo más que el miedo
y no cerró los ojos.
Desapareció él,
pero su frase quedó allí...
J. L. B.
Al fin y al cabo, es una vida triste. No puedo dormir y me dedico a pensar en todo lo que pude haber hecho y no hice, en todo lo que pude darle y no le di. Hoy, por primera vez desde que rompimos hace dos años, ando algo lento y melancólico, como un gato a mediodía, como quien descubre de pronto una cosa perdida y olvidada hace algún tiempo. A mi entender, la conclusión no ofrece ninguna resistencia: ahora sí que me olvidó. Inmediatamente, me domina semejante convencimiento. Y no me parece razonable pensar otra cosa. Ahora sí que me olvidó. No lo dudemos más. Es del todo simple: lo sé, como no voy a saberlo. Sólo sé que es así. Empezaré, sin embargo, por el principio.
Al principio, todo iba mal. Y sabía que a partir de ese momento todo iría peor. Me daba lo mismo, por supuesto. Como es usual en mí, me dispuse a comprobarlo. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos. Es más, una vez que el amor, por decirlo de algún modo, huyó por la escalera tras cerrarme la puerta en las narices, no sin antes haberme dicho que me odiaba, y no podía creer que lo dijera tantas veces, no quiero volver a verte nunca más, ya hemos hablado de esto muchas veces, no sé de qué te sorprendes; estoy de acuerdo, aunque como tú bien sabes no es la primera vez que me lo dices, por eso te propongo un trato; joder, siempre estás igual, intentando convencerme de algo, estoy harta de que me hagas creer que estoy equivocada, me puse a llorar como un mocoso abandonado, inconsolablemente, porque había comprendido que nada volvería a ser como antes. Hay cosas que sólo ocurren una vez. Sara es una de ellas. Estoy convencido. Y esta certeza merece toda mi confianza.
Desde entonces, me habitué durante unos meses a merodear la que había sido nuestra casa, un diminuto apartamento cerca de Central Park en el que una sola persona llenaba la estancia y dos la volvían sofocante. Me pareció la única forma que tenía para saber de ella. Y lo era, sí, lo era, claro que lo era. No respondía en absoluto a mis llamadas ni mensajes, y las pocas oportunidades en las que nos cruzábamos en la calle solventaba el espinoso encuentro con bruscos arranques que la conducían de una vidriera a otra, cambiando de aceras y escaparates. “He aquí una nueva emoción que añadir a la vida”, me dije en tales situaciones. Aproveché con avidez cada ocasión que me brindaba de seguirla por las calles, que por un momento parecían ser todas las calles del planeta, dando vueltas por la ciudad, por el mundo, de una punta a la otra de la Quinta Avenida, por ejemplo, mientras que Sara, gozosamente, hacía sus compras, sus imperecederas compras.
Por fortuna, recuerdo muy bien una oportunidad. Miré a mi alrededor. Brillaba septiembre con la última luz que le había encontrado al día. Por el cielo se repartían las nubes como si fueran naipes entre aquellos claros escrupulosamente azules. Vi entonces a una mujer cruzar la calle y pensé de inmediato que tal vez era cierto que se pareciese a Sara y, sin embargo, era más que triste que no fuese ella. Me detuve observándola un instante. Septiembre, entonces, olía a despedida, a charcos que no guardan una nube, a hojas de periódico en el suelo de la ciudad errante y cotidiana. Pero, antes que a nada, sobre todas las cosas, olía a huella de mujer en cada calle, en cada acera, en cada baldosa, no recuerdo dónde. Olía a Sara. Me conocía sus pasos casi de memoria, como si fueran míos, pero se alejaban de mí, camino de otros pasos, de otros labios, pensaba yo, bajo un cielo inocente que no se cansaba nunca de observarla, ni de mirar con descaro, seguro de sí mismo, primero una, después la otra, o las dos a la vez, era posible, ese par de admirables piernas cuando decían adiós bajo la lluvia, ahora sí, pues se puso a llover sin discreción, con irrompible energía. No quedaba ni un haz de luz rayando el aire entre los rascacielos. La lluvia, taconeando distintamente, copiándole los pasos, interrogándolos, contemplaba de igual forma, con sus mil ojos, sus interminables medias color verde manzana, verde paraíso. Sara, aunque no fuese Sara, desgraciadamente, iba de blanco igual que un ave. Pero no obstante, para mí, era Sara, y esa ilusión me insuflaba nuevos ánimos de saber de ella, porque era Sara y era un abrigo blanco de entretiempo y un fresco olor a agua de colonia que desdibujaba el perfume de la lluvia y era un gorrito de lana verde lima bajo la reverdecida sombra del paraguas iluminado, entre el arco iris de sus múltiples bolsas de colores. Y nada sucedió, es cierto, pero todo sucedió. Cerré los ojos. Los abrí. Y era, sin la menor desconfianza, uno de esos días en que uno no quisiera olvidarse de que tiene ojos. Entonces vi que Sara, excitada de lluvia, con tacones de anzuelo y medias como redes, traía en el alma la mordedura irreparable, esa marca anterior a cualquier noche, que llamamos amor como de costumbre. Imaginé que estaba siendo presa de recuerdo y de nostalgia, de pura fantasía. Alguien dijo, y no sin razón, que así debió de ser Eva. Y lo subrayó enseguida asegurando que sus ojos brillaban como brilla el azul de las piscinas, como la llama azul del gas butano, y que su piel era dorada y tierna como acaso solo lo es el pan. Otro manifestó, mordiéndose la lengua de otra forma, que sus coloridos labios, insólitos y rojos, superiores e inferiores, tan cerrados como abiertos, eran como dos fresas partidas por la mitad. Algo así. Y pensé que la lluvia, anticipándose a mi boca, disputándole la suya, dejó un sabor inédito en el labio de abajo, aunque también en el de arriba. Estoy seguro. Y hoy sería soportable, e incluso evocador, si todo esto no hubiera encerrado en mí un dolor tan reconocible. El viento, de cuando en cuando, levantándose en armas, como un Adán erguido, con un gesto de ansia insaciable, tironeaba del vestido como un vulgar asaltador. Todo en su cuerpo se convertía, irremediablemente, en una señal ineludible de que la amaba como quien ama un espejismo, no sé. Y, por un momento, la creí desnuda en aquel paso de cebra eternizado y quise con mi boca secarle su desnudo mientras que duraba el verde del semáforo y el milagro del agua insistía, perpleja y sin censura, bordando su silueta tras la flor arrancada del vestido, esa bandera mojándose de pronto y en que se transparentaba, en su plenitud más inefable, la esperanza algo más débil de su ropa interior. Y sin saber, ni importarme, adónde diablos iba, caminé tras sus pequeños y góticos tacones unas cuantas manzanas más hasta que giró a la izquierda, un poco más adelante, hacia una plaza con palomas y la estatua ecuestre de algún conquistador. Se detuvo un instante para encenderse un cigarrillo, retocarse los labios con su barrita rosa de carmín y su espejito y, ya que estaba, colorearse las mejillas. Cerró satisfecha el diminuto estuche de cristal, reanudó su camino y, casi enseguida, se vio a sí misma abriendo las puertas acristaladas de un pomposo restaurante. Allí la esperaba un hombre ––lo supe luego–– que la besó con la mitad de ganas que hubiera puesto yo. Y mis huellas, conteniendo la respiración, la buscaban en el tiempo y el espacio, y querían vivir más también mis ojos, boquiabiertos, atornillados a los suyos, y mis manos supieron de repente que no era. Y, antes de irse, me miró a los ojos como sólo Sara sabía hacerlo. Su mirada era celeste como un dardo. Me pareció que iba a perder el conocimiento. En ese momento sentí el ramalazo azul de su perfume, el mismo que le regalé en nuestro primer aniversario. Quiero decir, a Sara. Intenté respirar hondo. Después prosiguió su marcha, llevada firmemente del brazo de aquel hombre, por aquella espectacular maraña de avenidas, mezclándose en la amable corriente de los transeúntes. Mi anhelado futuro tenía la forma exacta de sus huellas. Me paré en seco e interrumpí el que yo juzgaba como el imperturbable placer de perseguirla. Y sentí, por eso mismo, su irresistible adiós en mis entrañas como una descarga eléctrica. Por un instante la perdí. Acto seguido, mientras que suspiraba, la recuperé entre el mar de gente. Dejé de verla algo más tarde. Fueron, sin que yo lo supiera (de eso me di cuenta después), las mejores horas de mi vida. Seguirla era algo tan necesario como respirar. Pero ¿cómo salir de eso? Me convencí de que era inútil seguir una ilusión que no tenía otro objeto que producir un desengaño. Sólo encontré una salida. Decidí volver a casa. Debía recuperar a Sara.
Por alguna razón, sólo saber que Sara estaba por ahí, en algún que otro lugar de Nueva York, rubita y coleando, me consolaba de todo. El pretexto fue lo de menos. Acudían a mi memoria episodios remotos junto a ella: tú me ayudaste a recordar que Nueva York no era sólo Manhattan, su presencia laberíntica, y contigo tuve, mientras que paseábamos por la espejeante orilla del Hudson, un diálogo insípido de mutua incomprensión de pareja sobre quién de los dos quería más al otro, Quizás es que no me quieres; te quiero; ¿cómo lo sabes?; no lo sé, lo siento, lo noto; ¿cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?; te quiero, y no puedo creer que lo diga tantas veces, me basta con mirarte para ser feliz; ¿de verdad me quieres?; te quiero como casi nadie ha sido capaz de querer nunca, te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme, te querría en silencio, a escondidas, te esperaría en cualquier sitio adonde fueras tú sólo para verte de lejos, ¿cómo es posible que dudes de lo que te quiero?; ¿cómo quieres que no dudes?, ¿qué prueba real tengo de que me quieres?, sí, tú dices que me quieres, pero son sólo palabras, es muy fácil decir te quiero; ¿qué quieres que haga?, ¿qué te demostraría que te quiero?, ¿tengo que matarme para demostrártelo?; no me gusta nada ese tono, no seas melodramático; mira, cariño, me aturdes, me hartas; quizás es que no me quieres... Ahora sé lo que te quise.
Más tarde (y me acuerdo con horror), me dejó una mancha de carmín en aquel alba sin pájaros, y me dijo que no la esperase hasta la noche. Supe, entonces, que el desamor era un taxi alejándose, amarillo, lento, melancólico. Mi corazón, una tumba abierta en mitad de una avenida. Y es hoy, sin embargo, cuando acierto a ser justo...
... Desde hace tres días, reza en el suelo del puente de Brooklyn un sobrecogedor graffiti: Sara, ¿qué más hace falta?
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Nueva York de película, Alfonso Ramírez de Arellano (España)
Nueva York es una ciudad de película por partida doble; por la fascinación que ejerce sobre el visitante y por ser la ciudad más filmada del mundo. Muchas de sus calles, de sus edificios y perspectivas resultan familiares aunque nunca antes la hayamos visitado.
Al entrar en el metro tropezamos con un par de policías de azul oscuro casi negro, con gorra de plato, pistola en el cinto y esposas cromadas en la cadera, que nos impiden el acceso a una línea que se encuentra averiada. En el andén una mujer negra vestida de blanco de la cabeza a los pies se dirige a un funeral rezando en voz muy baja mientras un blanco ciego canta canciones de Junior y Alberto Cortés acompañado de música grabada. Cuando me dejo caer cansado en el asiento de mi vagón sufro un auténtico deja vu. Ya he vivido esta escena, pero no como turista, sino como alguien que lleva viviendo muchos años en la ciudad y vuelve del trabajo a su casa. ¿Qué clase de trabajo? Con gabardina y trabajando en domingo sólo puede ser un detective. Como digo, New York forma parte de nuestra memoria colectiva cinematográfica.
Lo sorprendente de la ciudad es que, a pesar de todo, sus tópicos no defraudan. Un ejemplo de ello son las bocas de riego contra incendios. Aunque todos las hemos visto en las películas no puedo dejar de contemplar como se multiplican a espacios regulares por toda la ciudad. Parecen pequeñas esculturas urbanas de bronce. Me extraña no encontrarlas entre los clásicos souvenir: taxis, estatua de la libertad, bola de baseball…., yo me compraría un llavero. Esas bocas de riego contra incendios también son una muestra de la firme determinación de la ciudad de no volver a quemarse. Desde luego no será por falta de agua o de bomberos, que son otro de los emblemas de New York. Los bomberos están muy presentes en la vida de la ciudad. Así como en otras sólo se les ve cuando pasan a gran velocidad con la sirenas encendidas para apagar un incendio, en Manhattan siempre hay un coche de bomberos aparcado en una acera o pasando tranquilamente por la calle. No se cortan un pelo. Se nota que les gusta dejarse ver. Son los héroes de la ciudad.
La presencia de la policía en las calles también es muy evidente. Supongo que cumplen una misión preventiva y ciertamente consiguen transmitir seguridad al visitante. La presencia de los bomberos también tranquiliza aunque, en su caso, es más difícil imaginar de qué forma pueden disuadir al fuego o a otras catástrofes de que hagan acto de presencia.
¡Qué calor!
A finales del mes de abril todas las zonas verdes urbanas están cubiertas por tulipanes y violetas. Pinceladas azules y amarillas alegran el hormigón uniforme de las aceras. Y durante un breve periodo de dos semanas los parques y jardines de la ciudad también se tiñen de rosa. Es el tiempo de vida de la flor del cerezo.
En la Avenida de Broadway a la altura del principio del Soho encuentro una obra de cierta envergadura y aunque su perímetro está acotado por una valla puedo asomarme a su interior. Me gusta ver lo que hay debajo de la piel de las ciudades. Las losas de hormigón de unos tres metros por dos y de un grosor de unos 40 centímetros que componen la acera son impresionantes y junto a los refuerzos de hierro que rematan las esquinas de las aceras están hechas para durar.
Todo es más grande: las avenidas tienen más carriles, los camiones son más grandes y mucho más largos, las aceras son más anchas y los edificios, como todo el mundo sabe, más altos. Pero no solo son muy altos también compiten en singularidad. Algunos de ellos lo consiguen sobradamente y tienen nombres propios como el Chrysler o el Flatiron, además sus portales son interesantes obras de diseño o espacios públicos abiertos a los ciudadanos como el Rockefeller Center. Claro que a otros les ocurre lo que a los perfumes cuando rivalizan por destacar, el resultado es un aroma pastoso que -ironías de la competitividad- los iguala a todos. Eso también ocurre en algunas avenidas de Nueva York. En ellas es preferible concentrarse en la vida que transcurre a pié de calle: los escaparates, las gentes de todas las razas, la variedad indumentaria, los quioscos de comida y refrescos, los puestos de flores y fruta, las pijas anoréxicas que pasean perros con árboles genealógicos más puros que los suyos y los “nails”.
Los nails o manicuras son el establecimiento que más abunda en NY. No me pregunten por qué, pero en cada calle de cada barrio hay uno o más de estos establecimientos. Algunos ofrecen además servicios como masaje en los pies, las manos, los hombros o la cabeza y se autodenominan nails & spa, otros son más humildes, pero todos poseen un gran escaparate desde el que puede verse su interior. A los clientes no parece molestarles que los vean entregados a los cuidados del masaje o la pedicura. Las guarderías de perros también tienen escaparate a la calle. En NY todo está más expuesto.
¡Por fin rompió a llover!
Las grandes aceras y la distribución cartesiana de sus calles y avenidas permiten andar por Manhattan sin temor a perderse. Claro que más que de paseo habría que hablar de marcha si se desea recorrer a pie sus barrios más señeros. Lógicamente también podemos desplazarnos en metro, autobús o bici. Pero a los voyeristas que disfrutamos con la marcha, la ciudad ofrece kilómetros y kilómetros de placer entre los barrios de Uptown (Harlem, Upper West y East Side…) a los de Downtown (Chinatown, Tribeca, Battery Park…), pasando por los de Midtown (Times Square, Chelsea…). Otro aliciente para el paseo es lo sorprendentemente poco ruidosa que es la ciudad.
El tópico de la prisa es verdad sólo hasta cierto punto. No corren más que en Madrid, por ejemplo. Los que parecen tener más prisa son los que responden al cliché de ejecutivo neoyorquino: blanco, caucasiano, delgado, vestido de diseño (aunque quizá con zapato deportivo) con una pieza de fruta en la mano o un café en un vaso de plástico tapado, pero se trata de una minoría en recesión demográfica. Los lugares donde encontramos mayor concentración de estos tipos son el distrito financiero y el domingo en la catedral católica. Cuando visitamos la iglesia la misa había terminado y una gran mesa alargada con te, cakes y pastas se extiende a lo largo de la nave central. No sé si es un día especial o se trata de una costumbre habitual. En cualquier caso, en torno a la mesa departen señoras y señores blancos mayores con un aspecto muy irlandés; ellas con vestidos de domingo y ellos con pajarita. Pero, como digo, lo que más abunda en la ciudad, siguiendo escrupulosamente las leyes de Mendel, son las distintas variedades de castaños, marrones, tostados, chocolate, caoba dorados y amarillos que colorean las pieles de sus residentes. Para nuestra delicia, además, hablan español.
¡Caramba con la lluvia!
Bueno, día de lluvia día de museos. El MOMA, el Guggenheim, el Metropolitan, etc. Muchos de ellos están situados en la misma calle que bordea Central Park: La milla de los museos. Además de las extraordinarias colecciones de arte moderno que contienen, el Guggenheim es muy interesante por el edificio que lo alberga y el MOMA porque sus colecciones no se han detenido en las vanguardias del siglo XX.
Central Park se parece a los grandes parques ingleses de césped como High Park, pero también posee zonas ajardinadas que recuerdan a los franceses y al mismísimo parque de Maria Luisa de Sevilla, sólo que mucho más grande.
En Greenwich Village hay restaurantes y tabernas de muchos lugares del mundo, los restaurantes españoles sirven comida mexicana.
El clima es explosivo, al menos en primavera. De un día para otro pasamos de un calor asfixiante a los chaparrones con bajadas considerables de temperatura.
Hoy, nubes y claros.
Hay muchas personas trabajando en empleos de servicios (repartidores de propaganda, animadores a la entrada de los teatros, informadores del Metro, acomodadores en bares y restaurantes, seguridad privada) que no suelen verse en Europa, bien porque se ha prescindido de ellos o bien porque han sido sustituidos por máquinas.
Tenemos la fortuna de ser invitados a la celebración de una ceremonia religiosa en Harlem. Se trata de una iglesia de barrio situada en una primera planta con más aspecto de salón de actos que de iglesia. Son baptistas y, naturalmente, negros. Desde el principio hasta el final se comportan como amables anfitriones. No puedo evitar comparar la experiencia con la última misa católica a la que asistí en España, en la cual el sacerdote dio a entender que sobrábamos todos los amigos y familiares que no siendo creyentes estábamos allí sólo para acompañar a los niños que hacían su primera comunión.
Haber visto algún número de godspell en el cine o la televisión no le resta un ápice de interés y de emoción al espectáculo en directo. Lo que más impresiona no son los cánticos y la música sino la puesta en escena del sermón por parte del “predicador” acompañada en los momentos más dramáticos por el órgano o la batería. Al final todos los fieles lo rodean poniéndose de pie, contestando con gritos de aleluya y amen a cada una de sus frases. El sermón también está escrito en forma de diálogo entre el pastor y los fieles, y es repartido en unas octavillas al principio de la ceremonia. En ellas se pide un comentario sobre el sermón. Durante todo el tiempo se aprecia perfectamente el espíritu de comunidad y de barrio. Diría que el ambiente es más informal que en nuestras ceremonias, pero sería más correcto hablar de que sus formas son diferentes. De hecho son muy formales en el uso de la indumentaria, en el reparto de papeles, en las jerarquías, etc. pero eso no les impide cantar, bailar, saludarse y abrazarse. Los que parecen más aburridos, como en nuestro país, son los niños vestidos de domingo.
Cuando nos encaminamos al JFK para volver a nuestro país, comentamos con el conductor dominicano del taxi lo extraordinariamente amables que han sido todos en la ciudad con nosotros. Esto le extraña un poco a nuestro interlocutor que nos responde: “Lo de la amabilidad viene ocurriendo desde que comenzó la crisis económica. Antes cada uno iba a lo suyo. Algo bueno debía de tener”
En el aeropuerto no sufrimos inconvenientes especiales por la amenaza de gripe porcina que recorre el mundo en esos momentos, ni tampoco por la más antigua amenaza de atentados terroristas. Y como, a pesar de ser latinos, no tenemos aspecto de traficantes (aunque por si acaso me pongo las gafas de cerca que me dan un aspecto más respetable), tanto a la ida como a la vuelta, nos dejan cruzar la aduana sin mediar palabra.
Damos unas vueltas por las pistas del aeropuerto antes de despegar bajo una fina lluvia de despedida.
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Cambio de planes, Liliana Savoia (Argentina) ttp://www.vuelodecartonlatinoamerica.blogspot.com Mala fe sensacional, de Luis Panini. (México) http://www.probableslluvias.blogspot.com/
Recuerdo cuando estábamos por afincarnos en New York y le pregunté a Michael, el compañero de trabajo de mi marido, cuáles eran los lugares a los que tenía que ir. Él, en su flamante español muy bien aprendido, me contestó.
—Eso es para los turistas. Todo New York es maravilloso. Déjate llevar y descúbrelo tú misma. Y así lo hice.
No pude asistir a la ceremonia de bautismo de James, el pequeño hijo de Michael, que tendría lugar en La catedral de San Patricio catedral de San Patricio, en ese gran templo, cuyas torres, de más de 100 metros de altura, dominara por los años 1800 a New York. Al verla pude comprender a Giannina Braschi la autora de "El imperio de los de sueños". La basílica es impactante, construida con mármol blanco de Nueva York y Massachusetts. Recuerdo que para llegar a ella tomamos por la Calle 59. Las agujas de las torres alcanzan una altura de 330 pies desde el nivel de la calle, parecíamos cuatro puntos perdidos en la escalinata de la Iglesia. Estaba feliz por mis amigos, habían elegido un lugar emblemático para limpiar el pecado original del primer niño que bendecía su hogar. Recordé que la visitamos apenas llegados a la ciudad, encendimos varias velitas en el altar y pedimos por el bienestar de la familia. Aunque deseaba estar allí, en la Quinta Avenida, enfrente del edificio del Rockefeller Center, sabía que no podría llegar a tiempo. Ivancito , mi hijo menor, ardía de fiebre , treinta y ocho y medio. Le pedí a Juan que fuese solo, después lo alcanzaría en el Salón de Fiesta. Llamé un taxi. Me recogió el chico que me lleva a veces al trabajo, es hispano, le di la dirección 137 West 26 th Street. Cuando se me hace tarde, generalmente por los chicos, llamo a la misma empresa. No me reconoció. Claro. Así arreglada. Tardamos veinte minutos. Qué diferente está el transito a esa hora de la noche, Charlamos hasta llegar. Qué bien está el chico del taxi. Nunca me había fijado bien en él. ¿Pero Inés? ¿Qué estás diciendo? Dios perdóname.
—Nos vemos un día de estos, le dije al conductor antes de que me dejara frente al Salón de fiesta.
A las diez y media entré, decidida a la recepción del Helen Mills, dispuesta a disfrutar de esa noche especial con mi marido. Hacía tanto tiempo que no salíamos solos. La reunión se anunciaba muy divertida. Estaba en pleno apogeo. Los invitados llenaban sus copas con generosidad. No pude divisar a Juan, y no me acordaba el número de la mesa que nos había tocado. Di una vuelta alrededor del Salón para ver si lo veía. Por lo visto no faltaba comida ni bebida. Todos estaban alegres. Se le notaba en sus gestos. No conocía a nadie y hablaban casi a coro en inglés, traté de despejar mis neuronas y pensar en ese idioma y no en español
Me aturdían n las voces de los más ansiosos. Debían de escucharse hasta en la calle, pensé.
Ahí están los padres del homenajeado. Linda y Michael se habían convertido en buenos amigos. Al verlos pensé en nosotros, no es que fuera infeliz con Juan, pero me siento pero estoy tan atada. Los chicos, adaptarme a costumbres diferentes, la oficina. Cómo me hubiera divertido antes en una fiesta así, en Buenos Aires, pensé.
—Señora. ¿La puedo ayudar en algo?—me dijo uno de los mozos que cargaba una bandeja.
— Busco a mi marido. No lo encuentro.
—Que número de mesa tenían—preguntó el joven ofreciéndome una copa de champagña
—No lo recuerdo. Ese es el problema—Contesté mientras las burbujas se arremolinaban en mi boca.
— ¿Por qué no mira en la sala de al lado? En el sector con sillones. Serví unas copas recién a un grupo de invitados. —me sugirió el hombre muy cordial..
Camino entre la gente vestida a la última moda. Mis ojos se detienen atónitos, incrédulos, en la mano de Juan que se introduce como una víbora en un escote.
avanza segura. Un gesto de ironía se adueña de su rostro. Avanzo segura y me uno a ellos.
—Juan. Querido. Te estaba buscando.
La mujer da un paso atrás, él palidece dejando caer la mano laxa y culpable al costado del cuerpo
—Irene—¿Cómo está Ivancito?
—Está sin fiebre. La niñera ya lo habrá acostado.
—Te presento a Carla, un de las asociadas de la compañía. —dice Juan en un murmullo.
—Carla. Carla. Que gusto de conocerla. Juan siempre me habla de usted. —La voz de Irene sonaba burlona en los oídos de la mujer, apartó a la mujer a un lado, acercó su boca a los oídos— Qué bien le vendría a Juacito un aumento de sueldo. La mujer tenía el rostro descompuesto. —No se asuste. Es una broma—Los tres rieron nerviosos.
Irene no dijo nada. Pero era evidente que los había sorprendido.
La fiesta terminó de madrugada. Irene y Juan volvieron a su departamento de Manhattan, la gran manzana pareció devorarlos. No se dirigieron la palabra en todo el trayecto.
...
El mes entrante Juan recibiría un aumento de sueldo que Irene gastará la conocida tienda de lencería Victoria´s Secret que se encuentra frente a Macys. Irá gustosa a West 34th Street de shopping.
...
Esa mañana fue Nicolás el que despertó con fiebre. Anginas, dijo el médico a domicilio. Irene tuvo que ir a la farmacia y dejar instrucciones a la niñera para que le diera en horario los medicamentos a su hijo. Juan llevó a Ivancito al jardín, luego iría a la oficina. Irene llegaría tarde a su trabajo y por lo tanto tuvo que llamar a la agencia Main Street Limousine por un coche. Se identificó y en pulcro inglés expresó:
—.Si es posible, mándeme al chico de siempre —dijo, sintiendo un inusual aleteo en el estómago. — Con él viajo tan segura.
El muchacho del taxi disfruta desde esa la mañana las nuevas compras de Irene.
Dólares, euros y yenes. Seis monitores sobre su escritorio. Compra y venta de acciones. De lunes a viernes, de nueve y media a eme a cuatro pe eme, hora de la costa este. Traje de diseñador, zapatos de piel confeccionados a la medida, pisacorbatas y mancuernillas de oro blanco. Oficina en esquina: piso setenta. El cabello peinado hacia atrás, esculpido con gel hidratante. Los dientes perfectos. Las pestañas imposibles de tan largas. El cutis suave, de poros minúsculos, casi invisibles. Las uñas manicuradas. Membresía para gimnasio exclusivo. Ópera los viernes por la noche. Agua embotellada proveniente de manantiales. Casa de verano a un par de horas con buen tráfico. Lejos de esa metrópolis, de las incesantes sirenas de sus ambulancias, de los indigentes, de las aceras obstaculizadas casi a diario con bolsas de basura y ratas, de su treintena de idiomas encerrados en un solo vagón del metro subterráneo, o del elevado, de sus pasajeros que orinan los asientos de plástico, de sus taxistas maleducados con apellidos impronunciables —a veces son más consonantes que vocales—, de su vertical forma de vida impuesta por la falta de espacio, de las aerolíneas comerciales estrellándose contra sus rascacielos, de sus cuerpos que eligen una muerte distinta al arrojarse al vacío antes de someterse a la calcinante furia de las llamas —dicen que dos se tomaron de las manos mientras descendían en inevitable vertical—, de sus miles de peatones incrédulos, captando con sus videocámaras el momento en que los edificios sucumben ante su propio peso y se vienen abajo, como torres de jenga, y dejan una amenazante nube de polvo que todo lo cubre y avanza y devora a cientos de residentes y turistas que llevan tatuado el pánico en el gesto, vestidos con playeras blancas y un corazón rojo estampado en el pecho que forma parte del mensaje Yo Amo a Nueva York.
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Eddie (I'm a Fool to Want You) Juan Tena Martín (España) http://lacomunidad.elpais.com/el-blog-de-juantena/posts
A Eddie Condonis
Al entrar en el Algonquin supe que ella se encontraba dentro. El aroma inconfundible de su perfume flotando en el aire delataba su presencia. Miré al fondo y ahí estaba, sentada en una banqueta, acodada en la barra con un Bourbon delante y fumando un cigarrillo distraídamente. Llevaba un vestido negro, ceñido y con un escote en V que dejaba al descubierto su espalda hasta las nalgas. El olor de su fragancia It's You, de Elisabeth Arden, se confundía con las notas de Summertime que salían del piano que tocaba Herni.
Aquella mujer, con la que nunca había hablado, ni tan siquiera cruzado una sola palabra, un ¡hola!, me fascinaba por su belleza y distinción, y también por cierto halo de misterio que la rodeaba. Por lo demás, no aparentaba tener más de 28 ó 29 años; Herni me dijo que había oído que su nombre era Eddie.
Solía llegar al final de la tarde y siempre actuaba de igual modo: se acercaba a la barra con paso lento y seguro, se aupaba a una de las banquetas del bar y pedía un Bourbon con tres cubitos de hielo, sin soda. Daba un sorbo corto y después extraía de su bolso una pitillera de plata y encendía un cigarrillo que fumaba con lentitud, observando los caprichosos trazos que el humo dibujaba en el aire mientras ascendía hacía el techo o se mezclaba con la luz de los neones del fondo de la barra.
Hoy, sin embargo, es algo distinto. Esta vez Eddie no está sola, le acompaña un tipo de mediana edad, elegantemente vestido, y con el que habla mostrando una amplia y seductora sonrisa, que le es correspondida. De gestos delicados y modales exquisitos, el hombre es sin duda de clase acomodada; aparenta unos cuarenta años y viste traje azul de lana impecablemente cortado; camisa a rayas azul claro y blanca, gemelos de oro montados con zafiros en los puños y corbata de seda natural lisa en tono granate; el sombrero Stetson y el abrigo de alpaca reposan en un taburete contiguo.
Herni, al que pregunto discretamente sobre la persona que acompaña a Eddie, me dice –sin dejar de tocar el piano– que aquel elegante caballero es un conocido hombre de negocios vinculado a los medios de comunicación neoyorquinos, y que su nombre es Joe, Joe Edmunds.
El tiempo corría y Eddie y aquel tipo no parecían tener prisa por marcharse. Miré el reloj y marcaba las 21 horas. Yo no tenía nada que hacer, mi trabajo había terminado hacía horas, en casa no me esperaba nadie –sólo el frigorífico vacío, la ropa sucia apretujada en la lavadora, el polvo y mi Imperial Standar con el folio en blanco sujeto en el carro de lo que será el prólogo de mi próxima novela–, así que decidí quedarme y continuar observando a la pareja.
La verdad es que me importaba bastante poco el tema de conversación que pudieran estar manteniendo ambos, tampoco miraba sólo por curiosidad. ¿Por qué lo hacía entonces, si no era por estos motivos?, me pregunté. Creo que era porque estaba enamorado de aquella mujer, mitad real mitad imaginaria. Esa circunstancia ejercía sobre mí una singular atracción que era lo que me mantenía día tras día observando aquel retablo de perfección y belleza. Mientras tanto, mi novela esperaba, y el editor, impaciente, no dejaba de hacerme continuas llamas telefónicas –a las que no contestaba, naturalmente– para, sospecho, reclamarme con insistencia algún capítulo.
Hacía rato que habían dado las 11 en la torre de alguna iglesia próxima cuando Eddie y aquel tipo, Joe, se levantaron y salieron fuera, a la fría noche neoyorquina. A través de un ventanal del Algonquin alcancé a ver como tras un breve intercambio de palabras, gestos, sonrisas y besos se despedían. Joe subió a un taxi que pasaba en ese momento, y mientras el coche arrancaba él agitaba la mano enguantada en señal de adiós por el cristal trasero; ella, envuelta en su abrigo de piel, se marchó en dirección opuesta a la que había tomado el taxi. La seguí con la vista hasta que su figura desapareció por un extremo de una de las cristaleras del bar. En ese momento noté una dolorosa sensación de vacío en el estómago. Esperé un rato a que cediera y luego recogí mi abrigo y sombrero y salí a la calle. Con paso rápido me dirigí por la 44 Street hasta la Fifth Avenue para bajar hasta la 31 Street, donde tenía mi pequeño apartamento.
Una de aquellas tardes, al entrar al Algonquin no la vi en la barra con su cigarrillo entre los dedos y el vaso de Bourbon delante. Era tarde y pensé que de no estar a esta hora ya no vendría; y así fue, no vino. Los tres días siguientes tampoco apareció por el local; yo seguía yendo a la misma hora todas las tardes, me sentaba en la mesa de algún rincón y me dedicaba a leer o a escribir, según el estado de ánimo en el que me encontrara. De vez en cuando me venía a la memoria el rostro de aquella mujer con la que nunca había hablado y que, sin embargo, tenía la sensación de conocer de toda la vida…
– ¿Me da fuego? Mecánicamente, sin pensar, y, saliendo de mi abstracción, me volví al tiempo que extraía un encendedor de mi chaqueta y arrimaba la llama a la punta del cigarrillo, en cuyo extremo estaba aquel rostro seductor.
–Perdone, deje que me presente, mi nombre es Eddie, Eddie Edmunds, ¿y el suyo?
–Joseph, Joseph Chandler –dije apenas sin voz. Ella al ver mi turbación me dedicó una sonrisa abrasadora, y sin decir nada se sentó junto a mí en la mesa.
El humo de su cigarrillo dibujaba caprichosos arabescos en el aire mientras ascendía hacía el techo. Uno de los camareros trajo dos Bourbon, uno de ellos con tres cubitos de hielo y sin soda. Herni tocaba I Cried For You.
Tic, tic, tic,… Era media tarde y comenzaba a sentir el cansancio de haber estado tantas horas sentado ante la máquina de escribir. El reloj marcaba las 19 horas. Apresuradamente releí lo escrito: «Al entrar aquella tarde en el…», y sobre la marcha cogí el abrigo y el sombrero, apagué la lamparita del escritorio y, cerrando la puerta tras de mí, salí a la calle. La tarde era fresca pero no hacía el frío de días anteriores así que decidí ir paseando, sin prisa, a mi cita de todas las tardes en el Algonquin. Al entrar, Herni desgranaba las notas de una de mis canciones favoritas: I'm a Fool to Want You, que nadie ha logrado interpretarla como Billie Holiday.
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Pájaros nocturnos, Rosario Martínez, (España) http://cuentosdeamapola.blogspot.com
Nueva York, años cuarenta. A las dos de la madrugada Nick lleva ya seis horas embutido en su chaquetilla y gorro blancos. Trabaja en el bar Phillies de la calle 32, que hace esquina al callejón. La noche esta siendo tranquila, ningún altercado de noctámbulos, ningún atraco, ningún sobresalto de redada.
Durante las primeras horas de su turno de trabajo el bar bulle de gente que toma la última copa antes de volver a sus casas. A partir de la una de la madrugada los clientes, en su mayoría hombres, se empiezan a asomar al abismo de su soledad y buscan en la noche afilada de luces de neón, una mirada, un soplo de humanidad, el aliento de cualquier borracho, una mujer… No son propiamente solitarios, es simplemente gente que está o se siente sola. Aquella noche las calles de esa parte de la ciudad han volcado su carga de insomnes en cines, bares y clubs de alterne. Una lluvia imprevista ha despejado las aceras y las luces de los anuncios de establecimientos abiertos cobran el protagonismo de estrellas del cinematógrafo. El silencio y la soledad del exterior hacen dirigir las miradas hacia el interior de los bares que permanecen abiertos.
En el otro lado de la misma realidad Nick atiende a tres clientes. Presume de saber algo, todo o casi todo de los habituales de la madrugada. Sentado en el taburete del mostrador, de espaldas al ventanal que da a la calle 32, un hombre toma un whisky. La luz del interior hace resaltar la copa de su sombrero. Nick le ha saludado sin dar importancia al hecho de verlo entrar una noche más y le ha servido la bebida sin hacer preguntas innecesarias. Sabe de él lo suficiente: se llama Roth, es detective privado y padece de insomnio. Frecuenta el bar un par de veces por semana y siempre con un objetivo más o menos profesional. La suela de sus zapatos está demasiado gastada de patear la ciudad y su nombre ha aparecido en cierta ocasión en un periódico sensacionalista relacionado con la resolución de un caso de contrabando y chantaje. Nick ha desistido hace tiempo de querer saber algo sobre su vida personal porque, a lo largo de los tres años que lleva sirviéndole whiskys, jamás mostró la confianza suficiente como para hablar de lo que le destruye interiormente y que Nick ha sabido por otro canal. Únicamente se muestra locuaz si alguien esta dispuesto a intercambiar impresiones sobre combates de boxeo o carreras de caballos.
Pero esa noche no parece la más apropiada para intercambiar nada. En el mostrador que corre a lo largo del ventanal que ilumina el callejón se acomoda una pareja, un hombre y una mujer. Han entrado por separado, pero Nick sabe que, aunque proceden de diferentes puntos de la ciudad, lo hacen como medida de seguridad.Nick ha reconocido a la mujer por la melena platino y el vestido, siempre de color rojo. Es vocalista de un mediocre cabaret situado unas cuantas calles más hacia el oeste, uno de esos que acoge a personajes de la noche y los escupe a las dos de la madrugada, esa hora canalla en la que empiezan las grandes transacciones, el juego millonario, las apuestas y las acciones más viles.
Después de un rutinario intercambio de saludos se confiesa hambrienta y pide un sandwich de pavo, queso y mostaza.
El hombre que en ese momento la acompaña: traje, corbata y sombrero de ala caída sobre la frente, es el lugarteniente de uno de los jefes del hampa de un barrio marginal. Ha pedido dos cervezas con el aire de quien controla perfectamente cualquier situación. Nick está seguro de que algún día le tocará ser testigo de algún suceso luctuoso porque la rubia es la chica del jefe y aquellas citas clandestinas tarde o temprano explotan como obuses. Lo ha visto mil veces en las películas.
A Nick le sorprende el hecho de que el detective haya llegado esa noche más tarde de lo habitual y que no pierda detalle de los movimientos de la pareja, aunque aparente indiferencia. También llama su atención el nerviosismo de la rubia cuando ve pasear la acera en la semisombra que producen las luces del bar, a un hombre con aire ensimismado que mira con detenimiento hacia el interior. El lugarteniente se apresura a tranquilizarla con un cariñoso apretón en el antebrazo y Nick cree oir: “tranquila, nena, todo va bien”. El detective, al que se le supone ojo de halcón y percepción de felino, hace un guiño a Nick, que quiere ser de complicidad y le pide su segundo whisky, al tiempo que rompe el mutismo que le ha acompañado toda la noche.
–Ya ves Nick, no soy el único que transita con sigilo la noche neoyorquina. Esta ciudad está llena de gentes con insomnio. Mi pregunta es si ese hombre, aprovechando su vigilia, no está siguiendo los pasos de alguien. A mí me complicaría mucho las cosas si así fuera. Esta comedia no admite más personajes. Por favor, mira con disimulo y dime si todavía está ahí fuera.
–Señor Roth, no sólo sigue ahí fuera sino que está tomando notas en una libreta. Pero… le está fallando su fino olfato, este hombre no representa ningún peligro. Viene por aquí de vez en cuando. Es pintor, se llama Edward Hopper. Suele llamar a la gente que frecuenta la noche “pájaros nocturnos”.
–Puede que tenga razón. Acudimos a la luz blanquecina de los locales para protegernos de la oscuridad exterior.
–Pero esta noche parece que solo le interesaran los cuatro pájaros que habitamos el nido de Phillies.
El pintor se afana en su libreta de bocetos. Emborrona el título del apunte al carbón que acaba de hacer del interior del bar. Tacha “ Pájaros nocturnos”. Le parece que se presta al doble sentido. En su lugar escribe “Rapaces nocturnas”. Tampoco, demasiado agresivo. Al fin parece haber dado con el título que andaba buscando: “Aves nocturnas”. Si, es más conciliador, evoca otro tipo de imágenes. Añade: Nueva York, 1942.
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El cottage de Poe, Luciano Doti (Argentina) http://letrasdehorror.blogspot.com/
Cuando mi jefa de redacción me dijo que me había elegido para viajar a Nueva York y hacer la nota sobre el cottage de Edgar Allan Poe, me quedé como congelado; con esa reacción tan característica de esas situaciones en las que al fin se da algo que estuviste esperando durante mucho tiempo. Después de unos segundos, recuperé mi estado normal y pude agradecerle la oportunidad. Ella sabía bien que para mí significaba mucho más que un compromiso profesional, iba a conocer uno de los lugares donde vivió quien fue para mi gusto uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. El viaje de ida en el avión lo hice cargado de ansiedad, tuve que tomar un par de bebidas espirituosas para serenarme un poco, pero el beber me hizo recordar a Poe, por lo que, si bien calmé la ansiedad, el genial escritor nacido en Boston seguía en mi mente.
El momento de mi arribo a la “Gran Manzana” se dio al atardecer, por lo tanto, lo que quedaba de ese día, en realidad noche, lo dediqué a instalarme en el hotel y recorrer un poco las adyacencias del mismo. Me di el gusto de tomar una cerveza en un pub de Manhattan; a cuenta de la revista para la cual trabajo, al igual que el resto del viaje, obvio. Un moreno saxofonista de jazz animaba la velada. Me sentía como en una serie o película yanqui. Permanecí en ese pub casi hasta la hora de cierre. Cuando ya quedaba poca gente, una chica bastante atractiva se acercó a mí, conversamos en la barra animadamente, tanto que en un primer momento la juzgué una copera, pero luego supe que no, que era una estudiante de arte en una universidad de la zona, y le encantaría acompañarme al cottage de Poe, en el Bronx.
El día siguiente, nos dirigimos ella y yo al Bronx, para observar el cottage-museo. El distrito donde se encontraba la antigua vivienda era una zona de mucha marginalidad. La policía mantenía bien vigilado el frente para evitar que los turistas sufriéramos algún suceso lamentable, más concretamente un robo. Contemplamos desde la entrada todo el sector, suerte de pulmón verde en medio de enormes edificios que han sido retratados en innumerables ficciones sobre el ampa. Además de sacar fotos, me esforcé por grabar en mi mente esa imagen, por respirar ese aire. Fue maravilloso.
Una vez dentro, mi corazón delator se aceleró por la ansiedad del momento. Algo paranoico, creí que a mis latidos lo acompañaban otros que provenían de algún sector de la casa. ¿Acaso habría allí una persona sepultada o emparedada viva? ¡Claro que no! Era todo obra de mi imaginación. Me pareció ver también un tuerto gato negro portando la marca de la horca. Comencé a sentir temor de que la edificación se derrumbara cual Casa Usher. Mi nueva amiga junto a mí pareció notar mi turbación y sugirió que salieramos afuera. Entonces, ya recuperado, respiré otra vez el aire encantado de ese hermoso cottage que no pudo salvar la vida de la prima-esposa de Poe, Victoria Clemm, ya tuberculosa, pero que a mí en ese momento me proporcionaba un instante mágico, lleno de imágenes para recordar. Luego, cuando ya nos ibamos, se oía el graznido de un cuervo.







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