Relatos Negro

Relatos negros de los oyentes de Sexto Continente. Hacía falta cometer este asesinato


A tiro hecho, Makiavelo John, (España) http://proyectosensini.blogspot.com/

La investigación no había sido de su agrado y, mucho menos la sentencia, que arruinaría su vida y la de su mujer. Demasiado tolerante..., demasiado, demasiado... - se dijo maqueándose frente al espejo. No me queda tiempo para estudiar leyes; sí para actuar.
El autobús empleó poco tiempo hasta llegar a las inmediaciones del juzgado, apenas tres cuartos de hora en atravesar la ciudad. Bajó y, con disimulo, arrojó una bolsa en el cesto de la farola. Allí dejaba en manos del destino su inversión y su futuro.
Al entrar en el edificio, se palpó buscando en la indumentaria objetos que pudieran activar la alarma: el zurrón por un lado; y por el otro los útiles pequeños; reloj, monedas, zarandajas que depositó en la cesta, al igual que hubiera procedido en cualquier aeropuerto. Se tocó el cinturón; sin embargo, decidió pasar por debajo del arco sin quitárselo para de este modo comprobar el grado de sensibilidad del detector de metales.
Superada la primera prueba, mostró la citación a la joven que mataba el tiempo junto al escáner comiendo gusanitos. ¡Sí! –dijo ella de forma taxativa al comprobar el escrito, y añadió sin levantar la vista de la pantalla: Es en la primera planta; tome la escalera del fondo.
Decidido, se dirigió hacia el lugar indicado y, una vez allí, examinó la escalera indicada por la mujer.
Mientras subía, apreció y valoró positivamente la amplitud de la escalera, echó un vistazo a los escalones y encontró adecuada la altura y separación de la tabica por si las circunstancias lo obligaban a correr escaleras abajo. Sin titubeos siguió las flechas que indicaban el destino y, cuando por fin entró en el juzgado número uno de primera instancia, mostró el escrito a uno de los auxiliares al tiempo que su vista escrutaba el lugar buscando indicios que delataran la presencia de la jueza titular, esa que días antes, por comodidad, había condenado a su pareja a unos pocos años de cárcel, por no profundizar y solicitar una prueba de ADN.
El auxiliar leyó rápido el texto y le aclaró que el nuevo procedimiento debía ser encauzado por lo civil, y no por lo penal; que su abogado debía obrar en consecuencia, y que ese tipo de accidentes, al haber lesiones, se solían resolver pactando ambas partes antes de llegar a la sala.
Insatisfecho, ojeó de nuevo el espacio antes de marcharse, se despidió del varón agradeciéndole la información, y se dirigió de nuevo a las escaleras. Cuando bajaba, captó su atención la pareja de cierta edad que le precedía, y recordó haberlos visto en la sala. Analizó sus indumentarias empleando más tiempo en la mujer. Concluyó que ella era la jueza, justo en el momento en el que la mujer se volvió sobresaltada como si la hubieran avisado del más allá de que estaba siendo observada y que su vida corría peligro.
La pareja ralentizó su descenso mientras él se hacía el despistado y los adelantaba: no le merecía la pena encararse con ellos allí. El viejo colocó su brazo sobre el hombro de la mujer para hacerla sentir segura.
Al salir de los juzgados descubrió a una pareja diferente: agentes de la policía nacional que daban escolta a un joven esposado con las manos atrás, caminaban a buen paso. Los siguió durante un trecho seducido por la curiosidad, sintiéndose seguro de que podía actuar en cualquier momento, le parecieron presas fáciles. Afloró su instinto malvado y al ver que entraban en el juzgado de guardia corrigió su camino y retornó hacia la parada del autobús.
Al llegar a la parada, comprobó que aún permanecía estacionado el mismo que lo había llevado a los juzgados. Miró su reloj, aún tenía tiempo; en toda la gestión había empleado tan sólo diez minutos.
Con disimulo, se dirigió a la cesta de los papeles y comprobó que la bolsa seguía allí. Introdujo su mano y la sacó. Rodeó el edificio del juzgado. Dejó que la pareja de vejestorios saliera confiada, comprobó que nadie los seguía, sacó el arma, ajustó el silenciador y adelantó el paso. A la altura de la mujer, le apuntó a las sienes y apretó el gatillo. Yo también sé juzgar -le espetó al marido paralizado de horror, y añadió: no necesito de togas para emplearme a fondo.
Todo tan cerca y tan a la mano, y al mismo tiempo tan lejos, pensó para sus adentros. Aligeró el paso, el autobús aún no había arrancado. Subió, sonrió al conductor, soltó un par de monedas, tomó el billete y emprendió el regreso.
A lo lejos, junto a la palmera, el marido velaba descompuesto el cadáver de la jueza. Ni tan siquiera había gritado. Aún.
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Buenos Aires Blue's, Ricardo Juan Benítez, (Argentina)  http://cuentosyotrasficcionesricardojbenitez.blogspot.com  

Él caminaba sin prisa por la peatonal casi desierta. Sólo un entramado de neones reflejaba sus pasos en el pavimento húmedo. Necesitaba algo y sabía que por ahí cerca lo encontraría. A unos metros de la entrada del Bingo había un cine triple X. En sus cercanías, como los buitres que acechan a sus víctimas, estaban ellas. Las vendedoras de placer a plazo fijo. Echó un vistazo a la mercadería. Una era demasiado vieja y vistosa. Otra ya había conseguido cliente. Tal vez la pequeña. Si, no era demasiado llamativa, se vestía en el límite de la decencia. Un cuerpo bien formado, un rostro delicado y unos enormes ojos verdes. Si, podría servir a sus propósitos. Se acercó despacio. Depositó la valija de cuero en el suelo, encima la percha con el traje. Encendió un cigarrillo negro.
—¿Buscás compañía, papito? —escuchó una vocecita a su espalda.
—Si, mamita. Hablemos de negocios ¿Cuánto?
—Depende de lo que quieras. Con globito o sin globito, francesa, completa —recitó de memoria.
—Toda la noche. Después te digo que es lo que quiero —respondió impersonal.
—Cien pesos.
—Trato hecho —cerró la operación— ¿Algún lugar por aquí cerca?
—A una cuadra, por allá —señaló ella—, es limpio y discreto.
Ella había dicho una verdad a medias, que algunas veces son peor que las mentiras. Era algo discreto y casi limpio.
El cuartucho rezumaba ese olor a desinfectante barato que tienen todos los hoteles por hora. Una cama con sábanas y una colcha bastante trajinada, pero decente. Un silloncito. Una cómoda con el espejo ajado. Dos apliques. Uno de luz blanca y otro con un foquito rojo. Dos canales de música, ambos con música pop y romántica. Un televisor con canales porno.
Ella se sacó la blusa y aflojó el primer botón del jean ajustado.
—Esperá —la detuvo—, no es necesario que te desnudés. No vamos a hacer nada.
Ella lo miró con un mohín de desconcierto y disgusto.
—Tranquila —se apresuró él—. Acá está tu dinero y unos veinte pesos extras, por la molestia…
Arrojó un rollo de billetes sobre la cama. Ahora ella estaba más desconcertada que antes, pero tomó el dinero en rápido ademán.
—¿En serio que no querés nada?
—Solo quiero que te quedés en silencio mientras acomodo algunas cosas para mi trabajo —dijo con voz grave—.Debajo de la mesa de luz hay algunas revistas o, si querés, arreglate las uñas o podés dormir ¿Si?
Ella se acercó a la mesita de luz y tomó una de las revistas. Era de actualidades. De unos dos años atrás. Se sentó en la cama. Lo miró con extrañeza.
Él había puesto la valija sobre la cómoda, a manera de escritorio y maniobraba con algunos elementos dentro de ella.
—¿A que te dedicás?
—¿Todas tus colegas son tan curiosas como vos? —respondió hosco.
Ella calló. Siguió haciendo como que leía un artículo en la revista. Su rostro se ensombreció.
—Disculpá, no quise…
—No importa, está todo bien —respondió en un susurro.
—No, en serio, estuve grosero y…
—Ya fue —respondió con su curiosa manera de hablar—, no te preocupés más…
—Soy comerciante —agregó él, como para terminar la embarazosa conversación
—¿Viajante? ¿Vendedor?
—Algo así —respondió con una sonrisa torva.
Ella se irguió. Rebuscó en su bolso. Encontró lo que buscaba: el cepillo de dientes y la crema dental. Entró en el mínimo baño. Comenzó a fregarse los dientes. De arriba hacia abajo, de derecha a izquierda. Luego de escupir varias veces, comenzó a limpiarlos por segunda vez. Se enjuagó una vez más Luego cruzó la habitación hacía la ventana. Hacía calor y la quería abrir, pero quedó a mitad de camino. Los ojos abiertos y los labios temblando.
Él maniobraba con un arma. La miró imperturbable.
—¿Querías saber a que me dedico? Bien, soy asesino a sueldo —dijo sin ningún tipo de emoción evidente—, estoy haciendo tiempo para cumplir con un encargo. Los hoteles de pasajeros no son seguros y en uno de este tipo tengo que entrar acompañado ¿Satisfecha?
Ella volvió hacía el bañito. Se enjuagó la boca y escupió varias veces.
—No es mi asunto —contestó agitada.
—Tranquila, no te voy a matar a vos —hablaba con voz pausada, como lo haría un vendedor de seguros—, no necesito más problemas por esta madrugada. Mirá, vamos a estar aquí hasta las cinco. Después salimos, vos te vas a dónde quieras. Yo voy a buscar a mi blanco, a un par de cuadras de aquí.
—No quiero saber más nada —en su voz había un leve toque histérico.
—Ahora ¿Cómo te llamás?
—Alexandra, con equis…
—Bien, Alexandra con equis, ahora es muy tarde —la miró a los ojos—. Te doy todos los detalles, porque cuánto más sepás, más involucrada estás y menos posibilidades hay de que me traicionés ¿Entendés?
—Si —musitó angustiada.
—El tipo para acá a la vuelta en el Hotel Bristol, sobre la 9 de Julio —siguió inconmovible—. Sale para el aeropuerto a las cinco treinta. Lo espera una camioneta todo terreno, dos custodios bien entrenados y un balazo en la frente. Es un trabajo bastante simple.
Alzó el arma y se la mostró.
—Es una Desert Eagle Mágnum 44, con mira láser, balas de punta hueca —abanico el cañón—. Un solo tiro a doscientos metros. Un blanco fácil, nada más…
Ella se sentó en la cama. Quedó mirando el suelo. Él siguió revisando el arma. El silencio era espeso. Sólo se percibía la respiración de ella.
—¿Cómo es matar? —preguntó en un balbuceo.
Él la miró fríamente. Parecía estar sopesando la mejor respuesta.
—No es nada especial. Matar es sencillo —dijo él, al fin—. Lo difícil es sobrevivir. O amar…
—¿Amaste alguna vez?
—¿Y vos? —respondió sin responder.
—Si, con locura…
—¿Y los hombres te hicieron mal? —dijo con sorna.
—¡No te burlés!
—Disculpá. No estoy acostumbrado a estas conversaciones. En mi profesión es peligroso enamorarse. El amor hace cometer errores. El error se paga con la muerte ¿Tenés hombre? —preguntó para cambiar de tema.
—Bueno, tengo uno que me cuida y dice quererme —sus ojos tenían una humedad traicionera.
—Un rufián —dijo él sin ningún tipo de diplomacia.
Ella se levantó de la cama y se dejó caer en el silloncito Él comenzó a manipular con las perchas que llevaba aparte del bolso. Acomodo el traje, mientras se ponía la camisa blanca y una corbata gris. El traje era negro.
—¿Te vestís elegante para matar?
Él estaba maniobrando con los pantalones.
—Soy casi un burócrata de la muerte —se rió— .No, lo que sucede es que trato de llamar la atención lo menos posible.
—¿Y el pelo largo? —se intrigó Alexandra.
—Así —dijo él mientras se ataba con un elástico.
—A ver, dejame a mí —se acercó ella—, sentate en la punta de la cama.
Él obedeció y ella se acercó por su espalda gateando. Se irguió y apoyo su cuerpo contra él. Después le tomó la cabellera, se la estiró y retorció un poco. Pasó el elástico. Le dio unas cuántas vueltas.
—Tendrías que usar un pañuelo, el elástico te corta los cabellos.
Giró la cabeza, quedó cara a cara con ella. Sin pensarlo la besó. Ella respondió.
—Creí que ustedes no besaban en la boca.
—Son mitos —dijo ella mientras reía—, no besamos en la boca a los clientes pero cuándo un tipo gusta…
Él se la quedó mirando.
—¿Sabés que esto que hiciste es un rito milenario? —preguntó con voz grave.
—¿Atarte el pelo?
—En el Japón medieval las mujeres ayudaban a vestirse a los samuráis antes del combate.
—¿Samuráis? —dijo perpleja.
—Eran guerreros al servicio de un Shogun, o sea Señor de la Guerra. Ellos servían a su Señor. Tal vez yo sea más parecido a un Ronin…
—¿Y ahora? ¿Qué es un ronin? —preguntó con sincero interés.
—Un samurái que no tiene shogun. Un mercenario que alquilaba su espada al mejor postor. Creo que si, yo soy un ronin.
La volvió a besar. Ella acerco su cuerpo un poco más.
—¿Cómo te llamás?
—Paco.
—¿Vos te llamás Francisco? —preguntó incrédula— ¿Ese es tu nombre?
—Apuesto a que tu nombre no es Alexandra con equis —dijo en forma algo brusca.
—No es Rosa, pero no me gusta —dijo ella ofuscada—, por favor llamame Alexandra.
—Okey. Me llamas Paco y yo te llamo Alexandra ¿Es un trato?
Ella río y se acercó de nuevo.
—Alexandra, ya estuvo bien. Tengo un trabajo que hacer —susurró por lo bajo—. Sos hermosa y me gustas, pero no debo…
Ella se retiró contra el espaldar. Quedó encogida. Él se levantó, terminó de ponerse el saco y acomodar el arma en la sobaquera.
—¿Ya es hora?
—Casi… faltan quince minutos —la miró casi con tristeza— ¿Cómo se llama el rufián?
—Cholo, le dicen Cholo…
—¿Vos lo amas? ¿Querés seguir con él?
—No, sólo lo soporto —la misma expresión de tristeza que tenía él.
—¿Te pega?
Silencio. Y más tristeza.
—Mirá piba… tengo algunos ahorros. Si querés podemos probar un tiempito en el campo. Yo me quería comprar una granjita, criar algunos animales —siguió hablando con calidez—. Voy a tener que cuidarme de mis patrones, esconderme lo que reste de vida.
—Si, pero —dudó un instante—, tengo que estar cerca de la nena. Ahora está en la casa de la abuela, pero si me voy lejos…
—Traela.
Ella se quedó mirando incrédula. La mandíbula le colgaba.
—Pero, esto es demasiado bueno para ser verdad —sollozó— ¿Por qué?
—Mirá, voy a hacer el laburo. Cuándo vuelva conversamos.
—¡No vayas! ¡No lo hagas! —musitó ella— Hablemos ahora.
—Tengo que hacerlo. Mis patrones no perdonan fallos ni traiciones —respondió Paco— ¿Jugaste alguna vez al Monopolio? Esto es similar. El verdadero sentido del juego no es ganar ni perder. Era permanecer. En este juego tenés que permanecer, una vez que estás dentro no se puede salir. Solo cumplís con lo que se te ordena.
—Pero, igual lo vas a dejar —insistió Alexandra
—Mirá, ya es la hora —él se le acercó—. Cuándo te encontrás con el Cholo ¿De que lado se pone él cuándo caminan?
—Siempre se adelanta unos pasos —dijo ella extrañada.
—Perfecto. Si por cualquier motivo yo no vuelvo, esto que te digo es tu boleto a la libertad —abrió la mano y le mostró una pistolita pequeña—, esta es una Derringer calibre 31, de un solo tiro. Te acercás por atrás y le apoyás el caño aquí.
Le tomó la cabeza y se la giró hacia la pared. Apoyó el cañón en la base del cráneo.
—Apretá el gatillo, soltás el arma —siguió Paco en tono profesional—. Tiene una cinta especial en las cachas y el gatillo para no dejar las huellas. Te vas caminando no muy rápido. Aprovechás el desconcierto. Algunos se van a acercar a ayudarlo. Otros se van a escapar del lugar. Nadie te va a detener, hasta que ya sea muy tarde.
Ella tomó las manos de él y el arma.
—Está cargada —preguntó.
—Ahora la cargo. Antes de usarla, amartíllala.
—¿Así? —dijo ella mientras tiraba el martillo para atrás—, y después…
Jaló de gatillo. Un seco sonido a metal. Después de cargarla la puso en su bolso.
—De todas maneras, no te preocupés… yo voy a hablar con el Cholo —la voz de Paco no expresaba ninguna emoción— ¡Vamos! ¡Ya es hora!
Salieron y buscaron un barcito, de esos que están abiertos toda la noche.
—No tardo demasiado.
—Paco, por favor, volvé —rogó ella.
—Si Alexandra —a miró un instante, antes de agregar:
—Si, tranquila…
Se alejó por la calle peatonal rumbo a la plazoleta del obelisco.
—¿Se te ofrece algo más? —el mozo le habló con cierta insolente familiaridad. Los hombres percibían siempre a que se dedicaba. Parecían perros en celo.
—No. Si lo necesito lo llamo —el tono seco de la voz desanimó al tipo que la miró de costado.
A estas horas el Cholo estaría comenzando la recorrida. Visitando sus “chicas” y sacándoles la recaudación. En cualquier momento pasaría frente al ventanal. La vería. Debería haberse puesto más a resguardo.
Un par de muchachos pasaron corriendo hacia la avenida.
Un ulular de sirena se perdió entre el tráfico, mientras el camión con los periódicos llegó para descargar sus fardos de información.
Un portero comenzó a regar el pavimento. Un viejo, que dormía arropado en cartones, se tuvo que ir del zaguán antes que lo mojaran.
Ahora pasaron corriendo otros cuántos muchachos hacía la avenida.
Tomó el vaso de agua y lo apuró de un trago. En la televisión estaban dando el pronóstico meteorológico: “caluroso y húmedo, con probabilidades de lluvia hacía la tarde o noche”.
Llegado aquel punto sintió un temblor en el estómago, como un mal presagio.
Dos policías pasaron corriendo en la misma dirección que los muchachos de antes.
Una sorda angustia le daban continuos retorcijones Quería salir a ver que pasaba. Pero no tenía fuerzas para pararse.
—Fue acá a la vuelta. Parece que lo tienen atrapado…
Dos tipos conversaban en la entrada del barcito. La charla le llegó algo entrecortada, pero el sentido era unívoco. Algo malo estaba ocurriendo ahí afuera.
Ella sabía de qué se trataba.
Caminó rumbo a la entrada. Salió y vio el tumulto en la otra esquina. Dos tipos casi la atropellan, uno iba con una cámara portátil de televisión.
Tomó un pañuelito de papel tissue. Se enjugó una lágrima que pugnaba por estropearle el rimel. Otra gota, invisible, temblaba en el borde de su alma dolida. Sintió un escalofrío de muerte que la rozaba.
Los estallidos acaecieron desde más allá del gentío que huyo despavorido en todas direcciones. Decenas de detonaciones, gritos y pasos presurosos.
Sintió que las piernas no la sostenían.
—“Los errores se pagan con la muerte” —había dicho Paco.
Se apoyó contra la pared. Entonces escuchó la voz del Cholo:
—¿Qué hacés acá? —preguntó hosco— ¿Qué pasó allá?
—Nada, nada —tartamudeó conmovida—, nada de importancia.
—A ver ¿Cuánto hiciste anoche?
—Mirá Cholo, no fue una buena noche —trató de explicar—. No hice nada.
—¿Me estás jodiendo? —la miró amenazante—. A ver, vamos a casa y ahí me explicás bien que pasó.Mejor que me digas la verdad.
Él se adelantó y ella lo siguió tambaleante. Sabía lo que le esperaba.
Su oportunidad había pasado. Durante un instante miró el interior de su bolso buscando otro pañuelito. Ahí, entre el rouge y el rubor, brillaba en plata y nácar la libertad que le había ofrecido Paco.
—¡Vamos! —gritó el Cholo.
Dio la vuelta sin volver la vista atrás
Entonces ella sólo vio el cuello de él. Su cabeza que bamboleaba rítmicamente mientras caminaba sin temores por la peatonal casi desierta.


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La boda, de Kalton Harold Bruhl (Honduras)


Miró a su hija y sonrió con orgullo. Todavía no terminaba de creérselo. Le parecía que había sido ayer cuando ella lanzaba al aire el birrete, durante su graduación de la secundaria y, ahora, se disponían a entrar juntos a la iglesia, donde tendría que entregarla a su futuro esposo. El pulso se le aceleró, al tiempo que el corazón parecía encogérsele. Suspiró profundamente y se dijo que tenía que recomponerse. Hasta el momento todo había resultado perfecto y no quería ser él, quien estropeara la ceremonia, con un desmayo inoportuno. Cerró los ojos y entreabrió los labios, para pedir en silencio, que todo saliera bien. El hombre, desde su escondite, ajustó la mira telescópica y de inmediato se arrepintió de haber enfocado la cara de aquel maldito juez. El muy idiota, sin haber medido las consecuencias, había ordenado varias detenciones y ahora los jefazos del cartel, le habían enviado a liquidarlo. Sin embargo, se presentaba un problema inesperado. Al ver la expresión en su cara no había podido evitar sentido identificado con él. Hacía apenas una semana que su propia hija se había casado y él también había rezado calladamente para que nada saliera mal. Dejó escapar una palabrota y, mientras desarmaba el rifle, se enjugó una lágrima. Las bodas siempre le hacían llorar.
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Un encuentro, de Emilio Restrepo (Colombia) http://emiliorestrepo.blogspot.com/.
 
No era un fantasma quien surgió entre la niebla, aunque en ese momento lo hubiera preferido. He tenido más respeto por los vivos que por los muertos y esa figura que tenía parada al frente, mirándome con un brillo de odio bajo el sombrero que hacía sombra en su rostro, apuntándome con el frío acero de su pistola, estaba aterradoramente viva.
-Es bueno verte, después de tanto tiempo. ¡Reza tus últimas oraciones! ¡Mulligan te envía sus recuerdos! –Su voz resonaba cavernosa.
Siempre pensé que en esas circunstancias, una calle oscura y la clara amenaza de ganarme un balazo, era mejor disparar primero y preguntar después. Así lo hice.
- ¡Brown, Brown, mi buen amigo Brown! Siempre fuiste más rápido con las palabras que con las pistolas. ¡Feliz estadía en el infierno! –Soplé mi automática que aún despedía un hilo de humo gris con el dulce olor que toma la pólvora cuando da en el blanco.
Diciendo esto, le quité el arma, el maletín y la billetera por si hubiera algo que me pudiera interesar y me fui al centro a buscar a Mulligan.
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La pistola, de  Manuel Gómez Gemas (España)
La pistola no aparecía por ningún sitio. Al comienzo de la mañana, cuando saltó la noticia de que el asesinato de Pedro Talega había sido descubierto por la policía esa misma noche, apenas unas horas después de recibir varios tiros, a Juan le sobrecogió lo rápido que estaba sucediendo todo. Aun no ha desaparecido el humo de la pólvora, pensó, y ya está la policía husmeando por el lugar. Por eso se arrastró al suelo desde la cama en busca de la pistola, un revolver del calibre no sé cuantos, que conserva las vainas en el cargador tras los disparos. Allí no estaba, ni tampoco en la mesita de noche, o en alguno de los bolsillos de la cazadora, que había dejado sobre una silla nada más entrar en casa. Descalzo, se fue a la cocina, el lugar que solía visitar cuando regresaba por las noches, donde come algo si tiene hambre o donde simplemente se sienta en una silla para descansar, o para esperar a que pasen unos minutos a un ritmo más moderado antes de irse a la cama. No recordaba que lo hubiera hecho esa noche también, pero tampoco que hubiera dejado de hacerlo. En la cocina, al primer vistazo vio que sobre la mesa no estaba la pistola, ni tampoco encina de la encimera. Se sentó, como lo habría hecho esa misma noche, posando los codos sobre la mesa. La cocina estaba más o menos recogida, con algún plato y algunos vasos sucios dejados en el fregadero, y tenía ese agradable aspecto de reposo que tienen las cocinas temprano, cuando aun nadie las ha visitado. Sin levantarse de la silla fue posando sus ojos en todos aquellos lugares donde podía haber dejado la pistola: sobre el frigorífico, en la estantería de las especies, junto a las bandejas, en el suelo, por si se le había caído. De pronto tuvo un estremecimiento ¡la había dejado dentro del frigorífico! Fue hasta él y tardó un buen rato antes de aceptar que no estaba allí.

La tenía en mente con su forma exacta, con su color, su brillo metálico y hasta con alguna marca que le había añadido el paso del tiempo. Sólo necesitaba verla reproducida exactamente igual en un lugar de su casa, pero materializada, palpable, con su peso exacto. Le resultaba exasperante que esto no fuera así, pero tras muchas vueltas, tras muchas idas y venidas de una habitación a otra, no tenía más remedio que reconocer que no estaba. Por tanto, quien tenía que irse ahora, desaparecer y perderse, era él. O estamos los dos o no debemos estar ninguno. La frase le recordó a esos matrimonios desquiciados, que se empeñan en encontrar algo que nunca ha existido. Pero no era su caso, él sabía que la había tenido, recordaba las veces que la había dejado sobre la mesa de la cocina, o debajo de la cama, al alcance de la mano, o en la repisa del baño, mientras se sumergía en el agua caliente buscando una merecida relajación para los músculos de su cuerpo, incluso expuesta en el alfeizar de la ventana una mañana de domingo, mientras se fumaba un placentero cigarrillo y contemplaba el tránsito, algo hierático, de las familias que iban a misa. Aparte de eso, siempre le había acompañado durante los últimos años en sus correrías, le había proporcionado aplomo en momentos difíciles, cuando más la había necesitado, muchas veces sin tener que recurrir a ella, que permanecía en la sombra, discreta y en tensión, como un músculo más de su anatomía, secreto y potente, que sólo aparecería en los momentos necesarios. Como la noche anterior, cuando aquel maldito Pedro Talega se había entrometido, por pura vanidad, en lo que no le importaba. ¿Pero dónde estaría ahora? Se decía con desesperación.

Ya había repasado toda la casa y también había repasado mentalmente el recorrido desde que la utilizó hasta que abrió la puerta de su casa y entró en ella. No recordaba haberla dejado de sentir pegada a su cuerpo, creía recordar que hasta sintiendo al principio el calor quemante por haberla disparado unos segundos antes. Pero eso mismo le había ocurrido muchas otras veces, incluso tenía una señal perenne de quemadura en la espalda, justo encina del glúteo derecho, que le había producido el cañón ardiente de esa pistola, que se calentaba aun más que él. Pero su memoria esa mañana no estaba muy en forma. Había disparado a Pedro Talega cuatro o cinco tiros a quemarropa, después, mientras yacía en el suelo, le encajó una patada de propina en la cara, de lo que inmediatamente se arrepintió, porque eso era algo muy peliculero, algo que antes nunca hacían los auténticos, hasta que empezaron a imitar a los personajes de las películas. Pero lo hizo, de todas formas. Después…¿Pero se guardó o no se guardó la pistola por atrás del cinturón? Y si no lo hizo, ¿Qué hizo entonces con ella? Se cogió la cabeza como si quisiera estrujarla para ver si así lograba sacarle el recuerdo preciso. La apretó con fuerza mientras afirmaba los codos en la mesa de la cocina, pero no consiguió nada, apenas un dolor en las sienes y la percepción más clara aun del vacío. Un vacío en la memoria que le acompañaba durante todo el camino que tuvo que recorrer desde el lugar en el que pegó los tiros hasta su casa. No había forma de sacar nada. Era lo mismo que buscar la pistola en el frigorífico, o debajo de la cama, o en los cajones que había dejado abiertos por toda la casa. Se había esfumado, había desaparecido, con sus vainas perfectamente encajadas en el tambor, sus restos de pólvora, los caracteres del percutor y, sobre todo, las huellas dactilares, los rastros de ADN y cualquier otra cosa que los analistas de las pistolas le pudieran sonsacar. Confesaría sin apenas resistencia todo lo que pudiera y más si hacía falta. Él no había tomado nunca precauciones, como hacen otros, utilizando guantes de látex, espráis para las manos que borran las huellas, o cualquier otro artilugio que impidiera relacionarle con la pistola. Además, todo el mundo sabía que esa era su pistola. Que le asociaran con ella, por tanto, sólo era cuestión de poco tiempo.

No le hacía falta meditar mucho para saber lo que tenía que meter en la maleta: el escaso dinero que guardaba escondido, la mejor ropa que tenía y que cupiese, y algunos útiles de aseo. Puestos, el mejor traje, con el pasaporte en el bolsillo, los mejores zapatos, el mejor reloj, la mejor corbata, y poco más. No se molestó en eliminar nada de la casa ¿Para qué? Dejó los cajones como estaban, abiertos y revueltos, la cama completamente desordenada, lo normal después de haber buscado la pistola incluso entre las sábanas, la cocina con los mismos platos y vasos sucios esperando en el fregadero, y en el frigorífico y en todo lo demás ni siquiera pensó.

Salió, naturalmente, con cuidado, eligiendo la escalera en vez del ascensor. ¡Sería de risa que se estropeara justo en esos momentos! Cuando estuvo en la calle con la maleta, sin mirar con fijeza a ningún lado, pero atento a todo cuanto le rodeaba, se fue a la parada de autobuses más cercana. Prescindió, por tanto, del taxi y del metro, lleno éste como está de cámaras. Cuando bajó del autobús caminó hasta la parada de los que llevan al aeropuerto, donde esperó sentado un buen rato. Después tomó el que iba al aeropuerto, y una vez allí, compró en una agencia el vuelo para el extranjero más próximo que pudo. Tras facturar la maleta no le quedó más remedio que volver a esperar a que avisaran por megafonía del vuelo, lo que hizo sentado junto a otros viajeros en la zona de descanso. Recorrió con la mirada todo cuanto tenía alrededor, dejándola parada en alguna cafetería, donde pudo ver que servían cafés, cervezas y puede que algún licor. Se reprimió el deseo de dirigirse a ella, en memoria de la noche anterior. Cuando por fin avisaron, se fue para la cola con las manos en los bolsillos. Con una sola ojeada al resto de viajeros, pudo comprobar que seguramente él era el más triste de todos.

Dentro del avión sonaba una musiquita neutra, algo parecido a las cigarras de verano, que oídas desde la lejanía inducen al sueño. Pero en cuanto que posó sus nalgas en el asiento que le había tocado no pudo evitar que le brotara la frase “me voy huyendo de su ausencia”, como si le correspondiera a esa música a la que sólo él parecía prestarle atención. El resto de los viajeros aun estaban acomodándose en sus sitios, observados con indulgencia por una azafata, cuando oyó una nueva frase, como si surgiera de la música, “tu vacío me expulsa de mi vida”. Se concentró en la música, tratando de distinguirla de las estúpidas conversaciones de los demás viajeros, para asegurarse de que no tenía letra. No era más que el sonido de unos violines sintéticos acompañados de un piano, o de una pandereta, no estaba seguro, pero sin letra alguna. Después de oír “el olvido de tu voz me acompañará siempre” trató de prestar aun más atención, no solo a la música, sino a las conversaciones de los demás pasajeros, a sus móviles, a algún MP3 que sonara por allí. Tardó en comprender que esas frases surgían de su mente.

Cuando el avión despegó todo el mundo guardó, por fin, silencio. Después de las instrucciones que dieron las azafatas volvió a sonar la música con mayor nitidez. El resto de viajeros le pareció de lo más común, abundando las parejas que tal vez hacían el viaje de novios. Les imaginó separándose algún día, tirándose los trastos a la cabeza, poniéndose los cuernos o disputando por tonterías como unos discos, unos electrodomésticos, o unos viejos libros, y seguramente acudiendo a sicólogos para minimizar el trauma de la separación y calentándole la cabeza a amigos y familiares.

Juan lanzó un hondo suspiro “¡Que sabrán estos panolis de la vida!”, se dijo, mientras se preparaba para atender a una nueva frase que estaba emergiendo.


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Medio segundo antes, Iván Teruel (España) http://latijeradelish.blogspot.com  



Diez de la noche. Un hombre saca a pasear a su perro tras una discusión agria con su mujer. No hay nadie por las calles. Nunca hay nadie a esas horas en ese pueblo. Así que todo discurre con una normalidad aparente. Pero hay algunos matices. El hombre está extremadamente nervioso: la discusión le ha dejado un temblor intenso por debajo de la piel. Tanto es así que por un instante tiene la sensación de tener los nervios en carne viva. Intenta relajarse dando tres aspiraciones profundas. No lo consigue. Cierra los ojos y repite la acción. Al abrirlos ve pasar un Ford Focus negro casi al ralentí. Es el mismo coche que ha visto pasar las tres últimas noches a la misma hora y en las mismas circunstancias. Lo ve alejarse y le da la impresión de estar contemplando la escena de una película fotograma por fotograma. No tiene tiempo de pensar nada más porque de pronto siente como si una apisonadora le aplastara el pecho desde dentro. La presión es insoportable. Tan insoportable como efímera: el hombre cae fulminado. Aunque el cuerpo ha dejado de pertenecerle, todavía hay algunos hilos que lo mantienen en contacto con una parte de su conciencia. Y desde esa bruma escucha unos pasos que se aproximan. Ese estado le alcanza para un penúltimo pensamiento: ha tenido suerte de que haya alguien a esas horas por el pueblo fantasma. El cuerpo le manda un último estímulo: algo frío, metálico y circular se posa en su costado derecho, a la altura de las costillas. Entonces su mente genera la última idea: parece un estetoscopio. Y su cabeza se pierde en una vorágine transparente que lo arrastra hacia un centro profundo y negro. El corazón de Bruno Kovac se para. Y eso ocurre medio segundo antes de que el hombre que apoya la pistola contra sus costillas dispare y el otro que lo acompaña masculle: "Que te jodan eslovaco de mierda".
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 Sicario, de Víctor Montoya (Bolivia) http://victormontoyaescritor.blogspot.com/

 
El día en que por fin debía eliminar al enemigo principal del gobierno, el cielo despertó encapotado y la lluvia caía disolviendo los ruidos de la ciudad. Entretanto yo, un simple sicario, que siendo aún joven cargaba ya una lápida en la espalda, desperté temprano, me puse un traje de cuero negro, impecable, y me calcé los botines de tejano, los mismos que compré con la mitad del dinero que me pagaron por adelantado.

Entré en el baño, me lavé la cara y limpié el borde del lavabo, donde preparé una hilera de cocaína, esa fiel compañera que llenaba los vacíos de mi existencia, sin traicionarme ni delatarme. Enrollé un billete de mil pesos hasta convertirlo en un canuto e inhalé con fruición el polvo blanco, tapándome una fosa nasal con el dedo. Minutos después estaba pletórico de vida, sonriente, queriendo tragarme el mundo y dispuesto a seguir mis instintos de asesino.

En el dormitorio, donde estaban escondidas las armas y las fotografías de mis víctimas, quedó el perfume de la prostituta que me abandonó a media noche, sin confesarme su edad ni su nombre. Abrí la gaveta del velador, saqué la pistola de doce tiros y, sintiendo el roce del frío metal contra mi piel, me la puse en el cinto.

Aseguré la puerta y descendí las gradas hacia el garaje donde estaba aparcado el coche descapotable, cuyo motor, al encenderse, arrancó con la fuerza de ciento veinte caballos. Apreté el acelerador y recorrí por las calles mojadas de la ciudad, sin otro pensamiento que acabar con la vida del enemigo principal del gobierno, de quien no tenía más referencias que una fotografía ajada y la dirección donde vivía.

Atrás quedó la ciudad, como navegando en la lluvia. Detuve el coche contra la acera y miré el número de la casa donde debía consumar el crimen. Me ajusté los guantes de cuero negro y me cubrí la cara con un pañuelo. Bajé del coche. Dejé la puerta entreabierta, con el motor en macha para facilitar la huida. Tomé el ascensor hasta el segundo piso, sintiendo que la cocaína y la adrenalina aumentaban mi pulso y mi coraje. Golpeé la puerta y escuché acercarse unos pasos desde el otro lado. Entonces, decidido a matar a sangre fría, me paré con mi mejor estilo: las piernas abiertas y clavadas en el piso, la pistola sujeta con ambas manos y la mirada alerta. Al abrirse la puerta, asomó el rostro del hombre de la fotografía. No le dirigí la palabra, no pensé dos veces y lo revolqué a tiros sobre la alfombra más roja que su sangre.

Misión cumplida, me dije, mientras la detonación de los disparos me perseguía hacia donde estaba el coche, rugiendo como bestia herida. Misión cumplida, me volví a decir, aferrándome al volante y alejándome del lugar, donde quedó el cadáver de la víctima, cuyos ojos, que reflejaban la pureza de su alma, me dieron la impresión de que se trataba de un buen tipo. Pero como mi deber no consistía en sentir compasión por el prójimo, sino en limpiarlo de este mundo, me fui pensando en que todos somos iguales a la hora de la muerte.

No muy lejos de donde vivía, entre un hotel de lujo y un teatro de variedades, un piquete de seis policías me detuvo en el camino. Los policías se apearon del auto de sirena aullante, me hicieron señas de ¡alto! y me tendieron un cerco. En ese instante, resignado a morir como un simple sicario, sin honores ni glorias, empuñé la pistola, salté del coche hacia la calle y me batí a tiros por el lapso de varios segundos, hasta que uno de los policías, herido a mis espaldas, me disparó a quemarropa y me tendió de bruces.

De no haber sido ese maldito polvo blanco, que se apoderó de mi cuerpo como un fantasma dispuesto a despertarme los instintos salvajes, estaría todavía con vida, pensé, ya muerto, justo cuando la campanilla del reloj me despertó de la pesadilla, donde se cumplió el refrán que alguna vez me refirió mi padre: Quien a hierro mata, a hierro muere.
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Un trabajo que hacer, José Manuel Fernández Argüelles (España) http://www.cuentoscortosarguelles.com/ 

Tomó la decisión de matar a su esposa treinta segundos después de que el facultativo dictaminara sobre el origen de sus dolencias. Allí, frente al rostro compungido y expectante del médico, Jesús Mazano guardó silencio durante medio minuto, pausa que no extrañó al doctor, quien respetó la mudez considerándola lógica ante la noticia dada. Tras ese corto espacio temporal, el galeno creyó oportuno aclarar más la situación.
—Verá, señor Pérez, el paso siguiente es comunicar todo el asunto a la policía, ¿me comprende, verdad?
Jesús Mazano tardó un par de segundos más en volver a la realidad, y antes de sentirse aludido por el apellido falso que había dado antes de la consulta médica, fue cuando determinó matar a su esposa.
—Lo comprendo, doctor, lo comprendo –dijo con suavidad no esperada por el galeno.
—Entonces, primero le recetaré unos fármacos que alivien el efecto del veneno. Por supuesto, lo fundamental es la supresión de tal ingesta perniciosa, eso no hace falta ni mencionarlo. El origen de la misma ha de ser la comida, y usted sabrá dónde ha comido las últimas semanas. No voy a entrar en eso; será a la policía a quien tendrá que comunicárselo. Las dosis dañinas han sido pequeñas y aún no han destruido nada vital, pero de haber continuado ingiriéndolas no dude de su efecto letal en el plazo de diez o quince días. Ahora me veo en la obligación de comunicar yo mismo a la policía… o si desea llamar usted…
El doctor señaló el teléfono reposado sobre la mesa. Juan hizo un gesto con la mano para indicar la espera. El otro retomó la parla.
—Comprendo su desconcierto, pero el diagnóstico es claro. Lo explicaré detalladamente en un informe para el juez. A usted, señor Pérez, puedo aclararle de nuevo que ha estado ingiriendo dosis pequeñas de matarratas, origen de todos los males que le trajeron a esta consulta.
—Matarratas –repitió, con eco dolido, Jesús.
—Usted está casado, ¿verdad? –susurró el de la bata blanca.
A Jesús Mazano le costaba concentrarse en las palabras de su salvador, pues en su mente se gestaba el plan para matarla a ella, a la envenenadora. No podría hacerlo él. No disponía de coraje, ni de ánimo violento, tampoco apetecía ingresar en la cárcel, aunque el delito se considerara con atenuantes que disminuyeran la condena. Habría de ser otro el ejecutor; un contratado. A él, Jesús Mazano, no le faltaba dinero para empleados útiles. El dinero, el ambicionado dinero; ese sería el origen del matarratas.
—¿Me está escuchando, señor Pérez? –insinuó del médico, con gestó aún más compungido, y añadió— Comprendo su caos y angustia, pero hemos de tomar las medidas oportunas y legales.
El señor Pérez se esforzó por interpretar las palabras del otro. Sí, se encontraba angustiado y bastante perturbado, aunque no en la medida que el otro suponía; por eso había dado un nombre falso en la clínica de este doctor. Sospechaba el diagnóstico. De hecho, si no había muerto aún se debía a que en la última semana no había comido en su casa. Fue un alumbramiento, una intuición. Los dolores diversos recién aparecidos se multiplicaban tras cada almuerzo casero. Por tanto…
La sospecha se confirmaba. Y no por ello resultaba menos dolorosa. Habría deseado equivocarse. Ahora la mujer debería pagar. Él, Jesús Mazano, no era violento, asemejaba más bien un pusilánime; pero un miedoso con dinero, con mucho dinero, y extremadamente vengativo como todos los cobardes. Ella no se iba a librar con un juicio, quizá dañado de compasión (mujer vieja, frecuentemente engañada por su marido con jovencitas de saldo sentimental, aunque muy caras), y la condena se impondría, sin duda, leve. Ella habría de pagar con el ojo por ojo y diente por diente bíblicos. La intención bastaba para la culpa, aunque él mantuviera la vida (¡de milagro y gracias a una intuición!).
—Señor Pérez…
—Sí, sí, doctor, lo he comprendido todo. Estoy muy confuso. Estoy…
El médico interrumpió la repetición.
—Tranquilícese, su organismo no ha sido dañado de forma irreversible. Estos matarratas modernos matan lentamente, con suavidad, como si dijéramos. Y en porciones leves, aún con mayor lentitud. Esos productos procuran la coagulación de la sangre en las arterias para que el animal muera horas más tarde, ya en su madriguera y lejos de nuestra vivienda; y lo consiguen suavemente, sin dolor, como dictaminan los clamores del buen trato a todos los seres vivos.
—Entonces yo habría muerto, supuestamente, debido a una parada cardíaca, por el colesterol y esas cosas.
—Si se hiciera una autopsia, se descubriría el origen.
—Si se hiciera…
El doctor consideró excedido el tiempo dilatado en esclarecimientos. Se encontraba ante la víctima de un intento de asesinato y su obligación era palmaria.
—Señor Pérez, hemos de llamar a la policía.
Jesús Mazano ya había tomado una determinación. Ojo por ojo. Compuso rostro de extremaunción y pidió, con el gesto, un momento de pausa. Después dijo:
—Necesito ir al baño. Creo que voy a vomitar.
—Tras la puerta, en el pasillo, a la izquierda, se encuentra el baño. Aguante, no lo haga en la sala de espera cuando salga de aquí. Hay pacientes, ya sabe…
Salió del despacho. Dejó al médico refugiado en su mesa. Cerró la puerta de la consulta a sus espaldas. Atravesó el salón lujosamente ornamentado donde tres varones y una mujer aguardaban. La enfermera, resguardada tras una pequeña mesa con muchos papeles y la pantalla de un ordenador, lo miró a la espera de que se detuviese y abonara el precio de la consulta (señor Pérez, ciento cincuenta Euros). Él siguió hasta la puerta de salida. En las escaleras tomó su teléfono móvil, marcó un número y acercó el aparato al rostro.
—¿Gualberto? Soy yo.
—Sí, señor.
—Tienes un trabajo que hacer.
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Ladran, Sancho, de Monica Sacco (Argentina) http://policialargentino.blogspot.com/  


http://elaltillodelpolicial.blogspot.com/


La verdad, no me preocupa el qué dirán. Allá ellos con su estrechez de miras y sus prejuicios de pueblo chico. No se atreven a nada y como yo he osado todo, me envidian. Qué me importa. “Ladran, Sancho”, me digo y sigo. Los saludo, eso sí, jamás niego el saludo a nadie. La buena educación ante todo. Algunos dicen que soy un hipócrita. ¿Y ellos? ¿Cuando vienen a verme, muy modositos y humildes, a que les dé una recomendación para un empleo y después traen a algún periodista hasta la puerta de mi casa y señalan en voz baja? Bien que se enorgullecieron de ser mis vecinos cuando publicaron mis investigaciones en todos los diarios del país. Me sonrieron hasta los que habitualmente me daban vuelta la cara.

Mientras tanto, yo continúo con mi trabajo. Hago una tarea dura pero necesaria. La ciencia es una amante celosa y muchas veces, ingrata. Pero yo siempre me entregué por entero. Era lo que se esperaba de mí y yo estuve orgulloso de darlo. Todavía puedo dar mucho y por eso continúo a pesar de las críticas. “Ladran, Sancho”. Yo los dejo ladrar.

Como cuando me acusaron por esas desapariciones. Los dejé hablar, insultarme y maldecirme. No pudieron probar nada y yo ya lo sabía. Los que me pagan por mis investigaciones también lo sabían. Los gobiernos saben que para alcanzar el bien para todos, algunos pocos deben ser sacrificados. Por supuesto no lo admiten jamás aunque lo hagan todo el tiempo. Para eso pagan a gente como yo, con el coraje suficiente para hacer lo que se debe hacer. Jamás me tembló la mano. Es que así es mi vocación de servicio. Inexorable, adamantina. Hago lo que sea necesario en el nombre de la ciencia.

¿ Al fin y al cabo, qué valor social tienen media docena de indigentes, vagos sin familia, escorias de la calle que ni siquiera debieron haber nacido? ¡Si los detestan, los esquivan, hasta les niegan una mísera limosna! Pero cuando otro hace lo que ellos no se atreven a hacer, se rasgan las vestiduras. Cobardes.

Ayer recibí una comunicación. Oficial por supuesto, aunque obviamente privada. Debo abandonar la localidad y trasladarme a otra más segura, donde mi presencia sea menos conspicua. No puedo continuar las investigaciones en este sitio, hay demasiadas protestas. No pueden protegerme adecuadamente, ni a mis instalaciones, mucho menos mis valiosos experimentos genéticos. Mañana me trasladan. Mi prioridad es el laboratorio y me aseguraron que tomarán todas las precauciones. Es una pena, porque el pueblito es encantador, colgado entre las montañas, pintoresco como salido de un cuento. Adorable, lástima la gente. Qué se le va a hacer. Es que las montañas me gustan. Me recuerdan mi tierra natal. Me prometieron que el próximo será mejor. Un lugar más al sur, dijeron. Frente a un lago, como a mí me gusta. Con menos vecinos cerca del laboratorio. Y ellos se encargarán de proveerme el material para investigación. Mejor, porque es verdaderamente agotador salir a conseguir los especímenes adecuados. Ya estoy un poco mayor para la cacería, lo admito. Me prometieron un suministro constante, lo cual es perfecto para esta etapa de mis trabajos. Internos antiguos de instituciones mentales, me dijeron. Son perfectos porque después de un tiempo, ya nadie se ocupa de ellos. A mí me preocupa que sean demasiado viejos. Necesito algunos ejemplares jóvenes. Van a buscar en algunos internados de menores. Siempre hay alguno que no le interesa a nadie.
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Mírame a los ojos, cariño, de Alejandro Ordóñez. (México) http://www.tachesytachones.blogspot.com/


Quizás se conocieron por casualidad, si es que tal pueda ocurrir en internet. Ella, de nombre Gretel, dijo ser espía alemana; él, de nombre Bond, agente secreto de la reina. El, un hombre maduro; ella una muchacha, según se apreció en las fotos que se enviaron. Gretel buscaba información para los nazis; Bond, ya se sabe, disfrutaba con la compañía de hermosas mujeres, así que no esperaba más. No supieron de quién fue la idea, pero la clave secreta para evitar suplantaciones de identidad quedó pronto establecida: aparecía la foto de Bond y la leyenda: “Mírame a los ojos cariño”. “Para que sepas cuánto te quiero”, contestaba Gretel y su imagen se dibujaba en la pantalla.
Durante meses Bond fue tomando el control, aunque no siempre resultó fácil vencer los pudores de esa jovencita, como cuando le exigió el envío de fotos audaces en las que lucieran a plenitud sus encantos; ella se negó y él, en represalia, interrumpió los contactos una semana hasta que apareció en la pantalla la consabida frase y la anhelada fotografía de ella en actitud provocativa. Los juegos eróticos fueron más fáciles, pues una Gretel domeñada obedecía sin chistar las instrucciones que los llevaban al clímax; esclava fiel, se tocaba aquí, se pulsaba allá, hasta que la excitación los vencía y ponían fin abruptamente a las transmisiones.
Gretel dijo poseer un secreto que permitía a la pareja alcanzar el éxtasis de los dioses, pues a una oleada de placer le sucedían otras cada vez más fuertes, hasta que uno temía morir en pleno gozo. Bond quiso conocer más, pero Gretel fue implacable: esas cosas se hacen, no se dicen. Presa de la curiosidad Bond propuso un encuentro personal; esa vez fue ella quien cortó la comunicación durante una semana, pero cuando volvió a buscarlo él supo que había ganado la partida. Bond se encargó de todo: un sitio de lujo que garantizaba absoluta discreción, pues era utilizado por políticos y por mujeres casadas, de alto nivel social. Media hora antes de la cita Gretel recibió un mensaje escueto: 1025, decía. No necesitó más, dejó el auto cerca del hotel, bajó por la rampa que llevaba a un estacionamiento en penumbra -para tranquilidad de los huéspedes- y abordó un discreto elevador que la llevó directo al décimo piso. La puerta estaba entornada, ella se asomó a la habitación, el hombre -lucía mayor que en las fotos-, le dijo: “Mírame a los ojos cariño”. “Para que sepas cuánto te quiero”, contestó ella -con tímida voz y mohines de niña-, pero ya sus cuerpos se fundían en un beso doloroso y un urgente abrazo, mientras se arrancaban con desesperación las prendas; sin embargo, fue Gretel quien llamó a la cordura, pues si se dejaban llevar por sus ansias no llegarían lejos. Bond comprendió que había perdido el comando de las acciones, pero no le importó. Gretel lo recostó y con cintas rosas sujetó a la cama los brazos y las piernas de Bond. Vendó sus ojos con un listón negro y empezó a pasar un hielo por su rostro y por su pecho, luego, con inusitada destreza lo fue llevando del umbral del dolor al placer y otra vez al dolor, para volver al principio que es el fin, mientras una oleada sucedía a otra y hacía temer a Bond que en ese interminable frenesí se le iría la vida.
Recuperada la calma, Gretel retocó sus labios con carmín, ajustó la pañoleta y con los lentes oscuros en la mano acercó su rostro al de Bond para decirle en un susurro: Mírame a los ojos cariño... pero él no respondió, sus ojos fijos parecían ver hacia dentro de sí mismo, y una soga atada fuertemente en torno a su cuello hacía suponer que tal vez Bond no volvería a mirar a nadie.
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En sentido contrario, Johanna Marcela Rozo, de Colombia, http://www.lenguajedemujer.blogspot.com/

La mujer metió bruscamente la mano en la vagina, Aura lloró de indignación con una lagrimita que rodó tiernamente por la mejilla. –esta limpia dijo la mujer, que siga.
Al ver a su padre allí, en medio del patio, volvió a llorar pero esta vez con un chillido que podía ser confundido con el de una cría de gato, el padre la espero pacientemente hasta que estuvo repuesta para poder contarle cosas insignificantes de su estadía en la cárcel. Ya había decidido llevar su pena a solas y contarle a sus visitantes cosas banales para no hacer más grande la tragedia.
- Dime como esta tu madre, aún no quiere verme. – No, dijo Aura secamente, pero te empacó unos tamales que no se vendieron el viernes, son de carne de cerdo, están buenos, y yo te traje pollo asado, come que se enfría.
El padre comió mientras contaba que la vida allí no era tan mala, en las mañanas los dejaban estar al sol y jugar futbol, él no jugaba pero se conformaba con ver a los muchachos hacer algarabía y reír felices por las cosas del juego, Aura sonrío, él en cambió se distrajo un momento con los recuerdos de la última pelea que se inició por una falta no muy clara de uno de los equipos, no contó tampoco que en medio de la pelea a todos los obligaron a ir a las celdas y que comieron pan y agua por tres días, unos pagaban por otros pensaba. Se dio cuenta entonces que su hija esperaba que continuara la conversación, en las tardes, prosiguió, leo los periódicos que dejan los guardias por ahí botados y leo algún libro que habla de redención, por que en el fondo hija yo no soy tan malo, es solo una parte de mi, esa es la que me tiene aquí.
- Hablando de libros papá, te traje unos cuantos, yo no sé de esas cosas pero un librero de chapinero me los recomendó. Los libros estaban viejos, olían a flores marchitas y algunas siluetas quedaban todavía pegadas en las hojas borrando partes del libro. Una mariposa seca dormía en la mitad de un libro gordo pero incompleto llamado Papa Goriot él lo ojeó.
El día paso sin mayor inquietud, ella se despidió dándole un beso en la frente. – no te metas en problemas, tal vez vuelva el otro domingo. Al salir y todavía mirando a su padre se tropezó con un hombre, era el Catiro, lo llamaban así por que tenía un cabello marrón y unas pestañas largas y rubias que contrastaban con sus grandes ojos grises. Aura se asusto, en realidad todo lo que había en esa carcel la asustaba, - disculpe dijo temblando, el hombre no le contesto pero no la dejo de ver hasta que llegó a la guardiana, Aura se dio cuenta de que ese hombre miraba con insistencia sus piernas que quedaron al descubierto con la falda blanca que llevaba aquel día.
Al domingo siguiente, Gastón se alegro de ver a su hija de nuevo en el patiecito de la cárcel, traía una canasta con pasteles de carne y sonreía, lo abrazo con fuerza, se le notaba un especial entusiasmo y su piel pálida resplandecía frente al sol. Mientras comían su padre le contaba las historias de los libros y ella de nuevo trajo algunos textos un poco más limpios, y en el momento en que conversaban sobre el amor loco e idealizado de Madame Bovary los interrumpió una voz grave que dijo en la sombra, no me vas a presentar Gastón. Era el hombre con el que Aura había tropezado la semana pasada.
- Mira hija te presento al catiro. Sin saber por que ella se sonrojo, los dos hombres lo notaron. El catiro balbuceó algunas palabras sobre el clima, tomó sin esperar que le ofrecieran, un pastel de carne, después hizo un gesto de despedida con la mano y se fue a la otra esquina del patio, Aura notó que era el único preso que no tenía visita y sintió pena por él.
Esa noche ya en la casa no pudo dejar de recordar al Catiro le intrigaba su voz ronca y ese tatuaje en el brazo en forma de ave fénix, se sorprendió al darse cuenta que sentía estremecimiento al recordarlo y que llevaba varios minutos en esas divagaciones, se sintió incomoda ante tales pensamientos, se durmió a fuerza para olvidarlo.
La siguiente semana y presa de un nerviosismo que se le ataba en la garganta, entro a la carcel, la guardiana fue un poco más brusca que de costumbre,
- le digo todas las semanas que no traigo nada más que una canasta con comida
- usted cree que lo hago por gusto, contesto la guardiana Pineto y de un solo movimiento se quito el guante quirúrgico la empujo hacia un rincón y la manoseo. Aura no hizo nada para defenderse solo la miro con odio y siguió a ver a su padre.
Gastón no estaba esperándola en la mesa de siempre, Aura lo busco con la mirada y lo encontró al final del patio, estaba solo y distraído, cuando levanto la cara Aura notó un moretón en el ojo y una pequeña herida que ya estaba sanando en el labio inferior. Prefirió no preguntar nada y él entendió el pacto secreto, lo abrazo con cuidado mientras le acariciaba el pelo. Comieron como de costumbre, Gastón fue un momento al baño y ella quedo de pie en la esquina donde lo había encontrado.
Aura sintió una mano sobre su hombro, y al voltear estaba frente a ella el Catiro lleno de apetito y ella lo entendió
- no digas nada. Le metió la mano entre la falda bajo su ropa interior abrió el cierre del pantalón y la beso en la boca con fuerza sin que ella opusiera resistencia, y allí de pie frente a todos sucumbieron a los deseos de la carne.
Habían podido gritar presos de los temblores del sexo, habían podido también acostarse en la mitad del patio desnudos que nadie los hubiera volteado a mirar, allí nadie importaba para nadie y ellos eran dos seres invisibles ante los ojos de los otros hombres. La dejo húmeda entre las piernas y se fue sin decirle nada, Aura volteo a mirar a su alrededor y se dio cuenta que nadie se percató de lo sucedido, al fondo vio la sombra de su padre que regresaba y ella todavía jadeaba mientras acomodaba su ropa.
Se despidió rápido sin mirar a los ojos a Gastón. Soñó aquella noche con las manos del Catiro recordaba su olor, el sabor de sus besos y los dulces temblores que la recorrieron. Estaba confundida quería volver a verlo pero sentía remordimientos, finalmente ese hombre lo acababa de conocer, era un preso sin futuro igual que su padre.
Ese martes se sorprendió por la llamada; su madre (una vieja triste que la mantenía a punta de costura), la grito dos veces para que acudiera a contestar el teléfono. Aura tardó un poco en reconocer la voz ronca que la agitaba.
- Te espero el sábado en visita conyugal trae sabanas limpias. Aura solo atino a preguntar como consiguió el número de teléfono pero al otro lado ya no respondía nadie. Aura estuvo todo el día inquieta y le hervía la sangre al pensar que aquel hombre pretendía tomarla por mujerzuela, decía entre dientes como así que la espero, disque visita conyugal por quien me toma, pero al decir esto enrojecía al recordar la escena del patio y se arrepentía por no haberlo detenido.
Sin embargo en las noches tenía escalofríos, dormía poco y llegó a tener fiebre ya habían pasado tres semanas desde la llamada y ella no podía dejar de pensar en el Catiro, le echaba la culpa por no haber vuelto a visitar a su padre, el encuentro era inevitable se decía, así que se mordía los labios para no desearlo y se compadecía del abandono de Gastón.
Ese domingo su madre la despertó muy temprano. – levántate vamos a la carcel a ver a tu padre, ponte falta. Le dijo con voz seca. Aura no tenía miedo del encuentro, pensaba que acompañada no tendría oportunidad de un encuentro con él; aunque sin darse cuenta se perfumo los senos y las piernas con aceite de sándalo.
Cuando entró a la carcel, la guardiana ni siquiera la miro, fue detrás de su madre y en el patio los tres lloraron un poco, Aura se alegró de ver a sus padres cariñosos y recordaba los buenos tiempos en que tenía una familia, hablaron animadamente sin reproches.
Aura de dio cuenta que la miraban y por supuesto que sabía quien era. El Catiro se acerco a la mesa y con disimulo le entregó una nota, que decía te espero en el baño de visitas en dos minutos, ella sintió un vacío profundo en el estomago mientras su sexo ya palpitaba. Fue al baño sin pensarlo y allí frente a su abrazo se besaron sin decirse nada, cerraron la puerta con seguro y estuvieron así por más de veinte minutos, el Catiro no dejo un lugar de su cuerpo sin acariciar mientras la tomaba en el piso sucio del baño del que ella no sintió asco ni por un solo momento.
Al terminar ella le preguntó: me amas, él la miro con ternura y no respondió le dió un beso dulce en los labios y le dijo: te espero el sábado por favor no me falles, ella sin dudarlo y atada a un pueril sentimiento creyó en la suplica.
Desde ese momento abandono completamente a su padre, pero el se consolaba con las visitas de su esposa que siempre le decía lo mismo Aura trabaja hasta los domingos. Mientras tanto ella se entregaba cada día más al amor que sentía por el Catiro, lo visitaba los sábados recordando siempre llevar sabanas limpias, los domingos también lo hacia pero a escondidas de sus padres, casi siempre se veían en la esquina del patio y se iban para el baño donde pasaban toda la tarde encerrados.
Pero el martes muy temprano, aquella noticia le puso los pies helados. Estaba embarazada y tenía una sensación de alegría y miedo, quería verlo en ese mismo instante pero faltaban aún cuatro días para la visita, que sería de mi pensaba y se percató solo hasta ese instante que no sabía nada del Catiro, no recordaba su nombre aunque alguna vez se lo dijo, y en estos meses nunca se le ocurrió hacer las preguntas obvias cuantos años estaría ahí, de dónde era, por que estaba allí y su familia, nunca preguntó por su familia, tampoco sabia si tenía esposa tal vez hijos, otros hijos… pero la idea de que fuera un asesino la devastó, se dio cuenta que la pasión la había cegado.
El sábado llegó ansiosa, la guardiana la reviso y quiso acariciarla, Aura la detuvo, no me toques que estoy preñada, la guardiana rió en tono de burla
- ¡lastima! sentencio. A quien busca, al Catiro respondió Aura con voz suave, la guardiana se rió aún más fuerte,
- por que se ríe dijo Aura molesta, al Catiro lo trasladaron hace tres días, - a dónde insistió Aura - no sabemos, era un preso peligroso y por su seguridad y la nuestra se lo llevaron.
Al caminar un poco, los ojos de Aura se llenaron de lágrimas y estuvo de pie frente a la carcel sin saber a donde ir.






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Secuestro, de José Polo

Osvaldo Sánchez un joven alto, delgado, de pelo negro y veinte y cuatro años de edad había heredado de su padre al este fallecer una cuantiosa fortuna que se encontraba toda invertida en un inmenso supermercado, dos edificios de apartamentos para alquilar y una bella casa cercana a la ciudad de Miami en el estado de la Florida en los Estados Unidos que contaba con una cantidad inmensa de terrenos y un hermoso jardín que circundaba la propiedad, vivía junto a su madre Hortensia Gutiérrez una mujer de mediana estatura, delgada, de pelo negro y cuarenta y siete años de edad, Osvaldo acostumbraba salir a divertirse los fines de semana con varios amigos que poseían una situación económica parecida a la que tenía el joven, pero cometía el error de casi siempre tener una cantidad respetable de dinero en su poder que mostraba al pagar en los establecimientos que frecuentaba. Ernesto García uno de sus más juiciosos amigos en una oportunidad en que hace esto le aconseja“Debes eliminar esa costumbre que tienes de sacar todo el dinero que posees cuando vas a pagar algo, recuerda que existen muchas personas amantes de lo ajeno que pueden estar observándote.”

Sonriendo ante el consejo que le daba su amigo responde:
“No temas, no creo que nadie se dedique a estar mirando todo lo que uno hace para asaltarlo eso nada más sucede en las novelas policíacas.”
“Es que no tienes necesidad de hacerlo, fíjate cuantas personas nos rodean en estos momentos que tu no conoces y que pueden estar pendientes de todo lo que haces esperando una oportunidad.”
“Es una costumbre que tengo Ernesto y me es difícil pensar en eso que me dices cuando voy a pagar algo que he adquirido.”
“Bueno no te digo nada más, pero piensa en el consejo que te he dado para que no vayas un día a tener un problema por esa costumbre.”
“Pasan unos días de esta conversación sin que Osvaldo volviera a pensar en el consejo que le había dado su amigo manteniendo la misma costumbre que tenía cada vez que iba a pagar, una de estas noches acompañado de otros jóvenes se encontraban todos sentados en una mesa de un centro nocturno llamado Méjico Lindo acompañado el muchacho de una de sus amigas cuando se presenta uno de los camareros llamado Lucas Leiva que siempre lo atendía cuando acudía allí, informándole:
“Osvaldo ten cuidado esta noche cuando vayas para tu casa, dos delincuentes que acostumbran venir a esta lugar me estuvieron preguntando quien tu eras y porque tenías esa cantidad de dinero que sacaste al pagarme tu cuenta.”
¿Qué le contestaste?
“Que desconocía todo lo que me preguntaban y que solo te conocía porque eras un cliente asiduo del centro nocturno, no considere oportuno contestar a sus preguntas por lo que te podría perjudicar.”
“Hiciste bien, te lo agradezco.”
Uno de los amigos que lo acompañaba llamado Luis Ortiz que había oído el consejo dado por el camarero, le dice al retirarse este:
“Si quieres te acompaño hasta tu casa cuando abandones el cabaret con este tipo de personas hay que estar prevenidos.”
“No es necesario, no creo que vaya a suceder nada.”
A las dos de la mañana decide Osvaldo retirarse del centro nocturno sin permitir que ninguno de sus amigos lo acompañaran a pesar de la insistencia de ellos, al estar cerca de su casa se interpone un auto frente al que él manejaba bajando dos hombres con pistolas empuñadas en sus manos ordenándole bajar de su vehículo, al obedecer la orden que le daban y ya frente a ellos, le ordenan:
“Sube en nuestro auto.”
Ya sentado en el asiento trasero, le dice uno de ellos que se encontraba a poca distancia de él:
“Esto es un secuestro, tu vida depende de cómo te comportes en todo lo que te ordenemos.”
Dirigiéndose a las afueras de la ciudad llegan a una casa apartada de los lugares habitados encerrando al joven en una de sus habitaciones, ordenando uno de ellos al muchacho que se encontraba apoyado en una de las paredes alejado de sus captores por el temor que tenía de que pudieran asesinarlo:
“Dame el teléfono de tu familia para pedir un rescate de cien mil dólares por tu devolución, conocemos que ustedes tienen bastante dinero y que no les va a ser difícil despojarse de esa cantidad.”
Al obedecer el joven sale uno de ellos en el auto para llamar a la madre de Osvaldo desde un teléfono público que se encontraba en una gasolinera distante a un kilómetro de allí, al contestar la llamada la madre de Osvaldo le informa el secuestrador:
“Señora hemos secuestrado a su hijo y queremos se nos entreguen cien mil dólares por su devolución, la llamaremos nuevamente para decirle donde los debe entregar, un consejo que le voy a dar, no vaya a comunicar nada de esto a la policía porque lo va a lamentar si lo hace recuerde que esta en juego la vida de su hijo.”
“Por favor no le vayan a hacer nada yo les prometo entregarle el dinero que piden y seguir todas las orientaciones que me den.” Al darse cuenta de que la comunicación había sido cortada se pone a pensar en lo que debía hacer, al recordar la buena amistad que le unía con el teniente Richard Handerson teniente de detectives de la policía en Miami decide llamarlo para que acudiera a su casa, al comunicar y decirle que le urgía hablar con él le contesta el oficial:
“Si es urgente dentro de treinta minutos debo estar allí, espéreme.”
“Como había prometido, transcurrido el tiempo que había dado de plazo ya se encontraba Richard frente a Hortensia Gutiérrez preguntándole:
¿Qué te ha sucedido Hortensia?
“A mí nada, ha sido a Osvaldo, lo han secuestrado y me han pedido cien mil dólares para devolvérmelo sano y salvo pero me han exigido que no les comunique nada a ustedes porque mi hijo puede pagarlo si lo hago, te he llamado por la amistad que nos une y porque se que todo lo que hagas será hecho en silencio sin que ellos se den cuenta de que ustedes tienen conocimiento del secuestro, temo que después que le entregue lo que pidieron no devuelvan a mi hijo y sigan pidiendo dinero.”
“Confía en que así lo haré para proteger la vida de tu hijo, para poder empezar a trabajar necesito que me des los nombres de los lugares donde acostumbraba a ir y los amigos con que salía habitualmente.”
Al informarle Hortensia todo lo que le había pedido abandona la casa dirigiéndose a su oficina mandando llamar al teniente Alfred Scott, al estar este frente a él le pide:
“Tengo un caso que necesito me ayudes a resolver.”
“Dime de que se trata.”
“A una amiga mía le han secuestrado a su hijo, le han pedido dinero por su devolución y que no comunique nada a la policía, necesito me ayudes sin que nadie pueda sospechar que estamos trabajando en este caso, primeramente quiero interrogar a los amigos que acostumbran salir con él advirtiéndoles que no deben comentar nada de que los hemos interrogado, son seis los que hay que ver, tu veras y hablaras con tres de ellos y yo me encargaré de visitar a los demás.”
¿Cuándo quieres empezar?
“Ahora mismo, esta noche a las ocho nos veremos aquí para analizar lo que hemos logrado en esas entrevistas.”
Al los secuestradores conocer la respuesta que había dado Hortensia de que estaba dispuesta a entregar el dinero que le habían exigido por liberar a su hijo, propone uno de ellos a su compañero:
“Vamos a demorar en hablar con ella, entre más días pasen más le podremos pedir por su rescate.”
Contestando el otro:
“Me parece muy bien pedirle más, parecen ser personas con bastante dinero cuando esa señora accedió a dar esa cantidad sin protestar.”
En la soledad de la habitación donde estaba recluido pensaba Osvaldo en todo lo que le había aconsejado siempre su amigo Ernesto sobre no estar enseñando el dinero que tenía en su poder dándole la razón en todo lo que le había dicho al darse cuenta de que por ese motivo estaba allí.
A las ocho de la noche se encuentran el teniente Alfred Scott y su compañero Richard Handerson en la oficina que ocupaba el segundo en la dirección policial de la ciudad de Miami, informando Alfred:
“He visto a los tres que me dijiste interrogara y ninguno de ellos sabe nada que nos pueda ayudar.” ¿Cómo te fue a ti con los que tenías que ver?
“Uno de ellos, un joven llamado Ernesto García me dijo algo que creo nos puede ayudar en algo.”
“¿Qué te informó?
“Que la noche en que secuestraron a Osvaldo Sánchez un camarero llamado Lucas de un establecimiento llamado Méjico Lindo se acerco a Osvaldo para informarle que dos delincuentes que acostumbraban acudir allí habían preguntado por el, en cuanto termine de hablar contigo voy para allá para tratar de hablar con ese camarero.”
Al entrar Richard al centro nocturno llamado Méjico Lindo pregunta a una de las muchachas que allí trabajaba por la persona que le interesaba, señalándolo esta al teniente cuando lo localizo, Richard observa las mesas que atendía Lucas sentándose en una de ellas, al acercarse el joven para preguntarle lo que deseaba le habla Richard en voz baja diciéndole:
“Soy teniente de la policía y tengo interés en hablar con usted.”
“Termino a las tres de la mañana, espéreme en el parqueo del cabaret tengo mi auto estacionado en ese lugar, ahora no puedo dejar mi trabajo para atender a lo que usted desee preguntarme.”
“Bien, voy a esperar por usted.” Afirma pidiéndole a continuación lo que deseaba que se le sirviera.
A la hora señalada por Lucas, sale este del cabaret dirigiéndose al estacionamiento del centro nocturno donde era esperado por Richard que le dice al estar a su lado después de mostrarle su identificación el oficial:
“Quería hacerte algunas preguntas sobre un joven que acostumbra venir a este lugar llamado Osvaldo Sánchez.”¿Lo conoces?
¿Le ha pasado algo? Pregunta el camarero.
“Por qué crees que le puede haber pasado algo?
“Porque la última noche que estuvo aquí lo estuve advirtiendo de unos delincuentes que estaban preguntando por él y sospeche que le había sucedido algo al usted venir a preguntarme.”
“Te voy a confiar algo a cambio de que guardes silencio de nuestra entrevista.” ¿Estas de acuerdo?
“Si señor, dígame.”
“Osvaldo fue secuestrado esa noche al salir de aquí es por eso que me encuentro frente a ti en estos momentos.” ¿Acostumbran acudir aquí esos hombres que estuvieron preguntando por él?
“Como mínimo vienen una o dos veces a la semana en horas de la noche, uno de ellos esta enamorado de una de las camareras.”
“A partir de mañana voy a estar aquí todas las noches esperando por ellos, si ves a alguno llegar quiero que me avises apenas los veas y si hay alguien que acostumbre a reunirse con ellos señálamelo también.” ¿Sabes el nombre de alguno de ellos?
“Hay uno de ellos que no se como se llama pero se que responde al alias del El Zurdo, confíe en mi teniente le tengo mucho aprecio a Osvaldo y voy a ayudarlo a usted en todo lo que pueda.”
A la siguiente noche a las nueve llegan el teniente Richard Handerson y su compañero el también teniente Alfred Scott al Méjico Lindo sentándose en una de las mesas que atendía Lucas Leiva, este les sirve lo que deseaban consumir retirándose cuando ya les sirve lo que habían ordenado los dos hombres, a las once de la noche se acerca a la mesa comunicándole a los oficiales en voz baja:
“Hay uno de los que se reúnen con El Zurdo que se encuentra aquí, se dedica a vender drogas entre los que vienen al cabaret, cuando me retire del lado de ustedes me voy a acercar a él con cualquier motivo para que sepan quien es.”
Al retirarse se dirige hacia un hombre alto, delgado, de pelo negro y una edad aproximada a los treinta años hablando algunas palabras con él, señalando de esta forma a los dos policías de quien se trataba.
El señalado ven que distribuía drogas entre los asistentes, aproximadamente a las doce de la noche se acercan Richard y Alfred al lado de este hombre pidiéndoles que les vendiera algunas drogas, informándoles este a los policías:
“Las que tenía en mi poder se terminaron si quieren esperen un momento que voy a ir a mi auto a buscar más.” Les informa dirigiéndose a la salida del cabaret donde es seguido por los dos policías hasta el estacionamiento del lugar, al abrir la puerta de su auto siente la voz de Richard que le ordena:
“No te muevas, la policía.”
Al volverse y ver los dos hombres frente a él levanta las manos expresando:
“Me engañaron.”
Alfred lo separa del auto mientras Richard registraba lo que se encontraba en el vehículo logrando ocupar una bolsa que contenía varios tipos de drogas en su interior:
“Sabíamos que te dedicabas a esto pero lo que nos interesa es averiguar donde vive El Zurdo que es amigo tuyo, si lo dices te vamos a dejar en libertad ocupándote solamente las drogas que tienes en tu poder, decide lo que vas a hacer.” Informa Richard al delincuente que habían sorprendido.
“Si me dejan en libertad no tengo inconveniente en decirlo y acompañarlos hasta allá si ustedes desean.”
Es esposado e introducido dentro del carro en que venían los dos oficiales saliendo hacia las afueras de la ciudad, al llegar a la casa que les había señalado el detenido lo dejan dentro del auto que cierran para garantizar que no escapara, acercándose los dos hacia la casa que ocupaban los dos secuestradores, al llegar y comprobar que estaba cerrada se tiran los dos hombres fuertemente contra la puerta logrando que esta saltara por el ímpetu del golpe que había recibido, ya en el interior sorprenden a los hombres al tratar de levantarse de las camas que ocupaban esposándolos a ambos a continuación, al entrar en una de las habitaciones encuentran a Osvaldo con los ojos desmesuradamente abiertos asustado por lo que había escuchado que sucedía en el interior de la casa:
“No se asuste, somos oficiales de la policía que hemos venido a liberarlo.”
Al oír estas palabras expresa el recién liberado:
“Gracias a Dios que ha oído mis ruegos y gracias a ustedes por lo que han hecho.”




El león, de Liliana Savoia (Argentina)


Soy el coronel Florencio Santillán. Aquí y ahora debo decir que me gustaba. A mi manera visceral lo disfrutaba. La vida se les escurría entre mis dedos y eso me excitaba. Necesitaba hacerlo una y otra vez. Cuando lo hacía me sentía poderoso. Un Dios de carne y hueso, un León.

Con mis manos ejecuté unas trescientas personas. No me arrepiento, ellos se la buscaron. No siento vergüenza ni remordimiento, salvo por lo de Elena.

Recapacito y empiezo a dar una pelea contra las fieras que me consumen, porque tengo un monstruo adentro y no lo puedo sacar. No lo manejo yo a él. Él me maneja a mí. Me hace fuerte, muy fuerte, eso no lo puedo impedir.

Con lo único que sufro es con el recuerdo de Elena. Yo la amaba a Elena, pero el General …

Él me ordenó matar a mi Elena y yo fui y la maté. Su sombra se hace tiniebla entre estas húmedas paredes. Elena perdoname. Vos sos la única a la que le pido perdón. Lo tuve que hacer Elena, vos sabés la lealtad que yo le tenía al General. El planeaba, yo ejecutaba. Eso era así, desde el principio y lo fue en todo momento Elena. Vos me tenés que perdonar. Y te quería Elena y pucha si me costó amarte, siendo una de ellos.

El general la noche de tu muerte bajó el pulgar como era su costumbre cuando me quería anunciar que alguien estaba frito. Y no dudé Elena, no dudé cuando te vi ahí, dándole de mamar a Gustavito. Pero él está bien Elena, mi mamá lo cuida y lo protege de esas locas que si se enteran que el pibe es uno de sus nietos se lo llevan. Te juro Elena, que si se lo llevan, las matos a esa viejas con mis propias manos. Te lo juro, por tu nombre Elena. Lo juro.

Pensando en vos Elena, recordé una de las veces en que usé las manos para matar. Era un muchacho rubio y grandote, creo que amigo del otro pibe que también nos llevamos, ese que te conté, el pendejo que vivía a en un departamento de la calle Rivadavia, en el barrio de Caballito. A la novia del pibe más chico también me la llevé, era linda la flaca de sandalias amarillas. Me los llevé derechito nomás para la Escuela, se defendieron como gatos salvajes adentro del Falcon verde. A la piba enseguida se la llevaron dos compañeros que ya estaban duchos con las recién llegadas. Primero es lo primero, se decía por esos días ahí en el Escuela. La arrastraron hasta la barraca A3 a los empujones.

Una vez amansadita con unos buenos bifes, se pasaron todos. Yo también me la pasé a la flaquita. Se la bancó bien. Eso lo hacíamos para domarlas. Que supieran que ahí las cosas son como decíamos nosotros. Había que obedecernos.

Impresionante verlos caer como bolsas de papas al agua que salpicaba como si se hubiera producido una explosión. Yo era el León por esos días, me tenían miedo, y eso me complacía, El León. Mi madre se quiso ocupar del nene. La vieja no sabe lo que hice. A ella le dije que Elena había tenido un accidente, y como por esos días muchos tenían accidentes, no sospechó nada la pobre. Ahora que no estás, te extraño. Sin embargo estoy tranquilo. No podía dejarte ir y menos con el nene. Si es mi hijo el pendejo. ¡Morite Elena!, ¡morite por boluda! Si te hubieras quedado conmigo hubieras sido una reina. Te acordás del día que te regalé las sandalias amarillas, vos las escupiste. Mirá que eras estúpida Elena, si te quedaban justitas. Te extraño Elena, pero jodete, al fin de cuentas, por más que hiciera, vos no ibas a cambiar, siempre con esa manía de fugarte. Irte a tu casa. Jurabas que no ibas a contar nada. ¿Es que yo no te atendía acaso? Te vi irte desde mis manos cuando te abrazaron la garganta. Tenías la garganta tan delgada Elena. De eso me dí cuenta cuando un sonido a cristal roto explotó entre mis dedos. Porque a vos te separé para mí, no quería que te tumbaran todos. Pero vos te empeñabas y te empeñaba en huir, por eso yo tomé cartas en el asunto. ¡No querés estar conmigo, bueno, como te vas a quedar aunque no quieras, vas a tener que soportar estar alambrada!. Si al final, podías andar por toda la casa: ir al baño, a la cocina, al dormitorio. Ahí me gustaba verte más que nada.

Te parecía siniestro. Después vino el gesto del General y tuve que hacerlo, Elena. Te estabas pasando de la raya, y no podíamos permitírselo.

— ¿Mirá que te dije? Quedate tranquila, acá estás bien, cómoda, no te falta nada. Ahora tenés al nene. La casa la desmantelé Lástima que no me dejaron enterrarte. Se la llevó el General esa misma noche. El tipo sabía lo que hacía. Hubiera sido lindo tener un lugar para ponerle una flor.



Acá estoy, me cazaron como yo cacé a cientos. Es viernes. Viene esa otra loca que se dice sicóloga. La acompaña un milico armado. ¿Qué se creen que la voy a matar’ Bueno, ganas no me faltan. Me hace preguntas que yo no contesto. Me quedo quieto. En silencio. Matame si le cuento, que se imagine. Lo único que le dije, porque me gustó ver la expresión de su cara, es que a mi me gustaba matar con las manos. Se horrorizó la puta esta, tan suficiente, tan creída que me podía sacar mentira verdad. A mí, al León. Además esas hijas de puta de las madres y las abuelas no descansan. Siguen y siguen reclamando por esos bastardos. Lo de los vuelos de las muertes, ah sí, los llevábamos a dar un paseito, eso si éramos caritativos, los dormíamos antes. Me gustaba verlos caer, como bolsas de papas, quince o veinte por noche. Ni gritaban ni se daban cuenta. Sólo caían y caían hasta estrellarse contra el agua.

A lo mejor un día se lo cuento nada más para verle la cara.

Por ahora disfruto contándole algunas cositas a la flaca esta que se hace la doctorcita. Me gustaría sacarle una foto a esta mierdita. Pone unos ojos de espanto. Parece que se vuelve loca con lo que le cuento. Tan loca como las viejas putas esas que hace un mes quisieron lincharme.

 
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El cobrador, de Juan Alborná Salado (Cuba-EEUU)


 
Él estaba seguro que alguien vendría a buscarlo. A pesar de sus seis pies, 240 libras de peso, fortaleza de toro, personalidad avasallante... tenía miedo. Miedo a lo que había hecho, miedo a los amos, miedo al pase de cuenta. Se miró en la vitrina de una tienda en las calles de Nueva York. Allí estaba él, tocado con grueso sobretodo invernal contra el cortante aire frío de la calle. Vio reflejado su rostro de fuerte mandíbula que aterraba a las gentes cuando él las miraba a los ojos y con expresión de guapo profesional, su nariz recta, los ojos claros y amplios, sus finos labios, el pelo rubio, lacio y estirado como cuerda de guitarra. Podía haber aspirado a ser actor de cine pero escogió la carrera de la calle. No tenía que trabajar. Robar al descuido, asaltar camiones ya preparado el golpe entre pandilleros y dueños, cobrar el barato o protección, servir de mandadero a los amos de pandillas. Dinero fácil.

Era capaz de engañar a cualquiera. Su astucia de la calle por haberse criado en el arroyo con su menor y más querido hermano le daba una ventaja por encima del hombre no callejero. Y él, que les había metido miedo a tantos, miró con terror al que, recostado a la pared de entrada a un bar, lo miraba directamente. ¿Sería el cobrador? Tembló. Continuó caminando por la ancha acera neoyorquina con aterrada preocupación en la faz. Los nervios se le dispararon. Su fuerte musculatura comenzó a temblarle como hoja al viento. No tenía por qué haber robado aquello. No debía haberlo hecho. No era de su incumbencia. Sólo los amos de la calle podían decidirlo. Había roto un código del bajo mundo. En pleno invierno chorreaba un sudor que olía raro. Olía a muerto. Dobló por una calleja en dirección a su apartamento. Subió los escalones del edificio, abrió uno de los dos portones, penetró dirigiéndose al ascensor, esperó, al rato éste bajó, se movió la puerta, salió un hombre, y por poco se desmaya. Creyó que era el cobrador. Montó y subió a su piso. Salió del elevador, caminó por el pasillo y entró a su hogar. ¡Al fin! Entonces lo vio. Allí estaba, ocupando una butaca, esperando a que él llegara, y en el regazo algo. ¿Un arma? Tembló aún más. Se le disparó la imaginación en la oscuridad y reconoció vagamente al matarife. Lleno de terror hasta ahora, en segundos comenzó a serenarse milagrosamente y fue perdiendo el miedo. Dejó de temblar. Los nervios se le calmaron. En la penumbra observó que el ejecutor levantaba un arma grande, se acercó más, y como había aprendido a sacar rapidísimo de la cintura como los vaqueros del salvaje oeste, extrajo una pistola y disparó a quemarropa. Dos balazos desplomaron la figura. Un chorro de sangre saltó y lo empapó. Encendió la luz y se acercó. ¡Era su hermano menor con un paquete envuelto en papel de regalos!

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La promesa, de Vicente Muñoz (España) http://mividaenlapenumbra-vinaliatrippers.blogspot.com/  

 
De nuevo estás aquí, Pequeña, cerca, muy cerca y muy dentro de mí. Eres carne de mi carne, sangre de mi sangre, como al principio tú misma soñaste. ¿ Lo recuerdas ? Yo jamás pude olvidarlo, Pequeña, aquel pacto y tu promesa...

Me miras altiva desde tu altar de terciopelo rojo, sensual y tentadora, tal vez sorprendida de que aún te siga amando... ¿ Por qué te fuiste, por qué no me escuchaste, por qué incumpliste tu promesa ? Nuestro sueño, tus proyectos, nuestra torre de cristal... Ya nada será igual ¿ no lo comprendes ? Somos ídolos caídos, solamente eso.

Pero ahora estás aquí y aun demediada sigues siendo hermosa: la cascada de aguas negras de tu pelo, tus labios tentadores, tus ojos oscuros y profundos, ojos de vértigo y engaño que ya no parpadean, que me reprochan desde el frío tantas cosas...

Sólo he conservado tu cabeza. Lo demás lo he devorado lentamente... Tardé tanto en encontrarte... Entre sombra y sombra, entre trago y trago te buscaba y tú no estabas... Intentaba recrear en mi mente tus palabras, aquel pacto y tu promesa: juntos, juntos, siempre unidos, un solo cuerpo y un único espíritu... ¿ Lo recuerdas ? Intenté olvidarte sin sufrir, ahogar mi desencanto y despertar un día y no sentirte, pero estabas muy adentro, Pequeña... demasiado adentro...

Ahora tu luz interior quema en mi recuerdo. Perdóname y descansa aunque no puedas dormir, aunque no puedas soñar... Descansa en mis entrañas preservada del hedor de los gusanos, del temor de la tierra y lo profundo. Apoya en mi pecho tu cascada de aguas negras y escucha los latidos que aún sustenta tu memoria. Acaricia mi sexo consumido con tus labios y procura imaginar que aún estás viva...
     Yo te sigo amando.
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Sangría Party, de Carlos Ortiz de Zárate (España)


No soportan mi mirada, sin poder evitar verme. Estoy tendido en la alfombra, en el centro del salón y mis ojos fijos se mueven de uno a otro, acechándolos sin tregua. Ahí están todos: mi madre; Douglas, el nuevo y flamante amante de ésta; Denis, mi padre legal; Ensio y Galia que se han hecho pareja para hacerme daño. Yo soy Peter. Yazgo, en coma, sobre mis propios vómitos y diarreas pestilentes, tras la ingesta de veneno. Nadie se atreve a pronunciar las palabras fatales. . Suena el timbre y los ruidos que se escuchan en la escalera hacen comprender que es el servicio médico. Han tardado 20 minutos en llegar. Es la noche de San Juan y el privilegio de vivir en primera línea de la playa de las Canteras resulta un obstáculo para la circulación de vehículos.
El médico me examina y sin transición, pregunta:
- ¿Han llamado a la policía?
Gran silencio que formula una inquietud. El doctor se apresura en aclarar:
- Hay síntomas de envenenamiento…
Dirige una inquisidora mirada a todos los presentes, mientras recoge muestras de mis excrementos
_No deben tocar nada o moverse de aquí hasta que lleguen. ¿Qué ha ingerido? – Me señala.
Un coro de voces responde:
_ ¡Todos hemos bebido de esa sangría!
Me mete los dedos en la garganta y vomito una gran tromba.
_ ¡Llamen rápidamente a la policía!
Me sigue metiendo las manazas y me da a beber de una botella. Vomito como si fuera una ballena.
Así lo había previsto. Solamente tuve que hacer algunos pequeños cambios en el menú que habían traído del restaurante chino. Puse Amarita ocreata para todos, pero yo había ingerido Amarita muscaria diez minutos antes de comer del plato común. Oriné en la sangría. Los efectos de mi intoxicación se produjeron, apenas 30 minutos tras la primera ingesta. Mis compañeros, menos afortunados, tendrán que esperar los síntomas hasta que sea demasiado tarde. Nadie pensará en ellos con el embrollo creado. Es mi primer crimen perfecto.
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Venganza Poética, de de Monica Sacco (Argentina) http://policialargentino.blogspot.com/ 


El encono entre Eusebio Santos y Juan Laureano Bresson iba más allá de lo literario.
Santos, hombre del interior de humilde condición, había llegado a la novela después de dolorosos desvíos. La angustia existencial que lo desgarraba le permitía desnudar la miseria humana con crudeza y arte inimitables.
Bresson, nacido en cuna de oro y mimado por la clase alta intelectual, presumía de soltería de niño bien y gozaba del brillo y la soltura de pluma de los privilegiados. Cultivaba todos los géneros salvo la novela, a la que tenía en inferior estima pues opinaba que los personajes novelescos tienen la desfachatez de conspirar contra la voluntad del escritor. Víctima de la misma tortura existencial que su rival, Bresson la ocultaba con la elegancia del dandy disfrazándola de spleen y escribía sin necesitar otra ocupación en la vida. Santos escribía para sobrevivir, literal y figuradamente.
Quizás la debilidad que los hermanaba los convertía en enemigos. Quizás fuera otra cosa. Seguidores del poeta afirmaban que en épocas en que la valentía de un hombre se medía por su velocidad en sacar el cuchillo, Bresson había retado a duelo a Santos por un asunto de polleras y Santos había reculado. Los amigos del novelista que conocían la verdad por haberla presenciado, calificaban al poeta de “mequetrefe" sin agregar más.
Bresson aprovechaba toda ocasión para disparar ironías contra su oponente. "Un pueblerino que escribe como la tierra de donde viene: seco", se burlaba de la prosa escueta de su rival. Alguna vez, Santos puso en boca de un personaje su respuesta: "Una pena que desperdicie tanto talento en esas naderías que le da por escribir".
La antipatía mutua crecía en proporción a las veces que el poeta mentaba el duelo frustrado. El novelista, inmune a los puyazos, se encerraba en un mutismo que la prensa erróneamente tomaba por aceptación.
Quién sabe si fue esa larga amargura la que llevó a Santos a citarse él primero con la Parca. El país se sumió en el duelo y los editores, en una pelea a muerte por salir al mercado con las obras completas del finado. Tampoco eran tantas: el hombre no había sido prolífico en la vida privada ni en la pública. Dejaba seis novelas y dos hijos: un varón que vivía en el interior y una hija que se había ido a Europa detrás de un marido y se había quedado anclada en París. Tan desconocidos eran que el día del entierro no pudieron localizarlos.
Tiempo después, Bresson apareció en público con compañía femenina. La dama mereció por parte de amigos y colegas del poeta, una colección de epítetos de variada intensidad: perfecta desconocida; cosita insignificante; arribista. En dos años, la arribista se convirtió en la mano derecha del escritor: manejaba su agenda y concedía entrevistas; negociaba contratos; revisaba y rechazaba traducciones. Bresson no daba un paso sin ella y algunos amigos susurraron que ella le había cambiado el humor sombrío que lo había atacado después de la muerte de Santos.
Bresson dejó boquiabierto al mundo al anunciar su boda con la cosita insignificante. Varios colegas le retiraron el saludo y varias editoriales mandaron telegramas de felicitación, no fuera que la señora Bresson no renegociara los contratos.
Se fueron de luna de miel a Suiza. Los editores invitaron al egregio escritor a presidir eventos académicos, firmar antologías y tomarse vacaciones en los Alpes franceses. Bresson y su esposa insignificante sonreían desde las revistas del corazón.
Un año y medio más tarde, Bresson falleció en el extranjero de muerte natural, muy natural dada su edad. Su viuda lo enterró en un cementerio en los Alpes por expresa voluntad del escritor, rubricada por un notario público suizo que certificaba la firma de Juan Laureano Bresson como autógrafa, así como la legalidad y validez del documento que declaraba heredera universal a la cosita insignificante.
El luto le duró poco. Se entrevistó con las editores que debían regalías atrasadas y se cobró con intereses. Ejerciendo su titularidad de los derechos de todas las obras de Bresson se encargó de las reediciones. La cosita insignificante conocía el negocio: discutía las pruebas de galera, criticaba la tipografía, vituperaba la versión y no la autorizaba si no seguía sus indicaciones según estrictas instrucciones testamentarias.
Se supo que estaba reuniendo la obra inédita del finado en una antología. Soñando con ser mencionados en la primera página, amigos y entenados le enviaron cartas, poemas garabateados en un cuaderno y cuentos de juventud que Bresson deshechara por mal escritos. La viuda los recibió con los brazos abiertos. Los editores saborearon por anticipado los beneficios.
La pelea con una editorial francesa por no autorizar una reedición pasó desapercibida. Poco después, los editores de la poética bressoniana se toparon con el contrato revocado por la viuda. La historia se repitió con los cuentos y las obras en colaboración. En menos de cinco años la obra de Bresson desapareció del mercado mundial.
Los editores, ante la escasez de autores nacionales de nivel internacional y por lo tanto de venta segura y sostenida, desempolvaron la obra de Santos, sin problemas de herederos renuentes. La reedición de las novelas fue un éxito arrasador.
El público es inocente y cruel como los niños y en poco tiempo, sólo eruditos reunidos en alguna cátedra olvidada hablaban de la antigua rivalidad literaria entre Santos y Bresson, y releían a éste último en libros amarillentos. Nadie recordaba a la viuda, la cosita insignificante que había llevado a cabo la hazaña de eliminar de la memoria colectiva el nombre de uno de sus más ilustres hijos. Por eso nadie la reconoció cuando una mañana gris se arrodilló en una tumba de un cementerio del interior.
— Por vos, papá— murmuró la viuda, y sacando un fajo de hojas redactadas en francés, con la firma autógrafa de Juan Laureano Bresson y un notario público suizo, las quemó sobre la lápida blanca que tenía como única inscripción "Eusebio Santos".



RELATOS DE ROCK DE LOS OYENTES DE SEXTO CONTINENTE (ESCRITORES Y ADEMÁS, SENSIBLES)


La punk de los aros de oro

de Víctor Montoya (Bolivia)
http://victormontoyaescritor.blogspot.com/

Aquella muchacha punk, que se atravesó en mi vida una tarde de verano ardiente, estaba sentada en el centro comercial de Estocolmo, justo en la grada de acceso a una tienda de ropas, donde yo, ignorando su presencia, me acerqué a preguntar el precio de una chaqueta exhibida en el escaparate. La punk me miró con los ojos color de cielo despejado, luciendo un tupé con franjas verdes y rojas, rapadas a punta de navaja.
Me hice a un costado y traté de sortear el paso, pero ella me detuvo del brazo y se levantó de la grada.
–¿Qué quieres? –le pregunté, intentando mirar la pequeña barra metálica atravesada en su lengua.
–Me gustas –contestó con voz suave pero firme. Aplastó la colilla del cigarrillo con la puntera metálica de sus botines de caña alta, y agregó–: Si prefieres, nos vamos a mi apartamento.
Quedé perplejo, sin saber qué contestar, pero midiendo la seriedad de sus palabras.
La punk me tomó de la mano, me enseñó el camino con sus pasos y me condujo por una calle inundada de tiendas y autos. Yo le revelé mi nombre y ella el suyo. Así caminamos dos cuadras, mientras algunos peatones, al vernos pasar, lanzaban miradas de curiosidad, atraídos por el tintineo de los aros que ella llevaba en las orejas, la nariz, los labios, las cejas, los brazos y el cuello.
–Aquí vivo –dijo, enseñándome la puerta de un edificio ubicado en pleno centro de la ciudad.
Cuando entramos en el apartamento con dormitorio, baño y cocina, me enfrenté a una colección de símbolos fálicos y estatuillas eróticas de origen africano. Nos quitamos los zapatos en el zaguán, sin mirarnos ni hablarnos. Ella puso la música de Pink Floyd y entró en la cocina, donde sirvió una copa de Martini haciendo chocar los cristales contra los metales de su cuerpo. Me senté en el sillón tapizado en cuero, mirando la sobria decoración del cuarto, enmarcado por un sofá, una cama de cabecera alta, una sencilla estantería de madera lacada y una vitrina que lucía estatuillas de greda, madera y pedernal, cuyos motivos representaban una libertad sexual para mí hasta entonces desconocida. Las paredes estaban decoradas con una serie de cuadros y grabados de origen oriental. El piso, desde la puerta hasta la cama, tenía una alfombra persa, donde sobresalía el relieve de una mujer desnuda, quien, abrazada al pescuezo de un cisne de alas desplegadas, volaba por encima de un mar en llamas.
La punk se me acercó, moviéndose al compás de la música. Me alcanzó la copa de Martini y empezó a despojarse de su chaqueta de cuero negro. Aflojó su cinturón con hebilla metálica y se quitó los jeans andrajosos, que descubrían una parte de las nalgas y otra parte de las rodillas. Al final se quitó la malla que parecía una telaraña y los calzones que apenas le cubrían el pubis depilado como sus axilas.
Le miré el ombligo y los pezones atravesados por unos aros no más grandes que una moneda de cincuenta centavos. Ella se paseó por el dormitorio, mirándome por el rabillo del ojo, hasta que se dejó caer sobre la cama, las manos en la nuca y las piernas extendidas. Me levanté del sillón y, sintiendo que la temperatura del amor se apoderaba de mi cuerpo, me desvestí sin pensar en otra cosa que en practicar la misma posición que enseñaba la estatuilla africana, donde la mujer estaba en posición de cuatro, en tanto el hombre la acometía por detrás, sujetándola por la cintura. Arrojé las ropas sobre el sillón y me acerqué hacia la punk, dispuesto a concretar mi fantasía. Pero ella, tendida todavía de espalda, dobló las rodillas y abrió las piernas a la luz del día. Fue entonces cuando pude constatar que el tintineo metálico no sólo provenía de los aros que ella cargaba en la cara, el cuello y los brazos, sino también de los aros de oro atravesados en los labios de su sexo.
Ella me apretó contra sus senos y me encendió el fuego del amor con sus besos. Yo ensarté mis dedos en los aros pendientes de su sexo y le quemé con mi aliento, hasta que ella, lanzando gemidos y tintineando como la vitrina de un joyero, pidió que la penetrara con violencia moderada. Me miró a través del espeso rimel de sus pestañas y me clavó sus afiladas uñas en la espalda. Me moví al ritmo que ella controlaba con el meneo de sus caderas y le mordisqueé los pezones acomodados a la altura de mi boca. Después se retorció arrastrando las sábanas y lanzó un grito que rodó por la alfombra persa. Yo caí rendido entre sus brazos y la música de Pink Floyd calló en el estéreo.
Esa misma tarde comprendí que la libertad sexual de la punk, quien aprendió a explicar con el cuerpo lo que no podía hacerlo con palabras, era algo más que una simple aventura amorosa, pues desde el día en que nos conocimos por casualidad en el centro comercial de Estocolmo, nos seguimos amando de una y mil maneras, hasta que ella desapareció misteriosamente de la ciudad, sin dejarme otro recuerdo que los tintineos de sus aros de oro, que noche tras noche me persiguen en los sueños.

(Foto: Plasmatics, para el que no conozca el grupo)

El día que murió Joe Strummer
de José G. Cordonié, España

El día que murió Joe Strummer decidimos montar nuestra banda de rock. Andrés me telefoneó desde un bar en la zona de Malasaña, entre el ruido estridente de los compases de música que se colaban disminuidos y distorsionados por el hilo telefónico, y las voces del gentío que a esas horas llenaban el local. Me dijo que tenían un buen batería, que venía de un grupo de thrash metal, llamado Los Cráneos, y que Luis, el bajista, había decidido dejar su banda para crear un nuevo grupo de rock. “Contigo somos cuatro —dijo, sin imaginarse una negativa por mi parte—; dos guitarras, bajo y batería”. Quedamos en vernos a las once de la noche en La risa del Coyote.
A Alicia no le pareció bien que nuestra noche de despedida la dejara a un lado para irme con Andrés y sus amigos. A ella poco le importaba que creáramos un grupo de rock, y menos aún parecía importarle mi enfado por el poco eco que había tenido en las noticias la muerte de Joe. “Son las vacaciones de navidad –comentó en un murmullo mientras se levantaba de la cama y se iba a la ducha- y no nos veremos en dos semanas”. ¿Por qué no te vienes con nosotros?, le pregunté en un grito que se apagó con el ruido del agua de la ducha, que abrió en ese momento.
La ciudad se abría en el horizonte de la noche en la incandescencia de las luces de las casas, de las lamidas de luz blanca de las farolas y de las irisaciones calidoscópicas de los adornos navideños en las calles. Alicia se agarraba fuerte a mi espalda, apoyando su cara sobre la frialdad tibia de mi cazadora de cuero gastada, y me apretaba con sus manos intermitentemente, como si me lanzara indescifrables mensajes en morse que, de una manera u otra, esperaba que yo pudiera captar, mientras nos adentrábamos por las estrechas calles de Malasaña en mi vespa, lentamente, sobre el silencio de la noche y de nuestras bocas, entre pensamientos laberínticos y callados que nunca llegarían a codificarse en palabras. Yo sabía que ella no deseaba ir a ese bar, de la misma forma que los dos sabíamos que la suerte estaba echada y que esa noche de finales de diciembre nos separaríamos, quizá para siempre, y que yo convertiría en realidad uno de mis más antiguos sueños, entrando a formar parte de una verdadera banda de rock. El pensamiento de despedida tenía también, en cierto modo, el sabor ácido de una huida, y quizá lo habíamos sentido en aquella tarde, en la habitación de su piso de estudiante, cuando hicimos el amor por última vez con una pasión inusitada. Con besos curvilíneos y caricias desenvueltas mientras los ojos, sin embargo, apenas se miraban. Habíamos puesto la radio, recuerdo, y sonaban los Clash —quizá The Guns of Brixton, una de las pocas compuestas por Simonon—, cuando ella se puso a horcajadas sobre mí y yo la abracé con fuerza temiendo que se evaporara. Después le hablé de Strummer y de lo jodido que estaba porque apenas se había comentado nada sobre su inesperada y prematura muerte. Y le hablé también de los Clash, y de cómo Strummer y Simonon cambiaban sus instrumentos en directo para tocar justamente esa canción, The Guns of Brixton, porque no se sentía cómodo tocando el bajo y cantando a la vez.
La risa del Coyote era, sin lugar a dudas, un buen lugar para tomar la decisión de montar un grupo de rock. Nos sentamos en una de las mesas al fondo del local, cerca de la mesa de billar, y entre cervezas y cigarrillos dimos mil vueltas en círculos concéntricos —entre risas canallas en la nebulosidad de nuestros sueños— para encontrar un nombre para la banda. Primero habíamos decidido por unanimidad que haríamos una especie de punk rock, y luego hablamos de tendencias y de afinidades, y dejamos claro que habría una clara influencia de grupos como Ramones, Buzzcocks, Stiff Little Fingers o los Clash. Aunque también hablamos de la Velvet Underground, de los Stooges y de muchos otros que nos llenaban hasta dejarnos vacíos. Creo que fue entonces, mientras la noche comenzaba a perder el rumbo de su tiniebla en el horizonte, cuando Luis comentó que Ramones eran el principio y el fin, el punto de unión de la música, allí donde se juntaban Beethoven y los Nirvana, y cualquier otra cosa que se te pudiera pasar por la cabeza. Y nuestras cabezas hervían, con el deseo y los sueños inflamados en el tacto de la punta de los dedos, extendiendo nuestros sentimientos sobre aquella mesa donde se hacinaban las botellas vacías de cerveza y el cenicero se convertía en un crematorio donde las almas de nuestros anhelos formaban una nube densa sobre nosotros. Pero fue Alicia quien dio con el nombre. Y quizá lo hizo como un juego, como una broma o como una combinación sonora al estilo de la Velvet, pero sin encerrar significado alguno. “¿Por qué no os llamáis Barbos Undergrados?”—soltó en una sonrisa que le partía la cara en cielo e infierno—. Y ese fue el comienzo de nuestra banda.
Alicia se marchó en el autobús de las cuatro de la tarde desde una estación a la que no quise acudir a despedirle. Quizá los dos éramos de ese tipo de personas que prefieren mantener un recuerdo alegre como último recuerdo, y una despedida nunca podría encontrarse dentro de uno de esos recuerdos. Y más aún, cuando los dos intuíamos que nunca más volveríamos a encontrarnos, y que era mejor dejarlo así, sin un cierre, sin un adiós, sin ningún otra palabra, sólo con el silencio del paso del tiempo.
Y mientras el autobús de Alicia salía hacia el norte, los Barbos Undergrados nos encerramos por vez primera en el local de ensayo. Y como si fuera en su honor, tocamos una canción compuesta por mí que hablaba de mundos paralelos, del significado de las palabras que nunca se dicen y del amor cuando se atraviesa en la garganta y que te puede llegar a asfixiar sino lo escupes… Un, dos, tres… comienza la tormenta eléctrica en la guitarra distorsionada de Andrés, mientras dibujo el riff que va subiendo lentamente mientras entran in crescendo el bajo y la batería, creando una masa compacta de sonido en el aire que respiramos y que inspiramos hacia adentro, desde donde el alma, ovillada en un rincón en penumbra de mi nostalgia, desenreda la voz para cantar …”Una calle empapada de miedo, un revólver seguro en mi mano…”, y el rostro de Alicia se desliza furtivo por la pantalla de mi mente hasta hacerse evanescente.


Siempre estuvo allí
de Hugo Clemente

La música estaba ahí, siempre había estado ahí. Simplemente tenías que agarrarla.
El estudio apestaba a humo, y el humo apestaba a campo. A humo y a pequeños sorbos de whisky vertidos con descuido en la moqueta a lo largo de los años. Henry no aparecía y nadie se sorprendía por ello. Ese vanidoso hijo de puta hacía siempre lo que le venía en gana. Cantaba como un verdadero ángel, eso si, pero nadie podía contar jamás con él. Mantener al grupo unido era la tarea más difícil de los músicos.
Hartos de esperar y hasta las pelotas de Henry la diva, la banda ya tenía los instrumentos fuera de sus estuches, afinados, y las válvulas de los amplificadores calentitas. Ignoraban al Pequeño T, el batería, que como de costumbre se desfogaba contra su herramienta de la misma manera en que algunos meses después le partiría el cuello a un desgraciado en un peep show.
El Leslie daba vueltas y más vueltas hasta parecer que estaba quieto consiguiendo que el sonido del órgano se fortaleciera a cada giro.
Los técnicos reían acaloradamente pero el cristal de la pecera impedía que sus carcajadas rompieran la paz de acoples. Lo tenían todo a punto, todo microfonado, cada parámetro ecualizado. Henry seguía sin aparecer.
John empezó todo. La ceniza le caía en los dedos desde el cigarro que mordía entre sus dientes. Entornó los ojos y le arrancó una frase tontorrona al Hammond. Jugó con ella para arriba, la volteó hacia abajo un poco más rápido, deteniéndola frente a un abismo silencioso para precipitarse después con el resto de la frase. A punto estaba de abandonarla y servirse otro dedo de whisky cuando Jimmy enfadado con su novia, y con Henry, y con todo el mundo aquella noche, le siguió con el bajo. El Pequeño T comenzó a envolverles suavemente rozando la caja, acariciando el bombo, susurrando con los platos.
El tema se alargó quince minutos, primero mirándose, después cada uno encerrado en sus cuerdas, en sus teclas y bordones. Pararon a servirse más bebida. John aplastó la colilla que aún le colgaba de la boca contra el cenicero y enseguida lo sustituyo por un lustroso cigarrillo entero. El pequeño T se levantó de la banqueta, sirvió bebida en cada vaso que encontró y dejó la botella vacía junto al bombo. Apuró el vaso de un trago, lo lanzó hacia atrás con los ojos brillantes y dijo –let´s go over again-
Los técnicos hacían creer a los músicos que seguían a lo suyo, pero con el rabillo del ojo seguían la escena con la solemnidad de los testigos fundamentales. Justo antes de que sonaran las baquetas marcando el one-two-three-four, Stu el técnico más joven apretó el botón que obró el milagro. Era rojo, sobré el había tres letras: R E C.
Dos minutos, cincuenta y cinco segundos. En menos de tres minutos puedes atrapar la música porque siempre está ahí acechando y no es una cuestión de horas invertidas, sino de olfato. Muchos tratan de mirar a los ojos de la música de alcanzarla con un cazamariposas. Eso no sirve de nada. Tienes que dejar que te acompañe.
Los músicos no estaban conformes, Jimmy se enfadó porque les grabaron a traición, El pequeño T se quedó dormido en el estudio. Lo grabaron todo de golpe, de una toma, nada de pistas, nada de trucos, nada más que la música. El espíritu distraído de cada músico tratando de acoplarse en el vacío, tratando de ganarse el silencio.
-Apesta, es una mierda-Jimmy estaba enfurecido.-Stinks like Green Onions- De una patada estalló la botella vacía por la alfombra.
-Apesta como las cebollas verdes-
Así acabó llamándose el tema. Así se llamó el hit. De todos los discos que luego sacaron, de todo lo que antes habían grabado, la gente recuerda Green Onions, la instrumental que sigue oliendo a humo.
De Henry ya nadie se acuerda



En la burbuja, de Carlos Ortiz de Zárate


Aprendí a bailar el Rock a mediados de los 60s; cuando salí de la burbuja de la España franquista, que me oprimía. Me fui al gélido Lille. Era la época de los “surprise parties” Se bailaba el rock. El rey indiscutible del ritmo liberador era Elvis. Me gustaba y aunque tuve que hacer un gran esfuerzo para relajar mis “rigideces”, el baile me ayudó a eliminar algunas. Me hice adicto, aunque pronto los Beatles se hicieron con un cetro que compartían con Bob Dylan, Joan Baez o Barbara, con sus ritmos de Folk y de Protesta. Soy un fan de la primera hornada, politeísta en música y en otras formas de expresión; también reinaban Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Marlon Brando, James Dean, Pasolini y la revuelta de finales de los 60s, por mencionar algunos referentes.
Los viejos roqueros no éramos monoteístas y confieso que el “Rocky Horror Show”, el hard y el heavy metal me alejaron un poco, aunque he seguido teniendo contactos con el ritmo; me gustó la movida madrileña roquera, como la de Radio Futura y especialmente Sabina y recientemente U2, más concretamente “None line on the horizon”.
A veces voy a un bar de roqueros. Desentono explícitamente; apenas unos pocos me dirigen la palabra, pero no me siento rechazado. Ponen mucha música soft a volumen que no resulta estridente. Me encuentro a gusto.
No sé si el ritmo tiene los mismos efectos para los que compartimos el bar en la actualidad. Para mí, aquél siempre aparece asociado a ruptura de burbuja. Y nadie puede negar que el mismo proviene de raíces afroestadunidienses y se desarrolla a medida que la etnia, considerada entonces como minoría, afianza derechos cívicos.
Aunque hay tanto que nos une; lo que más nos separa es mi urgencia por hacer estallar la burbuja que me oprime, mientras que ellos parecen haberse instalado cómodamente en la misma. No importa que Sabina cante “Por el boulevard de los sueños rotos” Es como si solamente se percibiera una música y una voz desgarrada. No me perece que se sientan las presencias de Chavela, de Frida y de todos los personajes de la canción...
Éstos forman parte de un pasado que para las nuevas generaciones no es sino un pasado. El México de Frida, de Diego Rivera, de Trotski, de Buñuel, de Breton o la miseria de Chavela que remediaron Sabina y Almodóvar, no parecen decir nada a mis compañeros de bar. Tampoco éstos parecen ser conscientes de que se nos están arrebatando muchas de las conquistas que logramos en los 60s.
Me gustaría bailar, como lo hacía entonces, para liberar tensiones. Nadie lo hace y este viejo bajo gordo y calvo haría el más espantoso de los ridículos. Hay algo que une a los roqueros y mucho que nos separa. Aunque me encuentro a gusto en el bar, no lo visito con frecuencia, porque hay algo allí que me hace sentir incómodo.

Vivo Derribando las Barreras, de Carolina Sánchez Mólero

Desde que me enteré de que venían a mi ciudad, no he dejado de soñar con este día.
Por fin ha llegado.
He tenido que convencer a mi familia:
- No pasa nada – Les he dicho – No habrá mucho lío. Es un concierto de rock. Nada más…
- ¿Nada más? ¡Y nada menos! – Me ha respondido mi madre mientras veía el programa de La Copla – Esto si que es música Álvaro. Escucha, escucha… es Laura.
Por supuesto que mi madre ha dejado por completo de oírme a mí, y se ha centrado en la canción de Laura, mientras la canturreaba:
“Ojos verdes, verdes como la albahaca,
Ojos como el trigo verde y el verde, verde limón…”.
- ¡Mamá! – Le grito, intentado llamar su atención – El grupo al que quiero ir, también son poetas. Y mucho…
- Sí hijo, sí. Como tú digas… - Me responde sin mirar y con una mueca en la boca.
En fin, que no parece que mis padres, vayan a venir alguna vez conmigo, a un concierto de rock. Aunque… de ilusiones también se vive.
Pero por lo menos, he podido convencerlos para que me trajeran en coche a la puerta del estadio.
- Hijo mío – Me ha recomendado mi padre antes de entrar, con la cara seria – Dile a alguien de la organización que te de una silla y que te ponga bien lejos del tumulto.
- Sí papá – He respondido sin mucho interés – No te preocupes. Es solo un concierto.
¡Sólo un concierto! Eso les he dicho... Uno de los momentos más importantes de mi vida, y he tenido que ocultarlo.
Y no… no he buscado la ayuda de nadie.
Deseaba estar muy cerca del grupo. Como uno más…
Así ha sido.
No sé cómo lo he conseguido, pero al fin, he llegado hasta aquí.
La primera fila era algo impensable para alguien como yo.
Mis limitaciones físicas, al parecer, me han ayudado a llegar.
Quién me lo iba a decir hace un par de horas.
Todas esas personas que hay a mí alrededor, me han empujado y casi llevado en volandas, mientras yo intentaba no caerme entre la vorágine, con mis muletas.
Creo que nadie se ha dado cuenta de que las llevaba.
Estaban demasiado extasiados y pendientes de lo que muy pronto, todos vamos a vivir.
Estoy totalmente acoplado entre toda esta gente: a mi izquierda una chica con tirantes y pelo corto; a mi derecha un muchacho con una chupa de cuero, a pesar del calor que hace; Y desde atrás, un grupo de chicos jóvenes que empujan sin descanso… No sé a donde quieren llegar, es imposible que haya sitio para ellos…
El aire es irrespirable y aún no ha comenzado el concierto.
Tengo tantas ganas de verlos, de escucharlos y sobre todo, de cantar junto a ellos…
Desde no muy lejos de donde estoy, se oyen voces de mujeres, piropeando al cantante:
- ¡Guapo! – Gritan una y otra vez.
¿Guapo? No diría yo tanto. Pero parece que la pasión por su música, va más allá que una cara bonita. Creo que ven al poeta que hay en ellos… y eso las enamora. Ojala pudieran verme también a mí, más allá de mi sola condición física.
Estoy feliz.
“He encontrado algo de calor… Hoy no me derrumbo y una chica me sonríe demasiado para mí”.
Si el espíritu de Lenon viera toda la unión que hay en este pequeño mundo…
Un mundo de escasas dos horas, pero que ojala se haga eterno.
Ya llegan.
Se escuchan más gritos y silbidos (y más piropos).
Las luces del escenario se han apagado y las guitarras comienzan a sonar, disparando los decibelios.
Ya no queda oxígeno aquí abajo. Necesito agua…
Esos acordes inconfundibles…
Es la canción que más me gusta.
Voy a naufragar sin remedio.
Avisadme cuando el mundo se haya acabado.
Aquí me quedo.
Es hora de disfrutar.



¿Habrá escuchado?, de Omar Martínez

Con Wikileaks terminábamos la clase. Entonces, a escuchar la historia de mi abuelo.
— Mi papá era muy joven…
¡El claxon! La madre de Tania demostraba su disgusto viéndola reunida con tantos varones, la mayoría negros. Al día siguiente se lo contaría todo.
“…se enamoró de una muchacha blanca, una adolescente como él y que también amaba la canción. Finalizaban los años cuarenta, ella lo arrastraba hacia los conciertos de country, la música blanca; y allí lo miraban con recelo: “qué hace este negro aquí”, tuvo cerca la muerte.
Comenzaron a asistir a conciertos de rock, género que aún no sentía la invasión de la música blanca; los rechazos fueron hacia ella. Pero se querían, y el amor era superior a la muerte. Oyeron hablar de Alaan Freed, que transmitiendo la fusión de los géneros, logró conciertos multirraciales. Aceptados en todo el mundo; donde ambos jóvenes se encontraban a gusto…”
— Tania, le debemos a Alaan Freed nuestro amor… ¡Gracias rock and roll!

Los dioses y el rock and roll, de Francisco Martín

- Abuelo, cuéntame una historia, una de esas historias tan bonitas que tú sabes.
- Es muy tarde, deberías dormirte, luego tu madre nos regaña a los dos.
- Sólo una abuelo, te prometo que luego me dormiré.
El abuelo se sienta en el borde de la cama del niño. Por la ventana abierta se cuela la noche mostrando un cielo cuajado de luz, el manto de estrellas brilla en lo alto. Una noche sin luna, no es necesaria.
El abuelo levanta la mano señalando hacia la ventana:
- Hace mucho tiempo, no había estrellas, ni planetas, ni sol, tampoco el aire que respiramos… no había nada. Un universo en el que los dioses se aburrían, porque los dioses son muy antiguos, mucho más que el cielo. Entonces, a uno de ellos se le ocurrió crear mundos, muchos mundos; y nacieron las estrellas que ves por la ventana, los planetas… todo lo creó aquel dios ante la mirada asombrada de sus hermanos que no comprendían el juego.
- ¿Eran muchos los dioses, abuelo?
- Nadie lo sabe. Se dice que tantos como granos de arena tienen las playas.
- ¿Y qué pasó, abuelo?
- Otro de los dioses, dicen que el más viejo de todos, consideró que era una creación muy aburrida, no había nada capaz de entretenerles, sólo bolas girando unas alrededor de las otras. Pensó muchas soluciones, y al final creó el agua, las plantas, multitud de animales. Creó la vida. Dicen que ese dios se llamaba Narut.
- ¿Y los otros dioses qué decían, abuelo?
- Discutían entre ellos ya que nada de lo creado conseguía distraerles, ni siquiera la vida. Y fue otro de ellos, hay quien asegura que se trataba de una diosa, Tala se llamaba, quien propuso crear a un ser que fuera capaz de pensar, de parecerse a ellos. Muchas vueltas le dieron al asunto sin llegar a ponerse de acuerdo, hasta que Tala, aprovechando una forma de vida existente, creó a los humanos.
- ¿Y ya está, abuelo?
- No, la historia no termina ahí. Los dioses vieron que el hombre era diferente, que incluso se atrevía a desafiarlos, pero tampoco ofrecía nada que calmara el aburrimiento infinito que reinaba en la casa de los dioses. Para evitar el fracaso de la Creación dotaron al hombre de innumerables cualidades, de placeres sin fin… pero nada parecía dar resultado, el aburrimiento continuaba. Hubo un dios que propuso borrar todo lo creado y empezar de nuevo, un dios que destacaba entre los demás por su brillo.
El abuelo sonríe al niño que escucha con la boca abierta. Lejos, al otro lado de la carretera, se escuchan los ecos de la música que sale del bar de la gasolinera: las notas inconfundibles de Black Dog de Led Zeppelin. Al abuelo siempre le sorprendió el buen gusto del encargado del bar, la juventud del barrio se lo agradecía llenando el local y la terraza de atrás.
- Y estuvieron a punto de hacerlo, es un milagro que tú y yo estemos aquí.
- ¿Por qué no lo hicieron, abuelo?
- Porque ocurrió algo: un viento indomable sacudió de pronto la morada de los dioses, un soplo con fuerza propia que a nada respetaba, ni siquiera a los propios dioses, de ellos se reía. Una vibración que hizo temblar los cimientos de la morada de los dioses.
- ¿Qué era ese viento, abuelo?
El abuelo tardó unos segundos en contestar, cuando lo hizo tenía los brazos levantados, al estilo de los campeones:
- Música, una música especial que nacía de la mente de los hombres, ritmo al que los dioses no tenían acceso. Algo ajeno por completo al cielo y a la tierra, notas indomables con el sello de la inmortalidad.
- ¿Qué música era ésa, abuelo?
- Un ritmo híbrido de varios otros, country, jazz, blues… juntos formaron el “rhythm and blues”, así era conocido hasta que comenzó a llamársele como lo hacemos hoy: rock and roll.
El niño sonreía divertido.
- Abuelo, no me irás a decir que el universo existe gracias al rock and roll
- Puedes asegurar que así es, una verdad que no ofrece la menor duda. Los dioses comprobaron asombrados que su poder era anulado por esa música, una música sin otra regla que la que el propio autor quería darle, algo creado por el hombre que, de pronto, había conquistado, aplastado, la independencia de los dioses. El abuelo no te miente nunca: puedes escuchar las partituras más hermosas de música clásica, los cantos de las tribus primitivas, incluso el gregoriano al que tan aficionados son tus padres… cualquier música que embelese el alma; pero comprobarás que tan sólo con el rock and roll te sientes libre, algo en tu interior percibe que traspasas el mundo material y te adentras en otra dimensión, el cerebro lo reconoce como parte de la esencia humana. No existe nada comparable a escuchar a Chuck Berry, su incomparable voz, o la guitarra de Keith Richard de los Rilling Stones, o la del desconcertante Jimmy Hendrix... No existe nada comparable. Qué decir de la voz de Roy Orbison, en ella bebieron los Beatles... ¿Tú crees que existe algo más hermoso que el escuchar a Elvis en si jailhause, el rock de la cárcel?... No, no existe, se acabaría el mundo, el dios brillante se saldría con la suya.
- En el colegio hay un chico que le gusta Rosendo.
- Producto nacional nato, pata negra, uno de los que se escucha en el mundo de los dioses, en especial su etapa de Leño. Seguro que tiene allí partidarios, porque los dioses tienen sus propios gustos, las discusiones son constantes, incluso se enfadan unos con otros: unos defienden los altibajos de U-2, otros se pirran por los acordes de Queen, otros por la fuerza de Iron Maiden, muchos son incondicionales del bajista John Alec Entwistle, pocos como él... yo que sé... Bueno, el dios brillante defiende a Kiss, una banda muy...especial.
- Abuelo ¿puedo decir a la maestra que existimos gracias al rock and roll?
- Claro que sí, dile que así lo asegura tu abuelo: el rock and roll es un regalo que el hombre ha hecho al cielo, aclárale que hasta hay curas cantantes de rock actuando por ahí; el paraíso se asoma a la tierra...
Al niño se le cerraban los ojos. Su imaginación volaba hacia un firmamento rebosante de grupos de rock revestidos con mantos de estrellas, escenarios rebosantes de focos, de motocicletas emergiendo de la oscuridad del fondo, como las aparcadas en el lateral de la gasolinera.
-Abuelo... cuando sea mayor quiero montar en tu moto, esa grande guardada en el pueblo y que mamá no te deja usar...
El abuelo arropa al niño. Piensa que cuando su nieto pueda montar en la vieja Custom él ya estará entre los dioses explicándoles la diferencia entre Bee Gees y UB 40, porque los dioses son incapaces de entender el rock and roll, para intentarlo han creado la eternidad...


Leyendas del Rock: Bonn Scott, de Liliana Savoia
Nacido un 9 de julio de 1946, Ronald Belford Scott , más conocido por todos como Bon Scott, fue un virtuoso vocalista, letrista, percusionista y gaitero, aunque se hizo mundialmente famoso por ser el vocalista AC/DC desde 1974 hasta 1980, año en el que murió.
Tiene su propio lugar en el Hall of Fame del Rock y ha sido considerado por la crítica como uno de los principales Frontmen y mejores vocalistas del mundo, comparándose con figuras de la talla de Freddie Mercury y Robert Plant.
Desde su juventud se destacó por su espíritu rebelde, integró varias bandas de rock en Australia, donde emigró su familia siendo él un niño.
En 1974, conoce a los miembros de AC/DC, los hermanos Angus y Malcom Young, ya que era el conductor de la van que trasladaba al grupo.
Por aquel entonces el cantante de la banda era Dave Evans, quien rápidamente es reemplazado por Bon Scott a causa de la enérgica impresión que les causó a los hermanos Young.
Así se Bon, se convirtió en uno de los líderes con más carisma en escena, caracterizándose por su peculiar e inigualable timbre de voz.
Su Muerte:
Un 19 de febrero de 1980, Bon salió a beber con su amigo Alistair Kinnear, éste se ofreció llevarlo a su casa pues había bebido en exceso. Durante el viaje Bon se durmió y al llegar a destino, Kinnear no consiguió despertarlo, ante la imposibilidad de lograrlo lo dejó durmiendo en el coche.
15 horas después volvió a despertarlo, pero ya era demasiado tarde, Bon Scott había muerto con 33 años de edad. La muerte se caratuló como intoxicación etílica, muerte accidental y bronco aspiración ( se ahogó con su propio vómito).
El ultimo álbum que llegó a grabar es el excelente discazo Highway to Hell.
Bon Scott fue enterrado en Australia en el cementerio de Freemantle.
Su tumba se ha convertido en ícono cultural del lugar, recibiendo millones de visitas aún hoy a mas de 30 años de su muerte.
Poco después de su muerte Bon, sería reemplazado por Brian Johnson, sacando el disco Back in Black, en alusión al luto por la muerte del ídolo.
Éste álbum vendió nada más y nada menos que 48 millones de copias, siendo el segundo álbum mas vendido de la historia luego de Thriller, de Michael Jackson.
“Mamá te lo juro, la lluvia que cayó sobre mí no fue dorada, sino púrpura” (Sobre Purple Rain de Prince and The Revolution) , de Verónica Bujeiro (México) http://revistareplicante.com/aqui-no-es-aqui

La congregación está sentada, la misa está por empezar. El órgano anuncia ya la venida, se abre el micrófono y el predicador empieza a hablar. Su sermón habla de las virtudes de la vida después de la muerte, pero como de nada de eso podemos estar seguros, la congregación es invitada a conducirse por el camino de la perdición, porque la vida es difícil y el elevador insiste en llevarte al hoyo: “Let’s go crazy, Let’s get nuts”. Peculiar iglesia la de su púrpura majestad Prince. La que hace a los hombres ponerse tacones siendo bien machos, tocar riffs muy rockeros en la más deliciosa densidad pop y escandaliza a las madres, haciéndolas congregarse para poner etiquetas de advertencia en los discos e intentar sacar a sus hijos de los torcidos renglones del Rock and Roll.
Prince Rogers Nelson (su nombre real, según los papeles) encontró en la música la salvación a ese hoyo en el que su numerosa familia lo quería sepultar. Siendo uno de los nueve hijos de una familia típicamente disfuncional, no había mejor opción que refugiarse en el sótano de la casa al cuidado del viejo piano de su padre , pianista local de una banda de Jazz, y la colección secreta de novelas porno de su madre. Allí la música se convirtió en algo más que un consuelo y pronto el joven Rogers empezó a tocar distintos instrumentos, experimentó con grabadoras caseras simulando futuras sesiones de estudio, recicló todas aquellas cosas emocionantes y peligrosas de la música disco, soul, funk, rock, y R&B, además de que concibió el mito fantástico de convertirse en un príncipe soberano absoluto de su propio mundo, que sólo delegaba el poder ante las carnes de las jugosas hembras de su corte y aplastaba a todo aquel que lo contradijera con los 20 centímetros de su zapatos de tacón.
Tales sonidos e ideas no podían quedarse guardados en ese sótano. Para lograr subir hacia la superficie, el soberano sin nobleza tuvo que pasar varias historias dignas de almanaques de vidas de éxito y superación personal que alcanzarían la conclusión por todos esperada: un contrato de seis cifras con la Warner Brothers que incluía absoluto control creativo por parte del artista apenas conocido como Prince.
Su majestad púrpura apareció casi como un espacio de transición entre décadas con su ambigua imagen, virtuosismo musical enfundado en pop que arriesga y sus letras absolutamente plagadas de sexualidad ilícita. Su éxito era módico pero iba creciendo, porque representaba en el ya conservador principio de la década de los ochentas todo aquello que la sociedad quería guardar en el desván tras su fervoroso y caduco verano del amor.
Pero las cosas en el reino no marchaban del todo bien, pues el príncipe resultó ser un artista conflictivo para una compañía grande como Warner, porque si bien su estilo musical era accesible y potable para la radio, sus letras impedían programarlo. Algunos críticos, escandalizados en su afán represor, denominaban a sus letras “confesiones freudianas” y aunque sus fans crecían día a día por la promoción de boca a boca que se le hacia, la compañía necesitaba algo más. Por ello, en una táctica económica y publicitaria se le ofreció un paso a la gloria añorado hasta por el más radical artista (véase Eminem): hacerle una película, sobre la que obviamente conservaría toda su libertad creativa, tanto en la realización fílmica como musical.
Así en el mítico año de 1984, año de los Olímpicos en la ciudad de los Ángeles, la aparición de la primera Mac y la Reagan-economía en pleno, las pantallas de cine, televisión y el radio se vieron invadidas por el fenómeno Purple Rain.
Un brillante publicista de la Warner, absolutamente ciego y sordomudo, la anunció como la Citizen Kane del Rock. Publicidad que si bien dista de ser cierta, a la Warner Brothers le resultó como la fórmula mágica para convertir almendras en oro, pues tras alcanzar los sitios más altos en taquilla, venta de discos, popularidad y no digamos MTV, la compañía entró en tal bonanza que todas sus divisiones crecieron exponencialmente.
Semejante exposición no hizo a su púrpura majestad sepultar su mente sucia en el desván y tanto la versión fílmica como el disco compartían una clasificación R. A pesar de ello cayó en las manos más inconvenientes tras el enorme éxito alcanzado, pues Karenna, niña de 12 años, hija de un senador demócrata llamado Al Gore y una señora metiche llamada Tipper, escuchaba “Darling Nikki”, un delirio carnal cárdeno, sin saber que su madre escuchaba detrás de la puerta. La progenitora aterrada por todas aquellas cosas que el sexo entre conservadores no practica y afligida ante los efectos que semejante ruido podría tener en el desempeño sexual de su hija, decidió no sólo tirarle el disco a la basura, sino en su poder de esposa desesperada con poder, comenzó una cruzada de padres igualmente aterrados por los mundos posibles que escuchaban sus hijos en los discos.
Así fue que surgió el Parents Resource Music Centre o PMRC, instaurando algunos minutos de controversia sobre el contenido vicioso que contenían los discos. posibles corruptores de una infancia sólo adulterada por el azúcar y la grasa, que obligó a la industria musical a colocar etiquetas de advertencia en los discos, cual si se tratara de productos nocivos para la salud o sustancias inflamables.
Y quizás lo son, pero sin ellos la vida sería un tanto más blanda de lo que ya es.
Habrá que agradecerle al reverendo, su majestad púrpura, por iluminarnos el camino hacia la perdición, quien indiferente a la revuelta que levantó su querida Nikki prosiguió con su carrera, avivando su fuego con la droga más potente y alucinatoria: verse a sí mismo en el espejo.

Caja negra con un final



“...Y suena tu música en la pantalla / sos el ángel inquieto que sobrevuela / la ciudad de la furia...”.
Luis Alberto Spinetta a Gustavo Cerati, diciembre de 2010 (cerati.com)


El 15 de mayo se cumpliría un año de un Viaje-sin-final. El 15 de mayo nos volveríamos a ver. Un 15 de mayo... repetir esta fecha tres veces suena más a tango que a rock and roll, pero qué le vamos a hacer. Los dos habíamos llegado un par de días antes a Buenos Aires como pasajeros-en-trance. Cada uno había llegado por una vereda diferente. El ritmo de nuestro pasos (casi digo, de nuestros ojos) estaba marcado por el olvido. Por un olvido que duraba ya seis años.
Mientras ella y yo, cada uno en su respectivo Hotel Morrison de la Calle Rivadavia, nos mirábamos en un espejo (con vista al Mar) como David Bowie en su canción Thursday’s child, en la Clínica ya se congregaba una jauría de periodistas y unos mil doscientos fans. La mañana pintaba más nublada que de costumbre para esta época del año y las motos cruzaban la avenida a mil, como siempre pasa en las canciones de Seru Girán.
Ninguno de los dos tomó un ómnibus ni un taxi. Caminamos. Caminamos bajo la tímida lluvia que empezaba a empantanar a Buenos Aires de viejos poemas de Carriego y de Pizarnik. Yo me sentía como Torito, aquel inoxidable boxeador de Cortázar y vaya uno a saber si ella no se sentía como Virginia Woolf. El aire enrarecido de ese 15 de mayo nos hacía respirar una atmósfera que habíamos amado una década atrás, cuando vivíamos juntos en una Bogotá-cinema-insostenible.
El rock nacional, el viejo rock progresivo que nos hacía Invisibles en la ciudad, que nos camaleoneaba a punta de tangos feroces y milongas acompasadas estaba detrás de nosotros (y no solo de nosotros). Las bandas eternas eran nuestro único consuelo en estos días sin technicolor. En youtube pasábamos días enteros –cada quien por su cuenta y riesgo- viendo videos de acetatos que giran y giran y yiran y yiran sin parar: “no se va a llamar mi amor...”. Algunas canciones envejecen mejor que otras. No pasa lo mismo con las personas, ¿o si? La verdad es que ya no lo sé y eso que hubo un tiempo en el que pude jurar que si. Creí que yo empezaría a envejecer pronto, como un bolero falaz cualquiera. Ahora ya no lo sé. Creí que yo envejecería más rápido que ella. Incluso creí que moriría primero que ella. Y eso que alguna vez, cuando todavía estábamos juntos, los dos soñamos con algo semejante: cada uno por su cuenta soñó una escena casi salida del mismo escenario: una cabaña en la que un viejo ermitaño pasaba sus últimos días y recibía la visita de una mujer a la que no veía desde hacía muchos años. Solo se reconocían a través de las manos. Se tomaban y se tocaban las manos y lloraban un rato. Al fondo había un lago (“un lago en el cielo”).
A las cinco de la tarde llegué a la Clínica. Una enfermera con una inmaculada bata blanca tomó un micrófono y leyó un lacónico parte médico en el que no se anunciaba ninguna novedad. Hubo un silencio espectral, visualmente insoportable. De un auto cercano llegó una melodía que todos reconocíamos: era una canción amarilla, una canción que hablaba de un G. Adrián. C. Clark y de su Avenida Alcorta. Adentro del coche estaba ella, con sus gafotas oscuras y sus collares rojos. Vestía de negro como siempre y sus labios estaban más pintados que de costumbre. Poco a poco todos se fueron yendo a sus casas y cuando cayó la noche solo quedamos ella y yo. Después de quince canciones se bajó del carro. De fondo sonaba Planta de Soda Stereo. Me vio de lejos y vino hacia mí. Quise pensar en el sueño de los dos viejos en la cabaña, pero no pude hilar las dos imágenes. Me besó como alguna vez lo hiciera en un embalse dionisíaco que yo bauticé con una canción (más) de Cerati: “Bocanada”. Me besó sin cerrar los ojos y sin mirarme. Me besó mirando hacia el cuarto 1990 de la Clínica y sentí como su piel trasmitía un orgasmo en cámara lenta. Su cuerpo se adhirió a mí durante los cuatro minutos de ese sueño stereo y luego se fue. Mientras el Citroen aceleraba alcancé a oír los acordes de la canción “final caja negra”...
Aquiles Cuervo (Colombia-Argentina) http://litchisdemadagascar.blogspot.com/



PINK FLOYD

El rock es eso, un aleteo de mariposa capaz de mover el mundo,
Y apareció en medio del aula el cerdo volador de Pink Floyd, no te lo vas a creer, y sacó del aula a la maestra a la fuerza, así, tal y como imaginas, con la lengua limpiando el estiércol que dejaban los zapatos en la madera del suelo,
Ni el cura ni el alcalde ni el secretario pudieron impedirlo,
Eso fue, ¿no lo recuerdas?, cuando acudíamos temprano con las estufas de carbón y los pies helados para aprender aritmética del lenguaje,
Por fortuna, esa maestra no apareció nunca más, no hace tanto que la encontré de nuevo, carcomida por el terror de ser acusada cuarenta años después de infanticidio fácil,
El rock era eso, palabras que no entendíamos pero que nos movían a derribar libros cerrados a cal y canto,
Me dolieron las uñas de las varas largas de los curas que llegaron a sustituir a la maestra durante decenas de años, después de abandonar la tierra, los campos de ortigas, las espigas de centeno fermentado,
Gracias a Pink Floyd, sin embargo, tú y yo nos enamoramos, y juramos no tener hijos nunca, para no tener que contarles el hambre que pasáramos, la soberbia que sufrimos, el espanto de las farias para los domingos y el carrusel y la comunión de los hijos de los primos y las bodas de los sobrinos y la muerte de nuestros padres,
Al despertar, una cuerda grita,
Fue como un milagro psicodélico,
era un cassette copiado, aún no estaba prohibido copiar los objetos, y se vendían legalmente en los rastros, qué maravilla, me dijiste, existe esto, no lo sabía, es posible, es posible romper el cielo para que llueva silencio,
El rock fue eso, un leve pestañeo capaz de pisar sobre el barro durante años y años, indemne al paso de las mentiras y de las voraces premoniciones de escritura recta y declamatoria de auténticas verdades, como que el universo es curvo, o que las letras de las canciones son animales, o que jamás llegaremos a sentir la vida sino es con las venas sinceradas y vertiendo rock en copas de acero inoxidable cuando el sol desaparece y no hay más futuro que las salchichas disparando bombas sobre carros de combate,
Mi corazón, llegará el día, lo donaré a la música, para que lo partan contra el suelo al acabar,

JULIO FERNÁNDEZ PELÁEZ (España) http://juliofernandezpelaez.wordpress.com/

After Hour

Lo que más me gusta es camuflarme entre los fogonazos blancos de los flases, allí, colocado junto a la pista, sentado sobre un banquito alto tras uno de los bafles del rincón. Como solía hacer antes. Ahora que tengo más tiempo, siempre que encuentro la ocasión me paso por Vértigo, no para bailar, pero si para calentar la memoria de mi garganta con un vaso de buen escocés mientras me alegro la vista con las niñas que van a mover el esqueleto. Eso sí, tengo que llegar antes de que se llene de gente, cuando todavía en la barra no se amontonan para pedir; si no después, entre tanta belleza, los camareros no me prestan atención.
Me gusta más el rincón que está cerca del guardarropa, ese trasiego de muchachas acaloradas despojándose de prendas, dejando sus pieles suaves y apetecibles a la vista, algunas empapadas de sudor, como si se hubiesen untado algún afeite para hipnotizar a los chicos. Pasan y, como me hallan de frente, siempre se fijan en mí y me sonríen, en ocasiones alguna hasta me ha guiñado el ojo. Yo les devuelvo la sonrisa, y hasta le lanzo algún piropo, claro que, al volumen que está la música, ni me oyen. Pero bueno, al menos el corazón se me pone casi en ebullición ese ratito. A veces hasta me animo y pido otra copa, aunque no debo pasarme de rosca; la lengua tiene que estar ágil por si alguna se me acerca con ganas de charlar.
Suelen poner mejor música al final. Para llenar la pista meten eso del reggaeton, el funky, el breakdance… Esas cosas nuevas que parecen la misma canción todo el tiempo. Lo bueno lo dejan para el final, cuando ya está todo el mundo alocado y como traspuesto; entonces llega el rock.
Hace unos días el disc yoqui puso Sultans of swing, uno de los mejores temas de Dire Straits. Empecé a moverme en el banquito, después apoyé un pierna en el suelo y al final las dos; me metí a bailar. Al principio bien, las piernas bien, el cuerpo bien, la música me llevaba y ganaba terreno bajo las luces. ¡Alucinante! Pero en uno de los solos de guitarra, uno de esos punteos tan espectaculares de Mark Knopfler, la emoción me llevó a dar saltos con mi bastón cogido a modo de guitarra y claro, la prótesis de la cadera no resistió, así que me la pegué contre el duro suelo de la pista entre tanto mocerío. Menos mal que un puñado de colegas jovencitos me ayudaron a llegar hasta un sillón. Allí estuve hasta que llegó la ambulancia.
Llevo quince días en cama, con la cadera inmovilizada aguantándole a estos doctores los reproches de que, a mi edad, ya no estoy para esos trotes; pero estoy deseando salir de aquí para demostrarles a estos pesados que lo que alarga la vida es eso precisamente, la vida.
Leopoldo F. Espínola (España) http://alasdealanis.blogspot.com/


“NOCHES DE SEXO DROGA Y ROK AND ROLL”,

Por aquellos días volvió a la ciudad Francois, un chico de la edad de Hervé. Regresó de un centro de rehabilitación supuestamente rehabilitado de su adicción a la heroína, retornó con un vacío insoportable, incompatible con la vida. Se conocían de vista con Fleur desde antes de su intento de rehabilitación, y se caían bien, se gustaban, intercambiaban miradas y cigarrillos por fuego en la calle. Entonces todavía sólo eran almas gemelas con adicciones distintas, que se encontraron en las noches frías y eternas de la ciudad abandonados por su pasión, e intentaron encontrar una en común. Fleur hallaba a Francois un hombre realmente interesante, incluso durante un tiempo ella lo reconoció como a su ideal, y es que, Francois, tenía el halo perturbador del misterio que le proporcionaba la nostalgia de su droga ausente, la calma del hombre inteligente y protector que confiere confianza y seguridad en la mujer, nobleza en su mirada y en sus manos, y un atractivo imponente muy de su gusto: era alto, delgado, de hueso ancho, cabello castaño y claro, un poco largo, liso, sus ojos negros, realmente era atractivo, eso si, , también yonqui hasta la médula.
Se hicieron cómplices con la mirada, se veían por todos los garitos de moda de la ciudad perdida en el tiempo y el espacio. Francois, los recorría todos junto a sus amigos adictos a cualquier sustancia, hijos casi todos de empresarios bien situados del valle, al igual que Fleur, también ella solía hacer el vía crucis con sus cuatro amigas de siempre.
Ingenuos y atraídos los dos adictos a cualquier sustancia que les apartara de la realidad fueron intimando con sus miradas incautas.
Una noche Fleur y su amiga Miranda, decidieron aventurarse a entrar en el antro mas cutre de la ciudad:” El Club”, interdit para las niñas bien, lograron como seres invisibles pasar inadvertidas al portero, y bajaron por aquellas escaleras que habrían de conducirlas a la luz de la noche más misteriosa de la perdición impregnada del más puro deseo de adentrarse en un planeta años luz de La Tierra. -¿Qué secretos se esconderían ahí abajo esos marcianos?-, se preguntaban a si mismas mientras avanzaban por entre la turbia niebla provocada por el humo, que intriga. Por fin dentro.
Fleur: -Vaya flipada, Miranda, esto es alucinante. Que noche nos espera!-
Miranda:-Que de humo, esto parece Londres!-
-¡Y que caretos, tía!-Sonrió Fleur.
Miranda:-Ostia si, que gente tan rara.-
Fleur:-Pero molan verdad.-
-Ostia, hay cada tío, que: buf.-Dijo Miranda poco antes de enrollarse con un melenudo que con el tiempo habría de convertirse en el padre de sus hijos.
-Ya ves, y vaya música, vamos a bailar!.- Dijo Fleur, con The Police de fondo interpretando “Roxanne”, impregnando de magia aquel escenario noctámbulo, aquello era una locura, la basca flotaba desmelenada entre los claros oscuros de aquella abarrotada pista.
Y allí estaba él: Francois , al otro lado de la pista de baile, sentado en un taburete de espaldas a la barra, su aire era misterioso, insinuante, iba colocado , muy colocado, permanecía con el vaso de tubo entre las manos y la sonrisa confidente en los labios del que descubre y se descubre, y se fueron acercando el uno al otro hasta encontrarse en medio de la pista, Francois rodeó a Fleur por la cintura, ella le entrelazó sus manos alrededor del cuello, bajándole la cabeza hasta casi partirle dulcemente el espinazo, ofreciéndole su boca deseosa de intimar con la suya, al igual que un viejo músico con su stradivarius, las dos necesitadas de llenar un vacío insoportable, incompatible con la vida.
Y casi lo consiguen, pero la atracción y el amor no lograron saciar sus vacíos. Aunque hubo momentos en que tuvieron la victoria en sus manos ya estaba escrita la derrota. Rieron juntos, se sonrieron al pensarse enamorados, les sorprendió gratamente el brillo del amor en los ojos escuchando a Sade: “Smooth operador”, vibraron con su música, la voz caliente de la cantante se paseó a sus anchas por entre sus venas, y con todavía todos los efectos de la magia de la noche sintieron fluir en su interior el flujo intercambiado de sus respectivas pasiones, hasta que ya Francois no pudo reprimir por más tiempo su verdadera adicción….

Rosa María Prat (España)

Rayuela del Silencio
Cristina Ruberte-París http://cristinaruberteparis.blogspot.com/

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar.
Así una y otra vez. Pasabas y la veías observándolo todo. Una y otra vez. Una tarde y otra, paladeando los besos de Cortazar en su boca… como si la tuviera llena de peces y de rock. Su atuendo elegante con sombrero de maga y un as guardado en la manga parecía formar parte de la decoración del bar. Ella era una más. Pasabas y la veías. Volvías a pasar y te veía, camuflada en la pared de la Estación como una camaleónica crápula, y tú ya no la veías. Una tarde y otra también ponía alfileres en las horas muertas y las disecaba como si fueran mariposas de colores. A ratos hilvanaba los segundos, antes de que se convirtieran en pesados minutos, que nos apretaban el pescuezo hasta ahogarnos. Siempre recortaba los besos de Julio Cortazar y los bebía a solas. Eran los años ochenta con sus poperos atardeceres y sus noches llenas de cierzo y de rock. Finales de los ochenta.
¡Aquellos maravillosos años!
Se escapaban los ochenta y entre unos y otros arrimábamos el hombro a la barra del bar para agarrarnos a una estética trasnochada, como si los años nos fueran a arrebatar el cuero y los zapatones de suela gorda; como si las noches no vividas nos fueran a arrancar los días de cómplices juegos y charradas. Como escribió Benedetti: al principio éramos jóvenes pero no lo sabíamos, cuando nos dimos cuenta ya no éramos jóvenes…
Nos ocurrió a nosotros también. Cuando terminamos de echar el mal pelo del inconformismo, cuando dejamos de aguantar toda la noche pensando que algo bueno iba a pasar, cuando empezamos a se un poco más yo y mucho menos nosotros; cuando dejamos de ir por el Bandido y por el Riveiro, a compartir una botella con los colegas… Cuando todo eso empezó a pasar, empezamos a ser mayores. Ya para entonces los Héroes del Silencio tenían más compromisos y se pasaban menos veces por La estación del Silencio, el bar de los hijos del cierzo. Ya no éramos jóvenes, sin embargo los silencios eran más profundos. Lo sabíamos.
Hago nacer cada vez la boca que deseo.
Muchachote tímido con flequillo grasiento, tapando los ojos, y bigotillo fino busca entretenimiento en la Estación. Sin duda era una buena tarjeta de presentación para aquel chico misterioso de negro riguroso, que pasaba las tarde creciendo silencios en un rincón de la barra con un monedero espartano y un refresco de cola del que aprovechaba hasta los hielos. Su calendario marcaba más de veinte cumpleaños pero con menos cerebro que un mosquito se iba a leer a Neruda al jardín de los silencios.
Quieto y solo se abrazaba a su refresco. La maga le miraba, con su libreta en mano y su carboncillo de dibujar sonrisas y de borrarlas.
La boca que mi mano elige y te dibuja en la cara. Una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara.
Era una elegida. Alta, guapa y bien formada. Pelo liso de plancha de peluquería moderna, caía sobre sus redondeados hombros. Olía a perfume caro y se lo hacía valer. Pachuli, chocolate, vainilla mandarina y ambarina.
Estudiante de Turismo busca compañía selecta. Niña de clase alta, morenita de apartamento de playa, vacila con el Boch, el camarero de la Estación. También de negro, pero no del baratijo, ni del rastro de los montones. Negro de zona acomodada para niña pija, con labios de frambuesa de princesa Barbie, peliteñida de negro azulado.
Era un contrapunto entre tanto rostro pálido. Los rostros pálidos, se sentaban en los portales de la calle, hasta que el calor les empujaba en busca de aire acondicionado y entraban en los bares. Así pasábamos las tardes con poco dinero en el bolsillo y con mucha ira contenida por una juventud que nos venía grande a muchos. A casi todos.
Me miras. De cerca me miras. Cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope.
Como un perro que pasa se dejaba caer.
A su paso, el periódico, arrojado en el portal, gritaba Carpe Diem. La onda sonora se expandía por todo y nos llegaba a todos, empujándonos a un precipicio sin mañana: a quemar la ciudad; a quemar Zaragoza.
Lentejas para comer y mañana seguimos con exámenes. Los duros septiembres. Era la tapadera perfecta para echar andar como Forrest Gump. Echar a andar sin esperar el final. Qué lejos caía la Estación, pero eso que poco importaba. Sin un duro en el bolsillo, que todavía se trataba en duros y pesetas, atravesábamos la ciudad para cruzar el puente de los gitanos y colarnos por la ribera del Parque Grande de Zaragoza, hoy parque de Labordeta, y escurrirnos silenciosamente por la Estación. Allí solía estar pinchando discos el Bumbury. Enrique Ortiz de Landazuri, el héroe de leyenda que por aquellos años ya anidaba como un avatar en el corazón de muchas mañas.
… Mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces
Algunas veces pasaba Joaquín, el bajista de los héroes, y aquella chica tan guapa con la que conjugaba el capítulo 7 de Rayuela. Otras se reunían todos los héroes; el Rex de los niños del Brasil. Otras muchas pululaban Toño y Ángel del grupo Las Novias.
La maga mimetizada en el estupor de una noche de verano y congelada en la retina de los rostros pálidos era invisible para todos. Siempre. Siempre y nunca.
… De movimientos vivos, de fragancia oscura.
La Estación del Silencio fue un buen lugar que daba refugio a los hijos atormentados del cierzo. Un sitio que nos atrapó en buena parte de la adolescencia y de la juventud. El espacio donde la maga dibujaba labios con el carboncillo afilado del corazón solitario, coleccionaba besos y clasificaba almas en una partitura con mucho duende. Mientras la Estación se llenaba de notas musicales y de duende.
¡Maldito duende!
Amanece tan pronto
Y yo estoy tan solo
Y no me arrepiento de lo de ayer
Si las estrellas te iluminan.
Siempre recortaba los besos de Julio Cortazar y los bebía a solas.
Eran los años ochenta con sus poperos atardeceres y sus noches llenas de cierzo y de rock. Finales de los ochenta.




DE CADAVERES EXQUISITOS Y OTROS FIAMBRES.

Acaba de morir el indefinible Michael Jackson y hoy estamos atiborrados, literalmente acribillados de noticias, recuerdos, especiales y añoranzas que tratan de reivindicar la enorme pérdida que ha representado para la humanidad su partida. Al parecer, quedará difícil continuar la marcha por el mundo sin su presencia, sin su aporte. Ya lo decían los abuelos: “No hay muerto malo ni niño feo”. Parece que el féretro tiene la enorme virtud de diluir los recuerdos, de suavizar la memoria, de pasteurizar la imagen. A partir del colapso todo es ideal, todo es perfecto, todo es inmaculado. Nada de ensuciar la historia con pecados, con debilidades, con aberraciones.
Y es que hay que entender que Jackson es uno más de los cadáveres exquisitos con que cada cinco o diez años el imaginario colectivo se vuelca a la idealización, al reforzamiento masivo de la necesidad perentoria de ídolos, aunque sea con pies de barro. La sociedad necesita íconos. Si no los tiene, los crea. Si tienen talento, los potencia. Si tienen defectos execrables, los matiza. Si caen en la perdición, la perspectiva del tiempo, sobretodo si es más allá de la muerte, los despercude, los llena de brillo, limpia de la superficie de su imagen todo el estiércol, toda la podredumbre, todo lo que se acerque a reconvertirlos en humanos con altas y bajas, con caídas y resbalones, con debilidades y contradicciones. Son demasiado grandes para ser como nosotros. Los necesitamos perfectos para que se diferencien de nosotros, tienen que ser como los ángeles para poder mirarlos en el pedestal de nuestros sueños, ansiedades y frustraciones, porque, qué gracia tiene endiosar a alguien como nosotros, que suda, siente miedo, va al baño, hiede de mediocridad y de inseguridad y patina en el pantano de una vida cotidiana que sabe cruel, difícil y sin ninguna expectativa para afianzar lo que alguna vez moldeamos en nuestros delirios de ciudadanos del montón con ego de superestrellas incomprendidas.
“Vive rápido, muere joven y deja un bello cadáver”, dijo unos de los más representativos entre los cadáveres exquisitos que en el Olimpo son, James Dean. Entendía que sin una carrera de vértigo apenas tan corta para no cometer errores que los hicieran aparentes y los pusieran en evidencia, con una muerte inesperada que truncara una trayectoria en ascenso, se creaba una expectativa sobre lo que pudo ser y no fue, sobre la grandeza que se desperdició por culpa del destino, sobre toda la obra que pudo haber sido y no fue.
Todavía los fanáticos se conduelen de lo que pudo haber hecho Nino Bravo si no se hubiera desportillado contra otro auto a los 27 años en pleno furor de su carrera. No se les ocurre pensar que hubiera podido caer en la decadencia y en el olvido en vida –de lo cual están preservados nuestros cadáveres exquisitos, acaso la más dolorosa de las indiferencias y el peor de los castigos para un artista- y que hoy probablemente andaría viejo y gordo por los pueblos, vendiendo su espectáculo de nostalgia a cambio de centavos como tantos otros dinosaurios de su generación, hoy refugiados en el alcoholismo, en el alzheimer, en la frustración, mientras viven del recuerdo cochambroso de sus prediluvianos días de gloria, olvidados por todos, por no haber cometido la impertinencia de morirse antes de tiempo, en el cenit de su producción.
Y no es sino ver las cifras de ventas póstumas de los discos y películas del gran Elvis Presley, las peregrinaciones a Graceland para entender algo del fenómeno. Ya no es la mole de 150 kilos y multiadicto que se empacaba 100 pastillas diarias, hacía pactos non-santos con la CIA, disparaba a los televisores cuando no le gustaba algún programa y golpeaba a las mujeres –mayores y regordetas que le recordaban a su madre- cuando no lograba consumar el sexo que tan generosamente aún le prodigaban, sino que ya se convirtió en un dios en su propio reino, un arcángel de música celestial, un profeta que hasta secta religiosa tiene, sostenida por admiradores que se niegan a olvidarlo.
Lo mismo con Jackson, ya nadie habla de su apetencia desaforada por los niños, acusado incluso de violación y administración de drogas prohibidas para lograr sus abyectos deseos, ni su odio por las mujeres, ni su asco por el contacto con las personas y sus microbios, ni su negación de su identidad de raza y género, ni su paranoia, ni su dismorfofobia que le obligó a hacerse más de 50 intervenciones en su cuerpo. Hoy sólo hay espacio para la consagración, para el perdón de los pecados, para el despercudido de su aura. Para eso es un cadáver exquisito.
Por eso el gran Cortazar (¿Acaso también él un cadáver exquisito?) fabuló en ese cuento maravilloso “Queremos tanto a Glenda”, que lo mejor que podían hacer un grupo de fanáticos cuando la gran actriz Glenda Garson anunció su regreso a los estudios, luego de que ellos habían limpiado todos los errores, cortado todos los detalles que mancillaran su imagen, luego de que la habían llevado casi al límite de lo perfecto mediante el encubrimiento y eliminación de los errores en las películas. Al regresar a la actuación, más vieja, con necesidad de éxito y reconocimiento, es probable que se desdibujara, que se equivocara y ensuciara lo que ya con un enorme esfuerzo se había conseguido encumbrar a un nivel irrepetible. Entonces tomaron la única decisión, lógica, válida, sensata: la asesinaron. Al convertirla en un cadáver exquisito, la preservaban de todo error y se preservaban ellos mismos de un atentado a su memoria, a su idolatría, a lo que más idealizaban de ella.
Por ello mismo tanta veneración por Carlos Gardel y Javier Solís, después de tantos años de muertos. Su virtud fue que fallecieron relativamente jóvenes, activos, en pleno éxito. No falta el que asegure que todavía están vivos, que en tal y cual parte los vieron con la identidad cambiada. Y siguen saliendo discos y su prestigio con los años es cada vez más grande, más alimentado por los buenos deseos y el gran afecto de sus admiradores.
Esa es la ventaja de morir joven: no hay tiempo de cometer muchos errores, de grabar malas canciones o películas perversas o libros peores. Siempre quedará la especulación de sus fanáticos -siempre benigna y a su favor- para imaginar que la obra iba a ser cada vez más brillante, porque así lo quieren creer.
Y eso lo hemos sentido con las Jotas fatales del rock( Janis Joplin, Jimmi Hendrix, John Lennon, John Boham, Brian Jones, Jim Morrison, Jeff Buckley), con Kurt Cobain, con Michael Hutchence con Sid Vicious y con las súper estrellas que han terminado muertas en forma accidental o trágica como Marilyn Monroe, Heath Ledger, Natalie Word, Kalet Morales, Bruce Lee y su hijo Brandon, como River Phoenix. Siempre queda la duda de si hubieran seguido siendo grandes y talentosos. En todo caso, queremos pensar que sí. Y como masa, como fanáticos, como consumidores, como compradores de sus productos, como rebaño necesitado de ídolos y figuras de adoración en las cuales creer y becerros de oro a los cuales adorar, preferimos decir que sí y erigirles un pedestal.

Emilio Alberto Restrepo (Colombia) http://emiliorestrepo.blogspot.com/ 

Ovejas y corderos, De Paloma Hidalgo (España)


Cuando Frank Sinatra empezó a compartir las ondas radiofónicas con aquellos grupos de chavales melenudos e irreverentes, mi tía Sole, la solterona de la familia, decidió tomar las riendas de su vida, hasta entonces dedicada por completo a asumir su condición de célibe en una familia de rancio abolengo, aunque el germen de aquella revolución que la llevó a cruzar el charco, vio la luz en los guateques de jovencitos a los que asistía en calidad de carabina de su hermana menor.

Esa era mi madre, una adorable pelirroja que gracias a su encanto siempre tenía alrededor una caterva de muchachos a los que Sole vigilaba desde su aspecto de muñeca decimonónica, frágil y recatada. Las melodías con que amenizaban aquellas reuniones seguían los criterios de los censores de la época, boleros, fox-trot, rumbas y chachachás de los cantantes patrios y poco más, hasta que un grupo de soldados americanos de la base de Torrejón de Ardoz, invitados por alguno de los anfitriones, introdujo los ritmos que ya sonaban con fuerza entre los jóvenes de Norteamérica. Fue entonces cuando Elvis Presley, Chuck Berry o Bill Haley, se convirtieron en habituales para las dos hermanas. A la pequeña le encantaba bailarlos, para la mayor supuso mucho más, aquella música despertó a la mujer que habitaba dentro de la frágil muñeca de porcelana.

Asistió encantada a las matinales dominicales del Price, pudo escuchar allí a Los Relámpagos, los Tonys, Los Brincos, y a los Pekenikes, que más tarde iban a ser los teloneros de Los Beatles en las Ventas, en un concierto al que asistió aún bajo la amenaza paterna de verse señalada como la oveja negra de la familia. Fue el primer aviso, a mi abuelo esas músicas procaces no le parecían lo mejor para los oídos de una señorita de buena familia. Pero ella disfrutó del mediocre sonido del que todas las crónicas hablaron tras el concierto con los cinco sentidos. El abuelo cumplió con su palabra y degradó a Sole a esa categoría, aunque a juzgar por lo que ella me dijo una vez, eso sólo contribuyó a hacerla más libre, las ovejas negras gozan de ciertas prebendas-debo confesar que tomé buena nota-que las blancas no.

Todos sus recursos disponibles, que no eran pocos ya que tenía un buen trabajo y aún continuaba bajo el techo familiar, iban destinados a la adquisición de discos y a la asistencia de conciertos, recordaba incluso haber hecho una o dos escapadas en tren a París y un par vuelos a Londres ,en aquella gloriosa época, en la que el “sexo, drogas y rock’n’roll “ era una filosofía de vida y para una adicta a los Rolling Stones, los Kinks, The Who, The Doors, Pink Floyd, y demás, el sueño de una noche de varias noches de invierno y casi todas las de primavera. Decía con orgullo que en el 71 en Granollers, en el primer gran festival de rock, su garganta aguantó las más de veinte horas, aunque durante los dos siguientes meses apenas pudo hacer otra cosa que susurrar. Smash, Cerebrum, Tapiman, abrían el paso a los Asfalto, los Ñu y otros grupos mucho más ácidos y reivindicativos que ya habían superado la parafernalia de los primeros tiempos.

Y en este punto de la historia mis ojos se abren al mundo, un pelirrojo llega con los primeros calores del verano para convertirse en el ojito derecho de su tía, que nunca ha sido-ni será madre-y de la que va a recibir además de un infinito amor, las lecciones de música que han encaminado mis pasos, y el gusto por las emociones fuertes que entre las cuerdas de una guitarra eléctrica, me han convertido en el cordero negro que sigue los pasos de su tía en el convencimiento de que sólo cuando escucho esa música eléctrica, es cuando ofrezco al mundo la mejor versión de mí mismo.



This is the end. By The Doors. De Alejandro Ordóñez. (México)

Era el dijéy de moda, la gente se prendía al escucharlo, algunos decían que era el heredero de Guetta o de Gaudino, pero él no hacía caso de comentarios mientras mataba la bacha con el seño fruncido por el humo, pinchaba los discos, con aire distraído, y hacía que sus seguidores gritaran, corearan las letras de las canciones y se agitaran como las ánimas en el infierno. Para entonces Ozzy, el gran Ozzy Osbourne, El Príncipe de las Tinieblas, sentenciaba: you cannot crucify de dead, y la gente, que llenaba la pista de la Ragazza, la discoteca más exclusiva, contestaba: Crucify de dead, crucify de dead; pero Ozzy, tozudo, contestaba: You cannot crucify the dead. To me you’re dead yeah, y las parejas se agitaban, aullaban, la estridencia de las guitarras inundaba el ambiente y él aprovechaba para pasarse unos chochos con un sorbo de Scotch, todo ello sin dejar de ver a Blondie, la zorra, la maldita bastarda que con movimientos sensuales se agachaba frente a él para enseñarle las tetas, mientras se abría paso entre su pantalón una erección brutal y dolorosa que lo llevaba a recordar los años de su adolescencia. Dejó que los audífonos resbalaran hasta el cuello y aceptó una raya que un alma piadosa le obsequiaba, inhaló con fruición y para sus adentros repitió la frase favorita de Linda: parece que anda suelto Lucifer.

Sorprendido observó cómo Blondie, aprovechando una distracción de su hombre, le guiñaba un ojo y movía provocativa los labios y la lengua como mandándole besos o incitándolo a las más oscuras perversiones. Led Zepellin interpretaba Rock & Roll; él, en respuesta, desabrochó el diminuto chaleco que dejaba la mitad de su torso desnudo, al estilo de su admirado Rooney James, que para entonces cantaba, acompañado por los gritos de la gente: lonely, lonely, lonely. Agitó su rubia y ensortijada cabellera, hizo unos pasos de baile al estilo de Rooney y un grito de admiración fue la respuesta de sus fans. Sintió que el rubio pelamen de su pecho se erizaba mientras escudriñaba las caderas, el talle diminuto y los exuberantes pechos de la rubia. A la luz de los reflectores descubrió que sus ojos eran de un azul intenso, tan intenso como los de él, pero la voz espiritual de Bono y su U2 parecieron sacarlo de su ensueño.

La rubia le recordaba a alguien, pero no atinaba a descubrir a quién. Sex Pistols interpretaba Anarchy en the UK; Aerosmith repetía: Walk this way y Blondie tallaba la cadera en la ingle de su hombre que estaba a punto de deshielo y se la comía con la mirada. Pinchó Highway Star, con Deep Purple, dejó correr Kind of woman. Seleccionó Prowler y Sanctuary de Iron Maiden, lo que lo distrajo momentáneamente, buscó a la rubia, comprendió que había abandonado la pista, decidió alcanzarla en los baños. Subía las escaleras cuando escuchó los primeros gemidos, llegó a un solitario hall donde estaban los teléfonos; los vio al fondo, entre la penumbra, él la poseía y provocaba en la rubia tal gozo, que era incapaz de contener los gritos, gemidos y hasta chillidos que lo llevaron a recordar a Linda, quien se encerraba en el cuarto con su hombre, cuando éste volvía los fines de semana a casa. Su hombre, un rudo chofer de tráiler a quien lo obligaban a decirle padre, a pesar del odio que sentía por él. Y aunque tratara de distraerse con la televisión a todo volumen, era imposible porque el ruido de la cabecera golpeando contra la pared y los orgasmos de ella lo perturbaban; tal vez por eso los espió más de una vez, para descubrir que Linda, que solía rechazarlo, era pródiga en sus besos y en sus caricias con aquel hombre al que odiaba tanto y tenía que decirle padre.

Dejó a Linda y a su hombre haciendo el amor en el hall, entró al baño de los hombres; trató de pensar en otra cosa, pero le fue imposible, no podía olvidar aquella escena, así que decidió salir a reclamarle que todo su amor lo reservara para su amante y al pobre niño desvalido lo tuviera abandonado. No había nadie, el hall estaba vacío, decidió vengarse, bajó hasta la salida de emergencia y así como lo hizo un día, corrió el pasador de la puerta y cerró el enorme candado. Regresó a los sanitarios, abrió el clóset donde guardaban los químicos de la limpieza, vació el contenido de uno de ellos en un cesto de basura, derramó el resto en el piso del baño, prendió una cerilla y salió.

Llegó justo a tiempo, recordó a Los Doors, pensó que serían el fondo ideal para lo que se avecinaba, el difunto Jim Morrison cantaba por los altavoces: You know that it would be untrue, you know that I would be a liar, y la gente contestaba a coro: Come on baby light my fire, come on baby light my fire. Ocurrió entonces que las llamas llegaron al pie de la escalera. Se escuchó una exclamación de terror. Blondie tomó de la mano a su hombre y, como los demás, buscó la salvación en la salida de emergencia, pero estaba cerrada y asegurada con un candado cuyas llaves no estaban a la mano; sí, igual que les ocurriera a Linda y a su amante cuando no pudieron salir de la recámara porque alguien corrió por fuera el pasador de su puerta y la casa empezó a arder, mientras un niño contemplaba el espectáculo desde el jardín y escuchaba los chillidos de rata que salían de la garganta de aquella gata en celo.

Decidió ir con The Doors hasta el final y así, mientras la gente corría enloquecida de una a otra puerta, por los altavoces se oía: This is the end, beautiful friend. This is the end, my only friend. The end of our elaborate plans. The end of every thing that stands. The end. Para entonces la disco era un infierno, a lo lejos se escuchaban las sirenas de los vehículos de emergencia. Parsimonioso conectó el micrófono y con su voz ronca acompañó al viejo Jim Morrison que para entonces cantaba el parlamento que más le gustaba de aquella vetusta canción:

-Father?

-Yes son?

-I want to kill you.

-Mother?

-I want to fuck you.




Encuentro con Bob Dylan, de Carlos García Miranda (Perú)

BOB ESTABA AL OTRO LADO DEL BAR TOCANDO SU PANDERETA. De lejos se veían las luces sobre su frondosa cabellera judía. Estaba deseoso de llegar hasta él y decirle que tenía toda su discografía. Pero esas muchachas pintadas de azul impedían cualquier aproximación. Desistí de intentar llegar hasta él. Fui al fondo del bar y pedí una cerveza. Bebí rápido. Alguien se sentó a mi lado. ¿Tienes cigarrillos?, balbuceó. No amigo, yo sólo fumo cuando me invitan, dije. El tipo sonrió y se largó. Al rato apareció otro. Dijo que era poeta y que además era mi amigo. ¡No tengo amigos poetas, sólo tengo amigos!, grité. El tipo, un negro flaco y desgarbado, me miró con sus enormes ojos de sapo, balbuceó algo, creo que un verso, y también se largó. En verdad yo estaba con bronca. Me reventaba no estar al lado de Bob. Me sabía todas sus canciones. No era justo, yo debería estar ahí y no esas ladillas azules. Seguí bebiendo mientras todo se tornaba agitado y violento. ¡Mierdas, ustedes no saben nada de Bob!, volví a gritar desde mi rincón. ¡Malditas putas, lárguense y déjenme solo con Bob!, insistí. Pero nadie me hizo caso. No importa, balbuceé, ya nos encontraremos, viejo tamborilero, y esta vez no habrán ni luces naranjas ni muchachas azules entre nosotros. Así seguí en esa noche soleada, hasta que apareció delante de mí. ¡Hey tú, muchacho!, gritó. ¡Soy Bob! ¿Bob? ¡Diablos! Yo te conozco, dije, tengo toda tu discografía, un amigo me inició en tu música. ¿Ah, sí? Bueno, muchacho, yo sólo vine a decirte que dejes de gritar, que estás cagando la función. ¿Vas a dejar de gritar, amigo? Claro, no faltaba más. ¡Qué buen muchacho! Así dicen, pero es porque no conocen mis zonas oscuras. No digas, es difícil de creer. Sí, hice algunas cosas feas hace un tiempo de las cuales no quiero hablar. Bien, sea como quieras, pero sólo recuerda que siempre habrá una canción mía en tu corazón. Sí. Eso lo sé desde que escribí un poema escuchando Mr. Tambourine Man. Ah, lo hiciste. Sí. Fenomenal chico. Pienso que de eso se trata todo este asunto. Oye Bob, ¿no te cansas de tocar para esas estúpidas muchachas azules? Y ¿qué quieres amigo? Es el sistema, ¿no? Además, yo soy judío y estoy acostumbrado a esto. En ese instante, Bob me mostró su larga cara pecosa. Era Bob, no había duda. Luego se marchó a seguir tocando. Y yo seguí bebiendo. Ya no sólo por todas esas cosas que me pasan, sino también por Bob, que tampoco puede hacer nada contra el sistema. Casi al amanecer levanté la vista y vi que Bob seguía en su rincón dándole a la pandereta. Las chicas azules se habían largado. Sólo algunos tipos estaban tirados en el suelo ebrios hasta el culo. Me acerqué a Bob. Su figura delgada dibujaba una débil sombra en la pared. ¡Hey, Bob, soy yo! No respondió. Seguía tocando su pandereta. Cuando estuve a un par de metros volví a llamarlo, pero igual no respondió. Luego supe el motivo. El pobre Bob estaba encadenado a su micrófono. Su pálido rostro se deshacía de cansancio. ¿Es el sistema? Él levantó débilmente la mirada. Inmediatamente entendí que era todo lo que había que ver. En la calle sentí náuseas, quise golpear a mucha gente, pero me contuve, y traté de olvidar todo esto lo más rápido posible. Hasta ahora sigo intentando olvidar para siempre esa cara de judío pecoso tocando su pandereta, pero es difícil, muy difícil, sobre todo cuando de algún lugar me viene los acordes de Blowin in the wind.




Fillmore West de Roberto Bennett (Uruguay)

La música psicodélica cambió el gusto artístico y musical de la gente joven a finales de los años sesenta. Y en gran medida, todo surgió dentro de dos templos de la música rock, como fueron los auditorios Fillmore, tanto el East (en Nueva York) como el West en San Francisco. Estos eran los epicentros de las corrientes contraculturales, con sus espectáculos multi-mediáticos, proyecciones de diapositivas sobre el escenario, luz líquida, abundante incienso y ambiente festivo. Allí se llevaban a cabo grandiosas celebraciones, inducidas por el delirio que creaban las novedosas drogas alucinógenas, en conjunción con la experimentación musical y visual. Rincones propicios para el nacimiento de una cultura alternativa, que obtendría su mayoría de edad con la llegada del “Verano de Amor” en 1967. El Fillmore West, dirigido por Bill Graham, era el corazón de la música moderna en esos años y por allí pasaron las mejores bandas de la época, tanto las locales Grateful Dead, Jefferson Airplane, Janis Joplin con Big Brother and the Holding Company y Santana, como las más internacionales Fleetwood Mac, Jimi Hendrix, The Doors, Cream, The Who y grandes músicos de blues como John Lee Hooker y Muddy Waters. ¡Aquello era una orgía de buena onda! ¡Los verdaderos sonidos de San Francisco!

Aquellos mega espectáculos musicales del Fillmore West a menudo se prolongaban durante toda la noche y para engañar a la policía, los organizadores pedían al público que, si eran interrogados a la salida, dijesen que habían ido simplemente a una fiesta privada. El teatro no tenía butacas y los asistentes se sentaban en el suelo de madera, compartiendo con sus vecinos bebidas, porros de marihuana, pipas con hashish y otras sustancias estupefacientes. A menudo acababan tumbados sobre el piso, gozando de un placentero sopor, adormilados por efecto de los alucinógenos, pero deleitándose con aquella excelente música en vivo.

Bill Graham y el auditorio Fillmore West no sólo pusieron en conocimiento del mundo la música de rock psicodélica, con sus sonidos estridentes, penetrantes y radicales, sino que también fueron responsables de dar impulso a la creación de obras de arte con ese mismo estilo. Los conciertos necesitaban promoción y para ello, Graham contrató a los más renombrados artistas plásticos de San Francisco y Nueva York, para que diseñaran los afiches de sus espectáculos. ¡Y la altísima calidad de algunas de estas obras hizo que se fijaran en ellas los mejores galeristas de arte, incorporándolas a sus colecciones! Aún hoy, obras de artistas como Peter Max se cotizan muchísimo entre los coleccionistas. Además, en los escenarios se introdujeron efectos especiales y luces de colores brillantes, absolutamente libre de las restricciones que existían hasta ese momento en el mundo musical.

Por todo eso, me considero afortunado de haber frecuentado en varias ocasiones aquel altar del rock durante mis años universitarios y por haber disfrutado de experiencias francamente inolvidables. También debo admitir que quizá lo que más me impactó en mi primera velada, cuando tocaba Buddy Miles con su grupo, no fue precisamente la música…. ¡El ambiente aquella noche era mágico! Me fumé dos porros a medias y compartí sin ninguna inhibición una pipa de hash con una pelirroja sentada a mi lado, que lucía unos pechos descomunales. Ella gentilmente me ofreció varias pitadas y un par de sonrisas insinuantes… mientras yo cantaba a coro con el resto del auditorio el estribillo “…well my mind is going through them changes…” el mayor éxito de Buddy. Al levantarme para ir al baño, la muchacha me siguió con sigilo y en un rincón oscuro me abrazó, besándome en la boca con fervor inusitado, para luego descender hasta mi entrepierna, bajándome el cierre del pantalón y satisfaciéndome allí mismo. ¡Quedé estupefacto y encantado por la experiencia! ¡Algo increíble que debía contar a mis amigos en el pudoroso Uruguay! Aún cuando resultara casi imposible de describir sin caer en la grosería…Tampoco quería dar la impresión de que me había convertido en un degenerado… ¡Pero carajo, esto era San Francisco! ¡Dios mío, era todo tan excitante!...

¡La vida era una gloria!

En una de esas veladas especiales tocaba The Jefferson Airplane, el grupo favorito de mi amiga Anne y con ella fui al concierto. Llegamos un poco tarde por culpa de un atasco en los accesos a la ciudad y cuando entramos al auditorio, Grace Slick aullaba con voz excitante su llamado para encontrar alguien con quien amar (“Somebody to Love”). Anne se volvió loca al escuchar esa música y sin esperar a ubicarse, comenzó a bailar y cimbrearse con frenesí, como una odalisca mora. Un hippie desgarbado y seguramente drogado, se sintió atraído por su danza exótica y sin titubear, se acercó provocativamente a la pequeña. Era un espécimen de aspecto patético, de larga cabellera, rubia y grasienta, con barba rala y rizada, lentes oscuros, camiseta a jirones y pantalones de cuero manchados de pintura. Demás está decir que no toleré ni por un momento esta aproximación a mi pareja y cerrando los puños, rugí en su oído:

“¡Eh, cara de culo, ella está conmigo, así que piérdete!” El intruso dio un paso atrás y me miró con ojos vidriosos: “Ok man… Tranquilo, no te pongas nervioso…” respondió tartamudeando y se retiró hacia un rincón, para seguir bailando a solas en la oscuridad. La pequeña Anne ni se enteró del incidente y continuó meneándose sensualmente, como una consumada bailarina, para deleite personal mío. “Juntos, solidarios y hermanados, sí, pero nunca revueltos… ¡Ni las medias a medias!”, pensé para mí. “Al fin y al cabo soy latino…”





SEXTO CONTINENTE CON WIKILEAKS


Aquí iremos publicando el mejor relato que nos llegue cada día, durante los próximos siete días, al correo sextocontinenteree@gmail.com con estas tres palabras:
                   Wikileaks
       Invasión
                           muerte
Recuerda, extensión máxima 1.000 caracteres entre letras y espacios. Ponnos nombre y apellido, país y dirección de tu blog, para que aparezca. Avisaremos a todos los participantes de la publicación de los relatos. Gracias.

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Día 1. Título: De un escrito anónimo. Siglo XXI
Autor: José Soria
(España,
http://cosasparacambiar.blogspot.com/ )

El insigne astrónomo Ogilvy del observatorio de Ottershaw fue el primero en alertar de la presencia de AZs, llamados asi por su forma ortoedrica, aunque el escrito no habla de invasión.
El primer AZ aterrizó en el campo comunal de Horsell, cerca de Londres. Nadie suponía que llevaba la muerte dentro.
Otros AZs lo hicieron en distintos puntos del planeta.
Convocada una reunión urgente de todas las potencias de la Tierra para repeler el ataque de los alienígenas deciden usar armas atómicas. La situación la salvó la aparición en Londres de una nave nodriza. Todas las autoridades del planeta esperaban. De ella solo salió un alienígena alto, con el pelo blanco que habló así: “Soy de un planeta llamado WIKILEAKS y vengo a transmitiros que lo que llamáis AZs no es más que una parte de los documentos que vuestros gobernantes producen sobre vosotros y otros gobernantes."
Lógicamente lo crucificaron, aunque resucitó el tercer día y de los documentos nunca más se supo.

Día 2. Título: Eliminada
Autor: Luciano Doti (Argentina, http://letrasdehorror.blogspot.com/ )

El hombre bebía de a sorbos un whisky. Como siempre, lo inundaba un recuerdo vago que en realidad no llegaba a ser recuerdo, ya que en ningún momento se esclarecía del todo. Tenía la certeza de que extrañaba algo. Sin embargo, una parte de él se negaba a creerlo: consideraba imposible que pudiera haber sido despojado de algo, teniendo en cuenta los altos niveles de seguridad de los que gozaba su sociedad, gracias a esos guardias que vigilaban celosamente cada lugar de la ciudad.
Un día, descubrío que la gente hablaba de una cosa llamada WikiLeaks. Supo que era un portal que difundía noticias por internet. Y él, que hasta ese momento había creido que internet era una herramienta sólo destinada al esparcimiento, descubrío que allí se revelaban secretos de Estado. En uno de los documentos leyó un nombre conocido. Ese nombre le hizo recordar éso que había quedado sepultado en su memoria: ella, y como los ideólogos de la invasión habían decidido su muerte por oponerse a su maléfico plan.


Día 3: Reserva de energía
Autor: Mabel Pruvost (Argentina) http://letrasconesperanza.blogspot.com/

Despertó.
Pensó que había dormido mil años.
Se asomó a la puerta y vio un mercado nuevo al otro lado de la calle.
El mercado tenía una vidriera. La vidriera estaba llena de ventanas. Cada ventana estaba iluminada con todos los colores posibles. Se repetían. Las mismas imágenes. Los mismos colores.
Su mente, aún adormilada, se negaba a leer.
Enfocó sus ojos. Las letras se sucedían. En una de las ventanas leyó: invasión.
En otra: Wikileaks. En la tercera: muerte.
Sacudió la cabeza lentamente. Tratando de recuperar algo pedido.
Cerró la puerta. Se acostó. Dijo:
-No vale la pena.
Y volvió a hibernar.

Día 4: Redacción
Autor: María Cabrera (España) Blog: http://nohaytitulofinal.blogspot.com/  
Trabajo en la redacción de informativos de una televisión. No soy redactor, no soy jefe, pero estoy muy cerca de ellos. De Wikileaks también, y me encanta, aspiro desde aquí, escribir algún día el libro que es Wilileaks, con sorteo de cárcel incluido. Pero eso será cuando salga de aquí, porque hay que verlo desde la distancia, y a mí las distancias son lo que me gusta. Lo que me insufla la energía necesaria para llevar a cabo lo imposible, las escrituras más campales. Cuando salga de aquí, lo haré con tanto material bajo la axila como para llenar, al menos, un libro. Pondré a todos ellos periodistas, técnicos, realizadores, productores, jefes y becarios a vivir dentro de la ficción que cada día producen y avivan. Y así, si todos los que miran desde fuera, se introducen hasta el fondo, volveran las invasiones al salón de casa y las banalidades de la guerra y la muerte rotarán en otros sujetos más receptivos o, cuanto menos, iniciados en los asuntos que los atañen. La verdad cobrará un significado nuevo y la contención les arrancará los colores y el sol les calentará y el agua les mojará la piel y la vida caminará más lenta e insegura, pero paradójicamente sonreirán un poquito más.

Día 5: Show must go on
Autor: Andrea Zurlo (Italia) Web: http://www.redescritoresespa.com/Z/zurloandrea.htm

¡Cuántas sandeces que dije! Es que siempre hablo demasiado, casi que me lo merezco, pero esto de que sea vox populi vox dei no es justo, un balazo en la cabeza es lo único que se ganará ese del Wikileaks, ¡otra que juzgarlo por los condones rotos! ya le rompería yo otras cosas, y me toca salir a desmentir para que los superiores no hagan esa figura de idiotas, si la gente no entiende nada, les ponemos el fútbol y las telenovelas en la tele y se olvidan, hay tres locos que gritan, unos pobres intelectuales nefastos, tendríamos que fusilarlos para que no jodan, me falta sólo jugarme la carrera por esto, por un error ínfimo, seguro que ahora comienzan con la historia “que no fue justo mandar soldados, que la invasión no sirvió, que las muertes de civiles, que disparamos a los reporteros…” Imbéciles, ¿qué pretenden? ¿Acaso se imaginan que porque hablamos de derechos humanos también los respetamos? Vamos a la conferencia de prensa…una sonrisa, somos todos amigos y leales, show must go on.


´Día 6: RED RED
Autor: Julio Fernández Peláez http://www.juliofernandezpelaez.wordpress.com/

Wikileaks detonante.

Wikileaks, anzuelo, tierno brote.
La muerte de la Red es un hecho.
!Vaya! Ahora regresan los defensores de la antimateria, los defensores de la libertad descargada y sin conocimiento.
Salvad a Wikileaks.
Wikileaks provocó la ley, su instinto vírico era una amenaza para la libre circulación mediática.
No.
¿Y los ataques? Cada uno de esos millones de ataques. No tuvimos más opciones.
No.
Millones de armas víricas masivas en las computadoras piratas.

Deliran quienes nos acusan de tener intereses en la industria de defensa.
Era y sigue siendo cuestión de responsabilidad política.
Ustedes confundieron la libre circulación de contenidos con la muerte de
¡La muerte de es un hecho! Sólo queda vida virtual en
En lugares sociales legales, querida amiga.
No era necesario.
Lo era.
No era necesario que bombardearan la
Tú, entre otras páginas sois cómplices de la Invasión.
La palabra poder es antagónica de resistencia.
No aceptamos más provocaciones.


´Día 7: GRANDES ÉXITOS
Autor: Rubén Gozalo


Bradley copiaba archivos a un CD mientras tatareaba en las oficinas de informática de una base de Estados Unidos en Irak una canción de Lady Gaga. Aquel recopilatorio iba a sonar con fuerza en todo el mundo. El disco regrabable poseía todos los ingredientes para ser recordado en la lista de éxitos durante años. Era un CD de denuncia social, con temas movidos que iban desde la invasión de Irak, la corrupción, la conspiración o la muerte indiscriminada de inocentes. La canción más emotiva era la veintiséis: los intentos del gobierno yanqui de ocultar el asesinato de José Couso. Ahora solo faltaba un buen productor musical. Bradley pensó en un tal Julian Assange, de Wikileaks. Aquel CD se iba a oír, iba a sonar en las radios, en las televisiones y en internet de una forma u otra. Porque si los gobiernos intentaban silenciarlo siempre quedaba la posibilidad de comercializar aquel recopilatorio de forma clandestina en el top manta.

Día 8. Título: Soy libre


Autor: Adelfa Martìn Jalisco, Mèxico http://cuentosyotrosfantasmas.blogspot.com/  


Yo fui algo más de lo que era cuando diste la vuelta a la esquina sin volver el rostro. Había sido una mujer entera, firme y sólida no olvidando lo romántica y a veces incluso soñadora. Cuando te perdí de vista, quedaba solo la agonía que había acumulado en esos años sin haberme dado cuenta.
Tu figura desapareció y de inmediato cerré la ventana. Pero no para enclaustrarme y decirle adiós al futuro y a la vida, ni siquiera al amor. Cerré la ventana porque temía se te ocurriera volver y al encontrarme allí, confundieras la alegría que se desbordaba por mis facciones, con algún mensaje de perdón anticipado porque regresabas dignándote extenderme tu mano condescendiente.
Si lo hubieras hecho, habrías escuchado las carcajadas desbordadas, incontrolables; las de una clase que jamás oíste en tantos años...Entre risa y risa, una voz irreconocible incluso para mi, decía entrecortada por la emoción...
¡Soy libre!, ¡por fin soy libre! He recuperado mi esencia...


Día 9. Título: Insectos descarados

Autor: Salvador Moreno Valencia http://alvaeno.blogspot.com/ 

Había en el ambiente algo de superfluo, y en la gran pantalla de plasma comprada días antes de quedarse en paro- pagada a plazas infinitos-, pudo ver cómo los noticieros repetían hasta la saciedad la palabra Wikileaks, palabra que a ella le sonaba a chino, o a japonés.



Había tenido la mala suerte de sufrir una invasión de cucarachas, así que exasperada al ver cómo esos bichos correteaban por todos los rincones de su pequeño apartamento de doce metros cuadrados, albergó la esperanza que aquella palabra fuera la definición de un gran insecticida, un plaguicida gigante capaz de llevar a la muerte a aquellos condenados bichos que actuaban a sus anchas sin contar con su beneplácito invadiendo cualquier territorio en el que encontraban algún recurso energético para poder satisfacer sus ambiciones.


Día 10: WIKILEAKS ANDINO
Autor: Pascual E. ALEJO RETTIZ  http://www.pascualperu.tk  Perú


Ha llegado de Lima don Marcelino, curioso estudiante de periodismo que maneja muy bien el cibernet, su familia en cada navidad siempre lo espera.
Esta vez su viaje traía una noticia mundial. Sus ojos mortales habían logrado leer en el internet las denuncias de WIKILEAKS, sus ideas vagaban sobre los gobernantes de la región de Sudamérica, también se graficaba en su memoria la semblanza del actual gobernante Alan García comprometido en wikileaks.
Luego se ubica en la mesa para desayunar; al frente esta su madre y sus hermanos, entonces no espera más, y pregunta: ustedes ya escucharon aquí sobre las denuncias e información que propaga la red WIKILEAKS, sobre los documentos secretos de los países más adelantados del mundo principalmente de Estados Unidos, responden casi en coro: NO, NO SABEMOS NADA!. Entonces Marcelino los explica desde su punto de vista periodístico, y señala que irá a la radio del Pueblo ha solicitar un espacio, para que realice la hora de WIKILEAKS ANDINO, exclama-es necesario que sepan, antes que me callen!


Día 11: ¿Wikileaks?
Autor: Chus Canal alvarez. Cantabria, España
¿ Wikileaks ?...que queria decir con muerte....archivos clasificados...nos escuchaban o nunca habian dejado de hacerlo...la invasion habia comenzado hace mas años de los que el hablaba casi 50 años...un 1 de Mayo de 1991...nunca se equivocan...nunca nos han abandonado...jamas nos dejaron solos...en realidad estan en las profundidades del mar hace tantos años que jamas nadie los encontrara ni en el espacio exterior...ni en planetas lejanos...ni en estrellas lejanas...hay otros mundos...pero estan en este...